domingo, 29 de mayo de 2016

¿Una elección excepcional?


A partir de las dos convenciones partidistas, el hablar a favor de la clase media definió la última campaña presidencial de este país. Ahora el tema ha estado presente desde las primarias, pero al igual que en la contienda anterior es más un eslogan político que un análisis profundo.
No fue esta clase en sí lo que interesó primordialmente a los dos candidatos presidenciales entonces, sino la asociación establecida que entre ella y el votante independiente, neutral o indeciso.
En un proceso que se ha caracterizado por una polarización extrema, cabe preguntarse hasta dónde se han creado barreras que impidan esa vuelta al centro, necesaria hasta ahora para ganar en las urnas de este país.
Mucho se ha hablado del carácter excepcional de esta campaña, de la irrupción en la misma de dos políticos populistas de tendencias contrarias y de como este hecho hace posible esperar cualquier cosa. ¿Pero es realmente así?
Tanto el magnate Donald Trump como el senador Bernie Sanders se han empeñado en pasar por alto lo limitado de sus acciones para detener el declive de esa clase media —como tradicionalmente se le ha entendido— y lanzar promesas que no podrán cumplir, de llegar a la Casa Blanca, sin cambiar las características del sistema democrático. En última instancia, ambos prometen una revolución —Sanders lo dice abiertamente—, pero de rumbos contrarios.
El problema con dejarse seducir por tales utopías es que ambas apuestan al pasado. Se habla de que el electorado de este país ha cambiado en sus exigencias, necesidades y aspiraciones, pero aún está por verse como se definirá este electorado en general, que incluye el voto independiente, más allá de los ya definidos entre ambos partidos.
El crecimiento de la clase media siempre fue el colchón para atajar las desigualdades, el antídoto perfecto ante la lucha de clases y la esperanza de millones. Ahora, tras la guerra fría, un desarrollo tecnológico impresionante y un avance sostenido del comercio global, el mundo asiste una época de crecimiento de las desigualdades económicas y sociales. No solo en Estados Unidos, también la clase media ha disminuido, o ha visto mermados sus beneficios, en Europa. Y en igual sentido se ha producido un auge del populismo de ambos signos. La amenaza terrorista, la crisis migratoria y el aumento de la violencia se han mezclado —y han sido utilizados— para encausar por otras vías la esencia del problema: la inseguridad laboral y la reducción de los mecanismos creados décadas atrás para garantizar el futuro de los ciudadanos. Pero auge del populismo no quiere decir triunfo. La puerta para que ello ocurriera sería la victoria de Trump. Algo así como un “gobierno chavista” en Washington.
La verdadera gravedad del problema es que de momento no hay soluciones fáciles o posibles a la vista. Pero ello por supuesto no se atreve a decirlo ningún político. Vale la pena recordar que en la elección anterior, las promesas tanto del perdedor como del ganador no se cumplieron. Ni evidentemente Estados Unidos volvió a los 50 como deseaba Romney, ni a los 90 como quería Obama.
Hasta ahora la contienda electoral ha marchado de forma contraria a la actual distribución demográfica del país. Tanto los simpatizantes de Trump como los de Sanders pertenecen en su mayoría a la raza blanca, definiéndose por sus diferencias de escolaridad, pero compartiendo una base común de origen. Pero este panorama cambiará fundamentalmente cuando se entre en la verdadera campaña electoral. Entonces será el momento en que se sabrá hasta dónde el electorado estadounidense está a favor de una revolución, con nombre o sin nombre, o de las vías más tradicionales de transformación, que siempre han terminado por imponerse en este país.

Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 30 de mayo de 2016.