miércoles, 30 de diciembre de 2015

La Cuba real


Uno mira las fotos, los videos, y si no fuera por una camiseta aquí y allá con la imagen de Ernesto “Che” Guevara —su presencia demasiado frecuente— y las sempiternas banderitas, podría confundirlas con las de otra ciudad latinoamericana o caribeña. En este año que concluye Cuba ha comenzado a perder su excepcionalidad.
No es un descubrimiento tardío. Los que viven en la Isla lo saben mejor que nadie. Por ello quienes pueden han emprendido la fuga. Porque se acaba aquello que fue único por décadas: la nación regresa a la normalidad —no solo en el imaginario popular, también en la mirada extranjera— y el futuro es chato como la muerte. Claro que el desenlace —o la agonía— durará  algunos años, así que hay que aprovechar en lo posible.
Salvo ese pasado revolucionario que aún explota —y que se seguirá explotando aquí y allá hasta que no suelte más jugo— poco queda por ofrecer. Y ahí están las imágenes y las palabras de la crónica del periodista Rui Ferreira —que CUBAENCUENTRO hoy publica—, para mostrarlo y demostrarlo: artesanías pobres que no evocan un pasado heroico sino lo caricaturizan; artículos importados, traídos por las más diversas vías, que intentan atraer con la esperanza vana de una ilusión extranjera; músicos que se repiten incesantes en cada local que sueña con clientes y permanece vacío.
Solo que el visitante —casi cualquier turista, salvo el forastero ocasional a las ruinas, que no volverá tras conocerlas— ya lo ha visto en cualquier otra parte: en Haití ha comprado artesanías y pinturas mejores; en Pekín observado con una mezcla de asombro y rechazo figuras de porcelana que ironizan, no recrean, la época turbia de la Revolución Cultural; en una cigarrería del centro de Atenas una fosforera plástica con la imagen del Che, igual solo que más cara que en La Habana. Y lo que no ha advertido en la calle lo ha leído en la literatura o contemplado en el cine: el trío musical callejero que persigue inclemente a Alec Guinness o Burl Ives en Our Man in Havana, la película de Carol Reed.
Así que cuando desaparezca por completo el atractivo de lo aún semiprohibido al turista norteamericano; en el momento en que el pugilato entre Washington y La Habana acabe de diluirse y se ponga final a la entrada fácil, cara y a la vez riesgosa de muchos cubanos a territorio estadounidense, el artesano se hundirá más aún en su pobreza, el timbiriche será más timibiriche que nunca y la Isla volverá a su condición de puesto comercial, peor aún que antes.
Para entonces la camiseta con la falsa imagen de un Obama sonriente, tabaco en la boca y uniforme verde oliva, que exhibe sonriente un cubano en la calle Obispo en La Habana, habrá perdido —en verdad ya desde hace tiempo atrás— su exiguo atractivo.
Esa Cuba que aún se fabrica y alienta en Miami, que cínicamente la Plaza de la Revolución vende al mundo y que con codicia torpe e ignorante naciones, empresas y millonarios ansían penetrar, no es más que una invención pasajera. Una ilusión que de momento vende, pero no por mucho tiempo. La Cuba real, la que permanecerá es otra: un país pobre sin mucho que ofrecer al visitante, salvo los recuerdos más o menos tergiversados de un momento de locura, pasión y muerte, pero donde desde hace mucho se ha establecido con firmeza la mediocridad más absoluta, el desprecio total al semejante, la codicia disfrazada de ambición y la envidia y ruindad tras el rostro de la avidez.
Un país donde la inutilidad adopta el ropaje de la burocracia —ya sea gubernamental u opositora— y la iniciativa triunfa en la mayoría de los casos de la mano del atropello.
Las señales de que los cubanos ya comienzan a dejar de ser excepcionales llegan a veces por las vías más insólitas. Este año el representante federal Carlos Curbelo presentó un proyecto de ley que busca acabar con el trato excepcional a los refugiados cubanos —que por décadas se han beneficiado con medidas únicas a la hora de recibir cupones de alimentos, Medicaid, seguro de discapacidad, el derecho a residencia y la ciudadanía— y colocarlos a la par que el resto de los inmigrantes de otras nacionalidades. Lo más interesante de la medida de Curbelo es que no desató en Miami respuestas airadas, más bien un silencio cómplice.
El silencio también ha caracterizado a los congresistas cubanoamericanos, en lo que respecta a la crisis migratoria en Costa Rica. El martes dos legisladores iniciaron una visita de dos días, para conocer la situación de los miles de inmigrantes procedentes de Cuba varados en la zona. Pero no son de origen cubano y tampoco del sur de la Florida. Son representantes por Texas, la republicana Kay Granger y el demócrata Henry Cuellar. Es evidente que lo que buscan, ellos también, no es la excepcionalidad sino la mesura.
Si bien afortunadamente parecer estar a la vista una solución para los cubanos paralizados en Costa Rica, en su intento de llegar a Estados Unidos, asistimos por igual al cierre de una vía de escape para los que quieren huir de la Isla.
A más difícil el camino hacia el exterior, la mirada no se tornará hacia el buscar una solución dentro —iluso creerlo— sino a las variaciones del escape sobre un mismo tema: sobrevivir.
El incipiente mercado privado es una de esas posibles vías de escape, solo que limitada y engañosa al extremo.
La fragilidad de esa forma rudimentaria e incompleta de socialismo de mercado, que está surgiendo en Cuba es que su sector privado, si bien en parte está regulado por ese mismo mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. Al mismo tiempo, este control burocrático lleva a cabo muchas de sus decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos e ideológicos.
Una solución parcial a este dilema sería aumentar el papel del mercado y concederle mayor espacio a las actividades privadas, de forma legal y dejando la vía abierta a la competencia y la iniciativa individual. Solo que entonces el éxito en el mercado tendría un valor superior a la burocracia. Que esto se vea como un peligro y no como una solución, por parte del Gobierno cubano, es lo que está frenando en parte el avance económico. Que la actividad opositora más o menos seria —tanto en Cuba como en Miami— no contemple los factores económicos de forma priorizada en su agenda, parte de igual principio burocrático: una defensa de beneficios y privilegios.
Nada de lo anterior debe inclinar a considerar a la economía como la clave. única y poderosa, del problema. Al menos en estos momentos. Que la administración Obama explicite este objetivo es más justificación que meta. Porque como objetivo su naturaleza se diluye en un largo plazo. Obama puede justificarlo en favor de su edad, su lejanía cercana o el que en última instancia no lo apremia una solución del caso. Incluso en el cinismo declarado de que equivocarse con un país diminuto en última instancia no tiene gran importancia para Estados Unidos. Por supuesto que para los cubanos la ecuación se inscribe en términos distintos.
Los avances económicos que pueden estar ocurriendo en Cuba, a un nivel que podría catalogarse de callejero, casi doméstico, guardan más bien relación con la supresión de restricciones —o el actual “hacerse de la vista gorda” frente a algunas de estas— que con un verdadero desarrollo.
De hecho, el crecimiento económico de la Isla se desacelerará a un 2% en 2016, comparado con la supuesta expansión del 4% estimada para este año, de acuerdo a  declaraciones del martes del ministro de Economía, Marino Murillo, según informó la prensa oficial.
Lo anterior corrobora la dicotomía —más bien la esquizofrenia— existente en un país donde la excepcionalidad, la ilusión y la espera son factores que influyen en el panorama económico con igual o mayor fuerza que otros indicadores más “concretos”.
El problema es que este juego y esta dependencia no solo no generan desarrollo sino tampoco son eternos. Así que, por ejemplo, la noticia de que Japón se suma a la actitud de otras naciones, y perdona a La Habana más de $996 millones de deuda sin pagar, no debe verse como un incentivo para el avance, sino como un alivio para sobrevivir.
La decisión de Tokio —también como ha ocurrido con otros países— no elimina la deuda sino que la reduce sustancialmente. Aún Cuba debe al país asiático unos $498 millones, en capital de préstamo e intereses.
Japón solicitará ahora al Gobierno cubano el pago en un plazo de 18 años, a partir de abril de 2016. El Gobierno japonés aún no ha decidido cuándo reiniciar la concesión de créditos blandos a la Isla, indicó The Japan Times.
La pregunta pendiente es qué ocurrirá cuando Cuba tenga que comenzar a pagar en 2916, y los perdones financieros de hoy se conviertan mañana —en ese año a días de comenzar— en condenas. Todo gracias a los compromisos adquiridos.
Por supuesto que cabe la respuesta —o el deseo— de quienes consideran que el Gobierno de Raúl Castro no pagará nada, pero tal argumento no toma en cuenta que, de ocurrir ello —y quienes mandan en el país lo saben— todo el esfuerzo habrá sido inútil.
Vale la pena repetirlo. Entre esa Cuba ficticia de hoy y la real de un mañana que toca a las puertas se debate la realidad del país. Si a ese volver a “los años 50” —que denuncian las imágenes—  se reduce el objetivo del Gobierno de La Habana, el resultado es doblemente desalentador. No solo como indicativo de fracaso sino también de un ideal absurdo: los 50 de ayer serían en realidad mucho menos —la época del 30— en ese país que se inicia.
Un hombre camina por la calle Obispo, en La Habana, llevando la imagen del presidente Obama, un símbolo de cómo los cubanos asumen los nuevos tiempos (Foto: RUI FERREIRA). 

Una Madre Teresa no tan santa


El Papa Francisco ha firmada el decreto para la canonización de la Madre Teresa de Calcuta. En la actual pugna por el poder que se desarrolla en el Vaticano, ha cedido ante las fuerzas conservadoras. Al final Juan Pablo II parece haberse impuesto desde la tumba. Fue él quien aceleró el proceso de beatificación de la religiosa, a la que siempre prefirió ver en el cielo que conllevando con ella una relación difícil en la tierra. Dentro de poco la monja estará más lejos aún, en los altares.
El problema con la Madre Teresa de Calcuta es que no predicaba con el ejemplo, nunca utilizó los millones de dólares recibidos en donaciones para beneficiar a los pobres; sus misiones eran verdaderas “casas de la muerte” y si no era merecedora de la beatificación, mucho menos del camino hacia la santidad en que se encuentra ahora.
De acuerdo a un análisis realizado en las universidades canadienses de Ottawa y Montreal, el mito de altruismo que rodea la figura de Agnes Gonxha, como se llamaba realmente, no se correspondía con la vida de una mujer que podría no haber sido tan santa como se proclama en la actualidad según los preceptos de la Iglesia Católica.
Un estudio realizado por académicos canadienses en febrero del 2013, en que se plantea El lado oscuro de la Madre Teresa y publicado en Studies in Religion/Sciences religieuses, analiza el impacto de su obra, así como trata de entender el fenómeno que se ha producido alrededor de la canonización, la manera de curar a los enfermos y las políticas de gestión de las cuantiosas sumas que recibió la orden que fundó. Además, cuestiona por qué el Vaticano ha ignorado las críticas que ha recibido sobre la actuación de la monja.
Los profesores Serge Larivée y Genevieve Chenard, de la Universidad de Montreal, y Carole Sénéchal, de la Universidad de Ottawa, consultaron 287 documentos para llevar a cabo su análisis, que representan el 96% de la literatura sobre la fundadora de la Orden de las Misioneras de la Caridad.
Durante su vida la Madre Teresa abrió 517 misiones de acogida para los pobres y enfermos en más de 100 países. Sin embargo, estas misiones han sido descritas como “casas de la muerte” por los médicos que las visitaron y trabajaron en ellas en la ciudad de Calcuta. Según explica el artículo, dos tercios de las personas que acudieron buscaban atención médica, mientras que el otro tercio solo esperaba encontrar una muerte en mejores condiciones. En muchos casos no hallaron ninguna de las dos cosas. Lo que se encontraron los doctores fue una gran falta de higiene, unas pésimas condiciones de atención, alimentación inadecuada y una elevada carencia de analgésicos.
La cuestión no era la falta de dinero, pues la fundación había recaudado cientos de millones de dólares. El problema siempre fue la religiosa y su particular concepción cristiana sobre el sufrimiento y la muerte, que se resume en su declaración de que “hay algo hermoso en ver a los pobres aceptar su suerte, sufren como la Pasión de Cristo. El mundo gana mucho de su sufrimiento”.
Como ella no se consideraba pobre, por lo que su sufrimiento no ayudaba a nadie, cuando requirió cuidados médicos fue a buscarlos a un hospital moderno de Estados Unidos.
Fue por ello que el periodista Christopher Hitchens expresó que la Madre Teresa no era amiga de los pobres, sino de la pobreza. Eso sí, de la pobreza ajena.
La santificación de la Madre Teresa no es más que otro ejemplo de rendición de la Iglesia Católica a las fuerzas del espectáculo y la reacción.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 28 de diciembre de 2015. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

Defender a Obama en Miami


El último debate del año de los aspirantes a la nominación republicana mostró nuevamente su incapacidad para gobernar al país. Ni en liderazgo, conocimiento, inteligencia y carisma se acercan a Barack Obama. Aunque a veces da la impresión que afirmaciones de este tipo no caen muy bien en esta ciudad, donde defender al actual presidente estadounidense es considerado casi un acto subversivo por ciertos sectores, muy poderosos y nada ponderados.
Llamados al derribo de aviones rusos, menciones impúdicas a la Tercera Guerra Mundial, proclamación del imperio de la censura y el espionaje hacia cualquiera que navegue por internet. Aislacionismo y garrotazos por todas partes. Todo ello servido en medio de advertencias y lamentos. Que si Estados Unidos está al borde del precipicio, donde el Apocalipsis toca a las puertas, las fronteras están más desprotegidas que nunca y los cuerpos militares tienen un armamento obsoleto. Exageraciones, despropósitos, mentiras.
En ocasiones resultó difícil, durante las dos horas y media que duró el debate, reconocer si se asistía a una discusión en un bar o a un encuentro de aficionados a juegos de videos, donde aviones y guerreros se despachurran sin conmiseración y hay bombas y explosiones por todas partes.
Durante la contienda electoral que culminó con el primer triunfo presidencial de Obama, Peggy Noonan, columnista conservadora de The Wall Street Journal, definió los discursos de campaña de la entonces gobernadora Sarah Palin, como propios de quien no piensa en voz alta, sino que apenas “dice cosas”.
Hoy el estilo de Palin ha crecido y se ha multiplicado, extendiéndose a todos los aspirantes republicanos, quienes vuelven a emplear en esta campaña los recursos que permitieron la reelección de George W. Bush: el miedo a un ataque terrorista, que Karl Rove supo explotar a la perfección, y las apelaciones a la extrema derecha evangelista.
Piensan convertir al temor ante la amenaza terrorista y la incertidumbre respecto a la situación económica en sus dos cartas de triunfo. En este sentido, consideran que la mejor manera de enfrentar la casi segura nominación de la senadora Hillary Clinton es volver a los esquemas que llevaron a la derrota de John Kerry. Obama quedaría así como un capítulo, desagradable para ellos pero no repetible. Se busca así la posibilidad del triunfo republicano.
La renuencia clásica en la política norteamericana de sacar a la luz los enfoques ideológicos en las discusiones —y mantener el discurso limitado a los aspectos prácticos que se derivan de estos principios— fue un obstáculo que Obama logró superar en las dos votaciones en que salió triunfador. Nunca ha negado ser un liberal pragmático y no ha temido asumir esa etiqueta que desde hace años se usa y abusa en este país.
Pese a la polarización política extrema que caracterizaba a la sociedad norteamericana en los meses anteriores a la elección del 2004, no hubo evidencias de que estuvieran en juego dos filosofías opuestas frente a los acontecimientos internacionales. Las campañas destacaban más aspectos personales que los enfoques ideológicos.
Ahora los aspirantes republicanos no niegan las diferencias políticas, pero enfatizan los aspectos personales, chapoteando en los alardes de tipos duros y chica mala, como en este último debate. Sin embargo, a la hora de la lid electoral definitiva se impondrán las definiciones ideológicas.
Entonces será el momento en que Hillary Clinton debe echar a un lado las críticas de aferrarse en la repetición, y reclamar la continuación y la grandeza de Obama como presidente, el mejor mandatario que este país ha tenido en los últimos 50 años. Este país necesita la continuidad de un gobierno que sepa guiar, en que mentirosos, buscapleitos y fanfarrones no tengan cabida.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 21 de diciembre de 2015.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Washington y La Habana: mucho, poco, nada


A un año de ese histórico 17 de diciembre en que los mandatarios Barack Obama y Raúl Castro anunciaron una nueva época en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, el diálogo ha seguido un guión programado, cumplido con precisión pese a las dificultades que se vaticinaron ocurrirían, aunque en buena parte distinto a las esperanzas y temores que el aviso despertó en sus inicios.
Una realidad ha quedado bien clara durante este tiempo. El acercamiento entre ambos Estados ha sido simplemente eso: un avance en los vínculos entre dos gobiernos que desde el inicio partieron del supuesto de que hay mucho que los diferencia —en política, proyección social y economía— y también mucho que los une en historia y geografía.
Sin embargo, hay también otro aspecto muy importante. La existencia de algo más de dos millones de ciudadanos compartidos en dos costas cercanas: el 70 por ciento de los cubanos que viven en el exterior reside en Estados Unidos. La cifra por sí sola indica que, al hablar del tema, no se trata de un problema con dos gobiernos de por medio sino de uno que afecta a un pueblo dividido. Y ello continúa siendo un asunto pendiente.
Así que tras un año lo ocurrido puede resumirse en un mucho o un nada, según la óptica de quien lo mire, sobre todo en pequeños gestos y pasos cortos.
Mucho ha logrado el proceso, si se tiene en cuenta que ha avanzado con lentitud pero sin tregua en la creación de acuerdos sobre problemas que interesan a las dos naciones y en los que existen puntos de interés y convergencia. Nada se ha alcanzado con el acercamiento, al constatar que en Cuba la libertad política, y en gran parte social y económica, sigue tan ausente como antes del 17 de diciembre de 2014.
Aunque estos puntos de vista dejan a un lado las prioridades que ambos gobiernos parecen tener, y en los que la democracia para la isla no ocupa los primeros puestos. La apuesta en este caso se inclina más hacia mantener la estabilidad en una zona que en buscar la libertad en un país.
Queda entonces un balance donde gestos y acuerdos se resumen en logros limitados frente a la realidad cubana de escasez y prohibiciones, pero que al mismo tiempo no pueden catalogarse de nimios en cuanto a echar por tierra medidas poco efectivas para llevar la democracia a Cuba, que por años estuvieron vigente en Estados Unidos. Normas que significaban engorros, gastos y prejuicios en la comunicación, el intercambio y los viajes.
Conversaciones entre ambos países sobre objetivos concretos, como la aviación civil, el transporte postal directo, la protección del ambiente y la lucha contra el narcotráfico. En algunos casos ya con resultados concretos.
Nada malo en el establecimiento del correo directo entre los dos países —para mencionar un acuerdo reciente— o la normalización de los vuelos comerciales —que se espera en breve—, sino todo lo contrario: hacerle la vida más fácil a los cubanos que por décadas han sufrido una separación cuyos culpables son indudablemente quieres gobiernan desde la Plaza de la Revolución, pero a la que no hay que contribuir innecesariamente.
Claro que en este mejorar o facilitar la vida las cuestiones políticas quedan a un lado. No se trata de vivir en libertad sino de vivir un poco mejor.
Pero tras el desglose de los pequeños avances se hace más evidente la necesidad de ambos gobiernos en conseguir logros más sustanciosos, si es realmente la normalización de relaciones lo que se busca. Tras los puntos más fáciles de entendimiento, el próximo año es que realmente se pone a prueba la voluntad negociadora.
Será en primer lugar en la búsqueda de una solución a las demandas económicas de ambos países, que piden compensaciones económicas, ya sea por la nacionalización de propiedades estadounidense o por el reclamo cubano debido a daños ocasionados por el embargo comercial de Washington, además de indemnizaciones monetarias también exigidas por daños vinculados a actos terroristas, acciones militares y operaciones encubiertas.
Tras una primera reunión, lo único acordado fue… reunirse de nuevo.
Estados Unidos y Cuba enfrentan un duro e ineludible camino en la solución de estas demandas, sin lo cual otros avances en el futuro serían puramente secundarios. Porque si para el primer año bastaron los gestos mínimos, para el segundo serán necesarios pasos más conclusivos, o de lo contrario el deshielo entre Cuba y Estados Unidos terminará por derretirse.

El presidente Barack Obama habla con el gobernante cubano Raúl Castro desde el Despacho Oval, en la Casa Blanca, Washington.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Marco Rubio, inmigrantes y trabajos


En este año de calentamiento pre-electoral buena parte de la prensa se ha encargado de difundir una imagen en que los aspirantes republicanos a la candidatura presidencial se oponen a la inmigración (de los sin documentos o con ellos), quieren restringirla, levantar muros y enviar de vuelta a casa a los que llegan. Al mismo tiempo, los políticos demócratas han aparecido como los abanderados de los inmigrantes. No del todo cierto. Hay un republicano, el senador Marco Rubio, que quiere que aumenten las visas. Al menos un tipo de ellas, las H-1B.
Ahí están las cifras, para rectificar esa imagen tergiversada dada por la prensa (¿liberal?). El senador Rubio es un entusiasta partidario del programa en favor de las visas H-1B. Su proyecto de ley de 2013, que no fue aprobado, hubiera incrementado la cuota anual en 45,000 entradas.
No obstante el fracaso inicial, Rubio ha retomado la propuesta —corregida y aumentada— y ahora busca triplicar la cifra de otorgamiento de estas visas, hasta 195,000.
Se trata de “trabajos que los estadounidenses no pueden hacer”. ¿Y cuáles son esas labores que los residentes y ciudadanos de este país están incapacitados para realizar? No piense en tareas difíciles y peligrosas. Tampoco en la necesidad de conocimientos arcanos. Mucho menos en un desempeño tedioso y repetitivo. La jardinería, limpieza de fosas o la explotación minera quedan fuera.
El concepto gira en torno a la falta de entendimiento, inteligencia y capacitación para hacer determinadas cosas. ¿Son entonces trabajos tan difíciles que quedan fuera de la comprensión estadounidense? Nada de eso. Simplemente empleos en el campo de la alta tecnología —computación, internet, electrónica— que no es que los norteamericanos no sepan hacer, sino que perciben salarios elevados por realizarlos, y hay otros en el exterior dispuestos a llevarlos a cabo por mucho menos dinero.
Así que el problema no es de inmigración —porque evidentemente no todos los inmigrantes son iguales—, tampoco de capacidades y conocimientos y mucho menos de desarrollo económico. Es simplemente de avaricia corporativa. Y el senador Rubio prefiere que extranjeros se queden con los trabajos de norteamericanos con tal que las corporaciones aumenten sus ganancias o reduzcan sus costos.
Por ejemplo, a finales del 2014 Disney despidió a 250 empleados para reemplazarlos con beneficiarios del programa de visas H-1B, También el año pasado unos 400 trabajadores de Southern California Edison fueron sustituidos por fuerza de trabajo extranjera más barata. En ambos casos, quienes iban a ser despedidos fueron obligados a participar en programas de “transferencia de conocimiento”. Es decir, a capacitar a los recién llegados. De lo contrario quedarían excluidos del paquete de compensación económica.
Tanto senadores republicanos como demócratas han señalado la necesidad de investigar si Silicón Valley está utilizando el programa H-1B simplemente para reducir costos laborales. Bien diferente es contribuir al desarrollo de las naciones emergentes, saludar el avance de países como India y reconocer las ventajas de la globalización, a permitir o incluso alentar e incrementar la pérdida de trabajos bien pagados para los ciudadanos del país. Eso no es libertad económica, eso es explotación miserable.
Hay problemas en este país mucho más profundos que las ideas locas de Donald Trump y su muro contra los mexicanos. Algunos de ellos tienen que ver con la situación creada a partir de un proceso de globalización, donde las grandes corporaciones buscan sacar ventajas no del progreso hacia un mundo más desarrollado sino de la explotación de las desigualdades.  Y para un político de Estados Unidos, la protección al país debe comenzar con la defensa del trabajo de sus ciudadanos, sea un jardinero o un experto en tecnología.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 14 de diciembre de 2015.

martes, 8 de diciembre de 2015

Compensaciones, retos y reclamos


Una reunión que acuerda reunirse de nuevo. Al menos en algo están de acuerdo Washington y La Habana. Ese es al menos el logro hecho público tras el primer encuentro entre las delegaciones de Estados Unidos y Cuba para conversar sobre el espinoso tema de las compensaciones económicas.
“No entramos a discutir la especificidades en el proceso de continuar avanzando” en el tema, dijo una funcionaria al diario El Nuevo Herald, quien reiteró que esta reunión era “muy preliminar” y se centró en intercambiar información muy general sobre los tipos de reclamaciones que ambos países están buscando.
“Cualquier negociación sobre compensaciones es más bien una empresa compleja”, que puede tomar algún tiempo, señaló.
No obstante, aseguró que el Gobierno de Estados Unidos quisiera resolver este asunto “lo más pronto posible. Es un tema de alta prioridad para esta Administración”.
La delegación estadounidense, encabezada por Mary McLeod, asesora jurídica en funciones del Departamento de Estado, presentó a su contraparte cubana las reclamaciones certificadas por la Comisión de Resolución de Reclamaciones en el Extranjero (FCSC). También habló de unas diez compensaciones adjudicadas en cortes estatales y federales de EEUU (por un valor de $2,000 millones) y de “reclamaciones del gobierno estadounidense” para ser atendidas por Cuba. Además explicó las bases legales de estas demandas.
La FCSC considera válidas una 5.913 reclamaciones de ciudadanos o compañías estadounidenses, por un valor de $1.900 millones. La mayoría de estas demandas corresponden a pérdidas de individuos, por un valor aproximado de $229 millones. El resto, corresponde a compañías que acumulan casi el 85% del valor total.
Al menos un aspecto quedó claro tras esta reunión preliminar: las reclamaciones de ciudadanos cubanos por propiedades confiscadas por el Gobierno de la isla, cuando era gobernante Fidel Castro, no fueron incluidas en las discusiones
La delegación de EEUU también escuchó las demandas del gobierno cubano “en relación a los daños humanos y económicos ocasionados por el embargo”, agregó la funcionaria, quien no aportó el monto de las reclamaciones que estaría manejando la parte cubana. “No es muy útil adentrarse ahora en los números”, comentó.
El gobierno cubano estima en $121.192 millones los daños a la economía debido a las sanciones estadounidenses. La cifra es independiente del monto por lo que La Habana considera que debe ser compensada debido a acciones terroristas ocasionadas desde EEUU.
Dos vías
Es decir, que posiblemente la negociación se abra en dos vías independientes. La primera, y menos difícil de resolver, es lograr un acuerdo de pagos y/o ajustes económicos en lo referente a nacionalizaciones, expropiaciones y el tema del embargo.
Lo segundo, mucho más engorroso y a largo plazo tiene que ver con los reclamos mutuos sobre lo que cada parte considera “actos terroristas”.
El Gobierno estadounidense ya ha pagado compensaciones, mediante fallos en los tribunales de EEUU, a víctimas “del terrorismo de Estado” cubano-
Por ejemplo, los familiares de los pilotos que murieron cuando dos avionetas de Hermanos al Rescate fueron derribadas por órdenes del Gobierno de la isla en 1996 recibieron $188 millones.
Hace 15 años el Congreso de EEUU aprobó una ley para que los casos de reclamaciones en las cortes norteamericanas contra el Gobierno de Cuba por violaciones de derechos humanos puedan ser compensados con fondos congelados a ese país en bancos estadounidenses.
El Gobierno cubano, por su parte, considera que hay una deuda de unos $181.000 millones debido a los perjuicios por daños humanos relacionados a “actos de terrorismo” de EEUU.
Cuba separa los supuestos daños humanos de aquellos económicos ocasionados por el embargo, por lo que se trata de dos demandas legales diferentes. Ello abre el camino a que se pueda avanzar en el terreno económico con independencia de las diferencias y los reclamos de índole político.
La actitud del Gobierno cubano en esta ronda de conversaciones es acorde con la táctica actual de La Habana de llegar a soluciones sobre las deudas pendientes con otros países. De esta forma, la negociación con EEUU, en esta parte del asunto, quedaría enmarcada a otros intentos que con mayor o menor éxito, más o menos demora, se llevan a cabo.
Otras deudas
Desde hace algún tiempo, la isla ha estado celebrando conversaciones para llegar a un acuerdo con el Club de París y así reestructurar su deuda con esta organización.
Cuba está cerca de lograr un acuerdo con 15 naciones acreedoras de las 19 que conforman el Club de París para reestructurar una deuda de $16.000 millones en cesación de pagos desde 1986. Se espera que los prestamistas condonen al país comunista caribeño gran parte de lo adeudado, dijeron diplomáticos cercanos a la negociación, informa la agencia Reuters.
Luego de dos años de debates informales, están cerca de un acuerdo multilateral, señalaron los diplomáticos a Reuters.
“Cuba ha acordado pagar alrededor de $5.000 millones del capital adeudado desde su default en 1986, a cambio de que se le perdonen $11.000 millones en cargos por servicios, intereses y multas", dijo un diplomático de una de las principales naciones acreedoras.
“Las negociaciones están ahora más en el punto de cuánto tiempo necesitan (las autoridades de La Habana) para pagar y cuánto del dinero será reinvertido en Cuba”, agregó la fuente.
El Club de París informó en 2011 que Cuba debía a sus miembros $30.500 millones al cierre de 2010, pero más de 20.000 millones de la deuda era en rublos convertibles de la época de alianza con la antigua Unión Soviética, que Rusia reclamaba y que Cuba no reconocía.
Desde entonces a esta fecha Moscú y La Habana llegaron a un acuerdo en que la mayoría de la deuda fue condonada.
Además de Rusia, al menos Alemania ya ha negociado de manera independiente acuerdos bilaterales con Cuba sobre el pago de la deuda.
Estrategia cubana
La estrategia de Cuba apunta a lograr con EEUU un acuerdo similar, aunque posiblemente no tan generoso, como el obtenido con Rusia, y dejar pendiente los otros reclamos. El clima favorable, hacia negociar con Cuba, por parte de muchas empresas estadounidenses, es un favor que la favorece.
Quedaría entonces pendiente la cuestión que ha quedado fuera de las negociaciones: los reclamos sobre expropiaciones y confiscaciones a ciudadanos cubanos ahora nacionalizados estadounidenses.
El Programa de Reclamaciones Cubano, que autorizó a la FCSC a proceder con las reclamaciones de propiedades confiscadas a ciudadanos norteamericanos en otros países, creado por el Congreso de EEUU en 1964, establece que los reclamantes debían ser ciudadanos norteamericanos en el momento de la confiscación. Este es al que se refirió la delegación estadounidense en las conversaciones.
Mientras que la ley Helms-Burton de 1996 reconoce el derecho de los cubanoamericanos cuyas propiedades fueron confiscadas a reclamar compensación, también deja claro que el Gobierno estadounidense solo se encarga de las reclamaciones certificadas, o sea, las de ciudadanos norteamericanos en el momento de la confiscación. Las reclamaciones de cubanos que se naturalizaron después tienen que ser presentadas ante las cortes de manera individual y por cuenta del demandante.
Cuba tiene fondos congelados en EEUU, en gran medida originados por exportaciones del Gobierno de Cuba que pasan en algún punto por algún banco norteamericano como parte de alguna transacción, y son incautados. Estos fondos sumaban el año pasado $275 millones. Pero hasta el momento esos fondos no han sido utilizados en reclamaciones por confiscación de propiedades.
Precedentes
El Gobierno de EEUU ha logrado en el pasado llegar a acuerdos con países en una época hostiles, luego de una mejora de las relaciones diplomáticas, sobre el tema de las compensaciones económicas tras la expropiación de bienes.
Un ejemplo es el caso de China, respecto a las propiedades confiscadas ese país luego de octubre de 1949, cuando el Gobierno de la República Popular de China (PRC) llegó al poder. En1966 se puso en práctica el Programa de Reclamaciones de China.
El Departamento del Tesoro estableció un Fondo para reclamaciones de China, donde el Gobierno chino depositó un pago inicial de $30 millones en 1979 y $10,1 millones de 1980 a 1984. De un total inicial de más de $196 millones, el Gobierno chino consiguió un arreglo por $80,5 millones.
Entre 1979 y 1990 ocurrieron confiscaciones a ciudadanos estadounidenses en Nicaragua, durante el gobierno sandinista.
EEUU levantó algunas restricciones legales a Nicaragua después que el país centroamericano cumplió con la resolución de 30 reclamaciones de ciudadanos estadounidenses que estaban pendientes. Hasta 2005 EEUU tenía registrados un total de 3.166 reclamaciones de ciudadanos norteamericanos cuyas propiedades fueron confiscadas en Nicaragua.
Lo más probable que ocurra, en el caso de llegarse a un acuerdo entre Cuba y Estados Unidos, es que muchas de las reclamaciones sean saldadas por una fracción de su monto o a cambio de concesiones para hacer negocios en o con Cuba.

Cincuenta corporaciones, algunas aún activas, son dueñas de aproximadamente el 50 % total de las reclamaciones. Serán estas las que terminarán obteniendo algún pago o beneficio.
Imagen tomada de Meridianews, Fotografía Daniele Febei, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 7 de diciembre de 2015

Una noticia y tres conclusiones apresuradas


A 17 años de la primera victoria del difunto presidente Hugo Chávez, la oposición venezolana obtiene un triunfo significativo en las elecciones legislativas del domingo, pero además del momento de entusiasmo es la hora de la cautela.
Hasta dónde el chavismo se estaba preparando para el fracaso y hasta dónde esperaba el triunfo resulta de momento algo difícil de responder. La llegada al país de exmandatarios extranjeros para presenciar el proceso —de diversas tendencias políticas e invitados por distintas vías— fue un indicador de que la votación no se limitaría a un fraude simple y burdo. Más allá de no permitir observadores internacionales —solo “acompañantes” y de Unasur—, hubo una intención manifiesta, por parte del Gobierno, de no romper por completo el marco de las normas democráticas. El hecho de que se le permitiera ejercer el voto al preso político más importante del país, Leopoldo López, apuntó igualmente hacia el objetivo de brindar una fachada de tolerancia.
Aquí el cálculo puede haber sido que el gobierno de Nicolás Maduro cuenta con el control y los recursos suficientes para gobernar durante los próximos dos o tres años con una nueva ley habilitante —aprobada por la Asamblea Nacional saliente en los pocos días que le quedan—, lo que podría permitirle resistir la caída de los precios del petróleo y la grave crisis económica.
La prórroga de la hora de votación muestra por otra parte el apelar a un recurso de última hora, pero no hay que verlo como un signo de desesperación sino como la repetición de un recurso provechoso en otras ocasiones. Solo que ahora quizá no lo fue tanto.
Maduro llamó a la “ofensiva popular” para que nadie se quedara en casa. El chavismo intensificó la presión sobre su electorado cuando quedaban dos horas para el cierre de las urnas, a las seis de la tarde. Entonces comenzaron a escucharse mensajes por televisión que daban a entender que los colegios seguirían abiertos pasada la hora de cierre, lo que luego confirmó el Consejo Nacional Electoral.
El mecanismo había sido planeado con anterioridad para su puesta en marcha. Una especie de Plan B que entra en funcionamiento si aumentan las sospechas de que los resultados no van a ser favorables. Nada nuevo en Venezuela.
El fallecido presidente Hugo Chávez lo utilizó para obtener 800.000 votos tardíos que fueron decisivos en su última lid presidencial. Maduro apeló, en la “Operación Remolque”, a los electores de última hora, y así al parecer se impuso sobre el líder opositor Henrique Capriles en una elección aún cuestionada.
Hasta qué punto volvió a funcionar esta táctica, para evitarle al chavismo una derrota aún mayor, o si el domingo esta sirvió de poco, luego de los pronósticos de unos resultados más ajustados, será materia de especulación en los próximos días. De momento vale la pena arriesgarse a tres conclusiones apresuradas:
La clave está en las cifras
De acuerdo a los primeros resultados ofrecidos por el Consejo Nacional Electoral (CEN), de los 167 escaños en disputa la opositora Mesa de la Unidad (MUD) obtuvo 99, mientras que el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) solo 46. Quedan por adjudicar 22.
Con 99 diputados la oposición logra la mayoría y es muy posible que sume algunos más de los restantes por definir, lo que la llevaría a superar la cifra de 100, las tres quintas partes del cuerpo legislativo, y entonces estaría en capacidad de tratar de impedir que Maduro gobierne por medio de decretos, bajo el mandato de las leyes habilitantes que ha venido empleando.
De quedarse solo en los 99 diputados, con los que ya cuenta, la oposición podría promulgar leyes, vetar nombramientos y ejercer control sobre las arcas del Estado, pero con resultados más limitados.
La clave de un cambio mayor ocurre si la MUD alcanza más de 111 diputados, algo  difícil pero no imposible. Entonces estaría en capacidad de nombrar o remover a magistrados del Tribunal Supremo, y a rectores del Consejo Nacional Electoral, así como convocar a un referéndum.
Con más de 111 diputados de la oposición, sí es posible afirmar que se ha iniciado el fin del chavismo. Con menos escaños, no.
De las “guarimbas” a las urnas
El triunfo electoral en las legislativas es una victoria que también implica un reacomodo de tácticas dentro de la oposición. Los partidarios de la lucha electoral han resultado vencedores y ello reivindica una labor que en ocasiones fue rechazada, incluso desde el exilio venezolano.
Tras el fracaso de una confrontación más directa en las calles, para poner fin al gobierno de Maduro, realizada a comienzos de 2014 y que se saldó con al menos 43 muertos, la vía electoral pasa de nuevo a primer plano.
Si bien los enfrentamientos al actual mandatario venezolano se han enmarcado siempre dentro de la lucha pacífica, en la oposición se ha debatido —y priorizado en ciertos momentos— diversas opciones sobre hasta dónde llevar la confrontación y sus posibilidades de éxito en determinadas circunstancias.
Ahora, y por primera vez, todas las formaciones opositoras confluyeron bajo un mismo paraguas, el de la MUD, donde se agruparon los más diversos partidos políticos, desde la centro izquierda hasta la derecha conservadora.
Sin embargo, esta unidad a la hora de ir a las urnas no garantiza automáticamente que se mantenga durante los debates legislativos, y aquí de nuevo entran en consideración las cifras, y únicamente cuando se conozcan los resultados finales se podrá calcular si es la hora de lanzarse a objetivos de largo alcance —como un posible referéndum— donde la unidad opositora podría resultar más fácil de mantener, o simplemente dedicarse a proyectos legislativos más limitados.
Por lo pronto, es posible que la prioridad del nuevo cuerpo legislativo sea sacar adelante una amnistía que permita el encarcelamiento de los opositores injustamente en prisión, entre ellos Leopoldo López.
Tan conveniente y necesaria como resulta la lucha en las urnas, para traer un cambio político en Venezuela, no obstante mantiene abierta la interrogante básica de si ello es posible de alcanzar con el empleo solo de ese medio: vencer democráticamente a un gobierno que cada vez más se muestra autoritario.
Porque tampoco el historial de Maduro y Chávez deja mucho terreno a la ilusión. Si de momento hay que reconocer que el mandatario aceptó la derrota, no es la primera vez que se produce un revés electoral dentro del chavismo, para luego ser eliminado paulatinamente su efecto.
Pero ahora ocurren dos factores distintos a las situaciones anteriores: una enorme crisis económica y que Maduro no es Chávez.
Desde que llegó al poder, Nicolás Maduro ha mantenido a Venezuela en una situación de crispación política constante, que en parte ha utilizado como una forma de distracción ante su incapacidad para resolver algunos de los apremiantes problemas que enfrenta al país, desde la escasez y el deterioro económico hasta la criminalidad y la inseguridad ciudadana, Pero ese apostar siempre a mantener el país entre el abismo y la cuerda floja es un juego muy arriesgado. De la posición que adopten las fuerzas armadas, y una combinación exitosa de protestas, manifestaciones pacíficas y pasos electorales, junto a la situación política de la región, depende el futuro tanto de la oposición como del chavismo.
¿El factor Castro?
A grandes rasgos puede afirmarse que Fidel Castro fue el líder de las grandes estrategias, mientras que su hermano Raúl —sin duda el más guerrillero entre ambos—se reduce al hombre de la táctica diaria.
Ese ejercicio del poder como un acto de sobrevivencia cotidiana es el que se practica actualmente en La Habana y Caracas, Raúl con discreción y Maduro con escándalo. ¿No vieron ambos en el fracaso electoral legislativo que se avecinaba una oportunidad dorada para quitarse de arriba a ese cómplice incómodo que es Diosdado Cabello, además sospechoso de involucramiento en el narcotráfico (una línea roja para La Habana)? Un beneficio colateral, sin duda, pero que es posible sea considerado solo por los aficionados a las teorías conspirativas.
En cualquier caso, y especulaciones a un lado, por supuesto que Cuba no quiere la salida del poder de Maduro, ni tampoco de momento está interesada en un cambio de protagonistas dentro de ese gobierno.
Maduro es el hombre de y para los hermanos Castro, y desde que Chávez concibió la idea de nombrarlo como su heredero, el apoyo ha sido incondicional aunque interesado. Demasiado tiempo en el poder para que no se hubiera considerado con antelación las “ventajas y desventajas” del heredero, incluso para sospechar la participación directa en el nombramiento.
Sin embargo, a Raúl Castro no le conviene que en Caracas se establezca una dictadura a las claras, es decir con un autogolpe de Estado. Lo que quiere el Gobierno cubano es que no se interrumpan los vínculos comerciales con Venezuela, y para ello está dispuesto a darle el consejo a Maduro de ceder en algo para no perderlo todo.
Es posible que la moderación finalmente mostrada por el mandatario venezolano venga sugerida desde La Habana, donde siempre se ha impuesto sacrificar algunas piezas del tablero con tal de continuar la partida. Y la salida de Cabello de la presidencia de la Asamblea Nacional podría resultar, en última instancia, también un “beneficio” colateral para Maduro y Castro.
La táctica de ganar tiempo, típica del mandato de Raúl Castro, podría también resultar beneficiosa a Maduro, si la oposición no llega a superar los 111 diputados. Los graves problemas que en la actualidad enfrentan los venezolanos requieren de un cambio drástico en las instituciones gubernamentales. La situación cotidiana del país no va a cambiar de inmediato, y es posible que dentro de un tiempo los venezolanos se encuentren ante un gobierno que no les resuelve sus necesidades y una oposición legislativa que tampoco encuentra solución para ellas. Entonces se impondrá la apatía, algo que desde hace décadas viene ocurriendo en Cuba.