jueves, 10 de septiembre de 2015

Iré a Santiago


Hace algunos años, cuando por primera vez viajaba a Burgos, en el ómnibus me encontré con un grupo de alemanes (viejos, jóvenes, muchachas, mujeres) que andaban de peregrinos por unos meses —más allá de sus vidas cotidianas, sus trabajos, estudios y hasta retiros— y allí comenzó mi interés por el Camino de Santiago.
No es una pasión sino más bien un entusiasmo tenue. No lo he hecho ni a estas alturas creo que lo haga, aunque una de las cosas que siempre me ha llamado la atención del recorrido es la variedad de opciones disponibles: el camino se realiza por los motivos más diversos y he visto a personas de lo que podrá llamarse “edad avanzada” llegar a la catedral de Santiago de Compostela en plan de peregrino. Si caminó todo el tiempo o se subió a un ómnibus, como los alemanes del comienzo, es algo que no vale la pena averiguar. Se supone que más allá de la honestidad de todo cristiano que emprende el recorrido, hay ciertas exigencias y controles antes de dar la acreditación. Pero siempre me ha parecido que al final todo queda a la conciencia de cada cual.
Para mi lo mejor del Camino de Santiago es la ausencia de fanatismo. Nada que ver con la Meca ni con Lourdes. El sentimiento más común es camaradería. Vale la pena sentarse a contemplar los encuentros momentáneos, al final del recorrido, de quienes compartieron parte del trayecto y luego marcharon cada cual por su lado. Es más bien la llegada tras un maratón, y el Camino tiene también su parte de evento deportivo.
Por otra parte, ausente del Camino está la beatería que uno se encuentra en la Basílica de San Pedro y nada parecido con el Día de San Lázaro en Cuba.
¿Prueba de la permanencia de la religión católica? Sí, pero el camino de Santiago es mucho más que eso en la actualidad. Vale la pena disfrutar de una ceremonia que se ha desprendido por completo de significado político y que abraza el sentimiento religioso con una mesura —e  incluso a veces una ausencia— digna de elogio.
Ello resulta particularmente curioso porque en España la figura de Santiago está más vinculada que la de ningún otro santo con un objetivo político. De hecho esa función está en el origen del culto, que tiene tanto de propaganda y de fin ideológico —y hasta bélico— como de carácter evangelizador.
Los tres Santiago
Lo primero a preguntarse es cuál Santiago. Está el apóstol Santiago de los doce primeros discípulos, que abandona su labor para seguir a Jesús y en lo adelante dedicarse a “pescador de almas”; luego el Santiago que supuestamente tras la crucifixión parte a llevar el evangelio de Cristo a los más remotos parajes —en este caso el norte de España— y diez años más tarde regresa a Judea, para asistir a la  “dormisión“ de María, y Herodes Agripa I manda a decapitar; por Santiago ﷽gresa a Judea y es mandado a decapitar por  diez años mdeolntiago estlado. Es mrino. Si caminúltimo tenemos al Santiago matador de moros, el que se le apareció a las tropas españolas, descendiendo del cielo en un caballo y las guió al triunfo en la Batalla de Clavijo, que puso fin al tributo vergonzoso de entregar cada año cien doncellas cristianas a los musulmanes. Es por ello que la figura de Santiago a caballo, en la Catedral, aparece rodeada de enormes doncellas arrodilladas.
Del Santiago Matamoros no se habla mucho ahora, pero durante siglos fue una figura no solo muy popular en el país, sino la dominante dentro de las diversas facetas del discípulo de Cristo. Hasta el punto que en la tradición militar española, el grito de guerra “¡Santiago y cierra España!” ha sido utilizado por las tropas en las ofensivas militares desde la época desde la Reconquista.
Aunque tanta fama y fervor puede responder más bien a una fabricación oportuna que a hechos verdaderos.
Hay que tener mucha fe para creer que realmente son las reliquias de Santiago Apóstol las que se encuentran en la Catedral, pero precisamente de eso trata el negocio de la Iglesia Católica o de cualquier religión: el convencimiento por el espíritu.
Sin embargo, más allá de la cuestión del dogma, lo que cae puramente en el terreno político es el aprovechamiento por los gobernantes españoles, a partir de los mismos reyes, de la figura religiosa. Más que una estampa del Nuevo Testamento, el Santiago “Patrón de España y de Galicia” es una representación medieval, cuyo valor iconográfico se remonta mucho más atrás que el año 1630,  cuando el papa Urbano VIII lo decretara solo y único Patrón de la Nación Española, durante la monarquía de Felipe IV.
Lo interesante es que este aspecto no parece tener una gran importancia en estos días, en una Europa temerosa de atentados por parte del fanatismo musulmán. Y sin bien ni la Iglesia Católica actual ni en la ciudad se promueve el Santiago bélico —en las tiendas de recuerdos predominan los figures del Santiago peregrino— la imagen del santo a caballo está ahí, en el altar mayor de la catedral.
Santiago de Compostela y su catedral son hoy por hoy —y temo tentar al diablo al escribir esto— lugares que se pueden visitar con plena tranquilidad y donde los sistemas de protección y seguridad son mínimos.
El santo de la espada
La invención de la figura del Santiago patrón de España durante el medioevo marca una serie de características que le serán muy útiles tanto a la Corona como a Roma. No solo era uno de los discípulos más belicoso, y partidario de la acción y el exterminio de los enemigos (“hijo del trueno” lo llamaba Jesús), según se narra en los Evangelios sino también destaca posteriormente como peregrino, evangelizador y mártir. Palabra y Sangre. Nadie como él simboliza la fe por la espada y más allá incluso del ámbito religioso, se convierte en arquetipo del caudillo.

Sin embargo, tras siglos de guerras, triunfos y derrotas de la nación española, Santiago se ha refugiado en el canto de los peregrinos. Su último momento de exaltación bélica fue durante el franquismo. Hoy Santiago es motor y móvil de una industria turística que no se destaca por clientes acaudalados —todo lo contrario—, pero es constante y segura, y junto al santo, el botafumeiro se ha convertido en la estrella del espectáculo.