martes, 19 de abril de 2016

Una isla asolada


Sin conocerse los detalles en la práctica de la tan mencionada “conceptualización” del modelo cubano, que el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) intenta dilucidar, hay un aspecto fundamental que por lo que se conoce de las discusiones en el evento, y el discurso inaugural de Raúl Castro, lleva a un callejón sin salida en la forma en que se plantea. Es el que tiene que ver con la acumulación de riqueza y la pequeña y mediana propiedad privada.
Castro mencionó en su discurso que había que hablar claro y mencionar por su nombre a la pequeña y mediana empresa privada, y que estas formas de producción no eran ni contrarrevolucionarias ni antisocialistas.
“Las cooperativas, el trabajo por cuenta propia y la mediana y pequeña empresa privada no son, por su esencia, antisocialistas ni contrarrevolucionarias”, afirmó Castro.
Formulado en esos términos, el planteamiento es un paso de avance. No solo descarta todo lo realizado —o mejor, destruido— durante la llamada “ofensiva revolucionaria”, algo que por otra parte se lleva a cabo desde hace algún tiempo, sino que enmienda un principio básico de la interpretación marxista bajo el enfoque soviético, que consideraba a la pequeña propiedad generaba la mediana empresa, y que esta a su vez se desarrollaba en gran empresa hasta llegar al monopolio.
De acuerdo al marxismo tradicional, la propiedad privada crea las diferencias de clase, más allá de cualquier cuantificación de esta. Los propietarios de negocios reducidos desarrollan lo que se conoce como pequeña burguesía, que por su naturaleza aspira a convertirse en burguesía a secas y gran burguesía.
Castro quiere fijar límites para que ello no ocurra, tanto para evitar una marcada diferencia de clases como las desigualdades que ello implica. Más allá de ese planteamiento hay por supuesto una razón mayor, y es la pérdida de control social y económico que implica la existencia de un grupo social con suficiente poder monetario como para intervenir —o al menos participar de forma determinante— en la sociedad.
Por supuesto que la forma más fácil —y mecánica— de llevar a cabo este objetivo es imponer un control fiscal que impida o desaliente la acumulación de riqueza. La existencia de dichos controles no es, de por sí, un elemento negativo y tampoco propio de los fracasados gobiernos comunistas. Con diferencias de matices existe en las sociedades democráticas. Pero en el caso cubano, sin la existencia de un Estado de derecho y una separación de poderes, dichos controlen amenazan con convertirse en fuente de expolio de controladores, burócratas y funcionarios de todo tipo, así como en motor impulsor para el establecimiento de trabas de todo tipo, necesarias e inútiles.
Castro alertó sobre las pretensiones de “poderosas fuerzas externas” que apuestan al “empoderamiento” de las formas no estatales de gestión en Cuba ,con el fin de “generar agentes de cambio” para acabar con la revolución y el socialismo. A su vez, el canciller Bruno Rodríguez afirmó que en la reciente visita del presidente estadounidense Barack Obama a Cuba se trató de “encandilar al sector no estatal de la economía, como si el presidente de EEUU fuera, no el defensor de las grandes corporaciones, sino de los que venden perros calientes, de los pequeños negocios en ese país”.
El VII Congreso del PCC, por lo tanto, modificará uno de los “lineamientos”, en lo que se refiere a las formas de gestión no estatal, cuya actual redacción indica: “no se permitirá la concentración de la propiedad en personas jurídicas o naturales”. Según lo adelantado por Castro, al texto se añadirá que tampoco se permitirá la concentración “de la riqueza”.
“La empresa privada actuará en límites bien definidos y constituirá un elemento complementario del entramado económico del país”, señala el Informe Central del VII Congreso del PCC.
Complemento, no eje principal. La categoría de producción privada limitada al simple “timbiriche” o algo más.
La  “actualización” cubana declara entonces, como rasgo fundamental, un rechazo no solo al “enriquecerse es glorioso”, la frase atribuida a Deng Xiaoping, sino a otra que sí se sabe que el dirigente pronunció durante un encuentro del secretariado del Partido Comunista Chino: “No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”.
En Cuba, los gatos “rojos” o “extranjeros” son los que cuentan. Para cazar ratones está el Estado, y no hace falta que venga flautista alguno, a menos que cuente con el beneplácito de La Habana, cobre su dinero y deje a los niños tranquilos, sin inculcarles ideas de un futuro mejor.
La negativa al enriquecimiento de los cubanos no únicamente implica un factor discriminador, al permitirle a los inversionistas extranjeros ese beneficio que se niega a los nacionales, sino que a la larga resultará nocivo para el país.
Desde el comienzo del proceso para tratar de sacar a la nación del agujero creado durante la época conocida como “Período Especial” —que aún subsiste—, la estrategia fue permitir cierta participación reducida del productor privado cubano, bajo la denominación general de “cuentapropista”. Esta esfera ha ido ampliándose y en la actualidad se han añadido diversas posibilidades de cooperativas. La estrategia, al mismo tiempo, ha tenido dos víctimas fundamentales: el propio cuentapropista y el pequeño empresario extranjero.
La estrecha colaboración con el Gobierno venezolano fue un factor clave en lograr ese objetivo. Con la crisis económica en el país sudamericano, se intenta buscar en el inversionista  extranjero —tanto europeo como estadounidense— un sustituto adecuado para llevar a cabo igual plan.
Sin embargo, es precisamente aquí donde radica el talón de Aquiles de la estrategia gubernamental, ya que por una parte no permite una disminución de aparato burocrático —una de las metas formuladas e incluso anticipada en cierta forma por el propio Fidel Castro— y por la otra se pierde un incentivo necesario para el desarrollo económico. Al verse amenazado ante la posibilidad de acumular riqueza, el cuentapropista no lleva a cabo la necesaria “acumulación original”, enunciada por el marxismo, sino dedica su dinero a  mantener, dentro de lo permitido, una “vida de lujo” y si es posible a sacarlo al extranjero.
El incremento del tráfico de dinero entre Cuba y Miami y la aparición de “nuevos ricos” en la Isla son dos indicadores de este proceso.
En la práctica cada vez más se desarrollan dos modelos de supervivencia en competencia dentro de Cuba. El fenómeno no es nuevo, y por él pasaron diversos gobiernos comunistas antes de su desaparición.
Las economías socialistas prereformistas combinan la propiedad estatal con la coordinación burocrática, mientras las economías capitalistas clásicas mezclan la propiedad privada con una coordinación de mercado.
Uno de los aspectos negativos de la presencia de ambos sistemas en una misma nación es el aumento del desperdicio de recursos. Mientras que un sector privado vive constantemente amenazado en un sistema socialista, al mismo tiempo se beneficia de un aumento relativo de ingresos, al poder fácilmente satisfacer necesidades que sector estatal no cubre. Pero esos artesanos o propietarios de restaurantes se ven amenazados ante el “peligro” de acumular riqueza y darles un uso productivo, debido a que la existencia prolongada de su empresa es bastante incierta y la vigilancia y espolio se incrementa a medida que son más exitosos. Así que la mayoría emplea sus ingresos en un mejoramiento de su nivel de vida mediante un consumo exagerado.
Esta actitud y conducta no difiere de la del burócrata, que sabe que sus privilegios y acceso a bienes y servicios escasos dependen de su cargo.
Si bien la propiedad estatal y privada pueden coexistir dentro de la misma sociedad, en el ambiente político, social e ideológico de los países de socialismo reformista se trata de una simbiosis incómoda, plagada de aspectos imprácticos y hasta potencialmente dañinos para el futuro y la vida del empresario que se destaque demasiado en su labor.
Es por ello que tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia por razones de supervivencia. La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por el mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático.
Por su parte, ese control burocrático lleva a cabo muchas de sus decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos y supuestamente ideológicos; en especial en el caso de Cuba, donde la ideología ha abandonado el canon para caer en la incertidumbre.
Una solución parcial a este dilema sería aumentar el papel del mercado y concederle mayor espacio a las actividades productivas privadas, de forma legal y dejando la vía abierta a la competencia y la iniciativa individual, sin una carga impositiva exagerada y sin el peligro de la arbitrariedad y el soborno. Solo que entonces, el éxito en el mercado tendría un valor superior a la burocracia y en última instancia conspiraría  —aunque no de forma declarada— contra el poder político. Nada hasta el momento indica que ello vaya a ocurrir en fecha cercana, todo lo contrario según se deduce hasta el momento del desarrollo del encuentro partidista.
Uno de los espías cubanos miembros de la Red Avispa, René González, comparó a Obama con el “flautista de Hamelín”, durante una de las discusiones del Congreso.
“Aquí estuvo el ‘flautista de Hamelín’ hace 15 días y vino a tocarle a nuestros hijos, para llevarse sus corazones. Tocó muy bien la flauta, porque tiene especialistas que le dicen cómo tocarla”, dijo González.
Quizá el agente y quienes lo escuchaban no supieron —o no se atrevieron— a captar el profundo alcance “contrarrevolucionario” de la frase y la comparación. Porque el flautista no llegó al pueblo por gusto, sino por la presencia, molesta y dañina, de los ratones.