sábado, 5 de septiembre de 2015

Más pan y menos circo


El verano se acerca a su fin, y esto tiene que ver no solo con la temporada de vacaciones sino con la categoría de las noticias. A falta de mayores ataques de tiburones en las playas, Trump ha llenado un vacío no necesario sino circunstancial.
Hay ciertos aspectos que deberían ser obvios en un país donde el ejercicio democrático en las urnas es casi pan diario, pero que cada vez resultan más oscurecidos por la tendencia de convertir las elecciones en espectáculo.
Si bien las campañas son en buena medida shows, la elección en sí misma —el momento en que el elector decide en las urnas— no lo es. De lo contrario habría que afirmar que el sistema democrático no funciona, y afortunadamente no es así. Tiene fallas, pero funciona.
Así que al emitir su voto, millones de estadounidenses deciden de acuerdo a sus verdaderos problemas. Pueden tomar decisiones equivocadas en cualquier momento, pero cuando se analiza el proceso en su totalidad se reafirma su eficiencia.
Malo para Trump, porque el problema principal de los ciudadanos de este país no lo constituyen los mexicanos sin documentos, sino el estancamiento de la clase media. Lo menos que puede decirse del aspirante republicano es que su campaña está desenfocada y que si llegara a una verdadera confrontación nacional se haría pedazos.
¿Por qué entonces encuesta tras encuesta lo sitúa por encima de sus contendientes y ocupa titulares en la prensa? La respuesta a la segunda pregunta puede resumirse en un nombre: Miley Cyrus. A diferencia de Cyrus, Trump no es extravagante en su imagen —del cuello para abajo— sino en sus palabras, pero igualmente busca el mismo efecto: pavonearse y llamar la atención.
La segunda respuesta, la que tiene que ver con la popularidad en las encuestas, se relaciona también con la prensa, que por lo general omite el tedioso ejercicio de explicar que en general dichos sondeos no son determinantes, ni con vista a la verdadera contienda electoral —que toma fuerza a partir de la nominación de ambos candidatos— ni en la medición de tendencias respecto al electorado nacional.
Basta con darse una vuelta por el Parque del Dominó en Miami para reconocer que lo que hace Trump es limitarse a mover fichas, que ni siquiera sabe “botar las gordas”.
Quienes responden en esos sondeos que prefieren a Trump como candidato tienen todo su derecho a hacerlo, pero no son una muestra representativa dentro la población electoral del país.
A ello hay que agregar que buena parte de dichas encuestas están realizando una medición de simpatías sobre los aspirantes de un solo partido, además del hecho de que en muchos de ellas se recogen opiniones de quienes ni siquiera se identifican como votantes habituales. Pueden reflejar irritación pero no práctica cívica. No es lo mismo decir que me gusta el chocolate que ir a la tienda a comprarlo.
A lo anterior hay que añadir también que dichas encuestas son un elemento de una influencia relativa dentro del proceso electoral; que no son el aspecto más determinante y que sirven para llenar titulares pero no mucho más. Estas encuestas despiertan atención y generan especulaciones, pero no son el factor de mayor peso en las primeras etapas de una campaña presidencial. Las verdaderas encuestas importantes son los sondeos internos que se llevan a cabo, tanto por los partidos como por los otros aspirantes o candidatos, y esas no salen siempre a la luz pública.
Hay que esperar hasta una fecha más cercana al inicio de las primarias, y ver si se producen anuncios de campaña de otros aspirantes atacando directamente a Trump, y con cuánta intensidad se realicen esos anuncios, para saber si se le toma en cuenta como un rival serio.
Dos cuestiones son claves en cualquier proceso electoral estadounidense. Los apoyos de figuras predominantes dentro del partido y el dinero para realizar la campaña.
De acuerdo a ambas, el próximo candidato presidencial republicano será Jeb Bush. Olvídese de los dígitos que actualmente marca Trump por encima de Bush. El exgobernador de Florida lleva la delantera.
Considere el factor dinero, que es más importante que cualquier encuesta preliminar. En ese sentido Bush encabeza la contienda con una ventaja considerable. De acuerdo a los informes a la Comisión Federal de Elecciones, hasta el 31 de julio la recaudación a favor de Bush alcanzaba los $120 millones (de ellos y sin desglosar gastos $11.4 millones reunidos por el candidato y $108.5 millones debido a los Super PAC y otros grupos), muy por encima de su supuesta contendiente demócrata Hillary Clinton, que contaba con $67.8 millones, y que Trump, con apenas $1.9 millones.
Pero lo más notable es que ese dinero de Trump era debido solo a él como aspirante, y que no contaba con grupo de apoyo alguno.

Así que si el urbanista quiere dar un paso más allá en su empeño político, tiene que estar dispuesto a arruinarse. De lo contrario, su estridencia no pasará de una nube de verano, sin aguacero.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 7 de septiembre de 2015.