martes, 28 de abril de 2015

Baltimore: de nuevo la violencia en las calles de EEUU



El gobernador del Estado de Maryland, Larry Hogan, afirma que el presidente Barack Obama lo ha instado a que los policías se conduzcan con moderación, y que él le aseguró al mandatario que así lo harían.
“Pero —agregó— le aseguré que no íbamos a quedarnos de brazos cruzados y permitir que nuestra ciudad de Baltimore sea tomada por matones”.
Difícil como podría parecer a algunos, en este caso no queda más remedio que estar de parte del gobernador.
La muerte de Freddie Gray, el joven negro que falleció el 19 de abril bajo custodia policial, debe ser investigada a profundidad, y castigados los culpables si es que se encuentra que cometieron delito alguno. En otras ocasiones no ha ocurrido, en este caso no debe volver a suceder.
Pero no separar dos hechos distintos aunque relacionados es un grave error. Nada justifica incendios, saqueos y ataques. Sobre todo si tras lo que puede ser interpretado como ira sirve de pretexto para cometer delitos.
La alcaldesa de Baltimore, Stephanie Rawlings-Blake, de la raza negra como la mayoría de los manifestantes, también denunció en rueda de prensa que grupos de "matones" estaban intentando destruir la ciudad y decretó un toque de queda a partir de la noche del martes que durará una semana. La medida regirá entre las 10 de la noche y las 5 de la mañana. Además, las escuelas permanecerán cerradas el martes.
“Haremos que todo el mundo rinda cuentas”, dijo la alcaldesa.
Es la actitud correcta.
 Vuelve a ocurrir. Por segunda vez en seis meses un estado llama a la Guardia Nacional para imponer el orden en una ciudad sacudida por la violencia, tras la muerte de un joven negro durante un altercado con la policía.
Missouri desplegó a la guardia en Ferguson en agosto, tras que un policía matara a Michael Brown, un adolescente negro desamado, en agosto. Tuvo  que hacerlo de nuevo en noviembre, cuando se repitieron actos de violencia tras conocerse que un gran jurado no encontró pruebas suficientes para acusar al policía que disparó sobre Brown.
Por décadas viene sucediendo el mismo fenómeno en este país. En Miami, por ejemplo, en 1980: 18 muertos, 350 heridos y más de $100 millones en pérdidas. Policías cuya actuación es a todas luces reprochable, hechos donde una excesiva violencia policial resulta en la muerte de ciudadanos negros —con independencia de que en la mayoría de estos casos existe un historial delictivo precedente pero no pruebas de un comportamiento criminal al grado de considerarlos asesinos—, que podría haberse evitado con un manejo más adecuado de la situación. Luego, tras un proceso judicial también cuestionable en muchas ocasiones, los agentes del orden salen absueltos. Y la consecuencia de todo ello son las imágenes repetidas de incendios, caos y saqueos.
Una y otra vez el resultado ha sido el mismo: la destrucción de los barrios donde viven las mismas víctimas de la violencia. Mercados de esquina saqueados, pequeñas o medianas tiendas de víveres, ropa y artículos electrodomésticos destruidas, farmacias robadas, centros para la atención de ancianos destruidos. La respuesta al daño con más daño.
La lógica indica que quienes actúan así no hacen más que brindarles argumento a los que supuestamente son su enemigos: quienes justifican la represión y claman por su aumento. La razón más elemental señala que los que responden lanzando piedras e incluso ladrillos, queman vehículos policiales y establecimientos, simplemente desplazan a los que justamente reclaman justicia por vías pacíficas. Pero la racionalidad no juega ningún papel cuando se desata la brutalidad en las calles.
El presidente Obama debe actuar con firmeza, más allá de cualquier condicionamiento racial, sin detenerse en lo “políticamente correcto” o las consideraciones hacia determinado grupo étnico, sea mayoritario o minoritario. La línea a trazar es simple: castigar lo mal hecho, ya sea desde el poder o desde la calle.
Si no se toman ahora las medidas adecuadas, todo ello puede desembocar en una crisis social y política aún mayor, que podría recurrir incluso en las próximas elecciones presidenciales: nada más fácil que recurrir al miedo para ganar votantes.
Aunque resulta completamente secundario en estos momentos, desde la Plaza de la Revolución en Cuba Raúl Castro debe estar disfrutando de la situación, en lo que de seguro va a utilizar como un argumento reforzado a la vieja tesis de que a la hora de hablar de problemas con los derechos humanos, no solo hay que mencionar los de la isla, sino también los de este país.


domingo, 26 de abril de 2015

Para Cuba ya es hora… de invertir en ella


Vuelven los tiempos de Felipe González a La Habana, solo que no de manos de los socialistas sino de los conservadores españoles. Madrid teme que los empresarios estadounidenses se apoderen del mercado cubano en un plazo relativamente breve y buscan reforzar su presencia.
La española Hotelsa, dedicada a la elaboración de productos alimenticios y bebidas para la hostelería, será la primera compañía extranjera en construir una fábrica en la Zona de Desarrollo Mariel.
La noticia adquiere mayor relevancia en el entorno en que se produce: el declarado apoyo institucional que la Moncloa brinda de nuevo al empresariado español en Cuba, tal y como ocurría durante la presidencia del socialista González.
Lo que nunca pensaron quienes en Miami saludaron la llegada del Partido Popular al poder. Mariano Rajoy ha decidido darle definitivamente la espalda al activismo anticastrista de José María Aznar, que culminó en la Posición Común de 1996, todavía vigente en teoría pero en marcha meteórica hacia la extensión, y mirar no hacia los abusos que aún se cometen en la isla sino donde está el dinero.
Lo ratificó este mismo mes el secretario de Estado de Comercio, Jaime García Legaz, en La Habana, al informar que se han aprobado nuevos instrumentos financieros para respaldar a las empresas españolas que participen en los proyectos de desarrollo ofrecidos a los inversores por el gobierno de Raúl Castro.
García Legaz enfatizó que se han aprobado facilidades crediticias del Banco de España y la cobertura y ayuda de dos agencias públicas, la CESCE (Compañía Española de Seguros de Crédito a la Exportación) y la COFIDES (Compañía Española de Financiación del Desarrollo).
La cobertura de la CESCE había cesado desde 2000, al haber acumulado Cuba una deuda de 2,300 millones de euros con España. Se ha reanudado parcialmente desde hace varios meses, con una línea de 25 millones de euros para operaciones comerciales a corto plazo.
El objetivo de la COFIDES es facilitar financiación a proyectos privados de inversión en el exterior y por primera vez  financiará proyectos españoles en la isla.
“El banco de España ha tomado la decisión de flexibilizar los requisitos de provisión a los créditos que otorguen las entidades financieras españolas a las operaciones realizadas en la república de Cuba”, informó García Legaz en Cuba, de acuerdo al diario español El País.
De esta forma se busca acelerar la entrada en la isla de empresas peninsulares, ante la posibilidad de llegada tanto de un turismo masivo procedente de Estados Unidos como de la competencia potente y geográficamente cercana desde ese país.
Este radical alejamiento de Rajoy de las políticas promovidas por Aznar responde tanto a razones nacionales —de forma lenta España comienza a salir de la crisis económica y el gobierno popular necesita incrementar este avance en un año electoral—como a motivos europeos —Cuba y la Unión Europea ya aprobaron un calendario para conversar sobre el espinoso tema de los derechos humanos—, pero sobre  todo se ha visto acelerado por un hecho: el inicio de un diálogo entre Washington y La Habana.
La reacción al paso dado por el presidente Barack Obama comienza a sentirse con fuerza en Europa, incluso con mayor intensidad que en Washington, donde se sabe que el avance es cuesta arriba. La coyuntura no podría ser más favorable para Castro, que debe estar frotándose las manos ante lo que ya se vislumbra como una lucha por desembarcar en Cuba, tanto con inversiones como en el mercado. Para ello los europeos cuentan con una ventaja inicial y una geografía en contra.
Puede argumentarse que no se trata de un cambio drástico, en el sentido de que ya España —y desde hace tiempo— es uno de los principales socios comerciales de Cuba tras Venezuela y China, así como una de las naciones con más inversiones, pero esta aceleración que se inicia viene acompañada por un proceso puesto en marcha en otras naciones europeas.
El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, acordó el martes 21 en París, con el presidente François Hollande, los últimos detalles para la visita a Cuba del gobernante galo el próximo 11 de mayo.
Ese mismo día, y durante una audiencia en el Senado en Washington, el subsecretario del Departamento de Agricultura para Servicios Exteriores, Michael Scuse, explicó a los legisladores que el 80 % de los alimentos de la isla son importados y que en el caso del cereal, es fundamentalmente la Unión Europea quien los provee. Esas importaciones de cereales “deberían” satisfacerlas los productores estadounidenses, dijo.
“Los mercados del trigo, el maíz y el arroz deberían ser nuestros”, insistió.

Que en el caso cubano en estos momentos los temas principales a discutir sean el mercado y las inversiones dejan poca esperanza a quienes abogan por priorizar otros, como libertad y derechos humanos. Son las reglas del capitalismo, que regresa a Cuba sin que ello signifique una vuelta a la democracia.
Esta es mi columna semanal de los lunes en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del 27 de abril de 2015.

sábado, 25 de abril de 2015

A 40 años de la Revolución de los Claveles, los socialistas prometen bajar los impuestos en los bares


1974. La “Revolución de los Claveles” sorprende a Europa y al mundo. No solo abre la posibilidad de la creación de un Estado socialista en Europa continental, sino que es la validación de una ideología de izquierda radical —aunque en este caso específico sin violencia extrema y sin sangre— en que la causa tercermundista tiene la palabra, y algo más: tiene la primera palabra. Portugal no mira a la Unión Soviética sino a Cuba; se apoya no en el marxismo tradicional sino en una especie de “teoría de la liberación” donde los papeles están invertidos: los militares no reprimen al movimiento social sino que lo crean e impulsan. Claro que no se trata de la clase militar tradicional europea —elitista y aristócrata— sino de los jóvenes oficiales de baja graduación, que provienen de la clase media y han sido enviados a África para luchar en una guerra colonial que rechazan.
1976. Los socialistas ganan las elecciones legislativas y Mário Soares se convierte en primer ministro. Es el inicio de una nueva época, donde Portugal, con pasos equilibrados pero continuos, paulatinamente abandona una retórica comunista y de justicia social —que incluso había permeado fuertemente su constitución— y se decide a lograr el desarrollo y el pase al primer mundo mediante la integración europea y la vía de un capitalismo neoliberal avanzado. Los logros son notables —en 1986 se une a la Comunidad Económica Europea, en 1995 entra en el Espacio Schengen y en 1999 es una de las naciones fundadoras de la eurozona y que establecen el euro como moneda— pero también las dependencias: puesta en marcha de programas económicos establecidos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 1977–78 y 1983–85. Aunque el balance global, entre socialismo y neoliberalismo parece inclinado definitivamente a favor de este último.
2011. Negociaciones con el FMI y la Unión Europea. La nación tiene que acogerse a un plan de ajuste para estabilizar sus finanzas. Por un tiempo el país se comporta como el “alumno modelo” para la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI). Por ejemplo, en las urnas, la frustración ciudadana lleva a una derrota aplastante del socialista José Sócrates y a la victoria del conservador Pedro Passos Coelho.
2012. Las manifestaciones obligan al gobierno de Passos Coelho a dar marcha atrás en sus planes de recorte de las contribuciones sociales a las empresas para subírselas a los empleados, lo que hubiera equivalido a una reducción generalizada de sueldos de un 7%.
2015. El Partido Socialista de Portugal es el favorito para ganar las elecciones. A seis meses de las elecciones, el PS lidera todos los sondeos, con unos tres puntos de ventaja sobre la coalición gobernante, el centrista PSD del primer ministro Pedro Passos Coelho, y el derechista CDS, del vice primer ministro, Pablo Portas.
El líder socialista, António Costa, ha prometido que no va a prometer, al menos nada que no pueda cumplir.
Sin embargo, sí ha hecho una promesa que Cuaderno de Cuba considera muy importante: los socialistas bajarán el IVA de los bares si ganan las elecciones.
Además ha prometido la reposición en dos años del salario recortado a funcionarios desde 2011 y de la sobretasa en la declaración de la renta.
La medida más inmediata, sin embargo, es la reducción del IVA de la restauración, del actual 23% al 13% en el mismo 2016. Eso significa una caída de ingresos de 300 millones de euros según los cálculos del grupo de sabios, aunque con el previsible aumento de la actividad económica, la pérdida para las arcas públicas se quedaría en 210 millones.
El programa macroeconómico no es oficialmente el del Partido Socialista, que se presentará en junio, aunque haya sido encargado por este ante la convocatoria electoral de octubre. "Es un marco sobre el que trabajará el partido", ha dicho Costa.
Quien visita Lisboa se sorprende ante el contraste entre una pintada en una pared callejera, a favor de la toma del poder por los comunistas, y una conversación de varias horas en una marisquería, donde comunistas, socialistas, conservadores y neoliberales, empleados públicos, pequeños empresarios, profesionales en paro e intelectuales, discuten por cuatro o cinco horas y continúan siendo tan amigos como siempre.
Ese raro equilibrio entre manifestaciones verbales y escritas de belicosidad política, junto a un sentido de la camaradería y la amistad que derriba barreras, quizá sea único y privilegio de los portugueses.
Una mezcla que se define perfectamente en los conductores de taxis, que suelen ser los más amables del mundo y al mismo tiempo conducen de forma temeraria, corren por las calles como si no hubiera límites de velocidad y no aceptan sugerencias de ruta.

Tal vez la idiosincrasia portuguesa influyó decisivamente en ese florecimiento  de una revolución sin sangre y su apagamiento posterior sin odio ni rencores. Queda por verse si el resultado electoral, cualquiera que sea, marcará una pauta, que rompa este ciclo de crisis-rescate que está hundiendo a Europa, o si retornará la zaga del desarrollo político, social y económico europeo.


lunes, 20 de abril de 2015

Maduro y el tercer hombre


Desgraciado el país cuyo gobernante necesita del insulto para sobrevivir. Eso le ocurre a Venezuela, donde el presidente Nicolás Maduro es la repetición de la repetición: una copia vana.
Maduro salió de la Cumbre de las Américas, donde no logró su objetivo —una condena regional a la política estadounidense en la declaración final— y tampoco pudo robarle el show a Obama y Raúl Castro. Aterrizó en La Habana y fue a visitar al “líder histórico”. Es probable que para buscar consejo, quizá deslizar una furtiva lágrima sobre el abandono en Panamá, por parte del hermano menor del “líder histórico”, y sobre todo con el objetivo de demostrar a la izquierda tradicional latinoamericana que aún eran suyas las puertas del reino: al menos para tocarlas y que le abran. Solo que esa prioridad de entrada en el cielo o infierno ¿comunista? cuenta poco a la hora de gobernar bien.
Por regla general un régimen autoritario transita entre una “legitimidad de origen”, obtenida por el triunfo que lo llevó al poder, y una “legitimidad de ejercicio”, marcada por la promesa de una prosperidad económica. Así fue durante la época del franquismo en España —donde el “generalísimo” no se cansaba de repetir que él había ganado la guerra—  y el fascismo en Italia —cuando finalmente los trenes llegaban y partían de las estaciones siempre a su hora—, pero el problema con Maduro es que no puede reclamar ni lo uno ni lo otro.
Así que el presidente venezolano necesita un enemigo constante, un tercer hombre más allá de sus dos inspiradores —Castro y Chávez— para justificar sus discursos diarios, Y si de pronto el presidente estadounidense deja de resultarle el más apropiado, porque la metrópolis de La Habana ha declarado su apoyo a Obama, hay que recurrir a Madrid.
“Que las Cortes [españolas] vayan a opinar de su madre, pero no de nosotros” indicó el mandatario en su programa de televisión.
El lenguaje perdulario es un signo que se repite y una apelación torpe al populismo, “Me encabr… cuando hablo de Venezuela”, dijo en la Cumbre de Panamá, para de inmediato pedir excusas.
¿Pero qué es esto, un presidente o un tipo de esquina? La respuesta es que apelar a la vulgaridad para obtener simpatías emocionales entre frustrados —no necesariamente en los estratos más desfavorecidos de una población sino entre los más resentidos— ayuda en ocasiones a una retórica para conservarse en el poder, pero nunca brinda resultados positivos de largo o mediano alcance.
El caso más evidente es Cuba.
“Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de 20 años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás”, reconoció Raúl Castro el 7 de julio del 2013 en la Asamblea Nacional del Poder Popular.
Maduro está imitando a Fidel Castro en sus peores momentos de demagogia antiimperialista, pero el recurrir a la chusmería, la estulticia y el insulto ha sido  contraproducente en la isla, y esa decadencia moral hemos visto que la reconoce hasta el actual gobernante cubano.
La táctica que está utilizando el régimen chavista no es nueva, y lo que más destaca es su debilidad ideológica; si es que en algún momento se ha podido señalar como tal la mezcolanza de patriotería, disparate, superstición y oscurantismo que constituyen los dichos del fallecido Chávez y el vividor Maduro.
Los recursos son viejos: el insulto y la vejación como arma, la divulgación de mentiras y una visión desplazada que deforman el conjunto, para demonizar al enemigo. Aunque en Maduro hay que agregar que estos elementos están reducidos a su manifestación más simple.
No es que el régimen de La Habana ha descartado por completo el apelar a la vocinglería, la violencia y el insulto, como acaban de demostrar también en Panamá, sino que en la actualidad lo dosifica en una estrategia de esquizofrenia política: intimidación y actos de repudio para los exiliados y opositores cubanos; una supuesta comprensión y actitud civilizada cuando está frente a su enemigo exterior por décadas.
En el caso de Maduro, esa sutileza no existe: reparte palabrotas a diestra y siniestra. Se puede argumentar —con razón— que más allá de cierta hipocresía y conveniencia momentánea ambas actitudes coinciden. Pero en el caso del mandatario venezolano la bestia queda más al descubierto que nunca, al descartar cualquier rasgo de moderación.
En ese sentido, vale la pena comparar la aparente excusa de Castro en Panamá — ”le he dicho al presidente Obama que me emocionó cuando hablo de la revolución"— con el exabrupto de Maduro: del “buen salvaje” al troglodita.
El presidente venezolano carece de sagacidad. Su táctica es imponerse en medio del caos. Entreteniendo al país con una avalancha de discursos y gestos absurdos busca otorgarse permanencia a través del bochinche.
No es gobernar sino algo más burdo: adoptar la pose del buscapleitos.

Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 20 de abril de 2015.