lunes, 15 de agosto de 2016

La silla


Fidel Castro cambió el trono por la silla. Acabamos de verlo en el acto en su honor, por cumplir 90 años, en un teatro de La Habana. La silla, omnipresente y ajena, interrumpe la fila de butacas. Uno se pregunta qué fue necesario para tenerla allí: simples destornilladores, sopletes de acetileno, soldadores de arco. Es lo de menos. Donde quiera que Fidel Castro va, también va su silla. Podría pensarse en necesidades de la edad, comodidades requeridas por un anciano, estampa de decadencia, pero es más que ello: es un símbolo del poder.
Los griegos colocaban tronos adicionales, vacíos, en los palacios reales y los templos de modo que los dioses pudieran estar presentes donde quisieran estar. Los romanos tenían dos tronos, uno para el emperador y otro para la diosa Roma, cuyas estatuas fueron asentadas sobre los tronos y los convirtieron en centros de adoración. El trono del emperador de China fue visto como el centro de la Ciudad Prohibida, que era el centro del mundo. La serie de puertas y de pasos que un visitante necesitaba traspasar antes de alcanzar al emperador fue diseñada para sobrecoger.
Una silla acompaña a Fidel Castro a todas partes. Aparece en las fotos de las visitas de mandatarios extranjeros en su casa; en las celebraciones públicas de estos diez últimos años, cuando ha participado en la presentación de un libro o en cualquier homenaje público; también en sus reducidas apariciones en la Asamblea Nacional de Poder Popular.
Para Castro, un asiento tiene gran importancia. Cuando el niño Elián González se encontraba en Miami, el entonces gobernante cubano visitó su escuela y declaró “intocable” la silla de Elián.
De espaldar más alto que las demás del salón plenario, tapizada en cuero beige, la silla de Fidel Castro permaneció vacía cuando su hermano Raúl fue electo presidente. “Fidel es insustituible”, dijo en su discurso el nuevo gobernante.
Entre julio de 2006 y diciembre de 2007, durante tres reuniones ordinarias del Parlamento cubano, la silla de Fidel Castro permaneció vacía. Una botella de agua, cerrada, inútil y sin destinatario, contribuyó al simbolismo.
El encerrarse en un sitio exclusivo, distinto al común de los mortales, es propio de monarcas y papas, aunque ahora algunos reyes lo rechazan. Los políticos electos —en parte por obligación e hipocresía— tratan de brindar la imagen de no caer en ello.
Uno contempla a Christian Thielemann dirigir una obertura de Wagner. Finaliza la ejecución y la cámara cambia, muestra a Joseph Alois Ratzinger, sentado en una especie de trono, colocado en medio del pasillo que permite la entrada a dos filas de lunetas. El pontífice aplaude con parsimonia estudiada y la curia a su alrededor lo imita con prudencia, incluso con cierto temor a extralimitarse o quedarse corta en el entusiasmo. Aislado y al mismo tiempo parte de la representación, compitiendo con ella como la esencia del verdadero espectáculo. Único y rodeado de seguidores, como un papa laico, Fidel Castro convierte la celebración de su cumpleaños en reafirmación y acto político, imponiendo su presencia, que es el pasado.

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