domingo, 15 de noviembre de 2015

Farsa política en Cuba


Desde hace años el discurso político, en y sobre Cuba, viene recorriendo una vía vulnerable, donde la palabra y la acción transitan de la cruda realidad al esperpento y el bufo. De este ejercicio no se salvan ni el gobierno ni sus opositores.
Fue Fidel Castro el iniciador de esta tendencia, como de tantas otras. El desatino siempre fue un factor determinante en su retórica, pero el dislate verbal —aislado a partir de su incapacidad para la acción— se reflejó con fuerza en sus “reflexiones”, quizá porque los textos no dejaban terreno adicional para una puesta en práctica y uno podía entonces recrearse en el disparate, sin preocupación aparente ante posteriores consecuencias.
Asombraba entonces que esa facilidad desplegada durante decenas de años para el juego peligroso de conservar el poder indefinidamente, se concretara en algo tan burdo: al final lo único que valía era el prolongarse a través de la repetición.
Cierto que en la isla siempre contó para sus planes con una masa de temerosos, resentidos y aprovechados, que manipulaba a su antojo, a los que año tras año movilizaba en concentraciones sin fin.
Al mismo tiempo, en Miami tenía a su favor el apoyo incongruente de un anticastrismo vulgar, que desde hacía mucho también se limitaba a repetir viejos esquemas.
Claro que el líder revolucionario era —y continúa siendo— una figura mediática de primer orden, pero esa repetición de alertas mundiales, desastres con fechas fijas que no se produjeron, y vueltas y revueltas a donde dije digo ahora digo Diego, permitían el paso fácil del ex estadista a una figura de la farándula: Lady Gaga, con o sin uniforme verde oliva.
Ahora que ese empeño de “reflexionar” sin penitencia ha sido sustituido por la ocasional carta o el comentario, uno llega casi a extrañarlo. Sobre todo en esta época crítica para la prensa, donde todo —o casi todo— cabe para contribuir a mantener viva la industria de la noticia. Quedan, como consuelo, los rumores sobre su muerte eterna, que algunos suelen revivir de cuando en cuando.
Pero astucia política y repetición vacua tienen un límite, en lo personal y también como sistema: llega siempre el momento en que un proceso social y político se agota. Si no se produce un cambio violento o una transformación continua y dinámica, lo que queda es la decadencia. Y una de las fases más penosas de esa decadencia puede asumir la cara de la farsa.
En buena medida la farsa se ha adueñado de la ejecución política. Tanto en los que tienen el poder en Cuba, que cada vez más se abrazan con el tradicional (ex) enemigo norteamericano, sin por ello excluir términos militares —como “lucha”, “batalla” y ”bloqueo”— de su prédica, como en quienes desde una llamada “disidencia” se lanzan a la infeliz idea de aprovechar la fiesta de Halloween para colocar en las redes sociales imágenes de activistas, recreando con maquillaje a las víctimas de los actos represivos: mimetismo (¿el Halloween como tradición cubana?) y relajo.
Jorge Mañach, en su Indagación del choteo, criticó las funestas consecuencias —en el orden moral y cultural— de una práctica que no podía justificarse sino como “un resabio infantil de un pueblo que todavía no ha tenido tiempo de madurar por su cuenta”;  desde “el arribista intelectual que ha sentado plaza de maestro” hasta “el político con antecedentes impublicables”.
Lo peor no es convertir la política en broma, algo que puede resultar saludable, sino limitar el discurso a una broma transformada en política. Mientras tanto, Cuba espera el momento a ser tomada en serio, por generales y opositores. 
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 16 de noviembre de 2015.

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