domingo, 26 de junio de 2016

Pobre Trump


Para Donald Trump la contienda por la presidencia, no importa si gane o pierda, es un negocio más. Aunque su campaña parece estar en bancarrota.
No hay nada extraño en ello, si se conoce su trayectoria empresarial, y tampoco hasta el momento nada ilegal. Lo singular, en el caso de Trump, es que por lo general no arriesga su fortuna. Es más, incluso cuando pierde gana. Podrá tener un récord de bancarrotas en sus negocios, pero ello no ha significado que ha salido más pobre de ellas.
Cuando alguna de sus empresas van mal, enseguida se asegura de poner a salvo sus finanzas, de obtener préstamos —que una vez que las empresas son declaradas en bancarrota no tendrán que pagarse— para cobrar sus sueldos millonarios o recuperar el dinero que ha invertido o los fondos que ha facilitado.
Al final siempre es lo mismo: los contratistas se quedan en la ruina, ya que no pueden cobrar por las edificaciones realizadas; los inversores pierden, porque las acciones se desmoronan estrepitosamente, y los empleados se quedan en la calle. Pero la fortuna de Trump sale magnificada. Así ocurrió con sus negocios en la ahora arruinada Atlantic City.
En la actual lid electoral, Trump va por el mismo camino. Los documentos de recaudación muestran que utilizó millones de dólares de sus fondos de campaña para pagar a sus propias empresas y familiares, según la Associated Press.
Todavía están frescas las imágenes del aspirante durante las primarias, durante un discurso en Mar-a-Lago, un club privado en Florida que utiliza como su casa vacacional; las botellas de agua marca Trump distribuidas a los participantes; la imagen del magnate con su avión personal al fondo.
Era lógico pensar que para una persona que alardea de que su fortuna asciende a $10.000 millones toda esa exhibición no fuera más que una demostración de su riqueza.
Nada de eso: puro negocio. Trump se estaba vendiendo a sí mismo.
Al final de mayo, su oficina electoral había pagado alrededor de seis millones de dólares por productos y servicios de la corporación Trump, según muestra una revisión de los reportes financieros. Eso representa casi 10% de sus gastos.
La campaña pagó $423.000 por el uso de Mar-a-Lago; $26.000 en enero para alquilar una instalación en el Trump National Doral, su campo de golf en Miami; otros $11.000 en el hotel de Trump en Chicago; $520.000 en alquiler y uso de servicios a Trump Tower Commercial LLC y a Trump Corporation; aproximadamente $5.000 a Eric Trump Wine Manufacturing LLC, que ofrece vinos de Virginia con el nombre “Trump” escrito con letras gruesas sobre las botellas; $4,7 millones por gorras y camisas adquiridas a Ace Specialties, compañía propiedad de un miembro de la junta directiva de la fundación caritativa de su hijo Eric Trump.
El mayor pago a una empresa de Trump fue de $4.6 millones de dólares a TAG Air, la compañía controladora de sus aeronaves.
Imagine por un momento a Ronald Reagan o a George W. Bush, hablando al país desde sus respectivos ranchos y cobrando un alquiler de la propiedad por ello. Nunca ocurrió.

Imagine algo peor. Trump es electo presidente. Por ley un presidente estadounidense deja a un lado sus negocios para dedicarse a los problemas de la nación, pero con Trump siempre cabe la duda; porque si no está él están sus hijos para atender las empresas: todo queda en familia. Con Trump cabe esperar cualquier cosa, desde preferir dirigir al país desde la Trump Tower en Manhattan hasta desechar Camp Davis en favor de Mar-a-Lago, y por supuesto cobrar el alquiler por ello. En cualquier caso, es lo menos malo que podría ocurrir durante su mandato.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 27 de junio de 2016.

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