lunes, 28 de septiembre de 2015

Chepe: la razón frente al atropello


Se acaban de cumplir dos años del fallecimiento de Oscar Espinosa Chepe, y el esfuerzo por construir un futuro mejor para Cuba, sin mezquindades, odios y venganzas, no ha perdido vigencia. Aunque los resultados continúan igual de distantes que en los tiempos en que el economista y disidente publicaba sus trabajos en diversos medios de prensa, entre ellos este periódico.
Por esa labor Chepe fue a la cárcel en Cuba, durante la ola represiva del 2003, conocida como “Primavera Negra”, que llevó al arresto de 75 opositores pacíficos y desencadenó el movimiento de las Damas de Blanco.
Nadie pudo acusarlo nunca de terrorista. No existió jamás la más mínima sospecha de que al periodista independiente le pasara por la cabeza poner una bomba. Imposible que se alzara una voz para decir que era un fanático peligroso. Sin embargo, fue condenado a 20 años de prisión (después de pasarse 19 meses en la cárcel, fue liberado debido a su pobre estado de salud).
La enormidad de la condena, la ausencia de delito, la injusticia en fin, no lograron que Chepe escribiera o pronunciara una palabra de odio.
Dos cualidades, entre otras, siempre destacaron en sus escritos. El difícil equilibrio que le permitía presentar un artículo o un análisis balanceado, pero donde al mismo tiempo dejaba claro su punto de vista, fue una.
La otra fue el uso de los datos suministrados por el gobierno cubano —apoyados por otros de organismos internacionales— para sustentar sus análisis.
Nunca cedió al socorrido recurso de que toda la información procedente de la isla es falsa. Un argumento en que puede haber cierta verdad pero también que lleva a un negativismo fácil y complaciente con ciertos sectores del exilio.
No es que Chepe creyera todo lo que decía el régimen, más bien lo contrario. Pero sabía qué cuestionarse y cómo. En este sentido, él y el profesor Carmelo Mesa Lago han sentado cátedra, y logrado sacar información valiosa donde otros se negaban a mirar.
Esa labor equilibrada y realista —de denuncia firme pero no altisonante—, frente a la irracionalidad que caracteriza a la situación cubana desde 1959, fue causa para que se le castigara con abuso y saña.
Hay un despotismo esencial en el régimen de La Habana —por años simbolizado en la figura de Fidel Castro, pero que se extiende a todos sus componentes— que imprime siempre su sello en desafío a toda explicación lógica.
Es lo que podría resumirse un poco melodramáticamente cuando se señala el carácter profundamente malsano del proceso.
Miriam Leiva, activista, periodista independiente y viuda de Chepe, acaba de sufrir —una vez más— ese actuar prepotente, donde lo permitido y prohibido se determina a partir del mantenimiento de un poder férreo y obsoleto, que en buena medida se sustenta en la represión y el aniquilamiento de las  individualidades.
Según ha contado ella misma, Leiva fue detenida por varias horas en dos ocasiones en que se dirigía a saludar al Papa Francisco, tras ser invitada en ambos casos por la Nunciatura Apostólica en La Habana. Algo similar le ocurrió a la disidente Martha Beatriz Roque.
¿Por qué el régimen persiste en tales alardes de torpeza represiva? ¿Qué daño a su poder significan estas dos mujeres, que incluso en el caso se Leiva se ha mostrado partidaria del acercamiento entre Obama y Castro?
Nada y mucho. Una de las puertas que Raúl Castro mantiene cerrada, más allá de las maniobras diplomáticas, es la que daría entrada a la sensatez. Un déspota puede temer a muchas o pocas cosas, pero la razón es siempre una de ellas.

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