sábado, 12 de septiembre de 2015

Leopoldo López y la perdición latinoamericana


Es muy posible que la sentencia a Leopoldo López sea el camino para su liberación. A partir de ahora se sucederán los reclamos pidiendo su libertad  y es posible que un día despertemos con la noticia de que el régimen de Maduro lo ha puesto en un avión y aterriza en Miami o Bogotá, e incluso en Madrid.
Hay sin embargo un ejercicio perverso en el mantenimiento de esa rutina latinoamericana: los presidentes de la región no se han pronunciado contra el hecho, salvo el de Costa Rica.
La condena a Leopoldo López es doblemente lamentable. En primer lugar porque no cabe la posibilidad de que se tratara de un proceso justo, Políticos dentro del diverso espectro político latinoamericano y europeo se han pronunciado contra juicio y sentencia y han sobrado testimonios, datos y pruebas de la ilegalidad del proceso.
En segundo lugar —y esto en cierto sentido resulta más lamentable que la injusta condena— porque al presidente venezolano Nicolás Maduro le ha bastado repetir un viejo y gastado esquema  en la región para salirse con la suya.
Más que lamentable es la peor de las decepciones, que la táctica de apelar a una crisis fronteriza continúe sirviendo para desviar la atención de los problemas político internos de un país lleva a cuestionarse una vez más sobre la madurez política latinoamericana. Y debe llevar también a una explicación y condena sin paliativos: basta ya de aferrarse al problema neocolonial, la finalizada guerra fría, la confrontación mundial, el subdesarrollo y el equilibrio de poderes. Si maniobras tan torpes siguen resultado de eficacia en la zona es porque sus gobernantes —de izquierda, derecha y centro— no sirven y sus estructuras sociales y políticas son ineficientes. Para agregar más escarnio al insulto Maduro se sale con la suya cuando el precio del petróleo está por el suelo, así que la socorrida justificación del dinero y los petrodólares no cuenta mucho en este caso.
Lo que cuentan son el compadrazgo, la inutilidad y la complacencia mutua que no termina de abandonar la región. Y para ello, hasta ahora, la solución no son gobernantes de uno y otro campo político, sino algo más simple y al parecer imposible de obtener: decencia.


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