sábado, 30 de julio de 2016

Por qué me sigue gustando Donald Trump


Se equivocan los que afirman que no me “gusta” Donald Trump. Creo que esta es la primera columna que publiqué sobre el personaje —cuando era apenas un aspirante a la nominación presidencial por los republicanos— en El Nuevo Herald. La reproduzco ahora, con sus aciertos y un vaticinio hasta el momento errado  (el candidato republicano elegido no parece intentar mostrarse centrista, aunque la campaña nacional ahora comienza). Simplemente para reafirmar que me sigue “gustando” Donald Trump.

Por qué me gusta Donald Trump
Me gusta Trump porque ha puesto a las claras lo que ha sido por décadas la campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos, tanto para demócratas como para republicanos: un espectáculo frívolo.
Esto, por supuesto, no quiere decir que comparta sus ideas ni que lo considere un candidato perfecto —ni siquiera es un candidato imperfecto—, así como tampoco creo que se ha atrevido a ello por coraje. Simplemente es algo natural en él.
No se puede suponer otra cosa de alguien vinculado económicamente a los negocios del juego, los concursos de belleza, los reality shows y los bienes raíces.
Si el electorado estadounidense carece tanto de juicio como para elegirlo presidente es otra cuestión. No lo espero, pero es capaz de entretenernos por varios meses, sobre todo en la época veraniega, que se caracteriza por la ausencia de noticias.
Así que para los periodistas Trump es una especie de bendición en medio del bochorno y no debemos ser mal agradecidos. Sin tiburón a la vista, el “Verano de Trump” está logrando que la temporada sea más entretenida.
Me gusta Trump porque obliga a bailar al tono de su música al resto de los aspirantes a la candidatura republicana, incluso cuando prefieren no mencionarlo, y eso es bueno para poner fin a tanta hipocresía.
Lo mejor de Trump es que hasta ahora ha limitado el debate republicano al tema de inmigración, que es un tema de desgaste para dicho partido, y está encerrándolo en un escenario tipo western de los años cuarenta: los mexicanos como peones o bandidos como único papel disponible. O simplemente elevando a nivel de campaña presidencial aquel enunciado de Jorge Luis Borges al referirse a las 21 muertes achacadas a Billy The Kid: “sin contar mexicanos”.
El Partido Republicano es antiinmigrante y punto. Lo demostró en la anterior campaña presidencial y no se puede quitar esa carga de arriba.
Estamos asistiendo a igual repetición de un fenómeno de desgaste, que obliga a los políticos de dicho partido a competir por ver quién asume una actitud retrógrada más fuerte durante las primarias, para luego intentar quitarse el sombrero y mostrarse centrista y partidario de la clase media cuando llega la contienda nacional, bajo la asunción de una falta de memoria de los votantes —en el mejor de los casos— o simplemente aferrados a la creencia de que quienes acuden a las urnas son estúpidos.
No hay más que leer las últimas declaraciones del exgobernador Jeb Bush, a favor de la tortura, para percatarse de que la historia universal de la infamia trata de escribirse dos veces.
Me gusta Trump porque hace un alarde de que su pensamiento político es de una simpleza aplastante, y que todo puede juzgarse bajo la óptica del alarde del dinero: “A Hillary Clinton le dije ‘Ven a mi boda’ y vino a mi boda. No tenía elección. Yo había donado a su fundación”, explicó Trump, quien usó este ejemplo, protagonizado por él mismo, para probar que “el sistema está roto”. Así de simple.
Me alegra Trump al reivindicar sin saberlo a Ernest Hemingway. Cuando Scott Fitzgerald le dijo a Hemingway que los ricos eran diferentes, éste se limitó a responder: “Sí, tienen más dinero”.
Me complace Trump porque está haciendo visible una realidad que durante años los retrógrados vienen explotando, pero que aún no se deciden a decir abiertamente, y es que el Partido Republicano está fracturado y su final es dividirse, escindirse irremediablemente.
Trump amenaza con presentar una candidatura independiente si no resulta nominado por dicho partido como candidato. Una derecha dividida se minimizaría en las urnas.
Me gusta Trump porque demuestra, con su popularidad en las encuestas, que los republicanos son en buena medida homofóbicos, detestan a las lesbianas y no se limitan a rechazar el matrimonio homosexual, sino son profundamente machistas; lo cual servirá además para que pierdan muchos posibles votantes.
Me apetece Trump como el político de la “no-política” que no hace más que decir sin tapujos lo que otros republicanos no dicen pero hacen: el obstruccionismo, la intención manifiesta de ser capaces de destruir al país —ya una vez, al menos, lograron paralizar al Gobierno— con tal de que al presidente Barack Obama le salgan mal las cosas. Un partido de la destrucción es lógico que tenga como favorito a un candidato destructivo.
Además, la campaña de Trump está contribuyendo cada vez más al necesario distanciamiento ideológico entre los dos principales partidos. Cada acción suya genera una reacción a la izquierda dentro de los demócratas. Y eso es bueno.
Me gusta especialmente Donald Trump porque ha obligado a tanto opinador de derecha —y ultraderecha más o menos tapada— al socorrido ejercicio de escribir en su contra, con lo cual dejan descansar por un rato a Hillary, quien a su edad al menos merece ese respiro.
Me gusta Trump, en fin, porque si logra la candidatura republicana para la presidencia será una derrota total, aplastante en las urnas. Y eso me hace feliz.

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