viernes, 12 de agosto de 2016

Los nuevos cubanoamericanos por Trump


No sé la cifra. Quizá se conocerá después de las elecciones. Impresiones y anécdotas. A eso se reduce todo. Comentarios, detalles. Pero es un fenómeno interesante. Algunos —¿varios?, ¿muchos?, repito que el número actual no me es posible precisarlo— cubanos que han llegado a este país en los últimos diez o quince años son fanáticos de Donald Trump, incluso antes de saber que existía. Si son ciudadanos y logran votar —otro detalle que ignoro—, el magnate tendrá que agradecérselo a Fidel Castro. Solo que este detalle ni lo sabe ni le interesa.
Las causas de ese fanatismo —lo siento, pero no tengo una mejor palabra para catalogarlos— hay que buscarlas en su formación. Es lamentable, pero se debe agregar que esa formación no fue buena. Por supuesto que no es su culpa, pero tampoco tiene que ser su condena. Quizá un día lo superen. Por otra parte, no soy optimista; nunca lo he sido, así que para mí por el momento están condenados: son incapaces de comprender a este país.
A quienes me refiero están formados por una mezcla extraña: han asimilado, aunque no comprendido, lo peor de dos mundos. Impedidos de distinguir matices. No es que lo vean todo en blanco y negro. Es algo peor. No fueron creados en un mundo donde la posibilidad de cambiar las circunstancias —políticas, sociales, económica— se consideraba, al menos, una utopía; algo peor, una idea, una actitud, una conducta peligrosa. Así que desde el principio decidieron que su única opción era sobrevivir a cualquier precio.
En muchos casos alejados de su familia, conviviendo con ajenos a los que no era prudente tratar como simples amigos e incluso compañeros —esa palabra tan desvirtuada en Cuba, donde, a diferencia de España, carecía de valor por completo, al punto de que en la actualidad se ha suprimido totalmente—, y pasaron años con “tías y tíos” en los albergues, profesores en las aulas, militantes como ellos en las reuniones políticas, parejas por una noche en una cama o un surco: siempre con desconfianza, con miedo a la traición; nunca manifestando su verdaderos sentimientos, sus objetivos en la vida, si es que tenían alguno: fueron desclasados, despolitizados, desposeídos, y por supuesto maltratados.
Luego llegaron a un país donde no comprenden que beneficios, derechos e incluso privilegios no han caído del cielo, sino que han sido necesarios años, décadas, siglos para conquistarlos. Y lo primero que les ocurre es que son desagradecidos, pero sin saberlo. En resumidas cuentas, la vida en Cuba los llevó a siempre fingir un agradecimiento que ellos creían —y tenían razón en ello— carecía de méritos. Fidel, Fidel, Fidel, y repetirlo resultó fácil porque la palabra no tenía valor. Oponerse no solo era inútil, sino también tonto: un riesgo innecesario propio de idiotas. Y así desarrollaron su capacidad de la forma más primitiva: lo elemental de la ley de la selva.
No es extraño que en esa selva, tan adentrada en su mente, Trump sea una especie de león al que se respeta: la crudeza, el desplante, el desprecio, incluso la violencia algo que reconocer y admirar.
Trump es el caudillo, el guía, el jefe, pero con una diferencia fundamental para ellos: es el “máximo líder” que se elige, no que les cayó impuesto desde antes de que nacieran. Y hay regocijo precisamente en ello: que Trump no se calle nunca. Mientras más barbaridades más regocijo. Un líder al que aplaudir y seguir alegremente, y si sale malo poco importa, porque de otro peor fueron capaces de escapar.
Trump está en contra del “sistema” —no se dan cuenta, por supuesto, que Trump es “el sistema”— y que bueno es estar al fin en contra del “sistema”, sin por otra parte tener que arriesgar nada. Trump los llena de una satisfacción que creian perdida, que nunca soñaron poder alcanzar en Cuba. Claro que en Miami es muy fácil estar en contra del Presidente —y es bueno que así sea—, pero mejor aún que pueda alardearse de ello y convertir entonces un derecho democrático en una pequeña rebelión. Rebelión a la que nunca aspiraron en Cuba.
Mejor todavía aterrizar en un lugar donde se pueden reclamar derechos y al mismo tiempo no tener conciencia de que hay que pagar por ellos. Más bonito todavía el estar dispuesto a negarse a contribuir a que otros los tengan también.
Lo primero es que Trump no es un “político”. Está aspirando a la presidencia de este país a través del mecanismo establecido democráticamente para lograrlo y siguiendo —es verdad que en ocasiones a regañadientes— los métodos creados para ello y doblegándose  a ese partido cuando no le ha quedado más remedio —por oportunismo y por cobardía— que nominarlo; pero dice que no es “un político”, y que dulce resulta creerle.
Lo segundo es que Trump es un pillo, pero eso lo saben y es otro motivo más para admirarlo: porque en Cuba se acostumbraron que los pillos eran quienes vivían mejor, y si se puede ser pillo sin peligro, y sin ser “político”, pues mucho mejor todavía.
Además de que Trump es rico y se hizo rico a sí mismo —su herencia, $10, $100 millones como él dice, se olvida enseguida—, sin necesidad de ser “político”, sin tener que militar en partido alguno para tener casas y edificios en donde quiere y viajar a donde quiere y comprar lo que quiere. Ni siquiera Fidel ha tenido tanto y Trump lo ha tenido sin tener que meterse en la política. Si se mete ahora es porque quiere. Y qué bueno eso de poder hacer lo que a uno le da la gana.
A Trump los otros lo envidian, pero ellos no envidian a Trump. Saben que nunca serán como Trump y no les preocupaba mucho, aunque en el fondo lo quisieran. Lo que de verdad saben que pueden es soñar con Trump, junto a Trump, y que delicioso es compartir el sueño de Trump.
Pero lo mejor de todo es reírse de los que dicen que Trump miente y que es irracional y que es despótico y traicionero y vengativo, porque todo eso les deleita de Trump, que en resumidas cuentas sabe como joder a otros y no le pasa nada.
Durante los años 90 y a principios de este siglo se creyó que iba a producirse un cambio político en Miami, y que la intransigencia de que tanto se acusaba y se acusa al llamado “exilio histórico” —con razón y sin ella— iba a desaparecer; que el aislamiento hacia Cuba —en su totalidad y no solo por razones políticas hacia el Gobierno de La Habana— desaparecería. El cambio demográfico y la biología producirían una transformación en Miami. Los demócratas se ilusionaron y los republicanos estaban asustados.
Los republicanos vieron el peligro e intentaron atajarlo —limitar contactos, remesas, viajes, incluso la llegada de más cubanos— y estaban en lo cierto en sus temores. Los demócratas se limitaron a repetir esa vieja tendencia que los sigue afectando de no hacer mucho y esperar que los nuevos electores le cayeran no del cielo sino de Cuba.
Pues bien, vino el cambio y viajar a Cuba cada vez es más fácil y frecuente y el dinero corre a conveniencia y los padres y niños en la isla no tienen que preocuparse ni siquiera por los uniformes, simplemente pedirlos a Miami. Pero no hay más demócratas, ni más republicanos, al menos no gracias a los “recién llegados”, y lo que hay es más independientes, gente que no se afilia ni a un partido ni al otro. Imposible determinar de momento si esa tendencia en el Miami actual se debe a un solo factor. Posiblemente no. Por otra parte no hay nada criticable en ser independiente y votar ahora por unos y luego por otros o por los dos a la vez según convenga. ¿Pero no cabe la sospecha que tras esa tendencia se encuentre también una actitud hacia el no comprometerse? ¿A evitar el descubrirse con una etiqueta, una clasificación, una categoría?
A lo que sí ha contribuido este cambio demográfico es a un hecho insólito hasta hace unos años: el tema Cuba ha quedado fuera por completo de la campaña presidencial.
Quienes han crecido en la isla después del 1ro. de enero de 1959 han estado demasiado “politizados” y huyen ahora de la política. Falso. La “politización” fue otra falacia, alimentada en buena medida por el propio régimen. Las generaciones posteriores a 1959 nunca estuvieron politizadas, porque para ellas esa politización impuesta fue simplemente obediencia, servilismo. Todo lo contrario, no creen en la política. Y que mejor ahora que preferir a un candidato que también dice no creer en la política, que reniega del establishment político —aunque él es la esencia del establishment económico— y que todo lo ve con la óptica del negociante.
Para Trump todo se reduce a la familia y el negocio. Lo vimos en la Convención Republicana, por si aún teníamos duda. Las mujeres de Trump, los que hacen negocios con Trump.
Mejor todavía, y más razón aún para tanta admiración. Trump vende la idea de regresar el país no a un Estados Unidos del ayer sino del mito. Ese Estados Unidos que por edad, por política, por geografía quienes nacieron en Cuba después de 1959 no conocieron y siempre anhelaron. El país detenido en sueños e ilusiones y del que quizá alguna vez y en secreto los viejos le hablaron. Más que a una nación de añoranza un idilio en forma de país. ¿Y cómo ahora nosotros vamos a querer que no voten por Trump?