martes, 2 de agosto de 2016

El poder y el escritor


Stalin consideraba a los escritores y artistas tipos impredecibles. Gente voluble, de una naturaleza sumamente peligrosa. Prisioneros que admiten demasiado fácil las culpas inventadas, pero que de igual forma luego se retractan. Siempre prefirió matarlos de forma callada.
Demasiados revolucionarios en Cuba han añorado ser escritores. Memorias, testimonios y diarios de combate terminaron por llenar los estantes de las bibliotecas y por crear una bibliografía que consume una enorme cantidad de tiempo. Encontrar un dato o una cita que merezca la pena es una labor cada vez más ardua.
Primero fue Ernesto Che Guevara, con ataques sin tregua —“El pecado original de los intelectuales cubanos es que no son verdaderos revolucionarios”— y una vocación a veces frustrada por convertir en literatura sus recuerdos de guerras. La realidad terminó por superar la frase del guerrillero: lo peor de muchos revolucionarios cubanos es que han pretendido ser intelectuales. Pero el Che era un hombre altanero.
Fidel Castro se apropió de un libro ajeno por varias semanas de su larga convalecencia. Convirtió una larga entrevista y un montón de declaraciones en una especie de testamento literario. Luego ordenó una segunda edición de la obra y se dedicó a firmarla y regalarla a invitados extranjeros. De pronto el libro era suyo. Lo había nacionalizado, intervenido, incorporado al patrimonio de la Isla. Y todo ello simplemente para hacer realidad una afirmación anterior. Al salir publicada la autobiografía de Gabriel García Márquez confesó su envidia literaria. Quien era entonces gobernante y comandante en jefe —y lo había sido, inflexible, por décadas— confesó con modestia fingida y tardía que, de reencarnar, preferiría nacer como escritor.
Aquella declaración fue un desprecio más a la nación cubana. Con ella echó por la borda su afán de lucha y cambios sociales. Reconoció que todo lo hubiera cambiado por una labor más íntima: una novela bien escrita, un verso logrado, el cuento que se vuelve a leer con agrado semanas o años después de publicado. Se limitó entonces al deseo de una tarea no emprendida. Culpó a la historia de tener que ser gobernante por tantos años. Ya enfermo, quiso reparar ese error del destino. Se dedicó a apoderarse de la labor de un periodista, para ilusionarse con una vocación que nunca desarrolló. Quizá ahora, encerrado y enfermo, imagina poemas que nunca podrá escribir. 

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