martes, 1 de marzo de 2016

El candidato de Wall Street


El Partido Republicano está repitiendo una estrategia condenada al fracaso con el senador Marco Rubio.
No se trata de preferencias partidistas sino de analizar la realidad, y esta indica que se ha producido un cambio en la mentalidad de los votantes. Quizá es demasiado pronto para esta conclusión, y mañana, con las votaciones del “Super Martes” el camino se vea más claro. Pero hasta el momento el electorado republicano ha mostrado una consistencia que es difícil que se modifique: quiere un cambio.
Ese cambio no se limita a un rechazo al presidente Barack Obama. Es más que eso. El “No Obama no problem” no funciona aquí. Es el repudio a quienes representan una forma tradicional de gobierno.
Muy al inicio de la campaña se creyó que todo funcionaría igual que siempre, y que tras las primarias se enfrentarían el exgobernador Jeb Bush y la exsenadora Hillary Clinton.
Bajo esa óptica, el proceso de selección de los candidatos se regiría por la vía tradicional: para ganar la nominación bastaba con tener mucho dinero y el apoyo de las figuras significativas en cada partido.
De acuerdo a ese principio, Bush era la figura perfecta para los republicanos. Tenía dinero en abundancia para su campaña y el apoyo del establishment del partido. Resultó distinto. Ahora todo lo mal hecho se le achaca a él. Pero más allá de una campaña desastrosa, hay un factor determinante que condujo al fracaso: los electores no quieren una vuelta al pasado.
Rubio es precisamente esa vuelta al pasado. No es parte de la familia Bush, pero surgió gracias a los Bush.
No es que los líderes republicanos desconozcan esa realidad, pero ven el apoyo a Rubio no como una conclusión bien fundada, sino como una tabla de salvación. Se aferran a la ilusión de que, si la repetición del mecanismo no funcionó con Bush se debió al nombre y al hombre. La culpa fue del mensajero, no del mensaje. Lo hacen no por ignorancia, sino porque carecen de otra opción.
En estos momentos Rubio es el aspirante con el mayor apoyo de Wall Street. Ha obtenido más de cuatro millones de dólares de miembros del Bank of America, Deutsche Bank y Goldman Sach. Incluso supera a Bush, quien acumuló 2.45 millones en contribuciones de Wall Street. Les sigue Clinton, con una cantidad mucho menor: $723,361. Los números incluyen las contribuciones de los Super PAC y los ofrece la agencia Reuter.
Si nos guiáramos solo por el dinero, Clinton ganaría las elecciones. De acuerdo a las cifras en millones, la senadora ha recibido $188.0 para su campaña y ha gastado $97.5. El republicano que le sigue más cerca es el senador Ted Cruz, con $104.2 y un gasto de $41. Rubio ha obtenido $84.6 y gastado $32.9. Bush acumuló $157.6 y gastó $30.6, pero de ese total hay $124.1 provenientes de los Super PAC, de los cuales se consumieron $99.3, el gasto de este tipo más elevado entre todos los aspirantes. Los datos son de The New York Times.
Trump viene realizando una campaña exitosa con poco dinero ($27.3 millones). Su mejor propaganda son su figura: sus insultos y disparates.
No todo es ruido en Trump. Hay un lado oscuro que todos conocen, pero también otro en que se opone a las grandes firmas farmacéuticas, proclama una política proteccionista, el mantenimiento de la seguridad social y los gastos del Medicare y Medicare, entre otras medidas que le llevan a ganar electores.
La gran ironía es que el senador Rubio, que logró su escaño en 2010 como candidato contrario al establishment sea ahora la última esperanza de ese mismo establishment para frenar a Trump.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que apareció en la edición del lunes 29 de febrero de 2016.

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