lunes, 28 de septiembre de 2015

Chepe: la razón frente al atropello


Se acaban de cumplir dos años del fallecimiento de Oscar Espinosa Chepe, y el esfuerzo por construir un futuro mejor para Cuba, sin mezquindades, odios y venganzas, no ha perdido vigencia. Aunque los resultados continúan igual de distantes que en los tiempos en que el economista y disidente publicaba sus trabajos en diversos medios de prensa, entre ellos este periódico.
Por esa labor Chepe fue a la cárcel en Cuba, durante la ola represiva del 2003, conocida como “Primavera Negra”, que llevó al arresto de 75 opositores pacíficos y desencadenó el movimiento de las Damas de Blanco.
Nadie pudo acusarlo nunca de terrorista. No existió jamás la más mínima sospecha de que al periodista independiente le pasara por la cabeza poner una bomba. Imposible que se alzara una voz para decir que era un fanático peligroso. Sin embargo, fue condenado a 20 años de prisión (después de pasarse 19 meses en la cárcel, fue liberado debido a su pobre estado de salud).
La enormidad de la condena, la ausencia de delito, la injusticia en fin, no lograron que Chepe escribiera o pronunciara una palabra de odio.
Dos cualidades, entre otras, siempre destacaron en sus escritos. El difícil equilibrio que le permitía presentar un artículo o un análisis balanceado, pero donde al mismo tiempo dejaba claro su punto de vista, fue una.
La otra fue el uso de los datos suministrados por el gobierno cubano —apoyados por otros de organismos internacionales— para sustentar sus análisis.
Nunca cedió al socorrido recurso de que toda la información procedente de la isla es falsa. Un argumento en que puede haber cierta verdad pero también que lleva a un negativismo fácil y complaciente con ciertos sectores del exilio.
No es que Chepe creyera todo lo que decía el régimen, más bien lo contrario. Pero sabía qué cuestionarse y cómo. En este sentido, él y el profesor Carmelo Mesa Lago han sentado cátedra, y logrado sacar información valiosa donde otros se negaban a mirar.
Esa labor equilibrada y realista —de denuncia firme pero no altisonante—, frente a la irracionalidad que caracteriza a la situación cubana desde 1959, fue causa para que se le castigara con abuso y saña.
Hay un despotismo esencial en el régimen de La Habana —por años simbolizado en la figura de Fidel Castro, pero que se extiende a todos sus componentes— que imprime siempre su sello en desafío a toda explicación lógica.
Es lo que podría resumirse un poco melodramáticamente cuando se señala el carácter profundamente malsano del proceso.
Miriam Leiva, activista, periodista independiente y viuda de Chepe, acaba de sufrir —una vez más— ese actuar prepotente, donde lo permitido y prohibido se determina a partir del mantenimiento de un poder férreo y obsoleto, que en buena medida se sustenta en la represión y el aniquilamiento de las  individualidades.
Según ha contado ella misma, Leiva fue detenida por varias horas en dos ocasiones en que se dirigía a saludar al Papa Francisco, tras ser invitada en ambos casos por la Nunciatura Apostólica en La Habana. Algo similar le ocurrió a la disidente Martha Beatriz Roque.
¿Por qué el régimen persiste en tales alardes de torpeza represiva? ¿Qué daño a su poder significan estas dos mujeres, que incluso en el caso se Leiva se ha mostrado partidaria del acercamiento entre Obama y Castro?
Nada y mucho. Una de las puertas que Raúl Castro mantiene cerrada, más allá de las maniobras diplomáticas, es la que daría entrada a la sensatez. Un déspota puede temer a muchas o pocas cosas, pero la razón es siempre una de ellas.

martes, 22 de septiembre de 2015

Singularidad de Bonnard


Asombra una vez más esa singularidad de la obra de Pierre Bonnard, un pintor que no solo se mantuvo la mayor parte de su carrera en una apuesta contra la corriente artísticamente imperante, sino que en una época de genialidad, locura y desafíos públicos prefirió refugiarse en la intimidad de su villa, volver a pintar una y otra vez habitaciones, cuartos de baños y la figura de Marthe, su esposa por 49 años.
La peculiaridad de Bonnard llega casi a la extrañeza cuando uno observa detenidamente y por un rato sus cuadros —no es nunca un pintor que asalta al espectador como Picasso— y descubre entonces que tras las apariencias sencillas de interiores y rostros se esconden detalles que bordean el misterio, que nos alertan incluso de una clave extraña y hasta turbia subyacente tras la tranquilidad hogareña.
No es en las grandes telas de paisajes donde hay que buscar los secretos o la esencia de Bonnard, que se encuentra en los retratos y cuadros de interiores. Da la impresión que el mundo que lo rodeó la mayor parte de su vida, por lo demás siempre plácido y de hermosa naturaleza — Cannes, la Riviera Francesa— estuvo siempre destinado a garantizarle esa seguridad burguesa en un tiempo convulso. Basta ver para ello las innumerables fotos que tiró o las películas familiares, en que aparece disfrutando de familia y amigos como cualquier buen vecino de clase media alta francesa, el abogado por formación que fue.
Lo curioso además en Bonnard es que llega a ser un pintor de sostenida vigencia actual no por ese empeño de hacer avanzar el arte hacia nuevas fronteras —que predominó en su tiempo y para bien y para mal dura hasta hoy. Más bien por lo contrario. Miembro fundador del grupo simbolista de los nabis, en los últimos años de su vida fue caracterizado —y atacado— por la crítica por ser un pintor retrógrado, incapaz de trascender el post-impresionismo y ajeno a las formas revolucionarias del cubismo y de la vanguardia en general. Esa temprana incursión simbolista fue lo único que necesitó. A partir de ahí el predominio del color, su uso personal del mismo, marcará toda su obra.
No es tampoco que Bonnard sea un caso ajeno a su época. Hay influencias notables, desde Matisse y Degas hasta Gauguin, pasando por las estampas japonesas, pero esa singularidad de sus trabajos permiten al mismo tiempo afirmar que por otros caminos —y sin pretender nunca formar escuela o fungir como guía— hizo también avanzar la pintura.
La Fundación Mapfre acaba de inaugurar en Madrid una excelente muestra antológica de su obra, con más de 80 pinturas, además de fotografías y filmes. Está organizada por temas, lo que requiere de un visitante con un conocimiento al menos mínimo de la pintura de Bonnard, para poder apreciar mejor los cambios en su conceptualización de interiores y retratos, dentro de una obra que avanza de una sensualidad e incluso un aspecto carnal casi provocador hacia una recreación que se fundamenta más en el recuerdo que en la presencia, pero con el enigma siempre presente.  

lunes, 21 de septiembre de 2015

Trueque de símbolos


En la compleja y cuidadosa relación que el régimen cubano siempre ha mantenido con los símbolos, al final quizá lo más importante resulte esa habilidad, mantenida a lo largo de los años, para adaptarlos a las circunstancias.
Si se analiza simplemente como manipulación ideológica, la conclusión podría ser que a ese régimen siempre le ha resultado muy fácil dicho uso, a partir del hecho de imponer siempre el código, si es necesario por la fuerza.
Sin embargo, a veces ha resultado muy difícil —y particularmente para el exilio—adaptarse a ese trueque de valores, en buena medida por un enclaustramiento en Miami, por parte del sector exiliado que lleva literal y figurativamente la “voz cantante” dentro del activismo anticastrista, en el escenario típico de las primeras décadas del proceso iniciado a partir del primero de enero de 1959.
De esta forma, lo que resultó un canon de rigidez ideológica, propio de esas primeras décadas, y lo que fue siempre una (falsa) caracterización de Fidel Castro, se asumió en Miami no como defecto sino como virtud: la intransigencia.
Pero mientras el discurso político de ese sector influyente del exilio continúa aferrado a la repetición —aunque en los aspectos prácticos la vida de la comunidad cubana en esta ciudad transita por otros rumbos—, el gobierno de Raúl Castro se ha caracterizado por un ajiaco ideológico que a la larga le ha resultado útil.
Un ejemplo fue el regalo del gobernante Castro al Papa Francisco.
Raúl Castro le entregó al pontífice una gran escultura de un Cristo crucificado, realizada por Alexis Leyva Machado (Kcho).
La ejecución de la obra en sí es un ejemplo clásico del oportunismo imperante en la isla. Kcho hizo hace un año la cruz con los remos, Ahora le bastó añadir a Cristo.
El director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, P. Federico Lombardi, confirmó en conferencia de prensa que los remos del crucifijo simbolizan a los migrantes cubanos, muchos de los cuales mueren en el mar tratando de llegar a las costas de Estados Unidos.
Ahora bien, desde el punto de vista político el significado de la obra  posibilita una doble lectura. Son los balseros que mueren en el mar huyendo del “comunismo”, en la lectura del exilio. Pero también los cubanos víctimas de la Ley de Ajuste Cubano y el embargo, en la lectura del gobierno cubano.
En otro(s) momento(s) una obra de este tipo podría haber sido considerada “conflictiva”. Pero en este caso se trata de un artista mimado por ambos hermanos Castro, que con anterioridad ha incluido la temática de los inmigrantes en su obra y que representa precisamente esa nueva relación entre arte y Estado establecida en las últimas décadas.
El hecho de que una escultura de tal naturaleza resultara escogida es definitorio. La elección hecha por el gobernante impone el significado a otorgarle
Nada hay de nuevo en esta segunda lectura, que seguramente fue la presentada al Papa, pero tampoco hasta el momento se ha producido nada novedoso en la visita papal, por lo que solo queda esperar si las posibles consecuencias se materializarán o no.
Por lo pronto cabe señalar que de forma elemental, pero efectiva, el régimen sigue demostrando una capacidad de adaptación y mimetismo, en la que si no va más lejos es porque no lo cree necesario o lo considera peligroso. Pero sin lugar a duda, continúa imponiendo su agenda.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Refugiados no, personas


Un cuadro de Ramon Padró i Pijoan representa el embarque de la primera expedición de voluntarios catalanes hacia La Habana: rostros alborozados que viajan para combatir contra unos insurgentes que lo que querían era independizar de España el suelo en que vivían.
Decenas de hechos como estos son recordados actualmente en Barcelona, pero la interpretación varía según quien los formule: la enorme contribución barcelonesa a la historia de la península ibérica; la supuesta existencia como nación de Cataluña en
diversas épocas; el concepto de España como nación de naciones.  Una discusión sin fin porque precisamente ese es su objetivo: la posibilidad de una Cataluña independiente ha dejado de ser solo una pesadilla en la Moncloa y la calle de Ferraz para convertirse en una preocupación europea.
En la disputa sobre la soberanía de Cataluña se mezclan los conceptos de nación y cultura. Es cierto que quien visite Barcelona —al igual que ocurre con Bilbao— lleva la impresión de que está en un país distinto a la capital madrileña, y más aún si viene de Castilla y León. Pero algunas de estas diferencias se han estado agudizando en los últimos años por razones políticas y no naturales. Así ha ocurrido con cierta imposición de hablar catalán, mientras que el euskera —una lengua bella y la más antigua de Europa pero impenetrable para extranjeros— se mantiene en los confines de un bilingüismo resultado de necesidades económicas y hasta de sentido común, por encima de fines ideológicos.
Por ello es que lo determinante en esta disputa, entre una comunidad autónoma y el poder central español, es que los más variados factores han conspirado para no lograr los acuerdos y acomodos que podrían haber evitado la tensión actual.
Si bien es cierto que en Europa existen estados pequeños junto a países mayores, el renacimiento de las disputas territoriales, los nacionalismos y los conflictos hegemónicos solo han servido para demostrar que el progreso en historia y política es un concepto extremadamente relativo, y que el fin de la guerra fría no significó el inicio del mejor de los mundo.
Se nos ha vendido la “globalización”, primero como varita mágica y luego como final inevitable. Falso en ambos sentidos. Hay que especificar el tipo de globalización a que se hace referencia. Si bien la globalización financiera ha sido todo un éxito —para bien y para mal—, la globalización comercial se ha quedado a medio camino, con las idas y venidas de los más diversos acuerdos, y la que vendría a ser fundamental —la globalización entre naciones— no es solo una utopía sino un retroceso.
Y aquí llegamos a un segundo aspecto, que al parecer no preocupa tanto a los españoles como el resultado de la campaña electoral catalana, y es la crisis de los inmigrantes. Aunque de una forma u otra esta crisis tocará a sus puertas, como ya sucedió con otros inmigrantes. Lo que está por verse es como podrá manejar Europa los difíciles conceptos de permisividad y firmeza.
Cada vez que ocurre una crisis de esta naturaleza,  el Espacio de Schengen, sufre una sacudida, aunque hasta ahora se mantiene en pie. El nacionalismo y la exclusión vuelven con igual fuerza que antes de la I Guerra Mundial. ¿No hay solución entonces?
Quizá la mejor respuesta al fenómeno me la dio un camarero en León, cuando le pregunté si estaba de acuerdo en que España admitiera inmigrantes ante esta nueva crisis.
“¿Por qué no? Son personas, ¿no?”.
Lástima que los criterios de los buenos camareros no se escuchen a menudo en Génova 13, la sede del Partido Popular en Madrid. 
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 21 de septiembre de 2015.

La emigración del hijo pródigo


Como era de esperar, la nueva política migratoria del Gobierno cubano ha renovado de inmediato la eterna visión del vaso de agua a medio llenar: hay quienes saludan lo que podríamos llamar aspectos “positivos”, o se concentran a ver el vaso medio lleno, y otros destacan lo “negativo”, que es el vacío existente entre el contenido del líquido y el borde del vaso.
Sin embargo, esta discusión resulta interminable porque se produce en dos planos paralelos. Quienes ven un paso de avance en las nuevas medidas tienen toda la razón al destacar que hay una serie de duplicación de pasos y procedimientos engorrosos que han quedado anulados, al tiempo que se amplían plazos de estancia y se definen posibilidades, como la de que un exiliado permanente regrese a vivir a Cuba (algo que en casos aislados ya existía, pero que ahora se establece de forma extendida aunque regulada).
Por su parte, los detractores del nuevo decreto ley ven de forma acertada que las principales restricciones que por décadas han estado vigentes siguen en pie, y el Gobierno cubano mantiene el control absoluto para decidir  tanto de forma arbitraria como de acuerdo a sus intereses, la distinción es intrascendente en un régimen totalitario quienes salen y quienes entran. Es por ello que la acusación de que se trata solo de cambios cosméticos tiene una validez absoluta.
Pero más allá de esta discusión hay un terreno práctico, donde se va a mover la ley, y es el que interesa al Gobierno cubano. Aquí los objetivos son de dos tipos, y la ley está creada a la perfección para cumplirlos.
Uno es que la facilidad en los trámites y el alargamiento de los plazos de estancia tendrá consecuencias inmediatas en facilitar un incremento de viajes y permanencias en el exterior que desde el punto de vista económico beneficiará al régimen.
El otro es un fin político, y no se limita al repetido argumento de que el régimen busca “lavar la cara” o brindar un rostro más amable, de cambio y comprensión, sino que está destinado fundamentalmente a la descontextualización de la comunidad de Miami como un exilio político. Este proceso lleva tiempo en marcha y obedece a razones no solo dirigidas desde la Isla, sino también propias de un cambio de circunstancias, pero sin duda la ley se dirige a darle un puntillazo.
A partir de la promulgación del Decreto-Ley No. 302 resultará mucho más difícil argumentar que cualquier cubano que llega a suelo estadounidense es en alguna medida un refugiado político que merece una consideración especial. Aquí vale la pena detenerse brevemente, porque no se trata del otorgamiento del estatus de “refugiado político” a los efectos legales ni tampoco de la razón de ser de la famosa “Ley de Ajuste Cubano”, pero desde el punto de vista de imagen y propaganda, hay un cambio de circunstancias.
La Ley de Ajuste Cubano promulgada en 1966, durante la presidencia del demócrata Lyndon Johnson se fundamenta en que los cubanos no pueden ser deportados, ya que el régimen de La Habana no los admite, que en cualquier caso estarían sujetos a la persecución y que en la isla no existe un gobierno democrático. La medida deja a la potestad del Secretario de Estado su aplicación, y para su cambio o abolición de forma adecuada requeriría de un acuerdo migratorio de mayor amplitud entre Cuba y Estados Unidos, especialmente en lo que se refiere al tema de las deportaciones de criminales, delincuentes o indeseables. Así que su mantenimiento no depende solo de Washington, sino también de La Habana. Pero indiscutiblemente es uno de los temas de propaganda predilectos del régimen, y a no dudar sus centros de repetición en el exterior se encargarán de hablar contra la Ley de Ajuste en los próximos meses.
Así que La Habana busca incrementar las ganancias económicas con los inmigrantes en general y especialmente con los que considera “respetuosos” y en el exilio llamamos “obedientes”, intenta alimentar los argumentos de propaganda en contra de la Ley de Ajuste y al mismo tiempo mantiene sin cambios el control no solo sobre la población que habita en la Isla y quiere viajar y regresar, sino también hacia aquellos que se fueron, algo que ha tratado de hacer siempre. Y además lo deja bien en claro. La tan esperada reforma migratoria se ha reducido, hasta ahora, a un decreto ley que modifica la Ley No. 1312 (Ley de Migración del 20 de septiembre de 1976).
En realidad no hay una nueva política migratoria, sino una vieja política migratoria, aún vigente, solo que “actualizada” o modificada. Pero la actualización no es tal, ya que la Ley de Migración que entrará en vigor en enero de 2013, aunque modificada, resulta completamente arcaica.
No solo la ley es engañosa al sustituir el permiso de salida por el permiso para tener un pasaporte, algo que no existía anteriormente simplemente por el vicio de duplicar la represión, sino porque se niega, de forma irracional, a admitir una pérdida de control sobre los que se han ido. Es como si el empleado de la finca de los Castros no pudiera nunca desprenderse del yugo.
En una inversión de la “Parábola del Hijo Pródigo”. No se trata del padre misericordioso ni del perdón hacia el hijo pecador. Es simplemente la negativa a romper el cordón umbilical. Todo se reduce, obligatoriamente, a que a su vuelta el hijo debe mostrarse arrepentido. Y su arrepentimiento tiene un nombre: pasaporte cubano.
Sin un pasaporte cubano, ningún nacido en Cuba puede regresar a la Isla.
Una vez eliminadas las restricciones de los permisos de entrada y de salida definitiva del país queda en pie la siguiente pregunta: ¿por qué los cubanos que salen de Cuba de forma definitiva, según las propias leyes del país, y se hacen ciudadanos de cualquier otro, especialmente Estados Unidos, tienen que renovar el pasaporte cubano para volver a entrar a su país de origen, aunque sea por unos días? Pero incluso esta pregunta pasa a un plano secundario ante una interrogante mayor: ¿por qué el gobierno cubano no cumple sus propias leyes?
Si la actual constitución cubana, en lo cual sigue las pautas de la Constitución del 40, no admite la doble ciudadanía ―y fundamenta que una vez que un cubano adopta una ciudadanía extranjera pierde automáticamente la cubana―, carece de sentido jurídico que al mismo tiempo exija el pasaporte cubano para entrar al país a quienes han nacido en la Isla, pero viven de forma permanente en el exterior y han adquirido otra ciudadanía.
La cuestión se ha complicado aún más tras la llamada Ley de Nietos, cuando decenas de miles de cubanos se hicieron ciudadanos españoles. Hasta ahora la adopción de la ciudadanía norteamericana podría considerarse traición, venderse al enemigo y cambiar al país por un pantalón de marca. Al hacerse españoles miles de cubanos han dado un paso más allá. No solo ―de acuerdo al punto de vista del gobierno cubano― han incurrido en todas las formas de deslealtad enunciadas anteriormente, sino han demostrado un enorme desprecio por la situación en que ha caído su país de origen. Las implicaciones son varias y las lecturas también, desde echar por tierra los ideales independentistas hasta estar más allá de conceptos en transformación en el mundo moderno, como es el de patria. Pero en lo fundamental están diciendo a las claras una sola cosa: la Cuba que ellos conocen no vale una peseta.
Para un gobierno que machaca hasta el cansancio un ideal nacionalista decimonónico ―y cuyos repetidores en el exterior pulsan una y otra vez la misma tecla― admitir la doble ciudadanía es demasiado. Pero tampoco parecen estar dispuestos a poner en práctica la ley, y despojar de la ciudadanía cubana a quienes no la quieren. Incluso dentro de Cuba se han dado casos de intentos de renuncia de la ciudadanía cubana, en que no se ha logrado que las instituciones gubernamentales cumplan con las leyes del país.
Esta doble trampa para el gobierno cubano es lo que impide que se lleve a cabo una reforma inmigratoria amplia y completa, como también contribuye a que el gobierno cubano no esté dispuesto a un diálogo profundo y abierto con quienes viven fuera de Cuba, salvo las reuniones ocasionales con el coro que aplaude y aprueba solo las resoluciones contra el embargo.
La clave en todo este asunto es que el régimen cubano no considera al pasaporte como un documento más, al que tiene derecho todo ciudadano, sino como un privilegio que se otorga como recompensa y se niega como castigo. Y al mismo tiempo quiere extender ese control al que partió. Este concepto medieval, del terruño y el origen, no solo es obsoleto desde hace mucho tiempo, sino que obliga a quienes se someten a ello a portarse como ingratos hacia el país que los acogió.
Si alguien se hace ciudadano estadounidense o español, y acepta viajar a la Isla con pasaporte cubano, está no solo tirando al cesto de la basura la ciudadanía adquirida y por lo tanto despreciando a la nación, el gobierno y la población de su nuevo sitio de residencia sino renunciando a sus derechos. Y a estas alturas del juego, ¿vale la pena obedecer al padre avaro y hacer el papel de hijo pródigo?
Este artículo fue publicado en abril de 2012. Se reproduce ahora porque me parece que las palabras del Papa Francisco pronunciadas en La Habana hoy domingo 20 de septiembre de 2015 recogen una idea similar a la práctica del gobierno cubano respecto a la inmigración, o el empleo de una especie de “parábola del hijo pródigo“ a la inversa. 

martes, 15 de septiembre de 2015

Tres Cubas, tres Papas


Alentar desde el exilio las protestas populares en Cuba es un acto irresponsable. En Miami se enfatiza o falsifica el carácter detonante del aumento de las tensiones en la isla, sin tomar en consideración las consecuencias de una escalada de violencia. Precisamente la labor de la Iglesia Católica ha sido disminuir estas tensiones.
Aunque lo escondan bajo llamados supuestamente libertarios y democráticos, ese es —en última instancia— el reproche que le formulan al Vaticano tanto quienes persisten en una falsa verticalidad anticastrista como la oposición en la isla que por diversos motivos los secunda en el empecinamiento.
Sin embargo, mientras los planes de esa disidencia no avanzan mucho más allá de un micrófono, una cámara o una página impresa en Miami, el papel de la Iglesia Católica ha ido ganando en relevancia dentro de Cuba, no sólo en los aspectos que esta institución reclama como propios —la labor pastoral— sino en terrenos que desde el origen ha sido renuente a reconocer como de ella —al César lo que es del César—, aunque siempre de una forma u otra ha participado en los mismos.
Vuelve un viaje de un sumo pontífice a Cuba a  estar marcado por la expectación, pero en circunstancias muy diversas a la que acompañaron a la visita de Benedicto XVI, y en especial a las existentes aquella tarde del 21 de enero de 1998, en que Juan Pablo II  besó el suelo cubano e inició su encuentro con una población que por entonces y durante casi cuatro décadas había escuchado y repetido que “la religión era el opio de los pueblos”.
No fue un pontífice cualquiera quien realizó la primera visita. El que llegaba a la isla era un sacerdote nacido y criado bajo un régimen comunista, acompañado de la aureola de ser uno de los protagonistas —para algunos, el principal protagonista— del desmoronamiento de ese sistema en buena parte del mundo. Un enemigo ideológico de primer orden para Fidel Castro y un hábil comunicador.
Pero cuando Juan Pablo II tomó el avión de regreso a su patria, el cubano comenzó a convencerse de lo que había sospechado desde que se anunció el viaje: que durante unos días había vivido en un paréntesis.
El tiempo ha demostrado que si bien surgieron demasiadas expectativas con aquel encuentro, a la larga tampoco los resultados han sido tan pobres.
La intención del Papa no fue nunca abrir un paréntesis, sino sentar las bases de una transformación mayor, que aún no se ha producido pero está en marcha. Ya la Cuba que visitó Benedicto XVI no fue la misma que conoció Juan Pablo II. En igual sentido, el país al que llegará el Papa Francisco no es igual al que recorrió su antecesor.
Negarse a ver estos cambios, analizar la situación bajo la única óptica de que continúa el régimen de los hermanos Castro y persiste la falta de democracia en la isla, encierra varias limitaciones. No sólo en cuanto a la existencia de un gran número de transformaciones ―muchas de ellas realizadas en última instancia y a regañadientes por parte del gobierno― ocurridas en los últimos años, sino también en lo relativo a los objetivos de la visita para la Iglesia.
A ello se unen dos situaciones nuevas. De la primera se ha hablado mucho, y es el papel mediador de la institución en el diálogo entre Washington y La Habana. Pero la segunda es igualmente importante, y es el marcado carácter social de la agenda del actual pontífice.
El Papa Francisco no llega a Cuba como un conocido rival ideológico (Juan Pablo II) ni está supuesto a realizar una visita de más pompa que circunstancia (Benedicto XVI) sino viaja tanto en su principal misión sacerdotal como con un objetivo político explícito de continuar este papel mediador. Es de hecho la visita con un mayor carácter político de las tres efectuadas por los distintos inquilinos del Vaticano.
En Miami algunos no reconocen la importancia que tiene el proceso de diálogo que han abierto el gobierno de La Habana y la Iglesia, y recurren al expediente burdo de atacar al cardenal Jaime Ortega. Para quienes lo ven todo en blanco y negro, cualquier matiz es una herejía.
Sin embargo, este proceso entre dos estados pequeños —cuya presencia en ocasiones sobrepasa la geografía y hasta la historia y en otras no— debe ser apoyado y hacer lo posible para que los extremistas de ambos lados del estrecho de la Florida no logren entorpecerlo. Vil el preferir el sufrimiento de otros con tal de mantener la preponderancia de un punto de vista.
El diálogo en marcha entre la Iglesia y el régimen es a la vez justificación y pretexto —ingenuo sería negar esta alternativa—, que también ha sido utilizado para esquivar otro más amplio con los diversos factores —considerarlos autores es condenarse al optimismo— de la sociedad cubana. Pero para lograr un consenso ciudadano se necesita más de un milagro, y la Iglesia nunca se ha limitado solo a rogarle a Dios.

Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que apareció en la edición del lunes 14 de septiembre de 2015. 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Corbyn y el pecado de siempre con la izquierda europea


La victoria de Jeremy Corbyn como líder del laborismo británico vuelve a colocar en el tapete las dos caras de la izquierda europea. Por una parte el debate sobre si continuar el rumbo de acercamiento al rumbo, que en los últimos tiempos de crisis ha llevado a la social democracia a perder parte de sus votantes tradicionales. Corbyn sería la respuesta, al menos en el Reino Unidos. de un giro a la izquierda.
Pero al mismo tiempo ese giro a la izquierda refuerza otra posición caracterizada por el inmovilismo y la incapacidad de reconocer una dictadura o la falta de libertades políticas cuando se trata de regímenes supuestamente “revolucionarios”, y que en la actualidad lo que representan es a la reacción. Son, por supuesto, los casos del chavismo y el castrismo.
Así Corbyn, que abogó —inútilmente y dentro de sus limitados medios como diputado de un pequeño municipio británico— para que el fallecido exdictador chileno Augusto Pinochet fuera juzgado en Inglaterra siempre se ha mostrado partidario de Hugo Chávez, Fidel Castro y los ahora gobernantes de Venezuela y Cuba. Esta dualidad al llevar a cabo una valoración, en que solo importa el aspecto político, mancha la trayectoria de cualquier aspirante al poder en Europa, por muy defensor de los desfavorecidos que se suponga sea.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Leopoldo López y la perdición latinoamericana


Es muy posible que la sentencia a Leopoldo López sea el camino para su liberación. A partir de ahora se sucederán los reclamos pidiendo su libertad  y es posible que un día despertemos con la noticia de que el régimen de Maduro lo ha puesto en un avión y aterriza en Miami o Bogotá, e incluso en Madrid.
Hay sin embargo un ejercicio perverso en el mantenimiento de esa rutina latinoamericana: los presidentes de la región no se han pronunciado contra el hecho, salvo el de Costa Rica.
La condena a Leopoldo López es doblemente lamentable. En primer lugar porque no cabe la posibilidad de que se tratara de un proceso justo, Políticos dentro del diverso espectro político latinoamericano y europeo se han pronunciado contra juicio y sentencia y han sobrado testimonios, datos y pruebas de la ilegalidad del proceso.
En segundo lugar —y esto en cierto sentido resulta más lamentable que la injusta condena— porque al presidente venezolano Nicolás Maduro le ha bastado repetir un viejo y gastado esquema  en la región para salirse con la suya.
Más que lamentable es la peor de las decepciones, que la táctica de apelar a una crisis fronteriza continúe sirviendo para desviar la atención de los problemas político internos de un país lleva a cuestionarse una vez más sobre la madurez política latinoamericana. Y debe llevar también a una explicación y condena sin paliativos: basta ya de aferrarse al problema neocolonial, la finalizada guerra fría, la confrontación mundial, el subdesarrollo y el equilibrio de poderes. Si maniobras tan torpes siguen resultado de eficacia en la zona es porque sus gobernantes —de izquierda, derecha y centro— no sirven y sus estructuras sociales y políticas son ineficientes. Para agregar más escarnio al insulto Maduro se sale con la suya cuando el precio del petróleo está por el suelo, así que la socorrida justificación del dinero y los petrodólares no cuenta mucho en este caso.
Lo que cuentan son el compadrazgo, la inutilidad y la complacencia mutua que no termina de abandonar la región. Y para ello, hasta ahora, la solución no son gobernantes de uno y otro campo político, sino algo más simple y al parecer imposible de obtener: decencia.


viernes, 11 de septiembre de 2015

¿Por qué no ha vuelto a ser elegido como papa un español?


Cuatro han sido los papas españoles, pero todos muy distantes. Ya son 606 años y no ha vuelto ha surgir un nuevo papa nacido en España. La cifra dice mucho de una perdida de poder mundial de una nación que como ninguna otra hizo tanto por el predominio del catolicismo, en épocas de gloria y de los ataques más diversos. España es sobre todo símbolo de la Contrarreforma, y hay mucho de fracaso en esta ausencia. Pero en especial de escándalo y controversia. Digámoslo rápido: al tiempo que los papas españoles simbolizan el poder de un imperio, resumen sus limitaciones y desvaríos. Que un argentino ocupe en la actualidad el trono de San Pablo evidencia no solo el intento de reconocer la región del mundo con mayor número de católicos (el 40% de los fieles) sino igualmente un ajuste de cuentas con la historia. Lo notable del caso es que a los españoles no les preocupa en lo más mínimo el asunto.
El primer papa español fue Dámaso I (366- 384), y se cree fue gallego. Tuvo que enfrentar el grave problema de las herejías y luchó por consolidar la primacía de a Iglesia. A los efectos de la intuición, fue el mejor de los cuatro, y en lo que respecta al culto el único en lograr ser beatificado.
El segundo, Calixto III, fue un valenciano y en cierto sentido marcó la decadencia posterior. Intentó reconquistar Constantinopla y fracasó. Inició una cruzada en tal sentido, pero sus hazañas más que bélicas fueron familiares. Es famoso por su nepotismo, pero también por anular en 1456 el juicio a Juana de Arco que había sido condenada por bruja.
Alejandro VI fue el papa de la conquista de América y el responsable del Tratado de Tordesillas entre Portugal y Francia. Se destacó más que nada como diplomático y como era común en su época —¿o en todas las épocas?—, más que al rezo se dedicó a las intrigas políticas: su hijo fue César Borgia, que trató a  la fuerza de unificar los estados Pontificios bajo el mando de Roma. Se cree que murió envenado, tras una cena en que todos los comensales cayeron enfermos. Unos dicen que por error, otros aseguraran que los conspiradores prefirieron ir al seguro y no dejar plato alguno libre del veneno.
El cuarto papa es la figura más interesante del conjunto, al punto de que muchos no lo consideran como tal. Es más, es conocido como el “antipapa”, por haber sido elegido durante el Gran Cisma de Occidente o Cisma de Aviñón. El “papa  Luna” fue condenado por hereje en1409 y se retiró a Aragón, a su fortaleza de Peñíscola, donde murió en 1423 sin renunciar jamás a la convicción de que él era el auténtico vicario de Cristo. Guillermo Cabrera Infante escribió una excelente crónica sobre este papa y el lugar de su retiro, que aparece en El libro de las ciudades.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Iré a Santiago


Hace algunos años, cuando por primera vez viajaba a Burgos, en el ómnibus me encontré con un grupo de alemanes (viejos, jóvenes, muchachas, mujeres) que andaban de peregrinos por unos meses —más allá de sus vidas cotidianas, sus trabajos, estudios y hasta retiros— y allí comenzó mi interés por el Camino de Santiago.
No es una pasión sino más bien un entusiasmo tenue. No lo he hecho ni a estas alturas creo que lo haga, aunque una de las cosas que siempre me ha llamado la atención del recorrido es la variedad de opciones disponibles: el camino se realiza por los motivos más diversos y he visto a personas de lo que podrá llamarse “edad avanzada” llegar a la catedral de Santiago de Compostela en plan de peregrino. Si caminó todo el tiempo o se subió a un ómnibus, como los alemanes del comienzo, es algo que no vale la pena averiguar. Se supone que más allá de la honestidad de todo cristiano que emprende el recorrido, hay ciertas exigencias y controles antes de dar la acreditación. Pero siempre me ha parecido que al final todo queda a la conciencia de cada cual.
Para mi lo mejor del Camino de Santiago es la ausencia de fanatismo. Nada que ver con la Meca ni con Lourdes. El sentimiento más común es camaradería. Vale la pena sentarse a contemplar los encuentros momentáneos, al final del recorrido, de quienes compartieron parte del trayecto y luego marcharon cada cual por su lado. Es más bien la llegada tras un maratón, y el Camino tiene también su parte de evento deportivo.
Por otra parte, ausente del Camino está la beatería que uno se encuentra en la Basílica de San Pedro y nada parecido con el Día de San Lázaro en Cuba.
¿Prueba de la permanencia de la religión católica? Sí, pero el camino de Santiago es mucho más que eso en la actualidad. Vale la pena disfrutar de una ceremonia que se ha desprendido por completo de significado político y que abraza el sentimiento religioso con una mesura —e  incluso a veces una ausencia— digna de elogio.
Ello resulta particularmente curioso porque en España la figura de Santiago está más vinculada que la de ningún otro santo con un objetivo político. De hecho esa función está en el origen del culto, que tiene tanto de propaganda y de fin ideológico —y hasta bélico— como de carácter evangelizador.
Los tres Santiago
Lo primero a preguntarse es cuál Santiago. Está el apóstol Santiago de los doce primeros discípulos, que abandona su labor para seguir a Jesús y en lo adelante dedicarse a “pescador de almas”; luego el Santiago que supuestamente tras la crucifixión parte a llevar el evangelio de Cristo a los más remotos parajes —en este caso el norte de España— y diez años más tarde regresa a Judea, para asistir a la  “dormisión“ de María, y Herodes Agripa I manda a decapitar; por Santiago ﷽gresa a Judea y es mandado a decapitar por  diez años mdeolntiago estlado. Es mrino. Si caminúltimo tenemos al Santiago matador de moros, el que se le apareció a las tropas españolas, descendiendo del cielo en un caballo y las guió al triunfo en la Batalla de Clavijo, que puso fin al tributo vergonzoso de entregar cada año cien doncellas cristianas a los musulmanes. Es por ello que la figura de Santiago a caballo, en la Catedral, aparece rodeada de enormes doncellas arrodilladas.
Del Santiago Matamoros no se habla mucho ahora, pero durante siglos fue una figura no solo muy popular en el país, sino la dominante dentro de las diversas facetas del discípulo de Cristo. Hasta el punto que en la tradición militar española, el grito de guerra “¡Santiago y cierra España!” ha sido utilizado por las tropas en las ofensivas militares desde la época desde la Reconquista.
Aunque tanta fama y fervor puede responder más bien a una fabricación oportuna que a hechos verdaderos.
Hay que tener mucha fe para creer que realmente son las reliquias de Santiago Apóstol las que se encuentran en la Catedral, pero precisamente de eso trata el negocio de la Iglesia Católica o de cualquier religión: el convencimiento por el espíritu.
Sin embargo, más allá de la cuestión del dogma, lo que cae puramente en el terreno político es el aprovechamiento por los gobernantes españoles, a partir de los mismos reyes, de la figura religiosa. Más que una estampa del Nuevo Testamento, el Santiago “Patrón de España y de Galicia” es una representación medieval, cuyo valor iconográfico se remonta mucho más atrás que el año 1630,  cuando el papa Urbano VIII lo decretara solo y único Patrón de la Nación Española, durante la monarquía de Felipe IV.
Lo interesante es que este aspecto no parece tener una gran importancia en estos días, en una Europa temerosa de atentados por parte del fanatismo musulmán. Y sin bien ni la Iglesia Católica actual ni en la ciudad se promueve el Santiago bélico —en las tiendas de recuerdos predominan los figures del Santiago peregrino— la imagen del santo a caballo está ahí, en el altar mayor de la catedral.
Santiago de Compostela y su catedral son hoy por hoy —y temo tentar al diablo al escribir esto— lugares que se pueden visitar con plena tranquilidad y donde los sistemas de protección y seguridad son mínimos.
El santo de la espada
La invención de la figura del Santiago patrón de España durante el medioevo marca una serie de características que le serán muy útiles tanto a la Corona como a Roma. No solo era uno de los discípulos más belicoso, y partidario de la acción y el exterminio de los enemigos (“hijo del trueno” lo llamaba Jesús), según se narra en los Evangelios sino también destaca posteriormente como peregrino, evangelizador y mártir. Palabra y Sangre. Nadie como él simboliza la fe por la espada y más allá incluso del ámbito religioso, se convierte en arquetipo del caudillo.

Sin embargo, tras siglos de guerras, triunfos y derrotas de la nación española, Santiago se ha refugiado en el canto de los peregrinos. Su último momento de exaltación bélica fue durante el franquismo. Hoy Santiago es motor y móvil de una industria turística que no se destaca por clientes acaudalados —todo lo contrario—, pero es constante y segura, y junto al santo, el botafumeiro se ha convertido en la estrella del espectáculo.

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