lunes, 7 de septiembre de 2015

Alain Resnais y Gauguin


Además del Guernica, que para mi quizá sea el cuadro más impresionante del mundo —lo que no quiere decir el mejor ni tampoco quiere decir el que más me guste— el museo Reina Sofía de España siempre brinda la posibilidad al visitante de ver algunas películas mientras recorre las salas. No estoy hablando de sus ciclos de proyecciones, sino de esos filmes que de pronto hacen que uno se detenga —por apenas minutos o un buen rato— y vuelva a ver lo ya conocido o lo sorprenda algo que no se conozca o sea simplemente un dato casi olvidado.
Me acaba de ocurrir con Gauguin, un corto que Alain Resnais realizó en 1950 —antes de ser Resnais— y que junto con Guernica (1950) y Van Gogh (1948) forman una trilogía dedicada a la pintura, a  la que luego se uniría el segmento sobre Goya en Pictura (1951). Los tres documentales han sido reunidos en un DVD ahora agotado, pero que en estos momentos pueden verse en el museo madrileño, junto a dos excelentes exposiciones temporales de obras de arte moderno pertenecientes a los fondos del Kunstmuseum Basel, ya que el museo suizo está actualmente cerrado debido a una renovación de sus instalaciones.
Gauguin cuenta con el valor añadido de la música de Darius Milhaud, pero son las imágenes en blanco y negro, fotografiadas por Henry Ferrand, las que hacen que uno se siente y dedique un rato a ver el corto completo. Ese recorrido por los cuadros, acompañado por textos del propio Gauguin, permiten apreciar no solo el talento del pintor —algo de sobra conocido— sino la capacidad del cineasta de aprovechar al máximo sus recursos limitados, más allá de la ausencia del color, fundamental especialmente en la obra de Gauguin.
En otra sala, una de las dedicadas a las exposiciones permanentes, y si uno cuenta con el tiempo suficiente y la voluntad —no es mi caso— puede verse completa La guerre est finie  (1966), que pese a la distancia que hoy impone el tema sigue siendo una excelente película, con tres magníficas actuaciones: Yves Montand (en primer lugar), Ingrid Thulin y Geneviève Bujold, y que para alguien que nació en Cuba y llegó a conocer a varios participantes en la lucha clandestina en las ciudades contra la dictadura de Batista le trae cierta remembranza en que se mezclan la decepción, la utopía y el coraje.
Resnais, —y es probable que en Miami muchos no lo sepan— tuvo algo que ver con Cuba, más allá de la admiración y envidia, y luego el rechazo impuesto, de los funcionarios-directores del ICAIC y su participación en la oportunista, vocinglera y colorista Lejos de Vietnam (1967).
En 1991 se realizó la película Contre l'oubli (Lest We Forget), en la que 30 realizadores franceses participaron cada uno con un segmento, en que se pedía la liberación de un preso político. El de Resnais fue dedicado a Esteban González González, un prisionero de conciencia ya olvidado.
González, perteneciente al Movimiento para la Integración Democrática (MID), fue detenido en La Habana, con otros miembros del grupo, en septiembre de 1989. En enero de 1990 fueron condenados por rebelión. González, de 60 años y profesor de matemáticas, fundó el MID en 1989, un movimiento que rechazaba la violencia y defendía una reforma democrática, que incluyera el establecimiento de un Gobierno pluralista. Lo curioso ahora es que entre los motivos para condenar al matemático —además de los usuales de posesión y divulgación de “propaganda contrarrevolucionaria“ y planificar una campana de desobediencia civil— figuró el buscar el cambio del sistema para restaurar el capitalismo. Por ello González fue condenado a siete años de prisión, a cumplir en el Combinado del Este.
Pero más allá de hechos circunstanciales, lo que cuenta en el cine de Resnais —y La guerre est finie es un buen ejemplo de ello— es la creación de un cine que tiene una permanencia garantizada más allá del tema, por sus méritos fílmicos. Todo lo contrario de Godard (en el museo también se proyecta constantemente 2 ou 3 choses que je sais d'elle, de 1967) cuya producción en buena medida no deja de envejecer.
Resnais nunca fue, en el sentido justo del término, un producto de la Nouvelle Vague de finales de la década de 1950. cuando irrumpió el movimiento, ya contaba con diez años de experiencia en la realización de documentales de corto metraje. Gauguin, Guernica y Van Gogh son tres buenos ejemplos de ello,