sábado, 20 de febrero de 2016

Obama y Castro: reformas y represión


Durante décadas La Habana ha utilizado la represión como otra forma más de distraer la atención sobre los graves problemas económicos que afectan al país. Uno de los retos fundamentales para La Habana, tanto en las conversaciones con Washington como con la Unión Europea, es eliminar o limitar ese uso.
No se sabe aún si la Plaza de la Revolución cuenta con la capacidad necesaria para aceptar el cambio. La visita del presidente estadounidense Barack Obama a La Habana, el 21 y 22 de marzo, será un claro indicador de si el gobierno de Raúl Castro se considera preparado al respecto.
Mucho está en juego, tanto para quienes en Cuba se aferran a los ajados mecanismos —pero aún eficientes— de conservar el poder, como para quienes desde el exilio en Miami —y en su extensión en Washington— defienden el enfoque tradicional anticastrista.
No es simplemente una definición elemental del poder, sino algo más profundo: la capacidad de sobrevivir más allá de los esquema elementales. Apostar por Raúl Castro en este sentido resulta riesgoso: depositar las esperanzas en una oposición limitada y dividida es confundir una esperanza en buena parte fabricada desde el exterior con la realidad del país.
Una tercera vía, la salida pautada Raúl Castro del gobierno, está de momento más cercana a la incertidumbre que a la simple especulación, Que Castro abandone la presidencia del país parece cada vez más posible, más gracias a la biología que a cualquier designio político. Los revolucionarios nunca se retiran, le gustaba repetir a su hermano mayor, pero su salud determinó lo contrario.
Ahora bien, se sabe que esa salida del ejercicio cotidiano del mando, en el caso cubano, no admite una fácil lectura. No solo por el entramado del sistema imperante, y la bifurcación partido-gobierno, sino por la tradición de “hombre fuerte” en la historia política del país, que nada indica no continuará ejerciéndose más allá de las idolologías.
Raúl Castro podría irse, pero siempre que deje garantizada la permanencia del sistema creado a partir de 1959, y en donde las definiciones de totalitarismo, autoritarismo siempre se han realizado de acuerdo a un acomodo en donde lo definitorio es la permanencia, no en el sentido dinástico en que siguen perdiéndose las elucubraciones desde Miami sino en el fundamental para la elite gobernante de mantenimiento de prerrogativas y en última instancia privilegios.
Visto así, la salida de Castro, primero del gobierno y a los pocos años de la dirección del partido —no hay que esperar que durante el próximo congreso partidista desistirá de mantener su cargo de primer secretario— será en buena medida un ejercicio simbólico.
Por supuesto que todo no se reducirá a un gesto, y vale esperar una transformación, en que lo importante venga marcado por el fin de una “era”, como ya ha ocurrido con la casi plena extinción de la era fidelista, que dio paso a la era raulista. Esa nueva era poscastrista sin duda resultará muy diferente a las dos que la precedieron pero no del acomodo del exilio de Miami, o del “exilio histórico” de Miami, para ser más precisos. La diferencia aquí viene dada por el agotamiento que el tiempo ha otorgado a conceptos que hasta hace unos años parecían definitorios y ya no lo son: carece de sentido hablar de vuelta al pasado —un ideal que fundamentalmente en lo político, pero también en hábitos y costumbres se añoró por décadas en Miami—, porque ya ello ha ocurrido en el presente cubano, donde la nostalgia por los años 50 ha sido arrebatada al exilio y adoptada en sus formas más caricaturescas y comerciales en la isla.
Así que el viaje de Obama a Cuba entra de lleno en el acomodo necesario para que dicha transformación —imprescindible bajo el dictado de la biología— sea lo menos traumática posible. Y es aquí donde el mandatario estadounidense y el gobernante cubano han encontrado un punto común para el diálogo.
El caos
Lo concreto, lo verdadero en la Cuba de hoy, es la disyuntiva entre el caos, y un posible estallido social, por una parte, y una transformación lenta y edificada sobre avances y retrocesos, por la otra.
En ambos casos no es una vía ideal y mucho menos meritoria desde el punto de vista ético, pero también es un camino forzado por las circunstancias. Quienes se oponen a transitarlo cuentan con un argumento válido: no es una solución al problema y quizá en última instancia se limite a prolongar una agonía. Los que lo apoyan también cuentan con razones valederas: en la actualidad no hay otra alternativa.
Dejar fuera de este enfoque dos reclamos fundamentales no implica ironía vulgar sino el intento de un análisis lo más objetivo posible.
Uno es que la función elemental del mecanismo represivo, por parte del régimen, es impedir la pérdida de la menor parcela de poder. El ideal democrático no deja de ser un reclamo justo y moral, pero al mismo tiempo sin posibilidades reales de alcanzarse.
La presión económica sobre el régimen no ha dado resultado. Es cierto que los motivos son diversos, pero en muchos casos las justificaciones son disparatadas. Afirmar que el Gobierno cubano necesite del comercio con Estados Unidos para financiar su aparato represivo es tanto una visión de ciegos como un dialogar de sordos.
Confundir la nulidad comprobada de un embargo con la puesta en vigor de un esquema de sanciones y recompensas limitadas es despreciar una alternativa no comprobada y llena de riesgo en favor del amparo emocional que brinda el quedarse tranquilo y no hacer nada nuevo. Apoyar dicho razonamiento en el historial de un sistema —como único indicador a tomar en cuenta— es desconocer la capacidad táctica del contrario.
El otro reclamo valedero, que se coloca a un lado, tiene también que ver con el carácter emocional que implica un largo proceso. Es aceptar no una claudicación, pero sí un ceder ante un enemigo que convirtió el argumento de no sometimiento en un pretexto para la intransigencia y método reaccionario. Cuenta como paliativo la necesidad a que obliga el paso del tiempo-
La mayor desventaja de quienes se oponen al acercamiento entre Washington y La Habana —hablar de pacto es un insulto— es que marchan contra la corriente. Las generaciones jóvenes, tanto en Cuba, el exilio como en Estados Unidos, no responden a los esquemas tradicionales, entre otras razones por una fundamental: su presente marca otra época. Podrán estar equivocados, pero es su tiempo y momento.
La calle
Más sensato que una oposición a ultranza es adoptar la actitud de buscar provecho ante el nuevo escenario y elaborar métodos que faciliten y presionen en favor de que los cambios económicos reviertan en espacios democráticos.
No es una vía fácil y carece de una satisfacción inmediata, pero desechar esa alternativa es contribuir al estancamiento actual y el caos en un futuro inmediato. Hay que reconocer que una parte de la oposición cubana se muestra dispuesta a transitar esa vía, sin detenerse a busca aplausos desde Miami, la condescendencia oportuna y la docilidad premiada.
No temen con ello a los intentos de marginalidad, para los cuales hay expertos bien provistos a ambos lados del estrecho de la Florida.
Si algo tiene que ganar la oposición —el concepto desborda al socorrido expediente de la prensa de llamarla referirse a ella como  ‘‘disidencia’’— con el nuevo enfoque promulgado por el presidente Obama, es conquistar una capacidad de acción que supere una legitimidad otorgada solo a partir de su existencia.
Si sobrevivir ha sido su mayor conquista, ahora necesita dar un paso más allá.
En julio de 2005, Martha Beatriz Roque lanzó un llamado para que la disidencia iniciara una campaña más activa de participación ciudadana, no solo con reuniones en los hogares y llamadas a las estaciones de radio de Miami, sino de manera pública. Fue un reto importante y valiente. Pero que hasta ahora no se ha materializado. No se trata del expediente simple de negarle méritos a la oposición. No hay que ocultar que ninguna organización, dentro del amplio espectro de la oposición pacífica, puede mostrar un expediente donde se apunte un acto de participación amplia de la población. Vale señalar que la naturaleza represiva del sistema es la causa principal para que ello no ocurra, así como la imposibilidad de crear una verdadera sociedad civil en ese entorno, pero ello no impide el señalar la ausencia de un movimiento que trascienda la participación de unos pocos.
Por ello es más imperioso que nunca la búsqueda de alternativas, destinadas no a sustituir los grupos opositores sino a conseguir su ampliación.
La declaración de Roque de entonces: “El camino es la calle y vamos a utilizar la calle en toda la nación”, no ha logrado sobrepasar la audacia verbal del momento.
Represión
Tras los primeros años de la llegada de Fidel Castro al poder, en contadas ocasiones las tensiones políticas en Cuba llegaron a la confrontación callejera. La calle sigue marcando la frontera de lo permisible por el régimen. Para Fidel Castro primero, y luego para Raúl, uno de los principios claves de su táctica política nacional es no dejar que se pierda la calle. Para neutralizar o acabar con sus enemigos, ambos hermanos nunca han dudado en ejercer la represión, pero también han desarrollado hábilmente la práctica de dejar abierta una puerta de escape a los opositores —siempre que existiera esa posibilidad— y de anticiparse a las situaciones límites: evitar manifestaciones de fuerza masivas y públicas. No recurrir, si las circunstancias lo permiten, a desplegar el poder policial descarnado. De esta forma, han logrado combinar un rigor extremo con un historial que tras los primeros años mencionados se ha visto casi libre de escenas sangrientas a la luz pública.
Este uso de la represión como profilaxis se ha intensificado con la llegada de Raúl: detenciones por varias horas o pocos días, hostigamientos y actos de repudio al menor intento de protesta. Para dificultarle aún más la labor a los opositores pacíficos, La Habana mantiene un estricto código de prensa, que obliga a los corresponsales extranjeros a ser sumamente cuidadosos a la hora de reportar, o de lo contrario se arriesgan a ser expulsados.
El factor represivo explica en buena medida las limitaciones que siempre han enfrentado los opositores pacíficos para realizar su labor. Pero no es el único. Para la mayoría de los cubanos, la disidencia es una alternativa política pero no económica. Esta última no radica en la denuncia opositora sino en el mercado negro.
En el terreno social y económico, donde se define en gran parte la batalla por la calle, la disidencia ha tenido un efecto casi nulo. En los momentos de mayor crisis económica del país, durante el llamado período especial, la Iglesia Católica dio importantes pasos de avance para cumplir una función de alivio. Pero una vez que el Estado logró una mínima recuperación económica, intensificó el esfuerzo para recuperar el terreno perdido.
Además de enfrentar una fuerte represión, toda organización disidente que intente hacer llegar su mensaje a la población tiene que otorgarle preferencia a los temas vinculados a la subsistencia diaria. Aunque los grupos más importantes de la disidencia interna contemplan una amplia plataforma, las cuestiones políticas han predominado en su discurso. Por lo general, se perciben como opositores más preocupados por la libertad de expresión que por un programa de justicia social.
Más allá de sus diferencias ideológicas —y de la imposibilidad que enfrentan todos los grupos disidentes para hacer conocer sus puntos de vista entre la población de la isla—, éstos se perciben dedicados a la defensa de los derechos humanos (en un sentido universal) y no de los derechos e inquietudes de los ciudadanos (trabajo, vivienda, salud pública).
Por años el gobierno cubano ha logrado delimitar la lucha por los derechos ciudadanos y la democracia al marco de una confrontación tradicional. Una y otra vez La Habana brindó el necesario aliento al sector más conservador de Miami, para que pudiera seguir justificando una supuesta labor anticastrista.
Reformas
La posible presión que pueda ejercer Obama sobre el Gobierno cubano transitará fundamentalmente por otros rumbos, aunque tanto en su discurso público como en reuniones privadas el tema de los derechos humanos no estará excluido. Obama busca sobre todo emponderar al ciudadano común, más allá que darle una tribuna a la disidencia. Por ello resultan tan pueriles los reclamos desde Miami, que urgen a que la visita se destaque por decantar el mensaje disidente, y así pasar por alto el objetivo que caracteriza a cualquier encuentro de Estado: las conversaciones entre gobiernos y no el proselitismo opositor. Si antes de fijar la fecha del encuentro Obama exigió la no existencia de restricciones lo hizo como representante de un país democrático y para dejar en claro que no viaja en papel de aliado político, no porque piense dedicarse al activismo público opositor en la isla, porque esa no es su función.
Si el Gobierno cubano permite la ampliación del trabajo por cuenta propia, la creación de pequeñas empresas privadas y el fortalecimiento de los emprendedores no estará dando pasos concretos en favor de la democracia en Cuba. Lo que se logrará por esta vía es el desarrollo de un ciudadano más consciente de sus capacidades y limitaciones, con independencia del Estado. Y esto no es poco.
Si de alguna manera se logra que el gobierno de La Habana se vea obligado a cierta contención represiva, y las páginas con la información sobre Cuba de la prensa mundial no se vean limitadas a noticias de actos repudiables, sino contemplen también el  análisis de la situación económica del país, como la falta de un crecimiento real, el grave problema monetario, la ausencia aún de las necesarias inversiones extranjeras y la incapacidad para mejorar la producción agrícola —como en parte ha venido ocurriendo en las últimas semanas— sería un paso de avance.
Entonces junto a “la batalla por la calle”, siempre necesaria y pendiente, entrarían a jugar otros factores sociales y económicos, no como “tabla de salvación al régimen“ ni como “oxígeno que necesita”, sino como vía de transformación. Si de momento no es posible “ganar la calle”, al menos que se logren obtener mayores fuentes de ingreso para los cubanos, sin la necesidad de un Estado paternalista y despótico. No es el camino pronto hacia la democracia, pero sí es una forma de lograr la independencia laboral del ciudadano.