sábado, 10 de octubre de 2015

Neville, la buena vida, el horror y el franquismo


El mito de que en España la izquierda perdió la guerra en las trincheras pero ganó la batalla cultural es eso: un mito, una mentira. La realidad no solo está llena de matices sino del hecho oscurecido por años de que esa cultura reprimida, censurada y cómplice del franquismo fue el fundamento de lo que ocurrió después. Que unas cuentas figuras brillantes, extremadamente brillantes —Lorca, Machado el bueno, Hernández— opacaran a los demás fue una respuesta justiciera pero incompleta; que unas cuantas imágenes deslumbrantes —Capa— nos llevara a pretender que eso era todo no deja de ser nuestra culpa.
En un libro ejemplar, Las armas y las letras, Andrés Trapiello traza un panorama de esa complejidad que tendemos a pasar por algo. En un conflicto que desembocó en una represión feroz durante la paz, y tras décadas donde el pasado se ha tratado de superar, resulta difícil mantener una mirada comprensiva y abarcadora. Pero es imprescindible, al menos para escapar de las dicotomías.
Hay aspectos que apenas se mencionan, como el hecho de que la derecha y ciertos escritores vinculados más o menos directamente con la falange — Miguel Mihura, Tono, Enrique Jardiel Poncela, Álvaro de la Iglesia— dominaron el humor y trascendieron en ese campo, burlándose incluso contra su clase y el imaginario impuesto a la sociedad por el régimen caudillista, con una fuerza que por razones históricas, políticas y hasta de exilio les resultaba imposible alcanzar a los autores de izquierda.
Queda también una realidad más amplia, donde más allá del terror, la censura y el hambre se abren vertientes privilegiadas, y a estas alturas el origen y las ventajas de una posición privilegiada no deben llevar a una condena ideológica de los logros. De lo contrario, resultaría imposible romper el fanatismo que yace en la república y la contrarrevolución resultante.
Una de esas figuras, a las que no hay que despojar del rasgo amable que las caracterizó, es Edgar Neville.
Aristócrata, escritor,  autor de teatro, realizador cinematográfico e incluso pintor, Neville fue amigo de Federico García Lorca, Manuel de Falla, Salvador Dalí y otros miembros de la Generación del 27. Introdujo a Luis Buñuel en Hollywood, escenario difícil en que sin embargo disfrutó de la amistad de Charles Chaplin y Mary Pickford. Aparece incluso en Luces de la ciudad, de Chaplin, haciendo de extra en una papel de policía.
De las películas realizadas por Neville una de las más conocidas es La torre de los siete jorobados (1944), que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía ofrece en función continua en una de sus salas. Muestra algo tardíamente la influencia del cine expresionista alemán y se considera uno de los pilares del cine de horror español. Más notable es su documental póstumo sobre el flamenco, Duende y misterio del flamenco (1952).
Neville, que fue corresponsal de guerra del frente franquista a partir de 1937, filmó la batalla de Brunete y la toma de Bilbao. También se destacó como guionista de cortos propaganda a favor de las tropas de Franco, que incluso se exhibieron en las trincheras rebeldes que rodearon a Madrid.

Amante del buen comer, Edgar Neville murió en Suiza mientras llevaba a cabo un plan de adelgazamiento, en 1967. Su obra literaria es menor, pero sus cuentos aún aparecen en antologías y sus libros no son difíciles de encontrar en las librerías españolas.

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