domingo, 27 de marzo de 2016

Más de lo mismo


La campaña republicana a la presidencia sigue girando sobre el mismo punto. Esta semana lo hemos visto con la última trifulca entre los aspirantes Donald Trump y Ted Cruz sobre sus respectivas esposas.
Hay un aspecto de Trump que asusta a los líderes republicanos, y es que el posible candidato siga acumulando un rechazo creciente entre los grupos de votantes que se consideran necesarios para ganar la Casa Blanca. Pero lo ven simplemente como un problema de imagen,.
Otro problema con Trump es que no resulta de fiar, no es bona fide —como le reclaman las hijas al engominado personaje que interpreta George Clooney en O Brother, Where Art Thou?: But you ain't bona fide!—, y ello preocupa a todos —pero asusta a pocos. Por eso hay algunos que piensan que con Trump se puede llegar a un arreglo.
Un último problema, menor, es que Trump dice cosas que no resultan gratas al ideario republicano actual, como mantener sin alterar el social security, medicare y medicaid, y que diga estar en contra del libre comercio a nivel internacional, el traslado de fábricas fuera de Estados Unidos y la contratación de extranjeros. Aunque el mismo argumento de no ser bona fide y el hecho fundamental de que a Trump los pobres lo tienen sin cuidado —es más, está a cada momento dispuesto a mandarlos al demonio— convierte al asunto en un problema menor. En resumidas cuentas, en su negocio ha practicado todo lo contrario a lo que propone en sus mítines políticos, por lo que no hay que preocuparse mucho.
Lo fundamental es que Trump resulta menos embaucador que quienes lo acusan de serlo. Al menos lo es a las claras. A la hora de los extremos, no lo es mucho más que el fracasado senador floridano Marco Rubio o el superviviente senador Cruz. Y es también menos embaucador y extremista que los lideres de ambas cámaras en el Congreso, en estos momentos en manos republicanas, y que algunos legisladores de ese partido —lo más vocingleros.
Así que a la hora de hablar de propuestas y planes —temas además que en muchas ocasiones esquivan entrar en detalles—, los republicanos siguen aferrados a las viejas recetas y los conceptos caducos de “distribución dinámica” y “trickle-down economics”. Todos quieren reducir el déficit pero al mismo tiempo rebajarle los impuestos a los poderosos y las corporaciones en cifras aún mayores que las propuestas durante los gobiernos de Ronald Reagan y George W. Bush.
Pero el problema de los republicanos con los votantes —incluso con los de su partido— es que estos están cansados de esas políticas fracasadas, incluso aunque sus respuestas sean más emocionales que razonadas y que continúen hechizados conque el problema son los inmigrantes —indocumentados o no— contratados y no con quienes los contratan. Porque la globalización no es una idea comunista, socialista o de las izquierdas.
Así que poco vale que el también fracaso exgobernador de Florida, Jeb Bush, ahora le brinde su apoyo al senador Cruz, como que antes se lo negara al senador Rubio. Porque los votos de Bush no cuentan, siempre fueron muy pocos desde el momento en que los votantes se dieron cuenta que era un disparate volver a la época de un Bush al frente al gobierno.
Un gobierno populista siempre resulta pésimo, no importa su color político, pero lo importante es analizar las causas que llevan al populismo. Y en estos momentos el auge del populismo en Estados Unidos obedece a causas reales.
Por eso en la actualidad va a resultar muy difícil convencer a los votantes de elegir para que los represente a alguien que solo le interesa beneficiar al famoso 1%. No es tarea imposible, otras veces ha ocurrido, pero salvo que ocurra un factor externo, como un atentado terrorista en suelo estadounidense, les va resultar lograrlo a esos líderes republicanos que detestan a Trump y no tragan a Cruz, pero que en última instancia quieren lo mismo: el gobierno para unos pocos elegido por muchos. 

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