martes, 5 de enero de 2016

La última esperanza


“Somos en esencia subversivos y subversivas, no lo quiere entender la derecha, si usted se mete con 5 millones de subversivos seguro que va a tener una subversión, casi seguro”, dijo Diosdado Cabello durante su programa televisivo semanal, Con el mazo dando.
El problema para Cabello es que no se hace subversión desde el poder. Al menos es un juego muy peligroso, donde se puede perder todo. Y aquí no se habla de la simple zancadilla oportuna para quedarse con el mando. De lo que se trata es lo contrario: como utilizar mejor los instrumentos adecuados de dominio, desde arriba no desde abajo. Y estos se suponen que se monopolizan cuando se triunfa. Al menos esa ha sido la regla de oro cuando se trata de establecer algo inspirado en un régimen que se proclama socialista, no al estilo socialdemócrata y socialista europeo, sino según el canon creado en Cuba y antes en la Unión Soviética o en China. Y es hacia La Habana donde siempre ha mirado el chavismo, no a Europa.
De todas las ideas disparatadas que se le ha ocurrido al actual Gobierno venezolano, la de restablecer un “Parlamento Comunal” merece consideración especial.
En primer lugar porque es un disparate en el tiempo. En segundo, y no menos importante, porque es un error estratégico.
El momento de la “Comuna” ya pasó en Venezuela. Intentarlo ahora es no solo desconocer por completo la historia, sino ignorar los principios estratégicos y tácticos del marxismo-leninismo.
De los diversos movimientos que culminaron en comunas durante el siglo XIX en Europa —en especial del movimiento insurreccional que gobernó la ciudad de París del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871—, tanto Marx como Lenin aprendieron una lección fundamental: no quedarse a medias, avanzar lo más rápidamente posible y radicar el rumbo del proceso sin demora. Marx nunca pudo llevar a la práctica estos postulados, pero Lenin sí y con éxito. En el siglo siguiente Fidel Castro demostró igual conocimiento y astucia para la práctica.
Hugo Chávez no. Su conquista temporal y su fracaso absoluto obedeció a otra visión, con la que intento crear ese engendro llamado “Socialismo del Siglo XXI”, que desde el inicio significó una vía que no conduce a parte alguna. Al socialismo —tal como se concibe desde una izquierda radical— no se llega empantanándose en una lucha electoral interminable.
Si Chávez ganó elecciones fue exclusivamente por la ventaja de momento que significó un precio exorbitante del petróleo. Repetir este lugar común sirve solo para enfatizar que el caos y la violencia sin control no conducen al triunfo cuando se tiene el poder. y todavía Nicolás Maduro tiene el poder en Venezuela.
Quizá el mandatario venezolano pueda aún asimilar la lección y encaminar una supervivencia política para el futuro. Para ello tiene que dejar de contemplar el ejemplo de la Cuba de los Castros y mirar hacia la Nicaragua de Daniel Ortega. Lo único con lo que cuenta a su favor es una juventud relativa. Prepararse para una derrota electoral, ya sea mediante un posible —pero de momento poco probable— referendo o en las próximas elecciones presidenciales.
Pero ese refugio que aún podría aguardar a Maduro ya no queda para Cabello. Y Venezuela puede iniciarse a partir del martes dos confrontaciones posibles: la del gobierno y la oposición y la del presidente frente al segundo hombre del sandinismo, convertido ahora en “opositor” dentro del cuerpo legislativo, desplazado a una segunda fila, y al mismo tiempo en protagonista desde el poder, cómplice de primer orden.
Así que paradójicamente la figura de Cabello puede actuar al mismo tiempo como catalizador hacia el fin del chavismo o de figura de cambio, obstáculo que en algún momento habrá que echar a un lado, para un acomodo entre oposición y Gobierno que aún puede lograrse.
La declaración del recién electo presidente de la Asamblea Legislativa, Henry Ramos Allup, de que esta “no va a ser un contra poder sino simplemente el poder autónomo, el poder legislativo que quieren los venezolanos”, es un buen indicador al respecto. También sería positivo que se cumpliera lo prometido por Maduro, de haber dado órdenes expresas para la instalación del cuerpo legislativo “con tranquilidad”. Pero lo fundamental es que las fuerzas armadas cumplan como garantes de la paz y el orden.
El mandato de Maduro se ha caracterizado no solo por la inercia sino por el rumbo errático. Con ese constante mover de peones en los cargos públicos no se consolida una jugada, apenas se gana tiempo. Y puede hacerlo porque tiene petróleo con el cual engullir sus errores.
Lo demás ha sido un reparto desordenado de la riqueza nacional, de prebendas a limosnas, con el gobierno de La Habana como uno de los principales beneficiados.
Hay una especie de mantra, repetida en el exilio de Miami y por la oposición cubana, que liga el fin del chavismo con el cambio en Cuba. También puede afirmarse lo inverso. Para los venezolanos, el gobierno de los hermanos Castro es un factor de estancamiento y retroceso, que alarga la permanencia del chavismo.
Todos los pasos dados por Maduro han llevado al hundimiento económico del país, el deterioro y la ruina. Y el daño no se limita al presente. No se puede destruir sin empeñar el futuro. En primer lugar ese futuro al que supuestamente se aspiraba. Cuando el chavismo acabe, es posible que la nación se convierta en destino de los más rapaces intereses financieros internacionales y el capitalismo más despiadado. Todavía hay tiempo para impedir que eso ocurra, y el nuevo cuerpo legislativo que se espera tome posesión el marte es la última esperanza al respecto.