lunes, 5 de septiembre de 2016

A la espera de mi “vuelo histórico”


El periodista Michael Weissenstein acaba de realizar lo que considera un “vuelo histórico”. Lastima que para otros estadounidenses la posibilidad de llevar a cabo un viaje similar, con iguales facilidades, no deja de ser una ilusión.
Weissenstein, jefe de la oficina de prensa de la Associated Press en Cuba, fue uno de los pasajeros del primer vuelo comercial a la isla desde territorio estadounidense en más de medio siglo.
El corresponsal describe con asombro y entusiasmo lo fácil y económico que le resultó, por primera vez, regresar al país donde ahora trabaja. Cuenta que ocupó el asiento 4B durante la travesía de 45 minutos, realizada el pasado miércoles, y que solo le tomó tres minutos sacar el boleto electrónico en el website de la aerolínea JetBlue, que le costó $98.90. Agrega que por $35 adicionales pudo llevar además otras cien libras de artículos que resultan casi imposibles de conseguir en Cuba: “azulejos de porcelana para la cocina, bandejas de cubitos de hielo, un vestido de diseñador para mi prometida”.
Está feliz porque quedaron atrás los boletos impresos, las largas filas y los pagos excesivos por los bultos adicionales que por lo general tiene que cargar cualquiera que viaja a Cuba, donde el equipaje de viajero no es tal, sino una larga lista de encargos, provisiones propias de quien viaja a la selva y cosas que uno nunca piensa meter en la maleta cuando se va a muchos otros destinos.
Me alegro por Weissenstein, pero no puedo compartir su arrebato. En este caso no me refiero a la aún existente —y más que todo aparente— prohibición aún en pie para que los ciudadanos de este país puedan abiertamente dedicarse al sano placer de disfrutar de un viaje turístico a la isla. Solo que en la práctica dicha prohibición no llega siquiera a la categoría de papel mojado en cualquier playa.
“Para los estadounidenses, el tedioso proceso de viajar a Cuba es, de repente, un proceso casi sin dificultades. Una declaración jurada federal se ha convertido en una casilla en que uno hace un clic con el ratón de la computadora, en el sitio web de una aerolínea. Usted puede comprar visas cubanas en los aeropuertos de Estados Unidos. De repente, una escapada de fin de semana a Cuba es realmente posible para millones de estadounidenses”, escribe Weissenstein, y tiene razón para su euforia.
Por lo demás, ya es hora de poner fin a esa farsa, y dejar que quienes viven en Estados Unidos y deseen hacer turismo en Cuba puedan llevarlo a cabo sin tener que pensar en una excusa tonta que nadie pregunta.
Hay sin embargo otra prohibición, que no tiene que preocupar a Weissenstein, porque no nació en Cuba.
Es la prohibición a entrar en Cuba, para los que salieron del país después de 1970, con otro pasaporte que no sea el cubano.
Sucede que uno es ciudadano norteamericano por naturalización, y que por lo tanto este país generosamente le otorga iguales derechos a los que tiene cualquier otro estadounidense nacido aquí. Por supuesto, salvo el poder aspirar a la presidencia, aunque en este momento no quedan muchas ganas de pertenecer a ese club “exclusivo”.
Ahora bien, La Habana niega lo que Washington concede. Y si, por casualidad, simple añoranza o necesidad familiar, ocurre que esa persona nacida allá, pero que desde hace décadas vive aquí —y vota aquí y paga los impuestos aquí y piensa retirarse o se ha retirado aquí y espera morirse aquí— quiere volver a donde nació, tiene que… volver a ser cubano en los papeles. Lo que no es más que una traición al país que lo acogió y un precio difícil de pagar por un viaje. Aunque el boleto de ida o vuelta ahora solo cueste menos de cien dólares.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 5 de septiembre de 2016.

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