lunes, 8 de febrero de 2016

Evangélicos y electores


Una vieja ilusión vuelve a recorrer algunos sectores del conservadurismo más radical: el voto de la derecha cristiana será suficiente para llevarlos de nuevo a la Casa Blanca. Pero es difícil que la fórmula, que en otro momento les brindó buenos resultados, funcione con igual eficacia ahora. Ni el país es el mismo de entonces ni el aspirante presidencial que mejor responde a las aspiraciones de ese grupo de electores cuenta con gran apoyo y simpatía, no solo de la ciudadanía en general sino incluso de las figuras prominentes del Partido Republicano. Iowa no es Estados Unidos, impulsa pero no define.
La importancia de la extrema derecha cristiana se vio reducida en las dos últimas elecciones, que llevaron al triunfo a los demócratas. En la primera de ellas la figura que mejor la ejemplificó fue la compañera de boleta del senador John McCain, la exgobernadora Sarah Palin, quien no piensa en voz alta sino apenas “dice cosas”, como en su momento acertadamente la definió Peggy Noonan, columnista conservadora de The Wall Street Journal. En la última, con la nominación del mormón Mitt Romney, el papel del voto evangelista fue aún menor.
Fue el expresidente George W. Bush quien desde la llegada al poder se consideró un “mensajero de Dios”. Al tiempo que su alarde religioso fue una de las características más notorias —y criticada— de la personalidad de Bush, su apoyo sostenido a la causa cristiana resultó siempre uno de los pilares electorales que mayores dividendos le brindó. 
Las iglesias actuaron como centros de reclutamiento de votantes, los pastores urgieron a sus feligreses que votaran por Bush y la multitud de fieles expresaron en más de una ocasión la creencia de que “Dios estaba usando al Presidente en su lucha contra el Maligno”.
Durante el proceso de reelección, el entonces senador John Kerry cayó en lo mismo, pero las referencias religiosas de última hora del oponente demócrata siempre sonaron a desesperación.
El énfasis religioso que adquirió la campaña del 2004 no hizo más que ocultar la situación económica imperante. Cuando se produjo la crisis financiera ―en gran medida como consecuencia de la mala administración republicana― no fue posible apelar a una solución tan simple.
Ahora, con una situación económica nacional mucho más favorable, es lógico que el factor religioso vuelva a mencionarse. Y algunos olviden que un buen cristiano nos llevó a una gran recesión y a una guerra en Irak.
De acuerdo con el Instituto Pew, uno de cada cuatro estadunidenses es evangélico. El apoyo de los evangélicos sirve para ganar las primarias presidenciales republicanas. Pero los resultados cambian al llegar las elecciones nacionales.
En el 2008 y el 2012, los evangélicos ayudaron primero al expastor bautista Mike Huckabee y después al exsenador católico Rick Santorum a ganar en Iowa. Pero cada uno perdió luego en la carrera por la investidura ante candidatos más moderados, como McCain y Romney, que resultaron derrotados por Obama.
Lo que parece va a caracterizar la presente elección es una discusión más amplia, donde el factor religioso será uno más dentro del debate ideológico. Que la ideología esté cobrando tanta importancia resulta notable en un país donde en las últimas décadas las propuestas políticas han eludido todo lo que remotamente se acerque a una “lucha de clases”.
Un aspirante como el senador Bernie Sanders ―“socialista” declarado― le está dando una fuerte batalla a la exsenadora Hillary Clinton, hasta hace unos meses con la nominación demócrata supuestamente en el bolsillo. Que lo más probable es que Sanders triunfe en las primarias de mañana en New Hampshire indica hasta el momento un saludable cambio de época. 
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 8 de febrero de 2016.