viernes, 19 de agosto de 2016

La comezón del exilio


A veces en el exilio a alguien le entra una especie de comezón, natural y al mismo tiempo extraña, y comienza a manifestar un anticastrismo elemental, que repite viejos dichos y esquemas que ese mismo que sufre el padecimiento ahora, en otra época no solo rechazó sino se rio de ellos. U ocurre lo contrario, y el que es víctima del mal de pronto encuentra coincidencias y virtudes en lo que hasta ayer le producía repugnancia. No se trata de un problema ideológico, de cambio de posición y mucho menos hay una epifanía. Quizá la explicación sea más simple: cansancio, aburrimiento, ganas de ser distinto. Confieso no ser ajeno al síndrome, en ambas manifestaciones. Temo también que no exista inoculación, que una y otra vez el fenómeno se repita. Es posible que haya algo de envidia en ello, que se añore no ser como aquellos que se han mantenido firmes, en uno u otro sentido. El hecho cierto es que la comezón no respeta edades, ni años o décadas de exilio, por lo que puede afirmarse que casi nadie está a salvo de ella. La ciencia, por su parte, no la toma en cuenta. No figura en los manuales médicos al uso y hasta el momento ningún seguro la cubre. Tampoco aparece en los cultos más o menos esotéricos. La astrología ni siquiera la desprecia y los brujeros están ocupados con otras cosas. He pensado que  es posible que sea consecuencia del cambio climático, pero hasta ahora no he encontrado una institución, universidad o academia que esté dispuesta a dedicarle parte de su presupuesto.

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