sábado, 5 de marzo de 2016

Trump o el otro Elvis


En los mítines de campaña de Donald Trump hay espacio de sobra para la improvisación (siempre que la realice el magnate), salvo en la música. La cinta que con estruendo precede esos cincuenta minutos antes de la entrada del aspirante presidencial ha sido cuidadosamente escogida por él mismo.
Como en otros puntos de su estrategia, Trump tiene la primera y la última palabra sobre lo que se escucha, y siempre es lo mismo: una mezcla que va de Elton John al predominio de los Rolling Stones.
Hay mucho más que preferencias musicales en ese juego. Al igual que ocurrió con el rock and roll en su momento, Trump trata de inculcarles a sus fanáticos y electores la (falsa) creencia de que ellos son los que deciden sobre sus propias vidas.
Por eso los esfuerzos actuales del establishment republicano están no solo condenados al más rotundo fracaso, sino que son contraproducentes.
No hay mayores propagandistas de Trump que esos republicanos —como ahora Mitt Romney y antes y de nuevo John McCain—, que repiten llamados hacia la ortodoxia, cuando precisamente lo que quieren esos a los que supuestamente va dirigido el mensaje es todo lo contrario.
En su equivocación —más que desconocimiento, no encuentran otra vía; temerosos de una auto aniquilación— confunden el desparpajo y el desacato con un problema más profundo: la ira y el rechazo. Vemos a Romney y McCain convertidos en una especie de maestros de escuela dominical predicando los mandamientos.
Hay mucha arrogancia en esos líderes del republicanismo, que se niegan a reconocer que lo han hecho mal y reclaman obediencia. Por eso el senador Marco Rubio es su preferido, porque  por imagen y conducta representa el “alumno bueno” en el aula. Incluso lo han impulsado hacia una conducta soez ante el bravucón del colegio, que los maestros no solo son incapaces de controlar sino además temen. Lo están sacrificando, y destruyendo su capacidad política, y al senador por Florida parece no importarle, no se da cuenta o no tiene más remedio que hacerlo.
Esa sensación que Trump ha logrado ofrecer —para su beneficio político— no es duradera. Pero de momento parece suficiente para sus fans. Y al empresario solo le interesa que dure hasta las urnas. Lo demás ya él lo decidirá, cuando sea el nominado o el presidente.
Si el rock and roll constituye la definición mejor para los actos políticos de Trump, al contemplar los del senador Bernie Sander se entra de lleno en otro panorama: el de la música folk; los cantos que una y otra vez han servido para encontrar consuelo, compartir las penas y canalizar emocionalmente, de forma pacífica, los sentimientos de injusticia. Una vuelta a los tiempos de Peter, Paul and Mary.
Por eso la campaña demócrata es de momento  —analizando solo lo que representan las posiciones de sus candidatos extremos— mucho más pausada, civilizada y aburrida. La energía está en el rock, el lamento en el folk.
No es por gusto tampoco que el rock sea la fuente primogénita y el símbolo de la música capitalista por excelencia —más allá del comercialismo actual predominante en cualquier género—, el reino absoluto de la fama, el dinero y la libertad individual.
Aquí también —más allá de declaraciones y actitudes del aspirante— transita una corriente que emparenta a la campaña de Trump con el fascismo y el nazismo: la culminación de una ansiedad de origen anárquica transformada en ofrecer la potencialidad de hacer lo que uno quiere, con independencia de valores sociales, patrones establecidos y normas. Si la etiqueta de populismo se aplica con certeza a Trump, no basta con ello: hay que categorizarla con mayor precisión en su naturaleza profundamente fascista.
Punto de contacto que, por otra parte, también separa radicalmente a Trump y Elvis. Por su trayectoria personal y artística, el músico representa una figura contraria al totalitarismo en la cultura popular, y no por gusto el rock and roll  y sus desarrollos posteriores fueron —y son en Corea del Norte— un ejemplo perfecto de censura en los países bajo esa forma de régimen.
Sin embargo, más allá de especificaciones personales —y considerando que estamos asistiendo a los primeros pasos de un fenómeno dentro de la política estadounidense cuyas consecuencias o desarrollo son imposibles de predecir en estos momentos— dos aspectos permiten la comparación. Uno es la popularidad. El otro es una forma —no por oportunista carente de astucia— de acaparar un sentimiento de rebeldía latente.
Antes de la llegada de Presley, los hijos de la clase media estadounidense tendían a escuchar y obedecer a sus padres. Las reglas eran conocidas y trasmitidas de una generación a otra; lo mal hecho —beber, fumar, las drogas y el sexo— bien conocido y las prohibiciones por lo general respetadas. No es que no se violaran esas normas, pero imperaba la discreción y el ocultamiento. La música del rock cambió todo eso: la autoridad fue puesta entredicho.
La reacción inicial de los mayores fue la prohibición, la censura en las emisoras de radio, y el tratar de impedir que los hijos asistieran a esas actuaciones electrificantes y seductoras, con la esperanza de que en poco tiempo pasarían de moda. Hoy los líderes del Partido Republicano parecen empeñados en la misma conducta fallida.
Presley fue catalogado de vulgar, primitivo y sus actuaciones propias de un espectáculo solo digno de los prostíbulos.
Por supuesto que en las similitudes no cuenta para nada el talento musical de Presley y la revolución cultural que significó su música. De lo que se trata es de ejemplificar un esquema en que, de pronto, el establishment asiste asombrado al espectáculo de los hijos rebeldes. Si en las primarias de 2012 lograron imponer a su predilecto —Romney—, la jugada dejó de funcionar desde el inicio en estas elecciones, con el fracaso de otro favorito —el exgobernador Jeb Bush— y con el instrumento principal para imponerse —el dinero— demostrando por vez primera su incapacidad para imponerse siempre. Basta mirar por un momento el despilfarro millonario de la campaña de Bush.
Lo asombroso es este esfuerzo empecinado en repetir los errores: nada mejor para parar a Trump que más millones de dólares en su contra. Estupidez flagrante ante el hecho de que, contrario a lo que pudo pensarse en un inicio, la campaña del multimillonario se ha caracterizado por su bajo costo. No por gusto es un hombre que ha sabido multiplicar su fortuna.
Lo patético —y peligroso— de esta situación es que asistimos a un enfrentamiento entre unos hijos inmaduros y torpes y unos padres envejecidos, agotados e inútiles.
“Trump es el monstruo de Frankenstein creado por el Partido Republicano. Ahora él es lo suficientemente fuerte para destruir al partido”, escribió Robert Kagan en The Washington Post. Las credenciales de Kagan como un neoconservador lo alejan de cualquier acusación de “liberal”.
Así que los líderes republicanos están como el científico enloquecido: arrepentidos de su creación y sin posibilidades de que la palabra “fin” aparezca pronto en la pantalla. Mientras, los fans de Trump siguen bailando al ritmo de su música, sin importarles que el sonido no sea más que un anuncio del desastre. 

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