sábado, 28 de mayo de 2016

Cambios económicos, represión y disidencia


A grandes rasgos, el debate sobre la oposición en Cuba se divide en dos tendencias: los que sostienen que los moderados cambios económicos que ha llevado a cabo el gobierno de Raúl Castro son el principio de una apertura mayor, cuya fecha aún es imposible determinar, por lo que todo se queda en una esperanza, y los que priorizan o exigen cambios políticos profundos en el sentido de un avance hacia la democracia que no se han producido y nada indica se llevarán a cabo de inmediato.
Hay también un importante sector, que considera que los cambios económicos y políticos deben realizarse de forma simultánea, pero que en definitiva termina situándose del lado de los exigen mayor libertad, o al menos cierta libertad.
En la actualidad lo que se escucha y lee sobre Cuba puede reducirse a la fórmula del vaso medio lleno de agua: quienes ven en cualquier iniciativa hacia la economía de mercado un avance libertario y quienes encuentran en una supuesta protesta, en cualquier pueblo de la isla casi perdido en el mapa, el comienzo de una oleada de manifestaciones y actos al estilo de lo ocurrido en la llamada “Primavera Árabe” y antes, durante la caída del Muro de Berlín que podrán fin al gobierno de los hermanos Castro.
En ambos casos veo el vaso más vacío que lleno. Las reformas económicas que ha instrumentado el Gobierno cubano y otras que comienza a poner en marcha junto a las aprobadas en la última reunión partidista son más importantes de lo que se quiere reconocer en Miami, al tiempo que se mantiene con igual intensidad la represión frente a cualquier manifestación pública contraria al régimen, aunque ahora se prefiera las “detenciones exprés” a los encarcelamientos por largos períodos.
Hasta ahora no es posible atribuir ni a las protestas ni a las reformas una capacidad sustancial de cambio. Vale decir que las segundas intentan mantener un statu quo y que las primeras no logran avanzar más allá de lo ocasional, la cuadra y la vivienda.
En este sentido quedaría conformado un cuadro en que, por una parte la protesta contra la falta de libertad y la ausencia de democracia encuentra su definición mejor en el terreno cívico y sobre todo moral, mientras que el interés por hacer avanzar los cambios económicos correspondería a intereses económicos y políticos nacionales, e incluso empresariales en el exterior de la isla.
Por lo general, a estas dos vías que buscan una transformación en el país le corresponden también dos participantes diferentes.
Quienes buscan estos dos objetivos diversos que pueden resultar contradictorios, pero no lo son en esencia se diferencian tanto en profesión como en simpatías y alcance de sus esfuerzos. Es decir, que tradicionalmente quienes sostienen una posición moral sin claudicación alguna siempre y cuando sus intenciones sean sinceras trascienden más en la prensa, en la literatura y la historia, pero menos en cuanto a resultados prácticos. Poetas, escritores en general y miembros de un exilio lleno de añoranzas integran sus filas. Mientras, en el otro bando se  encuentran los políticos en general, quienes representan o forman parte de los grandes intereses económicos, mercenarios de todo tipo para poner también la cara fea del grupo y hasta algún que otro activista y periodista más o menos astuto.
Sin embargo, en última instancia no resulta relevante contemplar en blanco y negro esta división. Es más, es incorrecto señalar un bando de buenos y otro de malos. Lo importante es no olvidar que aunque se alcen los gritos contra el oprobio la práctica avanza mucho más rápido, y sabe más, en la mayoría de los casos.
La complicación y también la complicidad en el caso cubano, es que ambas sendas no marchan por caminos paralelos, como resultaría normal desde una óptica impersonal, sino se cruzan, muerden y atacan a cada minuto.
Todo ello ocurre con la existencia de un exilio demasiado largo que lleva a preguntarse si la pasión por la patria no deja de ser un anacronismo y poderoso al mismo tiempo. Un grupo que durante una época fue capaz de influir y determinar políticas de otra nación, pero al mismo tiempo incapaz de conquistar Estado alguno. Un sector poblacional que hasta hace pocos meses alimentó la ilusión de que uno de sus miembros alcanzara la presidencia del país más poderoso del planeta, pero que ha fracasado sistemáticamente en igual empeño en su nación de origen. De paradojas, fracasos y triunfos, este exilio ha construido un destino, en apariencia al menos aún inconcluso.

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