miércoles, 16 de diciembre de 2015

Washington y La Habana: mucho, poco, nada


A un año de ese histórico 17 de diciembre en que los mandatarios Barack Obama y Raúl Castro anunciaron una nueva época en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, el diálogo ha seguido un guión programado, cumplido con precisión pese a las dificultades que se vaticinaron ocurrirían, aunque en buena parte distinto a las esperanzas y temores que el aviso despertó en sus inicios.
Una realidad ha quedado bien clara durante este tiempo. El acercamiento entre ambos Estados ha sido simplemente eso: un avance en los vínculos entre dos gobiernos que desde el inicio partieron del supuesto de que hay mucho que los diferencia —en política, proyección social y economía— y también mucho que los une en historia y geografía.
Sin embargo, hay también otro aspecto muy importante. La existencia de algo más de dos millones de ciudadanos compartidos en dos costas cercanas: el 70 por ciento de los cubanos que viven en el exterior reside en Estados Unidos. La cifra por sí sola indica que, al hablar del tema, no se trata de un problema con dos gobiernos de por medio sino de uno que afecta a un pueblo dividido. Y ello continúa siendo un asunto pendiente.
Así que tras un año lo ocurrido puede resumirse en un mucho o un nada, según la óptica de quien lo mire, sobre todo en pequeños gestos y pasos cortos.
Mucho ha logrado el proceso, si se tiene en cuenta que ha avanzado con lentitud pero sin tregua en la creación de acuerdos sobre problemas que interesan a las dos naciones y en los que existen puntos de interés y convergencia. Nada se ha alcanzado con el acercamiento, al constatar que en Cuba la libertad política, y en gran parte social y económica, sigue tan ausente como antes del 17 de diciembre de 2014.
Aunque estos puntos de vista dejan a un lado las prioridades que ambos gobiernos parecen tener, y en los que la democracia para la isla no ocupa los primeros puestos. La apuesta en este caso se inclina más hacia mantener la estabilidad en una zona que en buscar la libertad en un país.
Queda entonces un balance donde gestos y acuerdos se resumen en logros limitados frente a la realidad cubana de escasez y prohibiciones, pero que al mismo tiempo no pueden catalogarse de nimios en cuanto a echar por tierra medidas poco efectivas para llevar la democracia a Cuba, que por años estuvieron vigente en Estados Unidos. Normas que significaban engorros, gastos y prejuicios en la comunicación, el intercambio y los viajes.
Conversaciones entre ambos países sobre objetivos concretos, como la aviación civil, el transporte postal directo, la protección del ambiente y la lucha contra el narcotráfico. En algunos casos ya con resultados concretos.
Nada malo en el establecimiento del correo directo entre los dos países —para mencionar un acuerdo reciente— o la normalización de los vuelos comerciales —que se espera en breve—, sino todo lo contrario: hacerle la vida más fácil a los cubanos que por décadas han sufrido una separación cuyos culpables son indudablemente quieres gobiernan desde la Plaza de la Revolución, pero a la que no hay que contribuir innecesariamente.
Claro que en este mejorar o facilitar la vida las cuestiones políticas quedan a un lado. No se trata de vivir en libertad sino de vivir un poco mejor.
Pero tras el desglose de los pequeños avances se hace más evidente la necesidad de ambos gobiernos en conseguir logros más sustanciosos, si es realmente la normalización de relaciones lo que se busca. Tras los puntos más fáciles de entendimiento, el próximo año es que realmente se pone a prueba la voluntad negociadora.
Será en primer lugar en la búsqueda de una solución a las demandas económicas de ambos países, que piden compensaciones económicas, ya sea por la nacionalización de propiedades estadounidense o por el reclamo cubano debido a daños ocasionados por el embargo comercial de Washington, además de indemnizaciones monetarias también exigidas por daños vinculados a actos terroristas, acciones militares y operaciones encubiertas.
Tras una primera reunión, lo único acordado fue… reunirse de nuevo.
Estados Unidos y Cuba enfrentan un duro e ineludible camino en la solución de estas demandas, sin lo cual otros avances en el futuro serían puramente secundarios. Porque si para el primer año bastaron los gestos mínimos, para el segundo serán necesarios pasos más conclusivos, o de lo contrario el deshielo entre Cuba y Estados Unidos terminará por derretirse.

El presidente Barack Obama habla con el gobernante cubano Raúl Castro desde el Despacho Oval, en la Casa Blanca, Washington.

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