sábado, 7 de mayo de 2016

Los espías tranquilos

De los espías que trabajaron para la Unión Soviética, el matrimonio Cohen es un ejemplo donde la rutina de la labor sustituyó cualquier elemento heroico y el glamur siempre está ausente. Más allá del peligro rutinario de una actividad clandestina, poco da pie a una trama excitante, y apenas se puede decir más, salvo reconocer que actuaron por convicción hasta el final de sus vidas. Especular demasiado es tan válido como señalar el dejo de resignación siempre presente en un empleado de banco retirado.
Aunque la aventura estuvo siempre presente en los Cohen, al igual que los diversos destinos y la eficacia con la cual llevaron a cabo su trabajo. Fueron premiados por ello en el país al que sirvieron fielmente y que no fue su patria de nacimiento. Recibieron honores y murieron tranquilos. Lo que llama la atención es que el teatro, el cine y la literatura se han acercado a ellos de una forma casi tangencial, sin que hasta ahora despierten la atención necesaria a una variante británica de Bridge of Spies, una trama que por cierto no les es ajena.
Todo se resume en que los Cohen ejemplificaron una época, pero en esa fidelidad al tiempo —en esa falta de lo novedoso—, quizá radique que en la actualidad no se les recuerde. Una biografía recién editada puede que cambie esta situación.
Rostros del ayer
Morris Cohen nació el 2 de julio de 1910 en Nueva York, de padre ucraniano y madre lituana. La procedencia de sus padres, de países que han cambiado nombres, fronteras y pertenencia a lo largo del siglo pasado, y el origen judío, son dos factores que contribuyen a esa marca de época.
Sin bien estudió en Columbia University, tras graduarse en la Mississippi State University, no fue por méritos académicos extraordinarios sino gracias a una beca obtenida por sus aptitudes como jugador de fútbol americano.
Su participación en el Batallón Mackenzie-Papineau, durante la guerra civil española en 1937, es el hecho que lo define. En los archivos de la Brigada Abraham Lincoln aparece como periodista y soldado raso durante la contienda, organizador y líder de sección, entrenado en la lucha guerrillera y en comunicaciones.
España resultó mucho más que un ideal libertario. Allí conoce al bielorruso Aleksandr Orlov, una figura legendaria dentro del espionaje.
Orlov, que se dedicó a tareas mayores en suelo español, como supervisar el envío de 510 toneladas de oro para las arcas de Stalin, ser el protector de Ramón Mercader —que se convertiría en el asesino de Trotsky— y dirigir un campo de entrenamiento de 3.000 guerrilleros y una escuela de agentes de inteligencia, encontró tiempo para también convertir a Cohen en espía.
Orlov sí ha encontrado su lugar en un libro notable, que es más que su biografía: Deadly illusions, de John Costello y Oleg Tsarev. No es para menos. Durante más de una década logró eludir a Washington y Moscú y mantenerse en Estados Unidos. La apostasía, y más si es hacia dos frentes opuestos, siempre paga para la literatura.
Lo singular es que Orlov logró un acuerdo casi inverosímil. Cuando recibió una comunicación de que regresara a la URSS, y sospechó que iba a ser purgado, envió un mensaje al Kremlin: no revelaría secretos si no se “molestaba a mi vieja madre”. La mencionada singularidad radica en que ambas partes cumplieron con esa propuesta de acuerdo.
Cohen nunca se vio ante ese tipo de situación extrema y siempre fue fiel. Al regresar a Estados Unidos en el vapor Ausonia, el 20 de diciembre de 1938, tras ser herido en la contienda española, ya se había convertido en un espía soviético.
Para ello contó con la ayuda de quien sería por siempre su esposa. En 1941 se casó con Leontina Petra, activista del Partido Comunista de EEUU, correo del físico Theodore Hall, que laboraba en el Manhattan Project, y parte de un grupo de espionaje mucho más exitoso en el envío de secretos atómicos a la URSS que el célebre matrimonio Rosenberg.
El papel fundamental de la pareja de Morris y Lona, en el envío de información secreta sobre la bomba atómica, no vino a ser confirmado hasta muchos años después, cuando un artículo aparecido en 1991 en el semanario soviético Tiempos Nuevos, y escrito por el coronel Vladimir Matveyevich Chikov —un alto oficial de la entonces recién creada Oficina de Información Pública de la KGB— reconoció el papel decisivo del espionaje en la fabricación de la primera bomba atómica soviética.
Chikov fundamentó sus afirmaciones en la información contenida en el “Expediente 13676”, al cual habían tenido acceso solo seis personas en 50 años, y él era una de ellas.
Entre los documentos leídos por Chikov se encontraba una declaración de Cohen, que admitía su labor de espía y en ningún momento la consideraba un acto de traición, sino parte de su “lucha por la verdad y justicia universal”.
Una salida a tiempo
Los Cohen estuvieron trabajando en conexión con el “coronel Rudolph Abel ” —el espía soviético detenido y luego intercambiado que aparece en Bridge of Spies—hasta 1950, cuando de forma secreta partieron para la URSS.
El mensaje que recibieron de la KGB, por parte de un visitante inesperado fue simple y perentorio: “Dejen la luz encendida y desaparezcan”.
Reaparecen en pocos años en Gran Bretaña, luego de un tiempo en Nueva Zelanda, como supuestos ciudadanos canadienses. Para 1954 están instalados en 45 Cranley Drive, en Ruislip, donde acumulan una buena cantidad de materiales de espionaje, entre ellos equipos fotográficos, libros de códigos, una antena y un equipo de trasmisiones. Usan como cobertura ser los propietarios de una tienda de libros antiguos y utilizan los nombres de Peter y  Helen Kroger. Estaban en contacto con el espía soviético Gordon Lonsdale.
El 7 de enero de 1961 son arrestados, por formar parte de la red de espionaje soviética conocida como el Portland Spy Ring, que había penetrado la Royal Navy. El registro a su vivienda y librería dura siete días. Son condenados a 20 años de prisión.
Pero solo cumplen ocho años de cárcel. En 1967 la URSS admite que son espías a su servicio y en julio de 1969 son intercambiados por el británico Gerald Brooke, condenado a cinco años de prisión, cuatro de ellos en campos de trabajo forzado “por actividades subversivas anti-soviéticas en el territorio de la Unión Soviética”.
Los Cohen regresan a Moscú y durante décadas Morris se dedica a entrenar a los jóvenes futuros agentes en la recolección de información. Muere el 28 de junio de 1995. Su mujer había fallecido tres años antes.
En la URSS los Cohen fueron galardonados con la Orden de la Bandera Roja y la Orden de la Amistad de Naciones. Los dos aparecen, individualmente, en diversos sellos postales soviéticos. Luego de la disolución de la URSS, recibieron el título de Héroes de la Federación Rusa por parte del presidente Boris Yeltsin. Ambos disfrutaron de pensiones de la KGB hasta su último día.
Teatro, Cine y Literatura
Se acaba de editar un libro que relata la trayectoria de los Cohen como espías. Operation Whisper: The Capture of Soviet Spies Morris and Lona Cohen, de Barnes Carr. Décadas transcurridas, no solo de sus actividades más notables en el campo de espionaje sino de su muerte, por fin tienen la biografía que desde hace mucho tiempo atrás merecen. Es posible que la obra despierte finalmente el interés en esta pareja, al mismo tiempo ordinaria y excepcional. Pero por igual tiempo el tema no ha despertado la atención en el terreno de la ficción.
Lo que ha llamado la atención al teatro y al cine no han sido específicamente los detalles de la vida de la pareja de agentes, sino una situación singular que esta provocó.
En 1983 el autor británico Hugh Whitemore escribió Pack of Lies, que se representó en el circuito teatral londinense del West End, con actuaciones de Judi Dench y Michael Williams. La obra estuvo en Broadway durante tres meses y medio, en 1985, y por ella Rosemary Harris ganó el Tony a mejor actriz por su papel como la vecina de los Kroger (Cohen). En 1987 se realizó una versión cinematográfica para la televisión, con Ellen Burstyn, Alan Bates, Teri Garr y Daniel Benzali (como "Peter Schaefer (Peter Kroger/Morris Cohen).
Sin embargo, la trama no se centra en el matrimonio de espías sino en los vecinos y amigos de la pareja, cuya vivienda es utilizada por los servicios de contrainteligencia británica para vigilarlos, y como esa doble existencia (no de los espías sino de los vecinos y supuestos amigos) altera y gradualmente destruye la vida de estos durante ese tiempo en que se mezclan la paranoia, la sospechas y los sentimientos de traición.
Hay otro libro donde también aparecen los Cohen, pero no son protagonistas.
En su papel de supuestos vendedores de libros antiguos son mencionados por la escritora estadounidense Helene Hanff, como amigos del también librero Frank Doel, el personaje que recibía las cartas y los pedidos de títulos de literatura inglesa difícil de adquirir en Estados Unidos, que es uno de los dos protagonistas de la novela 84 Charing Cross Road (la propia autora es el otro), adaptada posteriormente al teatro y llevada al cine en una excelente película, con Anne Bancroft y Anthony Hopkins en los papeles principales.
Según el conocido autor de bestsellers, Eric Frattini, la librería de los Cohen estaba especializada en obras de sadomasoquismo y tortura. A Frattini siempre hay que leerlo con mucho de entretenimiento y más de una pizca de incredulidad. Difícil adoptar como cobertura un tema que para algunos puede despertar desconfianza, y más en aquella época.
De ser cierta la afirmación de Frattini, e incluso como ficción, sería un buen ángulo literario o cinematográfico: el otro lado oscuro de un matrimonio de apariencia sencilla, pero que buena parte de su vida vivió en la sombra, aferrado a un ideal que era —fundamentalmente y desde cualquier ángulo ético y no ideológico— también una traición.