lunes, 23 de noviembre de 2015

El cuadro


¿Puede un creador deber su fama a un solo cuadro? No en el caso de Gustave Caillebotte (1848 - 1894), quien además de pintor fue amigo y benefactor de otros artistas, organizador de exposiciones y coleccionista. Sí al contemplar Rue de Paris; temps de pluie, porque es la única de sus pinturas en que Caillebotte alcanza la grandeza. Su obra no se puede reducir a la singularidad de este cuadro, aunque es en él donde se concentra lo que fue y lo que no quiso o no pudo ser. Notable que todo esté allí, en esa escena callejera, con la simpleza, amabilidad y elegancia que caracterizaron su creación.
Todo le fue fácil a Caillebotte en la vida. Ni siquiera la guerra franco-prusiana vino a cambiar esa placidez, aunque participó en ella entre julio de 1870 a marzo de1871. Nació en una familia acomodada. Se graduó de abogado y obtuvo la licencia para practicar su profesión. Fue también ingeniero. Logró el ingreso en la École des Beaux-Arts, aunque no permaneció mucho tiempo en la academia. Heredó primero la fortuna de su padre, al ser el primogénito, y luego al morir su madre los tres hermanos se dividieron la herencia familiar. Nunca tuvo que preocuparse por el dinero y tranquilamente comenzó a pintar. No se puede afirmar que sin la presencia de Caillebotte no habría existido el Impresionismo, pero él contribuyó en buena medida a que muchos más conocieran el movimiento.
La mayoría de sus cuadros reflejan ese ambiente apacible y hermoso de la burguesía durante la Belle Époque. Uno mira con envidia ese Paris y los hombres y mujeres de entonces que aparecen en sus cuadros, donde con cierta cualidad fotográfica, sí en intención pero no como recurso —aunque conoció y le llamó la atención la fotografía no hay evidencias de que en alguna ocasión la utilizara en su obra—, muestra su mundo. Ese realismo pictórico, que en buena medida lo define, aparece casi siempre de cierta forma idealizado.
Hay un cuadro suyo que parece desmentir todo lo anterior. Les raboteurs de parquet, que se considera su primera obra de significancia, muestra unos trabajadores acondicionando un piso de madera, posiblemente el de su propio estudio. El tema fue considerado “vulgar” y por lo tanto rechazado para el Salón de 1875. Volvería a él en otra pintura, y aunque la primera mencionada es superior, ambas no dejan de ser cuadros que manifiestan maestría pero no descubren un talento excepcional.
En ellos, y en algún desnudo, el espectador descubre un elemento grave, algo sombrío, que sorprende en un pintor siempre apacible. Pero por lo demás no hay nada que detenga en el espectador el disfrute plácido de una época feliz.
Hasta en sus variaciones estéticas Caillebotte no deja nunca de ser apacible. En ocasiones salta de estilo, mas es como si cambiara de conversación, como si aquí y allá hablara con diferentes amigos. Por momentos prescinde del  realismo pictórico y es en ocasiones impresionista y uno lo encuentra cercano a Renoir y Pissarro. En otras toma prestado los colores de Degas, especialmente en las escenas de interiores. A veces imita la pintura de Manet, como cuando representa a botes paseando en el río. Aunque siempre su paleta es discreta, íntima, menos vibrante.
En donde Caillebotte se muestra independiente  es en el uso de la perspectiva, y este aspecto sí experimenta y añade a la pintura nuevos caminos a desarrollar.
Es esa cualidad —no la única— uno de los elementos que destacan en Rue de Paris; temps de pluie. Aquí hay una combinación meritoria de realismo, colores planos y perspectiva, entre las figuras al fondo difuminadas, mientras los caminantes y un carruaje en los planos medios figuran más nítidos, y con total precisión los rostros en primer plano. Ello confiere a esta pintura de época un carácter completamente moderno. La imagen tiene la cualidad de una escena cinematográfica.
Quizá fue el saber que nunca sería tan gran artista como sus amigos —a los cuales no por ello dejó de ayudar y de comprar sus cuadros— por lo que dejó de mostrar sus trabajos, y fue abandonando la pintura hasta que la dejó por completo. Se dedicó entonces a la jardinería, construir yates y participar con ellos en competencias deportivas.
Esa dualidad, que nunca llega a una explosión en sus pinturas —ni siquiera a mostrarse plenamente—, entre la vida apacible burguesa y la dura existencia de los trabajadores, la trasladó también a su vida privada.
Nunca se casó, pero al parecer mantuvo una relación durante años con una mujer pobre, 11 años menor que él, y a la que dejó una generosa pensión anual.
¿No fue todo ese reposo y suavidad que aparece en su pintura una simple fachada? Si contemplamos su Autorretrato, no lo vemos como un hombre tan sencillo como los que aparecen en la mayoría de sus cuadros. Hay algo airado y poderoso en la mirada que desmiente
A los 45 años Caillebotte murió mientras trabajaba en su jardín. Dejó a sus herederos y a Francia una extraordinaria colección de arte, que luego fue dividida. Falleció en una época que fue única para el arte y siguió siéndolo por algún tiempo, Alejado del oficio en que otros tuvieron un talento superior al suyo, pero donde él pudo al menos pintar un cuadro que aún hoy sorprende. Y eso no es poco.