domingo, 15 de noviembre de 2015

Las nuevas batallas


“Les vamos a hacer lo mismo que ustedes nos hacen en Siria”, gritaron los terroristas al entrar a la sala parisina Bataclan. Pero lo dijeron en un francés perfecto, sin acento. Es posible que algunos terroristas vinieran de fuera, pero otros fueron alimentados dentro.
Ya se conoce que uno de los autores del ataque al Bataclan, identificado por la huella digital de un dedo amputado, es un ciudadano francés, nacido en 1985 en la periferia sur de París. El domingo la fiscalía francesa dio a conocer la identidad de otros dos, también ciudadanos franceses, residentes en Bélgica.
Por otra parte, se cree que algunos de los participantes en los atentados terroristas, perfectamente coordinadas, pueden incluso ser refugiados llegados en las últimas oleadas de inmigrante procedentes de Siria, que tanta compasión despertaron en Occidente.
Al parecer existe una variación en lugares de nacimiento, pero un elemento común de origen árabe. Y ello nos devuelve de pronto a una época que Europa parecía superada, pero que en los últimos años, cada vez con mayor fuerza, los hechos nos han demostrado que no es así.
En el mejor de los casos estamos de vuelta a los años sesenta o setenta del pasado siglo. En el peor, asistimos a una vuelta al medioevo, a los inicios del colonialismo europeo.
Por ese sentimiento de vuelta al pasado es que tras conocer la noche de terror en Francia volví a ver La Batalla de Argel. No hay nada novedoso en ello. Desde antes de los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, la película se ha convertido en una referencia en el Pentágono. Tampoco es la primera vez que ocurre. Pero no deja de resultar algo difícil de visionar a las pocas horas de conocerse la masacre de París. Por dos razones  fundamentales. Una, y hay que dejarla clara desde el inicio, porque la cinta justifica el terrorismo árabe. La segunda, que también se debe destacar, es que tras los años continúa siendo una excelente película.
Para partir de un hecho elemental: La Batalla de Argel fue financiada entre un 40% y un 60% por las autoridades argelinas, que le brindaron un apoyo total al realizador Gillo Pontecorvo durante la filmación en Argelia.
Se calcula que la película costó solo $800,000, gracias a ese permiso de filmar en donde mismo habían ocurrido los hechos y el uso de actores no profesionales. Desde el punto de vista cinematográfico, el film se ajusta a un estilo semidocumental  y una estética similar a la postulada por Roberto Rossellini, que en última instancia es muy cercana al Neorrealismo italiano. Fue fotografiada en blanco y negro y ganó diversos premios internacionales. Incluso recibió tres postulaciones a los Oscar (mejor guión y mejor director en 1969 y mejor película extranjera en 1967).
Según Pontecorvo, a lo único que se opuso el gobierno argelino fue a la inclusión de las imágenes de un niño disfrutando de un helado momentos antes de una explosión en el local donde se encontraba. Pese a ello la escena permaneció en el filme.
El punto de vista del FLN argelino
Tras un contacto inicial con Pontecorvo —de reconocida filiación de izquierda—, los miembros del Frente de Liberación Nacional (FLN), que habían llegado al poder en Argelia, le expresaron el deseo de realizar una película con proyección internacional que les permitiera celebrar el nacimiento de la nueva nación. El director rechazó un guión propagandista hecho por quien fuera un líder guerrillero, Saadi Yacef, y propuso en su lugar otro hecho por él y Franco Solinas.
 En la década de los sesenta del pasado siglo, la exhibición de La Batalla de Argel coincidió con el período de las guerras de liberación nacional y la lucha anticolonial. En Cuba se convirtió en una especie de “película de culto” para el Instituto Cubano del Cine y la Industria Cinematográficas (ICAIC) y fue celebrada por los partidarios de la lucha armada en todo el mundo.
Con los años, pasó a disfrutar de una audiencia selecta, aunque con una motivación contraria. Los cursos de adiestramiento de contra insurgencia la incluyeron en su currículo, desde la tenebrosa Escuela Superior de Mecánica de la Armada, en Argentina, hasta el Pentágono, que a partir de 2003 comenzó a mostrarla como una ilustración de los futuros y posibles problemas a encarar en Irak.
El aspecto más controversial de La Batalla de Argel es la ya mencionada justificación del terrorismo. Cuando en la cinta llega el momento en que las imágenes muestran de forma descarnada las consecuencias de las bombas colocadas en lugares públicos, como cafeterías y salones de viaje (algo que acaba de ocurrir en París), el espectador ha visto tantos actos de represión, racismo y terrorismo de Estado, efectuados por los franceses y los pied-noirs, que ve las explosiones como una conclusión cruel, pero inevitable, creada por los colonialistas. Algo similar a lo que se escuchó en la sala Bataclan en París.
De hecho, la mayor crítica que se presenta al terrorismo en el filme no es desde el punto de vista moral y humanitario, sino como una táctica insuficiente para alcanzar el triunfo.
“Las guerras no pueden ganarse con ataques terroristas. Ni las guerras ni las revoluciones. El terrorismo es útil para iniciar un proceso, pero luego tiene que actuar toda la población”, le dice Ben M'Hidi, el líder político del FLN en Argel a Ali la Point, un joven marginal y analfabeto, preso en varias ocasiones por delincuente, que se une al movimiento insurrecto y es no solo uno de los protagonistas de la película sino que simboliza una representación del guerrillero urbano y rural glorificado durante las décadas de 1960 y 1970.
Una visión actual
Ver ahora La Batalla de Argel sirve a la vez para constatar tanto las repeticiones como la transformación de ese movimiento de ideología islámica, que entonces figuraba como un ideal nacionalista pero en la actualidad representa un extremismo religioso en su forma más burda. Si ayer la batalla era en contra del colonialismo, hoy es simplemente un afán de destruir la civilización occidental.
La Batalla de Argel presenta un escenario donde, en última instancia, el terrorismo es derrotado en la ciudad por las tropas paracaidistas francesas, pero donde al final los árabes logran la independencia. Francia gana la batalla de Argel, pero pierde la lucha en Argelia. Solo que en ese epílogo que presenta la película la conquista final se logra, aparentemente, por una insubordinación popular en donde solo se ve a los argelinos danzando y cantando en las calles, reprimidos pero invencibles.
En un paréntesis se podría añadir que ese epílogo debió ser de especial gusto a los funcionarios del ICAIC, ya que el Movimiento 26 de Julio se sirvió del terrorismo en las ciudades, pero en igual sentido consideró siempre la lucha en las montañas  y el campo —la que se menciona en La Batalla de Argel, pero nunca aparece en imágenes— como el objetivo fundamental.
Fue en la revista Cahiers du Cinéma, que dedicó un dossier a la película, donde en su momento se supo alertar sobre esta justificación del terrorismo presente en el filme. Y es que en la cinta Pontecorvo nunca individualiza ni a los pied-noirs ni a los franceses en general, salvo en los casos de algunos representantes de la maquinaria represiva. Así, antes de los atentados con explosivos, vemos a europeos bailando, comiendo y disfrutando de la buena vida en un país sometido al colonialismo. Antes los hemos visto demostrando su racismo y deprecio a los naturales. De esta manera se pretende brindar al espectador la visión de una clase parásita cuya inocencia es cuestionada. Curiosamente, el recurso es similar al empleado en aquellos western de Hollywood donde los indios solo se individualizan en jefes sanguinarios y las muertes las sufren seres sin individualización.
Más allá del colonialismo
Lo que viene ocurriendo en las últimos años en Europa resiste a la explicación simple del pasado colonial —aunque el componente no deja de estar presente—, sino representa un desafío mucho más profundo.
Tampoco las referencias a Argelia en este post apuntan a una vinculación directa entre los atentados ocurridos en París y esa nación. Es del vecino Malí desde donde la amenaza yihadista hacia el suelo francés se ha hecho pública en los últimos años, en especial luego de que los militares franceses acabaron con un bastión de ese grupo en el norte del país en 2013. Ahora todo apunta hacia la responsabilidad del Estado Islámico (ISIS) en la masacre, así que más que de un país se está hablando de una organización terrorista que trasciende fronteras. Lo que se intenta destacar son los aspectos comunes entre cierto islamismo, el fanatismo en contra de Occidente y las tácticas terroristas que emplean sus miembros, así como los medios—acertados o no— de enfrentar el fenómeno.
Particularmente difícil es la situación ahora, cuando crece el temor de que algunos de los terroristas hubieran llegado a Francia entre los refugiados procedentes de Siria. ¿Terminarán por cerrarse los países europeos, no solo a los inmigrantes sino restableciendo controles fronterizos que se creía ya superados? ¿Se impondrá  la unidad sobre el terror? Vale entonces volver a ver La Batalla de Argel, porque en estos días, el pasado está cada vez más cercano.