miércoles, 17 de agosto de 2016

Farsa y bochorno en la discusión sobre Cuba



El encuentro televisivo reciente —llamarlo “debate” es tergiversar la palabra— entre José Daniel Ferrer y Edmundo García, conducido por la periodista María Elvira Salazar en Mega TV, evidenció el despetronque, desde el punto de vista político e ideológico, en que ha caído del tema cubano.
El objetivo loable de poner a dialogar a dos figuras, mediáticas para los estándares de Miami, sirvió una vez más para poner al descubierto —pese o gracias al interés por conquistar audiencia de la emisora— ese descenso vertiginoso que desde hace años experimentan ambos extremos del espectro político referido a Cuba. Lo que se intentó presentar como discusión se redujo casi siempre, y por ambas partes, a un intercambio de lugares comunes, frases hechas, reproches manidos e intentos vanos de desacreditación mutua.
Lo lamentable no es lo que dicho despliegue de necedad pudiera representar para el futuro de la isla, porque en resumidas cuentas los interlocutores poco significan para dicho futuro, más allá de cierto rol limitado al espectáculo local, sino la contribución a limitar cada vez más la discusión visible sobre la situación cubana al choteo elevado a la categoría de problemática nacional. Por omisión, sumisión o desdén al enfoque serio, el fenómeno se repite en ambas costas del estrecho de la Florida. Interminables loas al “Comandante en Jefe” en la prensa oficial de la isla; banalidad en la televisión de esta ciudad.
Bajo esa óptica, cabe la sospecha de que tanto Washington como La Habana prefieren contribuir, aquí y allá, al esperpento como mecanismo de inmovilidad: con figuras así —elegidas no por su capacidad de referir sino por la posibilidad financiera que les permite desempeñar tal papel— poca ilusión queda para abandonar la espera.
Más lamentable aún si se toma en cuenta que los dos personajes aparentan simbolizar, o al menos juegan dentro de escenarios surgidos en fechas relativamente reciente, y que con su presencia —por edad, historial y supuestos grupos de referencia— serían, pudieran o aspiran a convertirse en nuevos actores dentro de dicha problemática.
Ese posible activismo —no importa que se ejerza de una manera clara o se encubra desde el ejercicio periodístico— ha nacido viciado por un aspecto que los delata, en acciones más que en palabras. En ambos casos sus posiciones, aparentemente asumidas de cara a situaciones nuevas —el ejercicio de una oposición pacífica a pesar de la fuerte represión en la isla y la práctica de un discurso acorde a La Habana en la ciudad de Miami—, no se trasladan a una práctica innovadora, porque esos supuestos marcos de referencia con los que intentan fundamentar su discurso no se complementan con su base de sustentación.
En última instancia todo se reduce a que sus grupos de referencia no son los mismos que sus grupos de pertenencia.
Es por ello que el supuesto debate, en vez de girar sobre la Cuba del presente y del futuro, volvió a caer una y otra vez en el pasado.
Dentro de lo que podría caracterizarse como dinámica del intercambio, García dominó a las claras. No solo por su capacidad para lo que podrían considerarse los mecanismos de este tipo de debate en Miami, sino fundamentalmente por la incapacidad de su oponente para trascender esos términos. Fue capaz de llevar al titubeo a Ferrer sobre el tema Posada Carriles, cuando la respuesta clara e inmediata de este debió haber sido el deslindarse de una figura con la cual no solo no es posible identificarlo de forma directa, sino que resulta completamente ajena en estos momentos a la situación cubana. Consiguió además que Salazar se desdijera sobre la “golpizas” en los videos de las manifestaciones opositoras. Supo aprovecharse de un viejo vicio del discurso de exilio: repetir clichés, frases hechas y sin sustentación en imitación a lo que se hace en Cuba: el discurso democrático exige responsabilidad, incluso en Miami.
Remitir a Posada Carriles, aprovechando y dando por sabido el nexo en el pasado de la Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA) con el terrorista, es una trampa recurrente, pero también fácil de desenmascarar: en la actualidad los fondos de Washington al grupo de los derechos humanos de dicha organización no se destinan a acciones terroristas. Puede cuestionarse la dependencia dichos fondos, pero dicho cuestionamiento no debe incluir una vinculación con el terrorismo. Si el actual Gobierno estadounidense ha sacado a Cuba de la lista de países terrorista, por qué La Habana no hace lo propio y saca de “su lista” a la FNCA. Si argumentar sobre el pasado no es válido cuando se trata de valorar en ese terreno al régimen cubano, por qué es válido referirse a esa otra época para el otro bando.
García, que este aspecto de la discusión pudo recurrir impunemente a la mentira —negar que el terrorismo en las ciudades fuera una práctica del Movimiento 26 de Julio para aliviar la presión de la lucha en las montañas—, ante la falta de respuesta apropiada de Ferrer, por desconocimiento o desinterés.
Lástima que ambos no supieran —o no pudieran— escapar de dicho encierro, cuando precisamente ha sido el cambio de situación generado a partir de una nueva actitud por parte de la Casa Blanca lo que les ha permitido a los dos ampliar su presencia ante las cámaras de la televisión de Miami.
Es por eso que, a falta de planteamientos serios sobre lo que ocurre en Cuba, la discusión se limitó a los intentos de descaracterizar al contrario, el retroceso a trincheras vacías, incluso el chiste ocasional y una lamentable ausencia de guardar las distancias. Todo ello pese a los esfuerzos, en ocasiones inútiles, de la moderadora.
Si se recuerda, como ya se ha señalado, que la misma periodista participó en un debate entre Ricardo Alarcón, entonces presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, y Jorge Más Canosa, en esa época chairman de la FNCA, poca esperanza queda.
Repetir que el envejecimiento del proceso cubano ha afectado no solo los círculos del poder en Miami, sino también al liderazgo del exilio y de la oposición pacífica no pasa de una perogrullada. Pero constatar ese deterioro no debe dejar de alarmarnos.
Se puede argumentar que la remisión al pasado resulta inevitable ante la permanencia del sistema establecido tras el 1ro. de enero de 1959. Cabe señalar que ambas esferas cuentan con representantes de mayor calibre intelectual. Nada de ello elimina el destacar que el descenso a niveles de sobrevivencia elemental, al referirse a Cuba, empaña el propio objeto de discusión.
Jorge Mañach, en su Indagación del choteo, criticó las funestas consecuencias —en el orden moral y cultural— de una práctica que no podía justificarse sino como “un resabio infantil de un pueblo que todavía no ha tenido tiempo de madurar por su cuenta”;  desde “el arribista intelectual que ha sentado plaza de maestro” hasta “el político con antecedentes impublicables”.
Lo peor no es convertir la política en broma, algo que puede resultar saludable, sino limitar el discurso a una broma transformada en política. 

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