miércoles, 20 de abril de 2016

Sí, pero no


A Fidel Castro se le ha dado hasta el lujo de despedirse. El martes, en la clausura del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), expresó que “a todos nos llegará nuestro turno”. Dijo también: “Tal vez sea de las últimas veces que hable en esta sala”.
Esa persistencia en irse pero quedarse parece inagotable en los hermanos Castro. Tanto que suena demasiado a truco propagandístico o táctica para prolongar la permanencia. Es posible que a estas alturas incluso entre sus más seguidores más cándidos, si es que existen.
Una y otra vez un evento en Cuba despierta conjeturas, apuestas y esperanzan de un cambio de rumbo, aunque no sea drástico. Y de nuevo una especie de cubo de agua echa por tierra la ilusión. El VII Congreso del PCC no fue capaz de romper esa regla.
Quizá en cierta medida el viaje del presidente estadounidense Barack Obama a Cuba, que precedió a la reunión, contribuyó a desatar alarmas, extremas cautelas y reafirmar temores. Pero no debe exagerarse tampoco la influencia de esa visita desde Washington. De antemano estaba trazado el esquema, donde seguir vendiendo una ilusión no iba a detener en grado alguno el afán de permanencia.
Al menos un detalle queda más o menos claro tras el congreso. El famoso retiro de Raúl Castro del poder se limitará al abandono de la presidencia. Continuará hasta 2021 como primer secretario del PCC. Al final fueron innecesarios ejemplos históricos, análisis políticos y elucubraciones de nombres y cargos. Bastó una frase del viejo cancionero popular para definir los hechos: “el cuartico está igualito”.
El nuevo Comité Central y Buró Político ejemplifican ese objetivo empecinado de aferrarse al pasado, aunque se exprese lo contrario. Baste revisar la permanencia de figuras de poca relevancia política actual, como Faure Chomón Mediavilla, Guillermo García Frías y Armando Hart Dávalos, para constatar el hecho de que solo se aspira a parafrasear al poeta: nosotros, los de entonces, continuamos siendo los mismos.
Aferrados a la permanencia, todo queda no a la política —que evidentemente los Castro consideran inalterable—, sino a la biología. Cabe casi agradecer al hermano mayor su sinceridad.
Al otro, al pequeño, poco cabe otorgarle. Jugar a la renuncia de la presidencia es más bien un alivio de tareas, que deben resultarle aburridas y de profundo agobio con los años: recibir mandatarios, asistir a actos, celebrar reuniones. Permanecer al frente del Partido y supuestamente alejado del Gobierno en las labores administrativas lo libra de ese cumplimiento de normas —que parece ser parte de su carácter— mientras mantiene en vivo su labor de conspirador constante, propia del primer secretario de un partido comunista.
Al mismo tiempo le permite retomar y ampliar dos papeles practicados con éxito en Cuba: el poder más allá del cargo, que desempeñó por años Fidel Castro cuando delegó la presidencia primero en Urrutia y luego en Dorticos, y la función de “hombre fuerte”, tan cercana a Batista. Raúl Castro no propone avanzar, sino refugiarse en el pasado.
Por lo demás, más allá de un par de detalles significativos, tanto la composición del politburó como la del Comité Central responden a detalles cosméticos. Más mujeres en el Buró Político, pero sin un peso significativo. Tres son las nuevas elegidas: Miriam Nicado García, rectora de la Universidad de las Ciencias Informáticas; Teresa Amarelle Boué, secretaria general de la Federación de Mujeres Cubanas; y Marta Ayala Ávila, vicedirectora general del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.
También se refuerza la presencia de civiles en ambos cuerpos, pero sin agregarles un poder significativo. Rodrigo Malmierca Díaz, ministro del Ministerio de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, continúa en el Comité Central pero no llega al Buró Político. La salida del politburó del ministro de Transporte, Adel Yzquierdo Rodríguez, apunta hacia esa disminución de los militares dentro de ese organismo rector partidista, pero nada indica que los principales cargos militares de la nación no continuarán llevando la voz cantante.
Por otra parte, la no entrada del coronel Alejandro Castro Espín ni siquiera al Comité Central y la permanencia del brigadier Luís Alberto Rodríguez López-Calleja en este, pero sin llegar al Buró Político, vuelve a trasladar al futuro cualquier conjetura sobre una sucesión familiar.
En última instancia, la biología se reafirma como criterio decisivo para cualquier cambio. Y el tiempo decide y los cubanos están acostumbrados a esperar o partir.
Entre las predicciones se cumple la más fácil. El general Abelardo Colomé Ibarra, que renunció en 2015 por problemas de salud como ministro del Interior (MININT), no mantuvo su puesto dentro del politburó.
Sin embargo, ello no significó la entrada al grupo del actual ministro del MININT, Carlos Fernández Gondín, que se mantiene solo en el Comité Central.
Fernández Gondín, de 77 años —uno más de su antecesor Colomé Ibarra—, al parecer también enfrenta problemas de salud. Si en un futuro ocupará el puesto el coronel Castro Espín —aunque no ocupa en la actualidad un cargo cercano a la línea sucesoria dentro del organismo y Raúl Castro por lo general se ha mantenido fiel a ese esquema— seguirá siendo materia para los aficionados a las apuestas.
Este Congreso será “el último dirigido por la generación histórica” de la revolución, dijo Raúl Castro en sus palabras de clausura del evento, pero nada permite afirmar que no espere continuar haciéndole guiños a la biología.

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