lunes, 7 de diciembre de 2015

Una noticia y tres conclusiones apresuradas


A 17 años de la primera victoria del difunto presidente Hugo Chávez, la oposición venezolana obtiene un triunfo significativo en las elecciones legislativas del domingo, pero además del momento de entusiasmo es la hora de la cautela.
Hasta dónde el chavismo se estaba preparando para el fracaso y hasta dónde esperaba el triunfo resulta de momento algo difícil de responder. La llegada al país de exmandatarios extranjeros para presenciar el proceso —de diversas tendencias políticas e invitados por distintas vías— fue un indicador de que la votación no se limitaría a un fraude simple y burdo. Más allá de no permitir observadores internacionales —solo “acompañantes” y de Unasur—, hubo una intención manifiesta, por parte del Gobierno, de no romper por completo el marco de las normas democráticas. El hecho de que se le permitiera ejercer el voto al preso político más importante del país, Leopoldo López, apuntó igualmente hacia el objetivo de brindar una fachada de tolerancia.
Aquí el cálculo puede haber sido que el gobierno de Nicolás Maduro cuenta con el control y los recursos suficientes para gobernar durante los próximos dos o tres años con una nueva ley habilitante —aprobada por la Asamblea Nacional saliente en los pocos días que le quedan—, lo que podría permitirle resistir la caída de los precios del petróleo y la grave crisis económica.
La prórroga de la hora de votación muestra por otra parte el apelar a un recurso de última hora, pero no hay que verlo como un signo de desesperación sino como la repetición de un recurso provechoso en otras ocasiones. Solo que ahora quizá no lo fue tanto.
Maduro llamó a la “ofensiva popular” para que nadie se quedara en casa. El chavismo intensificó la presión sobre su electorado cuando quedaban dos horas para el cierre de las urnas, a las seis de la tarde. Entonces comenzaron a escucharse mensajes por televisión que daban a entender que los colegios seguirían abiertos pasada la hora de cierre, lo que luego confirmó el Consejo Nacional Electoral.
El mecanismo había sido planeado con anterioridad para su puesta en marcha. Una especie de Plan B que entra en funcionamiento si aumentan las sospechas de que los resultados no van a ser favorables. Nada nuevo en Venezuela.
El fallecido presidente Hugo Chávez lo utilizó para obtener 800.000 votos tardíos que fueron decisivos en su última lid presidencial. Maduro apeló, en la “Operación Remolque”, a los electores de última hora, y así al parecer se impuso sobre el líder opositor Henrique Capriles en una elección aún cuestionada.
Hasta qué punto volvió a funcionar esta táctica, para evitarle al chavismo una derrota aún mayor, o si el domingo esta sirvió de poco, luego de los pronósticos de unos resultados más ajustados, será materia de especulación en los próximos días. De momento vale la pena arriesgarse a tres conclusiones apresuradas:
La clave está en las cifras
De acuerdo a los primeros resultados ofrecidos por el Consejo Nacional Electoral (CEN), de los 167 escaños en disputa la opositora Mesa de la Unidad (MUD) obtuvo 99, mientras que el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) solo 46. Quedan por adjudicar 22.
Con 99 diputados la oposición logra la mayoría y es muy posible que sume algunos más de los restantes por definir, lo que la llevaría a superar la cifra de 100, las tres quintas partes del cuerpo legislativo, y entonces estaría en capacidad de tratar de impedir que Maduro gobierne por medio de decretos, bajo el mandato de las leyes habilitantes que ha venido empleando.
De quedarse solo en los 99 diputados, con los que ya cuenta, la oposición podría promulgar leyes, vetar nombramientos y ejercer control sobre las arcas del Estado, pero con resultados más limitados.
La clave de un cambio mayor ocurre si la MUD alcanza más de 111 diputados, algo  difícil pero no imposible. Entonces estaría en capacidad de nombrar o remover a magistrados del Tribunal Supremo, y a rectores del Consejo Nacional Electoral, así como convocar a un referéndum.
Con más de 111 diputados de la oposición, sí es posible afirmar que se ha iniciado el fin del chavismo. Con menos escaños, no.
De las “guarimbas” a las urnas
El triunfo electoral en las legislativas es una victoria que también implica un reacomodo de tácticas dentro de la oposición. Los partidarios de la lucha electoral han resultado vencedores y ello reivindica una labor que en ocasiones fue rechazada, incluso desde el exilio venezolano.
Tras el fracaso de una confrontación más directa en las calles, para poner fin al gobierno de Maduro, realizada a comienzos de 2014 y que se saldó con al menos 43 muertos, la vía electoral pasa de nuevo a primer plano.
Si bien los enfrentamientos al actual mandatario venezolano se han enmarcado siempre dentro de la lucha pacífica, en la oposición se ha debatido —y priorizado en ciertos momentos— diversas opciones sobre hasta dónde llevar la confrontación y sus posibilidades de éxito en determinadas circunstancias.
Ahora, y por primera vez, todas las formaciones opositoras confluyeron bajo un mismo paraguas, el de la MUD, donde se agruparon los más diversos partidos políticos, desde la centro izquierda hasta la derecha conservadora.
Sin embargo, esta unidad a la hora de ir a las urnas no garantiza automáticamente que se mantenga durante los debates legislativos, y aquí de nuevo entran en consideración las cifras, y únicamente cuando se conozcan los resultados finales se podrá calcular si es la hora de lanzarse a objetivos de largo alcance —como un posible referéndum— donde la unidad opositora podría resultar más fácil de mantener, o simplemente dedicarse a proyectos legislativos más limitados.
Por lo pronto, es posible que la prioridad del nuevo cuerpo legislativo sea sacar adelante una amnistía que permita el encarcelamiento de los opositores injustamente en prisión, entre ellos Leopoldo López.
Tan conveniente y necesaria como resulta la lucha en las urnas, para traer un cambio político en Venezuela, no obstante mantiene abierta la interrogante básica de si ello es posible de alcanzar con el empleo solo de ese medio: vencer democráticamente a un gobierno que cada vez más se muestra autoritario.
Porque tampoco el historial de Maduro y Chávez deja mucho terreno a la ilusión. Si de momento hay que reconocer que el mandatario aceptó la derrota, no es la primera vez que se produce un revés electoral dentro del chavismo, para luego ser eliminado paulatinamente su efecto.
Pero ahora ocurren dos factores distintos a las situaciones anteriores: una enorme crisis económica y que Maduro no es Chávez.
Desde que llegó al poder, Nicolás Maduro ha mantenido a Venezuela en una situación de crispación política constante, que en parte ha utilizado como una forma de distracción ante su incapacidad para resolver algunos de los apremiantes problemas que enfrenta al país, desde la escasez y el deterioro económico hasta la criminalidad y la inseguridad ciudadana, Pero ese apostar siempre a mantener el país entre el abismo y la cuerda floja es un juego muy arriesgado. De la posición que adopten las fuerzas armadas, y una combinación exitosa de protestas, manifestaciones pacíficas y pasos electorales, junto a la situación política de la región, depende el futuro tanto de la oposición como del chavismo.
¿El factor Castro?
A grandes rasgos puede afirmarse que Fidel Castro fue el líder de las grandes estrategias, mientras que su hermano Raúl —sin duda el más guerrillero entre ambos—se reduce al hombre de la táctica diaria.
Ese ejercicio del poder como un acto de sobrevivencia cotidiana es el que se practica actualmente en La Habana y Caracas, Raúl con discreción y Maduro con escándalo. ¿No vieron ambos en el fracaso electoral legislativo que se avecinaba una oportunidad dorada para quitarse de arriba a ese cómplice incómodo que es Diosdado Cabello, además sospechoso de involucramiento en el narcotráfico (una línea roja para La Habana)? Un beneficio colateral, sin duda, pero que es posible sea considerado solo por los aficionados a las teorías conspirativas.
En cualquier caso, y especulaciones a un lado, por supuesto que Cuba no quiere la salida del poder de Maduro, ni tampoco de momento está interesada en un cambio de protagonistas dentro de ese gobierno.
Maduro es el hombre de y para los hermanos Castro, y desde que Chávez concibió la idea de nombrarlo como su heredero, el apoyo ha sido incondicional aunque interesado. Demasiado tiempo en el poder para que no se hubiera considerado con antelación las “ventajas y desventajas” del heredero, incluso para sospechar la participación directa en el nombramiento.
Sin embargo, a Raúl Castro no le conviene que en Caracas se establezca una dictadura a las claras, es decir con un autogolpe de Estado. Lo que quiere el Gobierno cubano es que no se interrumpan los vínculos comerciales con Venezuela, y para ello está dispuesto a darle el consejo a Maduro de ceder en algo para no perderlo todo.
Es posible que la moderación finalmente mostrada por el mandatario venezolano venga sugerida desde La Habana, donde siempre se ha impuesto sacrificar algunas piezas del tablero con tal de continuar la partida. Y la salida de Cabello de la presidencia de la Asamblea Nacional podría resultar, en última instancia, también un “beneficio” colateral para Maduro y Castro.
La táctica de ganar tiempo, típica del mandato de Raúl Castro, podría también resultar beneficiosa a Maduro, si la oposición no llega a superar los 111 diputados. Los graves problemas que en la actualidad enfrentan los venezolanos requieren de un cambio drástico en las instituciones gubernamentales. La situación cotidiana del país no va a cambiar de inmediato, y es posible que dentro de un tiempo los venezolanos se encuentren ante un gobierno que no les resuelve sus necesidades y una oposición legislativa que tampoco encuentra solución para ellas. Entonces se impondrá la apatía, algo que desde hace décadas viene ocurriendo en Cuba. 

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