lunes, 16 de noviembre de 2015

El totalitarismo no paga


El 17 de abril del pasado año salió a la venta un disco compacto, publicado por Arbiter Records, con interpretaciones de tres músicos de los que se habla poco en la actualidad. Uno fue director de orquesta y compositor, el segundo también director y el tercero pianista. Las obras que interpretan son muy conocidas y forman parte del repertorio constante de cualquier sala de conciertos: la obertura Leonora de Beethoven, el Concierto No.2 para piano y orquesta de Brahms y la Sinfonía Fantástica de Berlioz.
No sería nada nuevo en los cada vez mayores catálogos de hoy, donde constantemente se rescatan piezas que se creían perdidas. Si acaso a destacar la excelencia de las interpretaciones. Lo demás quedaría al conocedor o diletante. Pero lo que hace singular este CD, con grabaciones inéditas hasta ahora, es que dichas interpretaciones se llevaron a cabo en los años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) o en fechas cercanas a la misma, y que el destino de los artistas estuvo tan vinculado a los regímenes totalitarios en que vivieron —la Unión Soviética de Stalin y la Alemania de Hitler— que les costó la vida, ya sea de una forma directa o indirecta. Y que ese precio lo pagaron no por una actitud contraria a tales mandatos sino por plegarse al sistema o incluso a colaborar con él.
Las obras
La obertura de Beethoven fue interpretada bajo la dirección de Oswald Kabasta, conduciendo la Filarmónica de Munich alrededor de 1944.
El concierto de Brahms por el pianista Alfred Hoehn y la Orquesta de la Radio de Leipzig Radio bajo la batuta de Reinhold Merten en 1940.
La sinfonía de Berlioz, con Oskar Fried y la Orquesta Estatal Sinfónica de la USSR cerca de 1937.
La vida de estos tres artistas, que vivieron bajo dos dictaduras totalitarias —incluso en un caso en ambas— muestran otra cara del horror que significaron tales  gobiernos absolutos, quizá en ocasiones no tal espectacular y definitivamente menos heroica, pero igualmente trágica.
Los intérpretes
El caso de Kabasta es el más “clásico” de los tres. Se sumó al régimen nazi para satisfacer sus ambiciones artísticas, pero también por vocación, y terminó suicidándose.
Kabasta (1896 - 1946), de origen austriaco, era el principal conductor de la Academia de Viena en 1931. En 1938 se hizo cargo de la Filarmónica de Munich. Sus interpretaciones, fundamentalmente de las sinfonías de Anton Bruckner —compositor favorito de Hitler—, resultaron especialmente notorias.
Los nazis se apropiaron de la figura de Bruckner (1824 -1896) no por una antigua afinidad ideológica del compositor, que vivió en una época anterior y nunca fue antisemita, sino porque lo convirtieron en ejemplo de una figura artística marginada en su tiempo por el establishment cultural vienés, que Hitler identificaba con los judíos. Bruckner, austriaco también como Kabasta y Hitler, representaba para el führer otro ejemplo de lo que le había ocurrido a él como pintor.
Eso y la grandilocuencia de las obras de Bruckner lo convirtieron, junto con Wagner, en una referencia musical obligada. Que Kabasta se destacara como interprete de esta música no es una simple coincidencia.
No es que Kabasta no fuera un buen director de orquesta. Lo era. Un conductor de la grandeza del británico Adrian Boult reconoció públicamente sus méritos. La cuestión radica en que el entusiasmo del músico austriaco por el régimen nazi lo llevó incluso a firmar siempre sus cartas con un "Heil Hitler!".
Tras la guerra, a Kabasta se le prohibió trabajar como director y en 1945 la ciudad de Munich le retiró su salario. Destruido por la pérdida de su estatus, se retiró a la ciudad de Kufstein, en Austria, donde se suicidó en 1946.
El caso del pianista alemán Hoehn (1887 - 1945) es más patético, en el sentido de que no se trata de un colaborador de los nazis sino de un hombre tranquilo que quiso y no pudo mantenerse al margen de los acontecimientos.
Uno de los más notables intérpretes del instrumento en su tiempo, a los 23 años se impuso sobre Artur Rubinstein en el Concurso Anton Rubinstein, en San Petersburgo, en 1910.
Se destacó especialmente en las obras de Brahms, aunque también fueron notables sus ejecuciones en las obras de Beethoven y Chopin.
Hoehn se refugió en el piano y la enseñanza durante el nazismo y trató de mantenerse encerrado en su mundo musical. Al parecer la tensión, entre el caos que le rodeaba y el refugio solo logrado a veces en un mundo ideal y artísticamente hermoso, contribuyó a la embolia cerebral que sufrió durante un concierto interpretando a Brahms en 1940.
Murió en 1945 de un infarto. Se cree que al ver a un soldado estadounidense lanzar su piano por una escalera.
Fried (1871 – 1941) es quizá la figura más trágica de todas. Conductor y compositor alemán y admirador de Gustav Mahler, fue el conductor que primero grabó una de las sinfonías de este. También el primer director de orquesta sinfónica en actuar en Rusia tras la Revolución de Octubre, a la que fue invitado y saludado por Lenin. Pese a ello, no se le conoce una filiación comunista ni siquiera un simpatizante de izquierda, más bien alguien que buscaba refugio donde pudiera.
De origen judío, tras el ascenso del nazismo en Alemania se marchó a la URSS en 1934 y se hizo ciudadano soviético en 1939. Allí se casó con una descendiente de Glinka. Su actividad de conciertos comenzó a disminuir debido a su mala salud, hasta su muerte en 1941.
La muerte le llegó a Fried en la misma semana en que se abolió el pacto Molotov–Ribbentrop y Stalin inició el asesinato de los alemanes que estaban en la URSS. Demasiada coincidencia en un país donde, por principio de Estado, se desechaban las coincidencias y donde no importaba la edad para ser eliminado.
Un informe de la época afirma que su fallecimiento ocurrió en un hospital y que, al escuchar el sonido de los cercanos aviones alemanes, lanzó una maldición. Esas fueron sus últimas palabras de acuerdo a la descripción idealizada. Pero en la actualidad se duda de ella y se cree fue envenenado. Se desconoce el lugar donde están sus restos.


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