martes, 15 de septiembre de 2015

Tres Cubas, tres Papas


Alentar desde el exilio las protestas populares en Cuba es un acto irresponsable. En Miami se enfatiza o falsifica el carácter detonante del aumento de las tensiones en la isla, sin tomar en consideración las consecuencias de una escalada de violencia. Precisamente la labor de la Iglesia Católica ha sido disminuir estas tensiones.
Aunque lo escondan bajo llamados supuestamente libertarios y democráticos, ese es —en última instancia— el reproche que le formulan al Vaticano tanto quienes persisten en una falsa verticalidad anticastrista como la oposición en la isla que por diversos motivos los secunda en el empecinamiento.
Sin embargo, mientras los planes de esa disidencia no avanzan mucho más allá de un micrófono, una cámara o una página impresa en Miami, el papel de la Iglesia Católica ha ido ganando en relevancia dentro de Cuba, no sólo en los aspectos que esta institución reclama como propios —la labor pastoral— sino en terrenos que desde el origen ha sido renuente a reconocer como de ella —al César lo que es del César—, aunque siempre de una forma u otra ha participado en los mismos.
Vuelve un viaje de un sumo pontífice a Cuba a  estar marcado por la expectación, pero en circunstancias muy diversas a la que acompañaron a la visita de Benedicto XVI, y en especial a las existentes aquella tarde del 21 de enero de 1998, en que Juan Pablo II  besó el suelo cubano e inició su encuentro con una población que por entonces y durante casi cuatro décadas había escuchado y repetido que “la religión era el opio de los pueblos”.
No fue un pontífice cualquiera quien realizó la primera visita. El que llegaba a la isla era un sacerdote nacido y criado bajo un régimen comunista, acompañado de la aureola de ser uno de los protagonistas —para algunos, el principal protagonista— del desmoronamiento de ese sistema en buena parte del mundo. Un enemigo ideológico de primer orden para Fidel Castro y un hábil comunicador.
Pero cuando Juan Pablo II tomó el avión de regreso a su patria, el cubano comenzó a convencerse de lo que había sospechado desde que se anunció el viaje: que durante unos días había vivido en un paréntesis.
El tiempo ha demostrado que si bien surgieron demasiadas expectativas con aquel encuentro, a la larga tampoco los resultados han sido tan pobres.
La intención del Papa no fue nunca abrir un paréntesis, sino sentar las bases de una transformación mayor, que aún no se ha producido pero está en marcha. Ya la Cuba que visitó Benedicto XVI no fue la misma que conoció Juan Pablo II. En igual sentido, el país al que llegará el Papa Francisco no es igual al que recorrió su antecesor.
Negarse a ver estos cambios, analizar la situación bajo la única óptica de que continúa el régimen de los hermanos Castro y persiste la falta de democracia en la isla, encierra varias limitaciones. No sólo en cuanto a la existencia de un gran número de transformaciones ―muchas de ellas realizadas en última instancia y a regañadientes por parte del gobierno― ocurridas en los últimos años, sino también en lo relativo a los objetivos de la visita para la Iglesia.
A ello se unen dos situaciones nuevas. De la primera se ha hablado mucho, y es el papel mediador de la institución en el diálogo entre Washington y La Habana. Pero la segunda es igualmente importante, y es el marcado carácter social de la agenda del actual pontífice.
El Papa Francisco no llega a Cuba como un conocido rival ideológico (Juan Pablo II) ni está supuesto a realizar una visita de más pompa que circunstancia (Benedicto XVI) sino viaja tanto en su principal misión sacerdotal como con un objetivo político explícito de continuar este papel mediador. Es de hecho la visita con un mayor carácter político de las tres efectuadas por los distintos inquilinos del Vaticano.
En Miami algunos no reconocen la importancia que tiene el proceso de diálogo que han abierto el gobierno de La Habana y la Iglesia, y recurren al expediente burdo de atacar al cardenal Jaime Ortega. Para quienes lo ven todo en blanco y negro, cualquier matiz es una herejía.
Sin embargo, este proceso entre dos estados pequeños —cuya presencia en ocasiones sobrepasa la geografía y hasta la historia y en otras no— debe ser apoyado y hacer lo posible para que los extremistas de ambos lados del estrecho de la Florida no logren entorpecerlo. Vil el preferir el sufrimiento de otros con tal de mantener la preponderancia de un punto de vista.
El diálogo en marcha entre la Iglesia y el régimen es a la vez justificación y pretexto —ingenuo sería negar esta alternativa—, que también ha sido utilizado para esquivar otro más amplio con los diversos factores —considerarlos autores es condenarse al optimismo— de la sociedad cubana. Pero para lograr un consenso ciudadano se necesita más de un milagro, y la Iglesia nunca se ha limitado solo a rogarle a Dios.

Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que apareció en la edición del lunes 14 de septiembre de 2015. 

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