viernes, 19 de febrero de 2016

Bienvenido Mr. Obama


¿Bienvenido, Mister Marshall o Nuestro hombre en La Habana? Al ritmo que van las cosas, poco nos queda, más que analizar el viaje del presidente Barack Obama a Cuba en clave de película. Otros códigos se agotan: basta con mirar a sus dos visitas a Birmania.
Un avance para los no cinéfilos. Bienvenido, Mister Marshall (1953) es un filme español de Luis García Berlanga, que presenta las ilusiones de los residentes de un pueblo de Soria ante la supuesta visita de los “americanos”, encargados del Plan Marshall en Europa.
Para asegurarse no ser abandonados en su reclamo, los sorianos no encuentran nada mejor que disfrazarse de “españoles”, con la ayuda y el beneficio de unos cómicos de la legua.
Al final la caravana estadounidense pasa sin detenerse en el pueblo y sus habitantes se quedan igual o peor que antes: más desesperanzados y con pérdidas adicionales: el Plan Marshall nunca se extendió a España.
En Nuestro hombre en La Habana (1959), del británico Carol Reed, un inglés vendedor de aspiradoras se dedica a un espionaje que no lo es tal: sus planos secretos de bombas no son más que simples diagramas de aspiradoras. Al final triunfa el sarcasmo sobre la guerra fría y el fraude se convierte en una forma de justicia.
Todo indica que en la isla esperarán a Obama con igual o mayor ilusión que en la  España de Franco a “Mister Marshall”. Una ilusión no del todo injustificada, solo que distinta a la de Miami. La Leyenda del Gran Inquisidor, la dicotomía entre seguridad y libertad, vuelve una y otra vez en el caso cubano. En Washington y en La Habana.
Muy bonito estar en esta ciudad y hablar de libertad, mientras se paga la cuenta de Publix; algunos pueden quedar satisfechos tras repetir lamentos como antes consignas; otros mostrarse contrariados por el fin, no solo de un espejismo del pasado sino de una visión de futuro; unos terceros, en fin, contemplar cada vez más en entredicho su modus vivendi. Pero nada de ello impedirá el continuo avance de una situación que no se define en los términos simples de inmovilidad, cambio, herencia y hundimiento.
Sin embargo, aunque un “Mister Obama” pueda resultar más conveniente para los cubanos que la caravana de automóviles que deja a los españoles polvorientos y desconsolados, en el filme de Berlanga, ello no resuelve las reticencias ante el engaño y el temor al fraude: ¿hasta dónde puede transformarse la situación cubana y no quedarse en otro cambio cosmético de ocasión?
Por ello viaja Obama a Cuba. Para intentar al menos que no le vendan diseños de aspiradoras como planos secretos. Porque en última instancia no importa la nacionalidad del pillo: la picardía es contagiosa en la isla.
¿Lo logrará? Aún no hay respuesta definitiva. Solo apuntar que el viaje no constituye reto alguno. No para Obama (It’s a tiny little country) ni para Raúl Castro, que lo tiene todo asegurado para el inicio y fin de su legado: ¡Ahora sí vamos a construir el poscastrismo!
Washington ha demostrado una falta total de imaginación hacia Cuba, y ha buscado aplicar allí lo que triunfó en otra parte. Siempre sin éxito. Al derrocamiento de Jacobo Árbenz, la desaparición del campo socialista y la Primavera Árabe ―para citar algunos ejemplos―, se sucedieron las versiones isleñas de Bahía de Cochinos, el movimiento disidente y los planes de la USAID. Así que si de algo se puede acusar al Presidente, es de guiarse por el libro (¿de la CIA?).
Ahora Obama intenta reproducir en el trópico sus viajes a Birmania. Pero queda una pregunta: ¿dónde está la Aung San Suu Ky cubana?