sábado, 26 de marzo de 2016

¿Y cuándo Stravinski o Ravel regresaron a Cuba?


Los exilios, si se extienden en demasía, nunca están libres, no de la nostalgia sino de un eventual ejercicio de masoquismo. Cualquier exilio, de por sí, es un exceso. Por ello forma parte del mismo que esto suceda. Algunos de los reclamos —que surgen con el paso de tiempo o se traen al exilio— conservan su valor emocional, pero al mismo tiempo tienden a diluir su efectividad política, que se altera con los años.
Acaba de ocurrir en Miami con el concierto de los Rolling Stones en La Habana. En esta ciudad, más del concierto que se produjo, se habló de los que no existieron en su momento.
El reproche destaca una pérdida durante la juventud, pero ello no evita que en la actualidad lo acompañe un sentimiento lacrimoso, de juventud perdida. Y en este sentido corre el peligro de convertirse en patético.
Los Rolling Stones —sobre todo los Beatles, que eran más famosos en Cuba entonces— no fueron disfrutados en su momento, como tampoco se vio en la televisión el descenso del hombre en la Luna y muchos más acontecimientos. Fue una situación de aislamiento y censura que no dejará nunca de ser reprochable, pero que ya pertenece a la historia.
La añoranza y el reproche responden a un momento, una o varias generaciones y también en específico a una oleada migratoria. Proviene fundamentalmente de los ahora setentones y setentonas que llegaron a Miami tras el puente marítimo Mariel-Cayo Hueso. A los pocos meses de ese éxodo se produjo el asesinato de John Lennon, los Beatles se habían disuelto ya años atrás. La persistencia de los Rolling Stones es lo que les ha permitido convertirse en símbolos de entonces.
Así que en ese sector de la comunidad cubana de Miami es donde posiblemente el concierto en La Habana ha producido un mayor lamento por lo que no fue. Esa ausencia no tiene nada que ver con el llamado “exilio histórico”, ni con los Peter Pan, ni siquiera en buena medida con los que llegaron por los “vuelos de la libertad” o a través de Camarioca, que si bien conocieron de esta carencia musical, pudieron recuperarse posteriormente.
En Cuba posiblemente se ha desarrollado un sentimiento similar, agravado en este caso por la permanencia en una situación de carencia y limitaciones de todo tipo. Los cubanos pueden ahora haber visto u oído finalmente a los Rolling Stones, pero siguen sin ver un buen filete en la mesa en la mayoría de los casos.
Más de que de una prohibición de determinada época en la radio, la televisión y el cine —nunca fue oficial pero siempre fue oficiosa— la censura y ausencia tuvo un carácter más amplio, que se extendió a Elvis Presley, en cierto sentido al jazz y en general la música estadounidense.
Como suele ocurrir en Cuba, nunca, salvo en los primeros años, fue perfecta. Se escuchaban por la radio algunas canciones de los Beatles y pocas de los Rolling Stones, y lo que más se divulgó luego fueron los imitadores españoles —de estos y otros grupos que ni siquiera se sabía los nombres en la isla—, cuando la censura o el temor retrocedió a concentrarse en el idioma inglés.
La censura tuvo también un efecto colateral —que ahora se contempla de forma ambivalente— y fue que por carácter transitivo permitió la supervivencia por décadas de agrupaciones musicales que de ser otras las circunstancias habrían desaparecido, más por la “invasión inglesa” que norteamericana. Quienes se beneficiaron con ello fueron fundamentalmente las orquestas de charanga, algunas de las cuales sobreviven hasta hoy. Que estas agrupaciones han llegado a nuestros días puede verse en este sentido como algo positivo, pero también hay un aspecto negativo. Este último tiene que ver con el estancamiento en que cayó la música popular cubana durante las primeras dos décadas del proceso iniciado el primero de enero.
Así que si el país transitó por un cierre de la música extranjera que facilitó la permanencia en la radio y la televisión de los interpretes de música popular, no fue posible por otros factores —en particular por la falta de un ambiente propicio, desde el cierre o la limitación de bares y centros nocturnos hasta la desaparición del lumpemproletariado, estrato social del que surgieron muchos intérpretes y hasta compositores— que dicha música evolucionara, y se mantuvo estratificada hasta el surgimiento de los Van Van.
El tercer factor que se mantuvo después de la década de 1960 e incluso durante los 70, y contribuyó a la ausencia de la llamada “música extranjera”, fue de índole comercial —culpa igualmente de las condiciones impuestas entonces por el Gobierno cubano— y es que no se vendían los discos de los Beatles y los Rolling Stones como tampoco se vendía grabaciones con obras de Stravinski y Ravel. Incluso las grabaciones del sello soviético Melodiya con demasiada frecuencia no se encontraban en los anaqueles de las tiendas en Cuba. Así que Beethoven también estuvo ausente, salvo en conciertos ocasiones de la Orquesta Sinfónica Nacional.
El énfasis en la prohibición y la ausencia ha llevado a pasar por alto varios aspectos asociados con lo ocurrido entonces. Uno es la existencia durante todo ese tiempo de un movimiento de rock underground. Otro es que los Rolling Stones, ya ancianos, viajaron a Cuba a encontrarse con los fans que en su momento no pudieron disfrutar de su presencia, y también con otro público, que no los conoce pero rápidamente asiste a cualquier espectáculo traído “de fuera”. Por último, que el concierto fue gratuito. La singularidad de Cuba hizo esto posible. De lo contrario, muchos cubanos se habrían encontrado en la misma situación que ocurrió a muchos décadas atrás: no tener dinero para el concierto.
Lástima que faltara siempre esta visión más amplia, pero encerrarse en los estereotipos es otro mal del exilio. 

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