domingo, 31 de mayo de 2015

El son de la transición


Lástima que no viva Miguel Matamoros, porque seguro le habría puesto música. El son de la transición, un éxito seguro. Sobre todo en las discotecas de Miami. Tanto se ha hablado de transición y sucesión (y sigue la rima), y las palabras están tan viciadas, que ya ni siquiera vale la pena recurrir al diccionario. Al final todo empezó con otro estribillo: eran de la loma, pero terminaron cantando en el llano. Así ha seguido en Cuba hasta hoy, donde la voz cantante la impone La Habana en Washington.
Cuando se conoció que Fidel Castro cedía transitoriamente el mando a su hermano Raúl, varios grupos de exiliados y los congresistas cubanoamericanos comenzaron a llamar a un levantamiento cívico y militar en Cuba.
En Cuba el fallecido líder opositor Oswaldo Payá adoptó una posición bien distinta. Dijo que el mensaje del gobierno de Estados Unidos debía enfatizar que no había intenciones de intervenir militarmente y que Washington no representaba una amenaza para La Habana. Pidió además el evitar situaciones que pudieran “perjudicar la paz social en Cuba”.
A los pocos días la secretaria de Estado, Condoleezza Rice declaró: “No vamos a hacer nada para atizar una sensación de crisis o una sensación de inestabilidad en Cuba”.
El presidente George W. Bush fue más allá, al decirle a los exiliados que se abstuvieran de participar en los asuntos políticos de la isla hasta tanto no se produjera un cambio.
Desde la Proclama de “traspaso temporal” del 31 de julio del 2006 hasta hoy, con Raúl Castro convertido en gobernante de Cuba, la política de la Casa Blanca ha demostrado guardar una identidad bipartidista que trasciende las barreras políticas: la estabilidad por encima de la libertad. Ahora Barack Obama se ha limitado a dar un paso más allá en igual dirección: los negocios por encima de las quejas.
Hannah Arendt escribió sobre el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén que el “error básico” del proceso era que “los judíos querían arrojar toda su pena al mundo”, aunque “por supuesto —añadía–, estos habían sufrido más que Eichmann”.
Para la disidencia y los exiliados cubanos la lección es oportuna. Los negocios no tienen ideología. O tienen simplemente la ideología de hacer negocios, sin detenerse en otro tipo de razones. No es un problema de partido político, es una razón de ser.
Ha tendido a verse lo que ocurre en la isla con una óptica pendular, cuando la realidad y la historia cubana tienden al círculo o a la espiral. Primero fueron los innumerables comentarios sobre dos conceptos supuestamente antagónicos: sucesión y transición. La sucesión como el legado hereditario, el paso de un monarca a otro, el feudalismo cubano en su mejor representación.
De esta manera, la transición vino a definirse como todo lo contrario: el paso o el salto de un sistema a otro. Sólo que la realidad es mucho más compleja y estamos asistiendo a una sucesión que es, hasta cierto punto, también una transición. Todo mezclado. Si la sucesión ya se ha producido, la interrogante que continúa en pie es el momento y alcance de los cambios inevitables.
Pocas perspectivas de avances democráticos con una sucesión exitosa; gobiernos dispuestos a verse de frente, pero también a mirar hacia otro lado  cuando resulte conveniente; negociantes de Estados Unidos y Europa ansiosos por tocar a la puerta de Raúl y un énfasis en la victimización opositora que cumple objetivos antagónicos y complementarios: por parte del régimen un ejercicio de control que minimiza o evita los escándalos —detenciones temporales que palidecen ante otros actos represivos en todo el mundo— y para la disidencia una denuncia justa pero también justificativa.
La consecuencia es un alargamiento —¡aún mayor!— a esa distancia imperante entre la realidad y la palabra, que ha caracterizado no sólo la vida cotidiana en Cuba durante todo el proceso iniciado el 1 de enero de 1959 sino también en el exilio. En vez de reducirse, nuevas formas de retórica han venido a complementar tanto las consignas ya gastadas como a las diversas mezcolanzas e incongruencias surgidas tras el llamado “período especial”, y ahora hay también una disidencia viajera que le ha otorgado un nuevo uso al discurso de Miami, y se apropia de él para una reafirmación extramuros.
Persistencia de Berta Soler, al frente de las Damas de Blanco, en una postura de rechazo a la eliminación o alivio de un embargo estadounidense que cuenta con pocos simpatizantes dentro de la isla, para citar un ejemplo.
“El restablecimiento (de relaciones) solo empoderará económicamente al gobierno cubano”, cuando “la que tiene que salir beneficiada es la sociedad civil”, acaba de declarar la opositora en Los Ángeles, y cabe preguntarse si por “sociedad civil” entiende algo más que su organización.

Porque pese a continuar aferrada a un modelo totalitario y con pocas perspectivas para el avance de la democracia, la situación cubana no es la misma que hace apenas un par de años. De lo contrario, Soler no estaría visitando Europa y Estados Unidos.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 1 de junio de 2015.

sábado, 16 de mayo de 2015

Yo vi nacer Podemos (I)


Tres artículos, dos de mayo de 2011 y otro de noviembre de 2012, sobre el surgimiento del partido Podemos, y más indirectamente de Ciudadanos, así como de los multiples movimientos sociales que amenazan —o ya lo han hecho— con poner fin al bipartidismo dominante en las urnas españolas. Con sus pocos aciertos, dudas que aún persisten, errores de cálculo y falta de perspectiva en aquellos días, meses y años que aún conmueven a España.

Madrid es una feria

Madrid - ¿O no? Al menos el asistir a una fiesta casi provinciana es una de las impresiones que quedan tras visitar la Puerta del Sol. Una imagen acentuada el sábado, cuando payasos, guitarras y canciones adquirieron un espacio mayor, en un día marcado por la negativa a cumplir con la prohibición decretada por la Junta Electoral Central y el beneplácito obligado por circunstancias políticas de una policía que se ha limitado a advertir pero no a desalojar.
 Así que los asistentes a las concentraciones que se están celebrando en toda España saben que éstas no cuentan con la autorización administrativa, pero también conocen que no serán disueltas a palos, lo que indudablemente acerca más a un paseo que a un acto de protesta la participación ciudadana.
Reducida en gran medida la potencialidad de violencia gracias a la voluntad de La Moncloa, el acto pierde mucho de desafío y entra en la categoría de advertencia y protesta consentida por el sistema; se deslinda por completo de las manifestaciones de los países árabes y pasa a encuadrarse en una esfera más conocida. Solo la poca memoria histórica explica que no se resalte que lo que ocurre en Madrid y otras ciudades españolas no es nada nuevo ni espectacular, cuando se le compara, por ejemplo, con las marchas por los derechos civiles en Estados Unidos.
En este sentido, estamos ante un fenómeno que se define en buena medida por su carácter mediático, y de irrupción o desvío de la campaña electoral para quienes prefieren las teorías conspirativas.
Basta con recordar el aburrido Primero de Mayo en Madrid donde sindicatos y organizaciones de la izquierda tradicional mostraron una imagen penosa, de consignas gastadas y caras mustias, para darse cuenta que el fenómeno 15-M ha resultado una gallina de oro para la prensa, en medio de una campaña electoral que nunca llegó a despegar. Sumergido el país en una crisis que parece no tener salida, con presupuestos reducidos para buscar el voto en los dos más poderosos partidos políticos de España, poco interesante estaba ocurriendo en España hasta el domingo 15 de mayo.
Concentrarse entonces en los nexos entre la multitud en el kilómetro cero nacional y los resultados electorales que se producirán a relativamente pocas horas, tras la votación del domingo no deja de ser tranquilizante. Porque uno de los factores del que apenas se habla es la paradoja surgida a partir de unas manifestaciones pacíficas tan sencillas hablar de movimiento resulta aún anticipado y una repercusión política tan grande. Repercusión que si en parte hay que achacar a los medios, también hay que reconocer que se extiende mucho más allá de Madrid, e incluso traspasa las fronteras de España y del día electoral.
Surge entonces una situación nueva, en que aún no se duda de la fortaleza de la democracia española, pero que se acompaña ahora con una leve interrogación: ¿y si se crea un movimiento con tanta fuerza que logre la caída del Gobierno? Más que de interrogantes, se estaría frente a una alternativa desconocida, porque lo que vendría entonces no sería un vacío de poder sino la disolución del poder tradicional.
Alternativa que y a pesar su utopía ya en estos momentos le ha dado un jaque al Partido Popular (PP), que desde hace tiempo viene jugando retóricamente con la propuesta de elecciones anticipadas (algo que en realidad no le interesa ni busca más allá de unas cuantas frases de discurso). Porque si ocurriera la más que improbable situación de unas manifestaciones populares que provocaran la caída del Gobierno, ¿quién ocuparía entonces el poder?: ¿la derecha? Nunca se ha visto que un movimiento de izquierda movilice al pueblo para regalarle el poder a la derecha.
¿Es realmente de izquierda el 15-M? Sí y no. No lo es desde el punto de vista institucional y en cierto sentido político, pero sí lo es, y a plenitud, en cuanto a inspiración y proyección. Hasta el momento carece de líderes y de lo que podría considerarse una plataforma política, y sus reclamos están más cerca de una canción de Joaquín Sabina que de un manifiesto, pero en mucho de lo que anhelan sus integrantes se retoma un discurso abandonado por la izquierda establecida.
De esta forma, la irrupción de los indignados en la recta final de las elecciones autonómicas y municipales abre dos vertientes de análisis, en cuanto a la repercusión que puedan tener las manifestaciones.
Una es muy inmediata y se definirá este domingo. Tiene que ver con la posible influencia en las urnas y el peso político que podría alcanzar una marcada votación en blanco o una fuerte abstención. De ocurrir, estaríamos una vez más ante la ironía histórica de una movilización anticapitalista ayudando a los mejores aliados del capitalismo más tradicional. El PP es el único posible beneficiado en  este caso.
Sin embargo, este domingo podría ocurrir también el comienzo del fin del bipartidismo en España una consecuencia de la que el 15-M no sería el único responsable, pero sí uno de los factores influyentes, con el aumento de votos para los partidos minoritarios. Un buen indicador en este sentido serían las cifras de Izquierda Unida (IU), quien se ha arrimado con fuerza a los manifestantes, no solo por simpatías sino porque los posibles beneficios son muchos para ella, en especial si se logra el reclamo de un cambio en la ley electoral.
La segunda vertiente de análisis se relaciona con una pregunta muy directa, y tiene que ver con la supervivencia del 15-M tras el domingo 22. ¿Cómo logrará estructurarse, para dar vía a un movimiento político, lo que nació a partir de una serie de protestas?
No se trata de la pregunta simple de si las manifestaciones continuarán después de las elecciones. Por supuesto que habrá otras nuevas. Lo primordial es que éstas superen el limitarse a un acto de catarsis. Porque eso ha sido fundamentalmente lo que viene ocurriendo en la Puerta del Sol, y la democracia, el capitalismo y la globalización tienen una gran capacidad para soportar y asimilar los actos de catarsis.
Desde muchos y variados ángulos del romanticismo y la juventud hasta la literatura y el cine lo que viene ocurriendo en la Puerta del Sol despierta simpatías, además de que un sentimiento anti Establishment siempre resulta refrescante, pero limitarse a esos factores puede traer más de un desengaño.
Un recurrido por los círculos de debate que se producen a diario en Puerta del Sol y en la Plaza del Carmen resulta estimulante, en cuanto a poder presenciar un ejercicio de participación ciudadana, en el cual se debaten algunos de los grandes problemas actuales en España y el resto del mundo, a los que los políticos no han sabido o querido dar la respuesta adecuada. Aunque también despierta al menos dos reservas.
Una es que las conversaciones en muchos casos son superficiales y llenas de estereotipos de izquierda, que no superan una charla de barberías. La otra es que estos debates son muy bonitos y estimulantes mientras sean voluntarios, pero aterra pensar que de cumplirse una utopía de este tipo, degenerara en una pesadilla estilo revolución cultural china. Por lo pronto, confieso que me aburrieron a los pocos minutos, y preferí pasar el tiempo en un restaurante italiano cercano.
Hasta el momento, las manifestaciones del 15-M se definen por lo que quieren y lo que no quieren, pero hay mucho que decantar aún para que lo que puede llegar a ser un movimiento político cobre mayor fuerza y transcienda la indignación ciudadana en un programa de acción política real y efectiva.
No hay que dejar de reconocerle, sin embargo, que en un breve tiempo han logrado colocar en un primer plano nacional la indignación ciudadana y abrir una cuña entre los dos partidos tradicionales más poderosos. Preguntas que a veces se hacía entre la ironía y la broma, en reuniones caseras, ahora adquieren otro significado: ¿Podría Rosa Díez ser la próxima presidenta de España?

Yo vi nacer Podemos (II)


Tres artículos, dos de mayo de 2011 y otro de noviembre de 2012, sobre el surgimiento del partido Podemos, y más indirectamente de Ciudadanos, así como de los multiples movimientos sociales que amenazan —o ya lo han hecho— con poner fin al bipartidismo dominante en las urnas españolas. Con sus pocos aciertos, dudas que aún persisten, errores de cálculo y falta de perspectiva en aquellos días, meses y años que aún conmueven a España.

El mayo español

Madrid - Impúdica y rutinaria, la televisión cubana parece darse gusto con las imágenes de los españoles protestando. El propio Fidel Castro escribió, con una mezcla de ironía y vieja retórica: “¿qué pasará en España donde las masas protestan en las ciudades principales del país porque hasta el 40% de los jóvenes están desempleados, para citar solo una de las causas de las manifestaciones de ese combativo pueblo? ¿Es que acaso van a iniciarse los bombardeos a ese país de la OTAN?“. Pues bien, no se sabe lo que va a pasar. Lo que sí está más claro es lo que no va a pasar. Y lo que no va a pasar es que este movimiento que cobra fuerza por día, y surgió espontáneamente a partir de las manifestaciones populares del domingo 15 de mayo en 50 ciudades españolas, se diluya en otro domingo, el 22 de mayo, tras las elecciones autonómicas y municipales.
Las manifestaciones ―hablar de movimiento es aún demasiado arriesgado― fueron convocadas en su inicio por una pequeña organización de apenas unos meses de creada, Democracia Real Ya, que aglutina a miembros muy diversos pero con una característica común: están hartos de los partidos tradicionales, de su ineficacia y del hecho de que a los poderosos siempre les toque ganar. Se inspiraron originalmente en las revueltas estudiantiles griegas y luego en las revoluciones árabes, y han adoptado el uso de las redes sociales, el Twitter y los mensajes de texto, pero hasta aquí llegan las semejanzas.
A diferencia de lo que continúa ocurriendo en los países árabes, los manifestantes españoles no buscan ―hasta ahora― derrocar al gobierno. Van, hasta cierto punto, un paso más allá: quieren cambiar el sistema, pero no de la forma tradicional. Su pliego de reclamos guarda mucha más relación con una canción de Sabina que con un programa de gobierno. Un conjunto variopinto de exigencias y peticiones que van de lo utópico a lo realizable, pero que representan un afán por un socialismo verdadero ―más que cualquier otro proyecto―, que retoma en parte la filosofía que en sus inicios tuvo el mayo del 68 francés: lograr una renovación política que sacuda a la sociedad.
En España a nadie molesta tanto las protestas, ―que podrían definirse por su vocación anti Establishment― como al Partido Popular (PP), pero no por ello el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sale bien librado de las manifestaciones. Es Izquierda Unida, como referente partidista, quien más se identifica con lo que ocurre, y quien más también tiene que ganar, no en conquistas sociales sino en algo más crudo y concreto: la tajada electoral. Entre los reclamos de los manifestantes está la modificación de la ley electoral, y cualquiera que haya hablado con un miembro de IU en los últimos años invariable ha tenido que escuchar la queja ―justa en su mayor parte― de que la ley perjudica a los pequeños partidos, que no obtienen la representación que se merecen pese a los votos ganados. Y más allá del PP y el PSOE, los pequeños partidos juegan un papel fundamental en la política española debido a las alianzas. Así que la reforma electoral es posible que sea uno de los grandes logros de los inconformes.
Quizá lo más interesante de lo que ocurre en Madrid y el resto de España ―las protestas amenazan con extenderse a toda Europa― es el nacimiento de una nueva forma de acción política, donde la organización, el apoyo y la movilización de los participantes se logra en corto tiempo y con el mínimo de recursos, gracias en buena medida al internet. También que, junto a solicitudes más o menos irreales, hay un grupo de peticiones claves, a las que los políticos deben buscar soluciones si quieren mantener sus cargos. De igual manera, las manifestaciones marcan el inicio del fin de la impunidad de los poderosos, el momento en que se descubre que la globalización es un camino de dos vías, que se inicia en el kilómetro cero de España, precisamente donde está situada la Puerta del Sol, y no una autopista en la que hay que pagar peaje para transitarla. Basta escuchar a un taxista de esta ciudad en los últimos años, para conocer que muchos de los reclamos que se oyen ahora en Sol llevan años circulando. Es algo que supera la tradicional división de partidos. Más allá de la izquierda y la derecha, las quejas han saltado del taxi a la calle.
Escribo esta columna el viernes por la tarde, y la situación puede complicarse dramáticamente en Madrid, a partir de la decisión de la Junta Electoral Central de prohibir las concentraciones del sábado (jornada de reflexión) y el domingo (día electoral). Es posible que  haya una resolución del Tribunal Supremo, reunido para decidir sobre un recurso de IU contra la prohibición de las manifestaciones durante el fin de semana, y es posible también que no haga falta que intervenga la policía. Hasta el momento, el gobierno se ha mostrado reacio a una intervención por la fuerza, y evitar así la acusación posterior de que se ha convertido en el cancerbero del PP.

Tarde de sol madrileña. La ironía de Fidel Castro ha llegado a la prensa española. Sin embargo, nadie se detiene a levantar la cabeza y mirar al cielo. Pero, ¿hacia donde tienen que mirar los cubanos? A los que viven en la isla, el régimen les ha quitado muchas cosas. Entre ellas la posibilidad de salir a la calle e ilusionarse con la idea de que se asiste al nacimiento de una revolución.

Yo vi nacer Podemos (III)


Tres artículos, dos de mayo de 2011 y otro de noviembre de 2012, sobre el surgimiento del partido Podemos, y más indirectamente de Ciudadanos, así como de los multiples movimientos sociales que amenazan —o ya lo han hecho— con poner fin al bipartidismo dominante en las urnas españolas. Con sus pocos aciertos, dudas que aún persisten, errores de cálculo y falta de perspectiva en aquellos días, meses y años que aún conmueven a España.

Huelga en Madrid

Madrid – El hombre se sienta en una silla de tijera y comienza a tocar. Durante años vengo escuchándolo, a la entrada de la tienda El Corte Inglés, en la plaza Callao en Madrid, frente a la librería fnac. Ahora interpreta el preludio de la Suite No.1 para Violonchelo, de Johann Sebastian Bach. Al terminar intercambio unas frases con él y le dejo un euro o algo más. Nunca mucho, nunca quizá lo suficiente. No sé quien es. Por el acento me parece que es alguien que hace tiempo dejó Europa Oriental. Quizá era miembro de una orquesta sinfónica en su país, y no ha regresado. Me ha dicho que con los años ha ido perdiendo memoria. Nunca su interpretación ha sido ejemplar pero siempre es digna. No deja de ser una ilusión volver a escucharlo.
Esa España de detalles es la que siempre me ha gustado. Lástima que esté desapareciendo.
No es que la cultura se extinga o disminuya en Madrid. Todavía no. Es muy probable que por algunos años el violonchelista continúe tocando a Bach, al igual que los guitarristas que interpretan obras de Tárrega y Albéniz a la entrada del Museo del Prado. Mejor es pensar que el país volverá a ser como antes. Pero no es posible ser tan optimista. Los cambios en España no parecen ser reversibles.  No hay que dudar que el país saldrá de la crisis. Lo que nadie sabe es cuándo y cómo. Lo que también resulta difícil pronosticar es cuánto esta crisis, que en la actualidad no brinda una esperanza de salida, va a cambiar no solo el carácter de muchas instituciones sino incluso de los ciudadanos.
Por lo pronto, hay una señal que preocupa. El español está cada vez más amargado, y no  se detiene a la hora de amargarle, un poco también, la vida a los demás. Pequeños gestos, actitudes, prohibiciones recién descubiertas, descuidos y omisiones.  
Lo peor es que no se percibe una solución política de los problemas.
El miércoles hubo huelga general en España, la segunda contra los recortes del Gobierno de Mariano Rajoy, en menos de un año de mandato, y la tercera desde el inicio de esta crisis. El paro no se produjo sólo aquí, sino también en otras naciones europeas. Pero las imágenes de la huelga española fueron las que llenaron las portadas de los periódicos de Europa, incluso en países donde igualmente se fue al paro.
Esa tarde decidí no salir a la calle. La razón fue muy simple: temor.
Con los años he visto diversas huelgas en Madrid, así como manifestaciones y marchas diversas, celebraciones por el Primero de Mayo y protestas variadas. Durante los meses en que los “indignados” ocuparon la Puerta del Sol presencié diversas reuniones, asistí a debates y discusiones públicas. En todos los casos, siempre como espectador. Nunca he participado en una actividad que no me corresponde.
Ahora, sin embargo, cabe la posibilidad, cada vez más segura,  que una marcha o manifestación se convierta en un acto violento. En parte ha sido la represión policial, en algunos casos excesiva. En parte también la participación de extremistas y miembros de grupos antisistema en las protestas, que inician actos de violencia con el único objetivo de generar caos y más violencia.
Por otra parte, la huelga general de miércoles sirvió para expresar un sentimiento de frustración, rechazo y protesta, pero por lo demás no parece que va a lograr cambiar nada. Salvo una prueba de poderío de los líderes sindicales, que actúan más bien como partidos políticos, el resultado se midió más bien términos de una mala imagen para España. Además, si el derecho a la huelga es válido, en igual medida lo es el derecho al trabajo. No se trata de defender a esquiroles, pero con los ingresos familiares cada vez más reducidos, hubo quien sencillamente no pudo sumarse al paro. Se produjeron actos hostiles y de repudio hacia esas personas y comercios, y ello es condenable.
España ha comenzado a dar una imagen similar a la de Grecia: disturbios frecuentes, enfrentamientos callejeros y un gobierno incapaz de encaminar al país. Por supuesto que una situación de este tipo no solo aleja al tan deseado inversionista extranjero, sino también al turista.
Con la economía de la zona euro de nuevo en recesión, tras una caída del 0.1% del producto interior bruto (PIB), según anunció el jueves el instituto europeo de estadísticas (Eurostat), el pronóstico para Europa, sobre todo en los países del sur, resulta desalentador.
En estas condiciones, España no sólo sufre un deterioro del bienestar de una parte cada vez mayor de la población, sino que de forma progresiva está dejando de ser una nación de esperanza, como en su momento debe haber sido para ese violonchelista que ahora toca en una calle de Madrid.


lunes, 11 de mayo de 2015

Con Castro y con Curbelo


Curiosos los extremos. Nunca como ahora han coincidido los discursos de la extrema derecha de Miami y la extrema izquierda de La Habana. Más allá de la vocación totalitaria, hay una actitud común: el desprecio a la inteligencia y la arrogancia que acompaña a la mentira impune.
Con el atraso que trae el desgaste de una confrontación demasiado larga, el representante federal Carlos Curbelo se ha apoderado de un argumento clásico del castrismo: los que se van de la Isla lo hacen fundamentalmente por motivos económicos, en busca de mejores trabajos y los beneficios que otorga una sociedad desarrollada, pero sin una motivación que los impulse a vivir en un país con mayores libertades políticas. Curioso —de nuevo— que el argumento brote desde Miami. Pero el representante no está solo en el empeño: desde comienzos de este año se escuchan propuestas similares.
Curbelo propone que quienes se beneficien de la Ley de Ajuste Cubano (CAA) se mantengan tranquilos en este país sin viajar a Cuba: “aquellos que regresan a la Isla se enfrentarían a consecuencias: la probable pérdida de su condición legal en Estados Unidos”.
Los “anticastristas” más radicales dándole la razón al enemigo de toda una vida. El menosprecio los hermana.
Así que en los últimos años Miami se ha llenado de inmigrantes económicos, que solo se interesan por llenar su barriga y las de sus familiares. ¿Es un exiliado político alguien al cual le quitaron su negocio durante los primeros años de la revolución? ¿Y por qué no el otro, que no podía ganar un salario decente y satisfacer sus necesidades, quien vino mucho después y quizá nació y creció cuando ya no quedaban negocios de los cuales apoderarse?
Algunos padecen de añoranza totalitaria. Les gusta salir a la calle, a tratar de recoger a cualquiera y meterlo en una celda ideológica.
Este país ha sido generoso como ninguno con los cubanos. La nación estadounidense. No un gobierno específico, republicano o demócrata. Varios mandatarios se han distinguido por una política migratoria más flexible, pero el hecho de acoger a los cubanos ha sido un principio fundamental del sistema norteamericano. Como nación y Estado, no como gobierno.
La CAA, promulgada en 1966 durante la presidencia del demócrata Lyndon Johnson, se fundamenta en que los cubanos no pueden ser deportados, ya que el gobierno de La Habana no los admite, que en cualquier caso estarían sujetos a la persecución y que en la Isla no existe un gobierno democrático. Ningún refugiado que visita a la familia que dejó atrás pone en peligro la ley. Cualquier amenaza al respecto no es más que un vulgar chantaje.
La abolición de esta ley es el reclamo preferido y constante de los funcionarios cubanos.
Durante demasiadas décadas, la política del gobierno norteamericano hacia la Isla se limitó a la inmovilidad en sus rasgos fundamentales y a la retórica de campaña en su superficie. En diciembre del pasado año el presidente Barack Obama rompió con esa inercia.
Durante todo el estancamiento, la inmovilidad de Washington no impidió que se produjera una transformación, tanto de la situación migratoria en lo que respecta a las leyes establecidas por La Habana, como a la valoración y significado del inmigrante cubano, desde el perseguido político hasta la figura del “balsero”.
En primer lugar se debe destacar el cambio en la representación del inmigrante cubano, una simbología que ha evolucionado del mito del héroe-balsero a la denuncia del contrabando humano; de la epopeya de enfrentar la Corriente del Golfo en débiles embarcaciones —o en muchos casos incluso en simulacros de embarcaciones— a los guardafronteras persiguiendo las lanchas rápidas. Aunque la tragedia no deja de estar presente, la entrada ilegal de cubanos ha perdido su justificación política, vista ahora en el mejor de los casos como un drama familiar.
Sin embargo, el cambio mayor ha ocurrido en la imagen del exiliado cubano, quien de expatriado que, después de persecución y miles de dificultades, llegaba a “tierras de libertad” en Estados Unidos, ha pasado a ser considerado —por la parte más tradicional de esa comunidad exiliada— en algo cercano a un “colaborador” del régimen de La Habana, si no en lo político al menos en lo económico.
“Somos conscientes de los abusos de la Ley de Ajuste Cubano y estamos buscando medidas para asegurar que solo aquellos que huyen de la opresión en Cuba puedan aprovechar sus ventajas”, dijo Curbelo en una declaración facilitada por su oficina.
El legislador señala un punto válido, y es el hecho de que la mayoría de quienes salen de la Isla no escapan de una persecución en el sentido tradicional —no han estado encarcelados o acosados por motivos políticos o por sus actividades opositoras—, pero al mismo tiempo elude una realidad que lo lleva a contradecirse no solo en ideología sino también en razón de ser política: quienes salen de un régimen totalitario siempre escapan de la opresión, así que la distinción que él quiere establecer (“solo aquellos”) se contradice con los ideales que supuestamente propugna.
Curberlo, por otra parte, no es el único político dedicado al empeño de transformar la CAA.
En enero de este año, la Comisión del Condado Miami-Dade acordó unánimemente pedir al Congreso que revise la medida que permite a los cubanos, a diferencia de cualquier otro extranjero, solicitar la residencia en EEUU un año y un día después de su llegada.
Lo que llama la atención es que tanto la comisión condal como el legislador Curbelo comparten puntos de vista comunes con La Habana.
“Lo extraño es que solamente una nacionalidad en el mundo reciba un tratamiento preferente, un tratamiento excepcional que ningún otro ciudadano del mundo recibe”, señaló Josefina Vidal, directora de Estados Unidos del Ministerio de Exteriores de Cuba, al referirse a la CAA.
 La funcionaria, que ha encabezado la delegación de la Isla en los recientes encuentros entre Cuba y EEUU, ha insistido en que la ley va en contra “de la letra” de los acuerdos migratorios firmados en 1994.
Desde hace años el régimen de La Habana viene pidiendo la derogación de la ley. Ahora especifican además que el gobierno del presidente Barack Obama tiene “potestad para pronunciarse sobre cómo se pone en práctica la medida”, lo cual es cierto.
La Habana ha vuelto a colocar sobre el tapete de las conversaciones migratorias el tema de la CAA —lo hace siempre—, pero guiada por conveniencia política e hipocresía, ya que en las condiciones actuales la medida favorece económicamente al régimen. Pero además, si quisiera resolver el asunto, comenzaría por admitir la repatriación y aceptando los miles de cubanos “deportables” que viven en este país sin que Cuba admita su regreso.
Para la comisión de Miami, lo que quisiera es convertir a la CAA en un instrumento político, que lo fue en su origen pero no en sus resultados: la ley nació a consecuencia de un gobierno dictatorial en Cuba, pero no es un medio para pedir asilo político.
En ello también se equivoca el legislador Curbelo, cuando solicita que los cubanos al llegar hagan una declaración formal asegurando que huyen del país debido a la persecución política. Eso sería otra ley —la “Ley Curbelo”—, pero la CAA no es un instrumento para la solicitud de asilo político, para lo cual existen otros procedimientos, ni se pregunta al solicitante si es un perseguido del régimen. El único requisito es ser cubano. Ello basta.
Así que nadie “abusa” de la ley cuando viaja a Cuba, luego de obtener la residencia, o enviando dinero a la Isla. Tampoco es culpa de la CAA si hay estafas al Medicare, que por cierto han existido desde mucho antes que los ahora llamados ‘inmigrantes económicos” comenzaran a llegar.
El asunto es más simple. Lo que hay detrás de la propuesta de Curbelo y la petición ridícula de los comisionados del condado Miami-Dade —la comisión no tiene autoridad sobre la política exterior del país— es una cuestión electoral.
Los codiciados votos pueden llegar de dos vías. Por una parte aprobando una petición que no implica grandes planes, cuentas a rendir o necesidad de un resultado tangible. Eso es lo que hizo la comisión condal. Por la otra, buscando publicidad con una propuesta que en su aparente formulación actual carece de futuro (lo cual no implica que en cualquier momento el Congreso no lleve a cabo una revisión seria de la CAA, que en última instancia depende por completo en su puesta en práctica del secretario de Justicia). Esto último es lo que ha hecho Curbelo.
Cientos de votantes en Miami se sentirán satisfechos con ambas peticiones —desde el punto de vista emocional— y sabrán una vez más que los políticos que eligieron comparten sus puntos de vista y están dispuestos a que sus voces se escuchen en Washington. Y también en La Habana, o desde La Habana.
De esta manera, tanto los comisionados condales como el legislador ponen otro grano de arena para la reelección, aunque no lo dediquen a construir casas, caminos y escuelas. Pero además, un cambio de la ley que aleje el proceso de naturalización de estos nuevos inmigrantes también podría alejar el peligro de nuevos electores, que no votaran precisamente por ellos. Al final, todo se limita a un problema de urnas, y no precisamente funerarias o religiosas.