domingo, 1 de mayo de 2016

Estado, clases sociales y elecciones


Alexander Pope dijo en una ocasión que el verdadero amor a uno mismo y a lo social eran la misma cosa. Desde entonces se han multiplicado los elogios a las bondades de la libertad del mercado como solución de los problemas.
Una economía impulsada por el egoísmo individual, que terminaría encauzando ese egoísmo hacia el bienestar social: el hombre está obligado a servir a otros a fin de servirse a sí mismo.
Olvida este enunciado que el egoísmo se expresa en la avaricia. La ganancia sin límites se persigue a diario, más allá de las preferencias partidistas, sin considerarse un vicio y elogiándose como una virtud: sin pudor ni decencia.
Lo cierto es que si teóricamente en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple oferta y demanda sino también por la propaganda y la prensa en general; los grupos de intereses que influyen en los órganos de gobierno y fundamentalmente las grandes corporaciones que en la práctica actúan como lo que son: controladores del Estado.
El debate sobre el papel del Estado en los procesos económicos tuvo dos vertientes durante la segunda mitad del siglo pasado. En la primera y de mayores consecuencias políticas fue un enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Pero también se desarrolló, y de forma destacada, dentro del mismo sistema capitalista.
La intervención del Estado, a fin de prevenir y solucionar las crisis económicas, fue la solución propugnada por John M. Keynes para precisamente salvar al capitalismo y evitar un estallido social que llevara a una revolución socialista.
De forma limitada Barack Obama aplicó el keynesianismo. Pero aunque Estados Unidos logró salir de una profunda crisis laboral y financiera —en parte gracias a la política gubernamental y en parte también por las características cíclicas del sistema— el mejoramiento de la situación económica solo ha llegado de forma extremadamente limitada a la clase media y a los pobres.
Quiere esto decir que de nuevo la economía estadounidense marcha a la cabeza del mundo, el desempleo ha disminuido sustancialmente y el déficit se ha reducido, así como la dependencia energética, pero ni la mesa ni al bolsillo del ciudadano de a pie se han visto beneficiados como en ocasiones anteriores.
Cuando un republicano habla de la creación de empleos, por lo general se refiere a
otorgarles todo tipo de ventajas a los inversionistas y empresarios, como una forma de alentarlos a “crear empleos”, lo que se traduce en menos regulaciones, desde las que tienen que ver con el medio ambiente hasta las condiciones específicas en que se realiza la labor.
El problema es que muchas de estas ventajas pueden resultar provechosas, para el enriquecimiento aún mayor de unos pocos, pero de poca o nula efectividad en el mejoramiento de los trabajadores tras la supuesta creación de tales empleos.
Un fantasma recorre la campaña por la presidencia estadounidense este año, tanto en el ala demócrata como republicana, y es la diferencia de beneficios entre la clase media y trabajadora y los empresarios y poderosos. El temor por el auge del tema es cada vez mayor en ambos partidos, por lo que reflejan las preocupaciones de sus electores y la presencia de dos aspirantes populistas pero de signo contrario: Bernie Sanders y Donald Trump.
Es casi imposible que Sanders logre la nominación y el establishment republicano sigue empeñado en impedir la de Trump. Pero con independencia de quienes resulten finalmente nominados, de la manera en que los candidatos intenten lidiar con el problema dependerá en buena medida el resultado electoral.

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