miércoles, 18 de noviembre de 2015

“La Marseillaise, encore”


Ha vuelto a escucharse, con un fervor desconocido desde hacía años. De nuevo La Marsellesa levanta el espíritu francés y renueva su función catártica, esa que incluso la convirtió por momentos en un recurso simplón, como cuando se escucha en la película Casablanca, con esa escena que en una ocasión —en una crítica excelente que luego repudiaría— provocó un epíteto mordaz de Guillermo Cabrera Infante: calificó al actor Paul Henreid, en su papel de héroe de la Resistencia dirigiendo la orquesta en el Rick's Cafe Americain, como un risible aprendiz de Stokowski.
No deja de ser una nota de optimismo que en medio del dolor y la incertidumbre resuene con recobrada frescura un himno que nunca ha sido ajeno a la ironía histórica.
Para conocer sobre el origen de La Marsellesa lo mejor es consultar el texto que Stefan Zweig le dedicó tanto a la evolución de la partitura como a su autor en Momentos estelares de la humanidad, un libro que conserva su valor —pese a lo pasada de moda que a veces resulta su escritura— si uno logra superar el título manido. La crónica no está entre las mejores que aparecen allí, pero resume lo que vale conocerse al respecto (Zweig es un escritor del que ahora en Estados Unidos se publica relativamente poco de su extensa obra, pero que en España se reedita constantemente).
La Marsellesa es lo único que compuso que valiera la pena —y muchas veces y desde el inicio ni siquiera por ello se le recuerda o menciona— Claude-Joseph Rouget de Lisle, capitán del cuerpo de ingenieros del ejército francés, en una noche única de inspiración.
Inicialmente no se llamó así y no estaba destinada a ser un himno revolucionario. Tampoco en su origen —si por tal puede considerarse el momento en que fue compuesta la obra— tuvieron nada que ver ni Marsella ni los marselleses.
El Canto de guerra para el ejército del Rin. Así se llamó cuando lo presentó Rouget de Lisle —y con ese objetivo fue compuesto— surgió en Estrasburgo. Por otra parte, su autor nunca fue un revolucionario. Todo lo contrario, un realista.
El 20 de abril de 1792 se declaró en París la guerra a Austria. Entonces el alcalde de Estrasburgo, un aristócrata, le pidió al joven capitán que escribiera un himno patriótico para celebrar el evento.
Fue un encargo que surgió en una velada de despedida entre generales, oficiales y los principales funcionarios municipales. La petición se hizo como un favor, apenas una sugerencia, y motivada solo por el recuerdo de que el militar había compuesto anteriormente un himno “muy bonito”, cuando se proclamó la Constitución. Quizá porque quien solicitó la canción o marcha no tenía a nadie cercano con mayores méritos para la tarea. El propio Rouget de Lisle no se consideraba un compositor especialmente dotado y el tiempo le dio la razón: sus versos jamás se editaron y sus óperas fueron rechazadas.
El canto patriótico —“una canción de circunstancia”, como la describió la esposa del burgomaestre en una carta que escribió a su hermano— fue ejecutado por la banda militar en la plaza mayor a la partida del ejército. Se recibió con el entusiasmo del momento, saludos y algún que otro elogio pueblerino. Luego, durante el avance de las tropas, a ningún general del ejército del Rin se le ocurrió volver a tocar o cantar la “canción de guerra”.
Fue en el otro extremo de Francia, en Marsella, en el Club de los Amigos de la Constitución y también durante un banquete para saludar la partida de las tropas, cuando a un estudiante de medicina se le ocurrió cantar ese himno del que nadie sabía su procedencia.
“Al día siguiente la melodía está en cientos y miles de labios”, escribe Zweig.
La primera gran victoria de La Marsellesa se produce en París. El 30 de julio el batallón de marselleses avanza por los suburbios, con la bandera y el himno por delante. Fue entonces que La Revolución encuentra su himno.
Olvidado en una pequeña guarnición de Hüningen hay un oficial por completo anónimo, que se limita a su labor de ingeniería y nadie toma mucho en cuenta. Es Rouget de Lisle, quien encuentra en las gacetas que hay un himno que ha tomado París por asalto. No se atreve siquiera a sospechar que es obra suya. La Marsellesa, la canción más famosa de Francia, acapara todo los méritos para ella y nada para el autor: su nombre no figura ni en el texto ni en la partitura.
La fama llega a la obra, pero no al autor, cuando los marselleses y los habitantes más pobres de París —y algunos entusiastas no tan pobres o aprovechados— asaltan las Tullerías y deponen al Rey con el himno en los labios.
Para entonces, ya Rouget de Lisle está harto de la Revolución. Se niega a prestar juramento a la República y renuncia al ejército antes que servir a los jacobinos.
Comienza el Terror y en la guillotina muere el alcalde de Estrasburgo, el barón Friedrich Dietrich, aquel que en una noche en Estrasburgo había solicitado otro “himno bonito” que ya era mucho más. Lo siguen otros: el general al que está dedicada La Marsellesa, el conde Nicolás Luckner, y también todos los oficiales y nobles que una noche fueron los primeros en escuchar la melodía, antes que el pueblo la escuchara en una plaza. A punto de rodar está también la cabeza de Rouget de Lisle, encarcelado y a punto de ser juzgado como preámbulo para el cadalso.
Solo lo salva el 9 de termidor, con la caída de Robespierre.
Luego, durante más de 40 años, Rouget de Lisle se ganó la vida con pequeños negocios —“no siempre limpios”, escribe Zweig— y perseguido por los acreedores.
Es encarcelado en la cárcel de morosos de Sainte-Pélargie y tras salir de la cárcel, siempre vigilado por la policía, se esconde en algún rincón de provincias.
Su obra sufre también un destino desigual.
La Marsellesa es prohibida durante el Imperio y la Restauración. Vuelve a ser el himno nacional tras la III República. Durante 1940-1945 se prohíbe de nuevo.
Piotr Ilich Tchaikovski la incluye en su Obertura 1812, pero hasta esa entrada en los conciertos llega algo torcida: sirve para representar al ejército invasor y la victoria de Napoleón sobre los rusos y luego se vuelve a escuchar en disminuyendo, indicando la retirada de las tropas francesas.
Pero se trata de un anacronismo, ya que había sido prohibida por Napoleón y por lo tanto no pudo haberse tocado durante la campaña en Rusia.
No fue hasta 1879 que fue restaurada como himno nacional en Francia, el año antes de que a Tchaikovski se le solicitara la obertura, lo que podría explicar su uso por el compositor ruso.
Otro compositor, el francés Héctor Berlioz, fue quien elaboró una orquestación de la obra, que dedicó a Rouget de Lisle.
Para entonces, ya hacía años que los conciertos y los honores no contaban para ese hombre, modesto, amable y nada bien parecido que fue Rouget de Lisle.
Pese a todo, tuvo un pequeño alivio en sus últimos años de vida. Fue con la llegada del “Rey ciudadano”, Luis Felipe, que se le concedió una pequeña pensión. A los 76 años murió en Choisy-le-Roi, en 1836. Ya nadie lo conocía ni se acordaba de él.
Solo con la Primera Guerra Mundial, cuando La Marsellesa vuelve a escucharse en los campos de batalla, es que le llega un honor póstumo.
En 1915 sus cenizas son trasladadas al Hôtel des Invalides y en Choisy-le-Roi hay una estatua en su honor, en la plaza que lleva su nombre.
La Marsellesa tiene la virtud de volver a resonar con fuerza en los momentos difíciles de Francia.  Durante 1940-1945 fue nuevamente prohibida y cantarla se consideraba un gesto de desafío a la ocupación alemana y al gobierno colaboracionista de Vichy (lo que explica su inclusión en Casablanca).
Nada debe extrañar entonces que ahora se oiga, con fuerza, de nuevo.