domingo, 20 de marzo de 2016

“¿Qué bolá Cuba?”


Ya es historia. El Air Force One llegó a Cuba el domingo, y tras el avión presidencial tocar tierra, Obama mandó un tuit desde su cuenta personal: “¿Qué bolá, Cuba? Apenas aterrizo, quiero encontrar y escuchar de primera mano al pueblo cubano”, escribió.
El presidente estadounidense parece haber encontrado un alivio en poder recurrir a la informalidad y el humor cubano en una visita cuyo precedente ocurrió hace 88 años y su último detalle vinculante unas pocas horas antes del aterrizaje, con la detención de unos 60 opositores, entre ellos decenas de miembros de las Damas de Blanco.
Viajar con toda la familia, hasta la suegra. Iniciar la estancia con un recorrido por la Habana Vieja, la Catedral, la zona que siempre se muestra al que llega del exterior,  y finalizarlo con la asistencia a un juego de pelota. Dos actividades que definen el principio y el fin de un recorrido, pero que no lo abarcan en su totalidad, porque lo fundamental está entre ellas.
Con esa mezcla de estadista y “turista en jefe” —como lo ha caracterizado The New York Times— el presidente estadounidense Barack Obama transitará en casi tres días, dos noches y varios encuentros las aún complejas, contradictorias y por momentos espinosas relaciones entre Washington y La Habana.
Una reunión con el gobernante Raúl Castro —el centro de la visita— y una cena de Estado, pero también un discurso que se vislumbra en algunos aspectos no agradará al mando en Cuba y un encuentro con representantes de la sociedad civil y opositores que tampoco.
Obama se mueve en un terreno donde no se permite la palabra de más y se reprocha la de menos. Si en su visita el simbolismo tiene tanta importancia es no solo porque el Gobierno cubano juega siempre con efectividad la carta de la imagen —no importa que en ocasiones lo haga de manera burda y vulgar—, sino fundamentalmente porque el símbolo resume y concreta la relación de EEUU con Cuba. Por lo demás, poca importancia tendría una nación cuya economía actual no es muy superior a la de Guatemala o República Dominicana y menor que la del Distrito de Columbia.
No es parte del discurso de Obama recalcar como objetivo un cambio de régimen en Cuba. Tampoco lo es prometer que de hoy para luego cesarán una serie de programas que buscan la democracia allá —dejando ahora a un lado su eficacia—, ni decir que el embargo concluirá mañana —no tiene esa opción— o será devuelto el terreno que ocupa la Base Aero Naval de Guantánamo.
Así que recurrir al humor, tratar de caer bien o ser simpático es un objetivo que Obama puede desarrollar, sin los límites y peligros de otros más comprometedores. Además de que algún asesor le debe haber dicho que nada es peor entre los cubanos que “caer pesao”.
En clave de humor
La apuesta de Obama con Cuba está adquiriendo ribetes muy serios, cuando se lanza a incluir el humor en ella. Obama, indudablemente, quiere conquistar a los cubanos, y no solo a fuerza de billete. A otros viajeros les ha ocurrido con anterioridad: la Isla puede tornarse obsesión. Si la apuesta en la Plaza de la Revolución es sacar lo máximo este año —que después ya veremos— y dejarlo hablar un poco porque luego no va a estar, no deja de ser un juego comprometido más que comprometedor. Pero no se ha llegado a este punto, todavía hay espacio para la clave de humor.
La participación del Presidente en un video en el cual el popular personaje cubano Pánfilo —interpretado por el humorista Luis Silva— llama por teléfono
a la Casa Blanca, y lo atiende personalmente el propio Obama, apunta a brindar una imagen del mandatario estadounidense lo más alejada posible de la “prepotencia imperial”. Una diferencia absoluta con el lejano viaje del presidente Coolidge, que llegó a Cuba en un acorazado.
Ambos polos buscan la propaganda, o contrarrestarla, con el video. En un principio fue colocado en la página en Facebook de la embajada de EEUU en Cuba y rápidamente fue subido al portal en YouTube de la oficialista Cubadebate. La cadena Telesur, que se ve en los televisores cubanos, también lo transmitió.
La jugada con Pánfilo es doblemente efectiva. En primer lugar porque rompe ante los cubanos la tradicional pose del Gobierno de La Habana —heredada en parte de los regímenes comunistas ya desaparecidos— de la pompa y circunstancia frente al poder. El hieratismo de las figuras del mando en Cuba siempre ha sido tan absurdo, en un Gobierno supuestamente del pueblo y para el pueblo, como el considerar los jeans una prenda de vestir imperialista. En este sentido, La Habana ha tratado de cambiar en algo esa imagen con el vicepresidente Díaz-Canel, pero con resultados pobres al no percibirse aún como una figura determinante.
El segundo aspecto tiene que ver con el hecho de que el presidente de EEUU es negro y joven, lo que no define pero ayuda a una identificación entre los cubanos. No por gusto Obama es más popular en la Cuba de hoy que en el exilio de ayer de Miami.
Para los negros cubanos en particular, la visita de Obama es también una muestra de todo lo que puede avanzar un miembro de su raza en EEUU, en clara contradicción con lo inculcado por décadas en la Isla. Si bien la excepcionalidad del talento político de Obama —y las circunstancias muy específicas que lo llevaron a la presidencia— no significan el fin del racismo en Estados Unidos, algo aún muy lejano, la comparación con la situación cubana es pertinente.
Los cubanos negros se han beneficiado menos que los blancos de las relaciones más cercanas con Washington. Relativamente pocos cuentan con empleos codiciados y lucrativos en que presten servicios a los visitantes extranjeros.
Las contrataciones discriminatorias resultan particularmente indignantes en los elegantes restaurantes privados, donde los cubanos pueden ganar más en una noche en propinas de los turistas que el salario promedio mensual. Ahí, al igual que en muchos empleos en la industria del hospedaje y el turismo de Cuba, meseros y camareros son en su inmensa mayoría blancos o cubanos de piel clara y mestizos o de otra mezcla racial, como señaló reciente una información de la Associated Press.
Imágenes contrapuestas
Sin embargo, hay algo más importante. Si uno se detiene por un minuto en la información sobre la reciente visita del presidente venezolano Nicolás Maduro a Fidel Castro, observa las fotografías del exgobernante en silla de ruedas y contrasta contenido y fotos con las que circulan hoy sobre el viaje presidencial, no tiene que esforzarse mucho para determinar de parte de quien está el tiempo; algo que va más allá de edad y padecimientos de salud y tiene que ver con el ocaso de una época, que en el caso de Cuba ha demorado excesivamente no en manifestarse sino en materializarse.
Además de que en el caso de Maduro tanto reconocimiento, protocolo y medalla suena a acta de defunción o entrega anunciada. Demasiado alarde ideológico por estos días en la Isla. Dime de que alardeas y te diré de lo que careces. Al parecer el país se entrega al capital estadounidense pese a los reniegos. Por lo demás, y como siempre, en Cuba es difícil determinar quién le está haciendo la cama a quién.

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