miércoles, 24 de febrero de 2016

La muerte de un Castro


Ramón Castro Ruz falleció el martes en Cuba y sus restos fueron cremados. Tenía 91 años. Así de rápido, justo de sencillo.
Aunque nunca tuvo una participación importante en el Gobierno, el hermano mayor de Fidel y Raúl Castro sigue con su muerte un destino similar a otros miembros del clan Castro: noticia en Granma, que da fe de lo ocurrido, no de lo que está sucediendo; ceremonia fúnebre breve o ninguna; cremación y el  posterior viaje de las cenizas al oriente de la isla.
Un comunicado del órgano oficial del Partido Comunista anunció que tras la cremación sus restos serán conducidos a Birán, su pueblo natal, en una fecha no especificada.
Esa vuelta de las reliquias al terruño evidencia el carácter provincial, español, de origen campesino, que nunca ha abandonado a la revolución cubana: un asalto del campo a la ciudad, que incluso en una época pretendió destruirla. Si al final la ciudad terminó por ganar la batalla, los Castro, los que lo rodean, los que formaron o forman parte de ese núcleo esencial —ya sea familiar o político— son avaros con sus restos: se niegan a dejarlos en la ciudad que una vez fue conquistada y reclaman su vuelta al origen: el polvo vuelve al polvo.
No es que Ramón Castro, que nunca renunció a ser un guajiro, sea el ejemplo perfecto de una metáfora fácil y cursi. Es que representa mejor que otros, debido precisamente a esa presencia tenue en el panorama político, el solapado rencor campesino ante lo urbano, donde se aprovechan las circunstancias pero se mantiene el recelo.
Los funerales de Vilma Espín también fueron sobrios y cortos, aunque no tanto. Luego de una reducida ceremonia en La Habana, sus cenizas fueron depositadas, en un acto familiar, en el Mausoleo del II Frente, en las montañas de Santiago de Cuba. Se conoce la voluntad de Raúl Castro por un fin similar.
Es difícil que su célebre hermano aspire a igual parquedad y mucho más aún que la política y la historia, de la que siempre ha sido esclavo, se lo permita. Pero posible igualmente que tras las ceremonias, que se extenderán al menos por una semana, se establezca esa vuelta al polvo.
Por lo demás poca semejanza hubo entre la mujer que ocupó el más rango político en Cuba y el hombre cuyos méritos se limitaron a ser hermano mayor y tener la prudencia de nunca intentar esa prerrogativa en el sentido español, tan hondo en esa familia. Si se menciona ella ahora es por recordar que, en última instancia, hay un elemento común: una muerte en la familia. Una muerte que recuerda y acerca a la “gran muerte”, los funerales de un caudillo.
Así que casi nada en común entre la esposa y el mayor de los hermanos de Raúl Castro, más allá de una época y una familia. Aunque, ¿no es ello bastante? Curioso el destino de quienes por años vivieron con la realidad de la muerte siempre presente —por sus actos y trayectoria— y el transcurrir pausado de ese acabar del todo: un desenlace común, la vulgaridad del fin en una cama.
La muerte de Ramón Castro —que nunca renunció a lo único que sabía ser: un hacendado; lo que lo sitúa en un rumbo más acertado pero menos notorio que el de sus hermanos— ocurre sin embargo en un momento crucial, con la anunciada visita del presidente estadounidense Barack Obama y un congreso del partido en pocos meses.
Algo así como si quien se limitara a un tercero o quinto papel, dentro del ámbito familiar, sirviera ahora para anunciarles a sus hermanos menores que todo se acaba.
La muerte vuelve a tocar al círculo más íntimo de Fidel y Raúl Castro. En el caso de Ramón no hubo afinidades políticas tan fuertes que lo llevaran a incorporarse al patrón de pensamiento y acción de sus hermanos, pero sí se mantuvo siempre el vínculo familiar y lo que es más, una cercanía que trasciende la política: en la semejanza física con Fidel Castro y los pocos años de diferencia entre ellos. Para quienes siempre han aparentado vivir al margen del tiempo, no deja de ser un aldabonazo.
Más allá de recordar la certeza de un fin más o menos próximo, de al menos otro de los miembros de la familia, la muerte de Ramón Castro no debe decirle mucho a los cubanos en la isla, y buena parte de la población no debe haber sabido siquiera que existía.
Si con Vilma Espín varios miles desfilaron luctuosos durante unas nueve horas ante su retrato, en este caso no fue necesario siquiera un homenaje tan limitado. Ramón Castro no era nadie, salvo “el hermano”.
Pero si Vilma fallece a los 77 años, Ramón lo hace a los 91, como afianzando que el tiempo se acaba para una generación, que con mayor o menor grado de  actividad compartió o hizo una revolución.
A estas alturas, es muy posible que la noticia de la muerte de un hermano carezca de trascendencia para Fidel Castro —¿no siempre fue así?— y quizá apenas despierte algún recuerdo lejano en Raúl. Quizá no se limite a ello, y acreciente la necesidad de romper ese círculo que cada vez lo deja más solo. Pero esto es pura especulación torpe y mala literatura.
Lo importante es que desde hace años, para los revolucionarios —la palabra como la caracterización de un grupo, sin entrar en su valoración— los muertos ya no son los que “cayeron en el camino” sino una señal de que se les está acabando el camino. Porque al final, de lo que se habla siempre es de la política, pero lo que cuenta es la biología. Pretender la absolución de la historia es desde hace años una falacia, pero la muerte nunca deja de ser real. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Obama y Castro: reformas y represión


Durante décadas La Habana ha utilizado la represión como otra forma más de distraer la atención sobre los graves problemas económicos que afectan al país. Uno de los retos fundamentales para La Habana, tanto en las conversaciones con Washington como con la Unión Europea, es eliminar o limitar ese uso.
No se sabe aún si la Plaza de la Revolución cuenta con la capacidad necesaria para aceptar el cambio. La visita del presidente estadounidense Barack Obama a La Habana, el 21 y 22 de marzo, será un claro indicador de si el gobierno de Raúl Castro se considera preparado al respecto.
Mucho está en juego, tanto para quienes en Cuba se aferran a los ajados mecanismos —pero aún eficientes— de conservar el poder, como para quienes desde el exilio en Miami —y en su extensión en Washington— defienden el enfoque tradicional anticastrista.
No es simplemente una definición elemental del poder, sino algo más profundo: la capacidad de sobrevivir más allá de los esquema elementales. Apostar por Raúl Castro en este sentido resulta riesgoso: depositar las esperanzas en una oposición limitada y dividida es confundir una esperanza en buena parte fabricada desde el exterior con la realidad del país.
Una tercera vía, la salida pautada Raúl Castro del gobierno, está de momento más cercana a la incertidumbre que a la simple especulación, Que Castro abandone la presidencia del país parece cada vez más posible, más gracias a la biología que a cualquier designio político. Los revolucionarios nunca se retiran, le gustaba repetir a su hermano mayor, pero su salud determinó lo contrario.
Ahora bien, se sabe que esa salida del ejercicio cotidiano del mando, en el caso cubano, no admite una fácil lectura. No solo por el entramado del sistema imperante, y la bifurcación partido-gobierno, sino por la tradición de “hombre fuerte” en la historia política del país, que nada indica no continuará ejerciéndose más allá de las idolologías.
Raúl Castro podría irse, pero siempre que deje garantizada la permanencia del sistema creado a partir de 1959, y en donde las definiciones de totalitarismo, autoritarismo siempre se han realizado de acuerdo a un acomodo en donde lo definitorio es la permanencia, no en el sentido dinástico en que siguen perdiéndose las elucubraciones desde Miami sino en el fundamental para la elite gobernante de mantenimiento de prerrogativas y en última instancia privilegios.
Visto así, la salida de Castro, primero del gobierno y a los pocos años de la dirección del partido —no hay que esperar que durante el próximo congreso partidista desistirá de mantener su cargo de primer secretario— será en buena medida un ejercicio simbólico.
Por supuesto que todo no se reducirá a un gesto, y vale esperar una transformación, en que lo importante venga marcado por el fin de una “era”, como ya ha ocurrido con la casi plena extinción de la era fidelista, que dio paso a la era raulista. Esa nueva era poscastrista sin duda resultará muy diferente a las dos que la precedieron pero no del acomodo del exilio de Miami, o del “exilio histórico” de Miami, para ser más precisos. La diferencia aquí viene dada por el agotamiento que el tiempo ha otorgado a conceptos que hasta hace unos años parecían definitorios y ya no lo son: carece de sentido hablar de vuelta al pasado —un ideal que fundamentalmente en lo político, pero también en hábitos y costumbres se añoró por décadas en Miami—, porque ya ello ha ocurrido en el presente cubano, donde la nostalgia por los años 50 ha sido arrebatada al exilio y adoptada en sus formas más caricaturescas y comerciales en la isla.
Así que el viaje de Obama a Cuba entra de lleno en el acomodo necesario para que dicha transformación —imprescindible bajo el dictado de la biología— sea lo menos traumática posible. Y es aquí donde el mandatario estadounidense y el gobernante cubano han encontrado un punto común para el diálogo.
El caos
Lo concreto, lo verdadero en la Cuba de hoy, es la disyuntiva entre el caos, y un posible estallido social, por una parte, y una transformación lenta y edificada sobre avances y retrocesos, por la otra.
En ambos casos no es una vía ideal y mucho menos meritoria desde el punto de vista ético, pero también es un camino forzado por las circunstancias. Quienes se oponen a transitarlo cuentan con un argumento válido: no es una solución al problema y quizá en última instancia se limite a prolongar una agonía. Los que lo apoyan también cuentan con razones valederas: en la actualidad no hay otra alternativa.
Dejar fuera de este enfoque dos reclamos fundamentales no implica ironía vulgar sino el intento de un análisis lo más objetivo posible.
Uno es que la función elemental del mecanismo represivo, por parte del régimen, es impedir la pérdida de la menor parcela de poder. El ideal democrático no deja de ser un reclamo justo y moral, pero al mismo tiempo sin posibilidades reales de alcanzarse.
La presión económica sobre el régimen no ha dado resultado. Es cierto que los motivos son diversos, pero en muchos casos las justificaciones son disparatadas. Afirmar que el Gobierno cubano necesite del comercio con Estados Unidos para financiar su aparato represivo es tanto una visión de ciegos como un dialogar de sordos.
Confundir la nulidad comprobada de un embargo con la puesta en vigor de un esquema de sanciones y recompensas limitadas es despreciar una alternativa no comprobada y llena de riesgo en favor del amparo emocional que brinda el quedarse tranquilo y no hacer nada nuevo. Apoyar dicho razonamiento en el historial de un sistema —como único indicador a tomar en cuenta— es desconocer la capacidad táctica del contrario.
El otro reclamo valedero, que se coloca a un lado, tiene también que ver con el carácter emocional que implica un largo proceso. Es aceptar no una claudicación, pero sí un ceder ante un enemigo que convirtió el argumento de no sometimiento en un pretexto para la intransigencia y método reaccionario. Cuenta como paliativo la necesidad a que obliga el paso del tiempo-
La mayor desventaja de quienes se oponen al acercamiento entre Washington y La Habana —hablar de pacto es un insulto— es que marchan contra la corriente. Las generaciones jóvenes, tanto en Cuba, el exilio como en Estados Unidos, no responden a los esquemas tradicionales, entre otras razones por una fundamental: su presente marca otra época. Podrán estar equivocados, pero es su tiempo y momento.
La calle
Más sensato que una oposición a ultranza es adoptar la actitud de buscar provecho ante el nuevo escenario y elaborar métodos que faciliten y presionen en favor de que los cambios económicos reviertan en espacios democráticos.
No es una vía fácil y carece de una satisfacción inmediata, pero desechar esa alternativa es contribuir al estancamiento actual y el caos en un futuro inmediato. Hay que reconocer que una parte de la oposición cubana se muestra dispuesta a transitar esa vía, sin detenerse a busca aplausos desde Miami, la condescendencia oportuna y la docilidad premiada.
No temen con ello a los intentos de marginalidad, para los cuales hay expertos bien provistos a ambos lados del estrecho de la Florida.
Si algo tiene que ganar la oposición —el concepto desborda al socorrido expediente de la prensa de llamarla referirse a ella como  ‘‘disidencia’’— con el nuevo enfoque promulgado por el presidente Obama, es conquistar una capacidad de acción que supere una legitimidad otorgada solo a partir de su existencia.
Si sobrevivir ha sido su mayor conquista, ahora necesita dar un paso más allá.
En julio de 2005, Martha Beatriz Roque lanzó un llamado para que la disidencia iniciara una campaña más activa de participación ciudadana, no solo con reuniones en los hogares y llamadas a las estaciones de radio de Miami, sino de manera pública. Fue un reto importante y valiente. Pero que hasta ahora no se ha materializado. No se trata del expediente simple de negarle méritos a la oposición. No hay que ocultar que ninguna organización, dentro del amplio espectro de la oposición pacífica, puede mostrar un expediente donde se apunte un acto de participación amplia de la población. Vale señalar que la naturaleza represiva del sistema es la causa principal para que ello no ocurra, así como la imposibilidad de crear una verdadera sociedad civil en ese entorno, pero ello no impide el señalar la ausencia de un movimiento que trascienda la participación de unos pocos.
Por ello es más imperioso que nunca la búsqueda de alternativas, destinadas no a sustituir los grupos opositores sino a conseguir su ampliación.
La declaración de Roque de entonces: “El camino es la calle y vamos a utilizar la calle en toda la nación”, no ha logrado sobrepasar la audacia verbal del momento.
Represión
Tras los primeros años de la llegada de Fidel Castro al poder, en contadas ocasiones las tensiones políticas en Cuba llegaron a la confrontación callejera. La calle sigue marcando la frontera de lo permisible por el régimen. Para Fidel Castro primero, y luego para Raúl, uno de los principios claves de su táctica política nacional es no dejar que se pierda la calle. Para neutralizar o acabar con sus enemigos, ambos hermanos nunca han dudado en ejercer la represión, pero también han desarrollado hábilmente la práctica de dejar abierta una puerta de escape a los opositores —siempre que existiera esa posibilidad— y de anticiparse a las situaciones límites: evitar manifestaciones de fuerza masivas y públicas. No recurrir, si las circunstancias lo permiten, a desplegar el poder policial descarnado. De esta forma, han logrado combinar un rigor extremo con un historial que tras los primeros años mencionados se ha visto casi libre de escenas sangrientas a la luz pública.
Este uso de la represión como profilaxis se ha intensificado con la llegada de Raúl: detenciones por varias horas o pocos días, hostigamientos y actos de repudio al menor intento de protesta. Para dificultarle aún más la labor a los opositores pacíficos, La Habana mantiene un estricto código de prensa, que obliga a los corresponsales extranjeros a ser sumamente cuidadosos a la hora de reportar, o de lo contrario se arriesgan a ser expulsados.
El factor represivo explica en buena medida las limitaciones que siempre han enfrentado los opositores pacíficos para realizar su labor. Pero no es el único. Para la mayoría de los cubanos, la disidencia es una alternativa política pero no económica. Esta última no radica en la denuncia opositora sino en el mercado negro.
En el terreno social y económico, donde se define en gran parte la batalla por la calle, la disidencia ha tenido un efecto casi nulo. En los momentos de mayor crisis económica del país, durante el llamado período especial, la Iglesia Católica dio importantes pasos de avance para cumplir una función de alivio. Pero una vez que el Estado logró una mínima recuperación económica, intensificó el esfuerzo para recuperar el terreno perdido.
Además de enfrentar una fuerte represión, toda organización disidente que intente hacer llegar su mensaje a la población tiene que otorgarle preferencia a los temas vinculados a la subsistencia diaria. Aunque los grupos más importantes de la disidencia interna contemplan una amplia plataforma, las cuestiones políticas han predominado en su discurso. Por lo general, se perciben como opositores más preocupados por la libertad de expresión que por un programa de justicia social.
Más allá de sus diferencias ideológicas —y de la imposibilidad que enfrentan todos los grupos disidentes para hacer conocer sus puntos de vista entre la población de la isla—, éstos se perciben dedicados a la defensa de los derechos humanos (en un sentido universal) y no de los derechos e inquietudes de los ciudadanos (trabajo, vivienda, salud pública).
Por años el gobierno cubano ha logrado delimitar la lucha por los derechos ciudadanos y la democracia al marco de una confrontación tradicional. Una y otra vez La Habana brindó el necesario aliento al sector más conservador de Miami, para que pudiera seguir justificando una supuesta labor anticastrista.
Reformas
La posible presión que pueda ejercer Obama sobre el Gobierno cubano transitará fundamentalmente por otros rumbos, aunque tanto en su discurso público como en reuniones privadas el tema de los derechos humanos no estará excluido. Obama busca sobre todo emponderar al ciudadano común, más allá que darle una tribuna a la disidencia. Por ello resultan tan pueriles los reclamos desde Miami, que urgen a que la visita se destaque por decantar el mensaje disidente, y así pasar por alto el objetivo que caracteriza a cualquier encuentro de Estado: las conversaciones entre gobiernos y no el proselitismo opositor. Si antes de fijar la fecha del encuentro Obama exigió la no existencia de restricciones lo hizo como representante de un país democrático y para dejar en claro que no viaja en papel de aliado político, no porque piense dedicarse al activismo público opositor en la isla, porque esa no es su función.
Si el Gobierno cubano permite la ampliación del trabajo por cuenta propia, la creación de pequeñas empresas privadas y el fortalecimiento de los emprendedores no estará dando pasos concretos en favor de la democracia en Cuba. Lo que se logrará por esta vía es el desarrollo de un ciudadano más consciente de sus capacidades y limitaciones, con independencia del Estado. Y esto no es poco.
Si de alguna manera se logra que el gobierno de La Habana se vea obligado a cierta contención represiva, y las páginas con la información sobre Cuba de la prensa mundial no se vean limitadas a noticias de actos repudiables, sino contemplen también el  análisis de la situación económica del país, como la falta de un crecimiento real, el grave problema monetario, la ausencia aún de las necesarias inversiones extranjeras y la incapacidad para mejorar la producción agrícola —como en parte ha venido ocurriendo en las últimas semanas— sería un paso de avance.
Entonces junto a “la batalla por la calle”, siempre necesaria y pendiente, entrarían a jugar otros factores sociales y económicos, no como “tabla de salvación al régimen“ ni como “oxígeno que necesita”, sino como vía de transformación. Si de momento no es posible “ganar la calle”, al menos que se logren obtener mayores fuentes de ingreso para los cubanos, sin la necesidad de un Estado paternalista y despótico. No es el camino pronto hacia la democracia, pero sí es una forma de lograr la independencia laboral del ciudadano.

viernes, 19 de febrero de 2016

Ni el blanco ni el negro


La bipolaridad es una de las tragedias del exilio cubano.
Aquí no hay términos medios. Los caminos son dos: o te defines anticastrista declarado y entonces sacas banderitas, saludas a los congresistas cubanoamericanos y llamas a la radio local o te catalogan de castrista solapado; y te miden cada palabra que pronuncias, para descifrar señales ocultas desde La Habana, gestos destinados a dividir a la comunidad e intenciones torcidas.
En Miami siempre han estado desvirtuadas las actitudes de “confrontación” y “acercamiento”, ya que no ha sido posible el desarrollo de un grupo que postule la no confrontación desde una actitud que sea al mismo tiempo anticastrista y antireaccionaria. Este  anticastrismo no se asume en el sentido tradicional de la beligerancia contra los centros de poder asentados en la Plaza de la Revolución, sino en uno más amplio, de desacuerdo fundamental con el tipo de gobierno establecido en la isla. No por falta de un fuerte rechazo al régimen imperante en Cuba, sino por la necesidad de marcar distancia con una agresividad vocinglera que puede tener diversos objetivos, pero se limita al papel de brindar la peor imagen de un exilio cavernícola y fanático.
El acercamiento a la realidad cubana, por otra parte, ha sido desvirtuado a través de los años, en muchos casos reducido a la categoría de complicidad o peor, de colaboracionismo y encerrado en un cuarto donde el Gobierno cubano dicta las pautas y solo escucha lo que con anterioridad ha dejado en claro que quiere escuchar. Luego, a veces, añade un brindis con mojitos.
Por décadas, el maniqueísmo de La Habana ha definido la dicotomía en Miami. El simple hecho de ser simpatizante o miembro del Partido Demócrata resulta sospecho; si además uno está en contra del embargo se arriesga a ser declarado un peligro para la comunidad y si a todo esto se añade que apoya los contactos entre quienes viven a aquí y allá, se gana un puesto en la lista negra.
Pero cuando se mira al otro bando el panorama es aún más desolador. Quienes denuncian la intolerancia del exilio, desde una posición cercana a Cuba, son a su vez igualmente intolerantes, incapaces de realizar la menor crítica hacia el Gobierno cubano y limitados a repetir ¾o incluso a exagerar¾ el discurso de La Habana.
Triste el hecho de abandonar Cuba para convertirse en caja de resonancia.
Si una parte del exilio de Miami se empeña en identificarse con las causas más reaccionarias, y glorifica a terroristas que nunca han pagado por sus crímenes, en igual sentido otro sector critica esa situación, pero se niega a denunciar también los crímenes y la represión del régimen cubano; aplaudió los disparates de Hugo Chávez y ahora da vítores ante los de Nicolás Maduro; mientras continúa ensalzando a Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y otros personajes de la opereta latinoamericana.
Lo que es peor, esos que gritan denuncias sobre la falta de libertad de expresión en esta ciudad se niegan a condenar las violaciones de los derechos humanos en la isla. Para ellos, nada es más fácil que recordar los crímenes de Pinochet y Videla y olvidar los de Castro.
Lo lamentable y que al mismo tiempo hace perder las ilusiones— es que pese a indicios aislados, la dicotomía entre anticastristas y simpatizantes de Castro continúa dominando el panorama en esta ciudad. Pese a cambios demográficos, la llegada de nuevos exiliados cada año y el desgaste del Gobierno cubano, las discusiones vuelven una y otra vez al todo o nada y la política de avestruz. Miami no acaba de librarse de la carga de semejanza con una república latinoamericana. Chiquita banana con un poco de inglés y mucho de español.
Cuando comenzaron a surgir los llamados gobiernos de izquierda en Latinoamérica, se habló de “nueva izquierda”, “izquierda renovada”, “izquierda democrática” e “izquierda de nuevo tipo”. Su auge se asoció al fracaso neoliberal, la injusticia y la pobreza imperante. Incluso hubo quien intentó catalogar a esta izquierda como un movimiento más cercano al concepto de ingeniería social del neoliberal Karl Popper, que al pensamiento totalitario de Lenin, lo que se aplaudió como una de sus mayores virtudes. Pero en la práctica los petrodólares de Venezuela terminaron por imponer un muñeco o espantapájaros hablar de modelo resulta exagerado sin futuro o permanencia más allá del elevado precio del petróleo. Mientras ello ocurría,  como ideología la “nueva izquierda” nunca dejó de arrastrar el pecado original de cerrar los ojos ante la realidad cubana. Ahora que la época de “vacas gordas” por el exagerado precio del crudo terminó, a Maduro no le ha quedado más remedio que poner en práctica precisamente algunas de las medidas neoliberales tan criticadas por su antecesor, entre ellas el alza del precio de la gasolina. Precio, es cierto, desde hace años insostenible, pero aquí lo importante a destacar no es la necesidad imperiosa del aumento, sino la demagogia que impidió utilizar las ganancias millonarias de ayer para evitar el empobrecimiento de hoy.
De esta forma, el populismo de izquierda latinoamericano y el populismo de derecha de Miami han marchado juntos en la vía del anquilosamiento, en un empeño hacia defraudar toda esperanza de lograr apartarse del blanco y negro, señalar los matices y buscar una voz propia.

Bienvenido Mr. Obama


¿Bienvenido, Mister Marshall o Nuestro hombre en La Habana? Al ritmo que van las cosas, poco nos queda, más que analizar el viaje del presidente Barack Obama a Cuba en clave de película. Otros códigos se agotan: basta con mirar a sus dos visitas a Birmania.
Un avance para los no cinéfilos. Bienvenido, Mister Marshall (1953) es un filme español de Luis García Berlanga, que presenta las ilusiones de los residentes de un pueblo de Soria ante la supuesta visita de los “americanos”, encargados del Plan Marshall en Europa.
Para asegurarse no ser abandonados en su reclamo, los sorianos no encuentran nada mejor que disfrazarse de “españoles”, con la ayuda y el beneficio de unos cómicos de la legua.
Al final la caravana estadounidense pasa sin detenerse en el pueblo y sus habitantes se quedan igual o peor que antes: más desesperanzados y con pérdidas adicionales: el Plan Marshall nunca se extendió a España.
En Nuestro hombre en La Habana (1959), del británico Carol Reed, un inglés vendedor de aspiradoras se dedica a un espionaje que no lo es tal: sus planos secretos de bombas no son más que simples diagramas de aspiradoras. Al final triunfa el sarcasmo sobre la guerra fría y el fraude se convierte en una forma de justicia.
Todo indica que en la isla esperarán a Obama con igual o mayor ilusión que en la  España de Franco a “Mister Marshall”. Una ilusión no del todo injustificada, solo que distinta a la de Miami. La Leyenda del Gran Inquisidor, la dicotomía entre seguridad y libertad, vuelve una y otra vez en el caso cubano. En Washington y en La Habana.
Muy bonito estar en esta ciudad y hablar de libertad, mientras se paga la cuenta de Publix; algunos pueden quedar satisfechos tras repetir lamentos como antes consignas; otros mostrarse contrariados por el fin, no solo de un espejismo del pasado sino de una visión de futuro; unos terceros, en fin, contemplar cada vez más en entredicho su modus vivendi. Pero nada de ello impedirá el continuo avance de una situación que no se define en los términos simples de inmovilidad, cambio, herencia y hundimiento.
Sin embargo, aunque un “Mister Obama” pueda resultar más conveniente para los cubanos que la caravana de automóviles que deja a los españoles polvorientos y desconsolados, en el filme de Berlanga, ello no resuelve las reticencias ante el engaño y el temor al fraude: ¿hasta dónde puede transformarse la situación cubana y no quedarse en otro cambio cosmético de ocasión?
Por ello viaja Obama a Cuba. Para intentar al menos que no le vendan diseños de aspiradoras como planos secretos. Porque en última instancia no importa la nacionalidad del pillo: la picardía es contagiosa en la isla.
¿Lo logrará? Aún no hay respuesta definitiva. Solo apuntar que el viaje no constituye reto alguno. No para Obama (It’s a tiny little country) ni para Raúl Castro, que lo tiene todo asegurado para el inicio y fin de su legado: ¡Ahora sí vamos a construir el poscastrismo!
Washington ha demostrado una falta total de imaginación hacia Cuba, y ha buscado aplicar allí lo que triunfó en otra parte. Siempre sin éxito. Al derrocamiento de Jacobo Árbenz, la desaparición del campo socialista y la Primavera Árabe ―para citar algunos ejemplos―, se sucedieron las versiones isleñas de Bahía de Cochinos, el movimiento disidente y los planes de la USAID. Así que si de algo se puede acusar al Presidente, es de guiarse por el libro (¿de la CIA?).
Ahora Obama intenta reproducir en el trópico sus viajes a Birmania. Pero queda una pregunta: ¿dónde está la Aung San Suu Ky cubana?  


lunes, 8 de febrero de 2016

Evangélicos y electores


Una vieja ilusión vuelve a recorrer algunos sectores del conservadurismo más radical: el voto de la derecha cristiana será suficiente para llevarlos de nuevo a la Casa Blanca. Pero es difícil que la fórmula, que en otro momento les brindó buenos resultados, funcione con igual eficacia ahora. Ni el país es el mismo de entonces ni el aspirante presidencial que mejor responde a las aspiraciones de ese grupo de electores cuenta con gran apoyo y simpatía, no solo de la ciudadanía en general sino incluso de las figuras prominentes del Partido Republicano. Iowa no es Estados Unidos, impulsa pero no define.
La importancia de la extrema derecha cristiana se vio reducida en las dos últimas elecciones, que llevaron al triunfo a los demócratas. En la primera de ellas la figura que mejor la ejemplificó fue la compañera de boleta del senador John McCain, la exgobernadora Sarah Palin, quien no piensa en voz alta sino apenas “dice cosas”, como en su momento acertadamente la definió Peggy Noonan, columnista conservadora de The Wall Street Journal. En la última, con la nominación del mormón Mitt Romney, el papel del voto evangelista fue aún menor.
Fue el expresidente George W. Bush quien desde la llegada al poder se consideró un “mensajero de Dios”. Al tiempo que su alarde religioso fue una de las características más notorias —y criticada— de la personalidad de Bush, su apoyo sostenido a la causa cristiana resultó siempre uno de los pilares electorales que mayores dividendos le brindó. 
Las iglesias actuaron como centros de reclutamiento de votantes, los pastores urgieron a sus feligreses que votaran por Bush y la multitud de fieles expresaron en más de una ocasión la creencia de que “Dios estaba usando al Presidente en su lucha contra el Maligno”.
Durante el proceso de reelección, el entonces senador John Kerry cayó en lo mismo, pero las referencias religiosas de última hora del oponente demócrata siempre sonaron a desesperación.
El énfasis religioso que adquirió la campaña del 2004 no hizo más que ocultar la situación económica imperante. Cuando se produjo la crisis financiera ―en gran medida como consecuencia de la mala administración republicana― no fue posible apelar a una solución tan simple.
Ahora, con una situación económica nacional mucho más favorable, es lógico que el factor religioso vuelva a mencionarse. Y algunos olviden que un buen cristiano nos llevó a una gran recesión y a una guerra en Irak.
De acuerdo con el Instituto Pew, uno de cada cuatro estadunidenses es evangélico. El apoyo de los evangélicos sirve para ganar las primarias presidenciales republicanas. Pero los resultados cambian al llegar las elecciones nacionales.
En el 2008 y el 2012, los evangélicos ayudaron primero al expastor bautista Mike Huckabee y después al exsenador católico Rick Santorum a ganar en Iowa. Pero cada uno perdió luego en la carrera por la investidura ante candidatos más moderados, como McCain y Romney, que resultaron derrotados por Obama.
Lo que parece va a caracterizar la presente elección es una discusión más amplia, donde el factor religioso será uno más dentro del debate ideológico. Que la ideología esté cobrando tanta importancia resulta notable en un país donde en las últimas décadas las propuestas políticas han eludido todo lo que remotamente se acerque a una “lucha de clases”.
Un aspirante como el senador Bernie Sanders ―“socialista” declarado― le está dando una fuerte batalla a la exsenadora Hillary Clinton, hasta hace unos meses con la nominación demócrata supuestamente en el bolsillo. Que lo más probable es que Sanders triunfe en las primarias de mañana en New Hampshire indica hasta el momento un saludable cambio de época. 
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 8 de febrero de 2016. 

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...