martes, 29 de noviembre de 2016

Chistes cubanos para velorios célebres


Si en esta ocasión al exilio de Miami no le tocó poner el muerto, sí quedó a su cargo la socorrida elaboración de chistes, el cacareo y demás artilugios para hacer más pasadera la larga noche en vela. Y lo ha hecho realmente bien.
Aquí no se intenta criticar la salidera a la acera, el gritar y bailar en la calle, porque ese es uno de los tantos derechos —mas o menos pueriles— de la democracia. Tampoco de convertir en acto de reafirmación patriótica el bailar salsa, algarabía convertida en ilusión cívica cuando no hay nada mejor que argumentar.
En Miami los cubanos han puesto el baile, y dejado a Trump que les resuelva el problema, me comentaba un amigo periodista. Nada nuevo por otra parte. Que sea  Donald Trump el presidente estadounidense que finalmente quede asociado con el “fin del castrismo” no deja de encerrar un destino acorde: “y ahí estará. Como dijo alguien, esa triste, infeliz y larga isla estará ahí después del último indio y después del último español y después del último africano y después del último americano y después del último de los cubanos, sobreviviendo a todos los naufragios y eternamente bañada por la corriente del golfo: bella y verde, imperecedera, eterna”, a la espera de casinos y campos de golf —ajenos y propios— para los cuales al parecer siempre fue destinada, desde que surgió de las aguas: víctima y señora de lo fortuito y espurio: dueña y esclava de un mandato irreversible, no por la historia sino por la geografía.
Nadie mejor que Trump para ese destino. Aunque hay que asumirlo con desparpajo y sin solemnidad. Y aquí es donde el exilio de Miami se disfraza para adquirir su definición mejor, solo que oculta tras un manto piadoso donde la perdición se convierte en fantoche del santo reproche, en asedio de bisutería, y el desengaño adquiere carta de nacionalidad. Entonces la tragedia de una isla, en que siempre ha imperado la violencia, se transforma en algarabía y todo lo político —que aspira a la historia y a trascender lo cotidiano trastornado en eternidad— se reduce a ruido.
“Muerte de Castro energiza al exilio cubano”, titula el periódico local. Pero ese vigor y vehemencia descubre más un anhelo que una realidad. “El exilio ha sobrevivido a Castro”,  y lo pueril de la frase, repetida en las redes sociales, evidencia el error de considerar al exilio un fin en sí mismo: la existencia de una exclusión transformada en una perpetuidad asumida en razón de virtud y no como condena.
Lo que se justifica desde el punto de vista ético salta al terreno político y se apropia de la biología para reclamar una victoria que no le pertenece; obvia el final tranquilo del guerrero para exigir un triunfo; gracias a una sorpresiva noticia a media noche, luego de un día gastado en compras.
Aunque desde el punto de vista emocional existen otros motivos para el bullicio que ese exilio llamado “vertical” o “histórico” —en última instancia el único que realmente sigue monopolizando la definición— hace suyo.
No importa que muchos de los que han bailado en las calles de Miami tengan pocos motivos para reclamar la motivación del “dolor del exilio”. Porque es probable que por circunstancias y edad dicho dolor les resulte ajeno y hasta hace poco o algo más participaron en actos de repudio en Cuba, y no fueron indiferentes —quizá no pudieron ser indiferentes— a una definición que seguramente ahora justificarán a través de la represión, pero que siempre les dejó abierta la puerta a una indiferencia —ese “yo no coopero’, consigna del exilio que jamás ha arraigado en la Isla— que hasta este momento, y nada indica que no será así en el futuro, se echa a un lado en favor de la espera, ya sea en la forma del providencial viaje de visita o salida, o cualquier otra solución que llegue desde el exterior.
Y así han renacido dos esperanzas en ese exilio: el levantamiento popular en Cuba y la feliz coincidencia —para ellos— de un nuevo presidente en Estados Unidos. Ambos distantes, pero asumidos como propios. Se celebra la desaparición física de Fidel Castro, pero también el fin del Gobierno de Barack Obama.
Sobre la esperanza primera solo cabe destacar un olvido inconveniente. La muerte del mayor de los Castro llega tras ocurrido un proceso de sucesión que, en su momento, ese mismo exilio dijo que “no iba a permitir”, y que otra administración estadounidense —de afinidad demostrada y no simple conjetura como la de Trump— no hizo nada por obstaculizar.
Respecto a la segunda solo cabe añadir que responde a esa eterna fe gratuita, tan arraigada en el exilio, en el deus ex machina. Los cubanos de Miami no son griegos, pero lo parecen. Ahora Trump es el nuevo dios al que se rinden embelesados desde excomunistas, y recalcitrantes de recia extirpe, hasta recién llegados en busca de un caudillo que sustituya al que dejaron detrás.
Trump prometió revertir las medidas adoptadas por el presidente Obama si el Gobierno de Cuba no ofrece “un mejor acuerdo”. Así de sencillo. Y ello ha bastado para los grito de júbilo. No importa que dicha declaración —emitida por un presidente electo, pero aún no en funciones— se limite a repetir promesas de campaña. Tampoco importa mucho el historial de alguien que hoy dice una cosa y mañana otra. Lo dijo Trump y basta.
“Si Cuba no está dispuesta a hacer un mejor acuerdo para el pueblo cubano, el pueblo cubanoamericano y Estados Unidos, voy a terminar el acuerdo”, escribió Trump en su cuenta de Twitter.
Ahora Trump es el garante del futuro cubano y los llamados “líderes del exilio” están contentos con ello. ¿Y cuál es el “pueblo cubanoamericano”?, ¿todos los pertenecientes a la comunidad cubana —en Miami y otros lugares de Estados Unidos— o los que votaron por él?
Más apegada a la realidad fue otra declaración, del futuro jefe de gabinete, Reince Priebus, quien dijo el domingo que Trump aguardará a ver “algunos movimientos” del Gobierno cubano en cuanto a las libertades en la Isla para decidir cómo será su relación y, de no haberlos, revertirá el acercamiento entre ambas naciones iniciado en diciembre de 2014. Esta opción, no difícil de vaticinar, fue una posibilidad ya descrita en CUBAENCUENTRO.
Puede argumentarse que ambas declaraciones dicen lo mismo, pero no son iguales. Priebus marca una distancia, una espera, que supera el entusiasmo temprano. Y en “algunos movimientos” caben tanto esperanzas como incógnitas, y no hay definiciones extremas.
Sin embargo, ha bastado que Trump llamara a Castro “brutal dictador” y que el vicepresidente electo, Mike Pence, se refiriera al “tirano Castro” y lo que es más: incluso escribiera, ¡en español!, la frase “Viva Cuba Libre”, para que el optimismo reine entre los que en Miami siguen empeñados en que EEUU resuelva sus supuestos problemas.
Lo que pasa con las frases de Trump y Pence es que no dejan de ser declaraciones para la galería, o si se quiere para los que fueron sus electores, aunque no sus electores decisivos.
En realidad no hay acuerdo alguno entre Washington y La Habana, y el cambio en la política estadounidense depende de factores diversos. No hay nada que indique que, de pronto Trump va a convertirse en defensor de la libertad, la democracia y los derechos humanos en Cuba o en cualquier parte del mundo, porque esa nunca ha sido su vocación y en su historial no hay tampoco acción o declaración alguna que indique este objetivo. Aunque no por ello hay que descartarlo de entrada. Solo que dicho escenario no está libre de aspectos que, al parecer, Trump desconoce o no toma en cuenta.
El primero de ellos es que saber si el nuevo presidente está dispuesto a crear un clima de inseguridad —y la posibilidad de una situación caótica— a noventa millas del territorio estadounidense, algo que anteriores presidentes —tanto republicanos como demócratas— han rechazado de plano y los ha obligado a mantener la cautela, como hizo George W. Bush cuando se inició la sucesión en la Isla.
Luego que esa especie de “renacimiento” del exilio “histórico” pasa por alto la actual realidad cubana.
Si algo se ha demostrado en los últimos días es la distancia entre Miami y La Habana, al menos en lo que respecta a esos “líderes del exilio”, y algunos disidentes que dependen del financiamiento estadounidense.
Incluso esa disidencia ha optado, en estos momentos, por la prudencia, en una actitud que reproduce lo ocurrido durante el anuncio de la trasmisión “temporal” de Fidel Castro a su hermano.
Pero lo fundamental es el continuo aferrarse a la ilusión de un Castro, el de entonces, que ya no era el mismo, y ahora está muerto.
Ni la Cuba actual es la Fidel Castro hace más de diez años, ni el hecho de que Miami continúe siendo la ciudad más fidelista del mundo —y hasta el momento la única referencia de Trump respecto al caso cubano— determina, como un absoluto, el futuro de Cuba.
Algo que, por supuesto, no es suficiente en Miami, para abolir la ilusión de una Trump Tower en Cuba.
Lo que falta por ver es qué papel tendrá en tal edificación GAESA. Y si de pronto Trump no descubre que Luis Alberto Rodríguez López-Callejas no es más que, simplemente, su hombre en La Habana. Claro que entonces, la pregunta pertinente es si Raúl les dejará a ambos ese papel. Y eso es lo que realmente queda, para después del velorio y los chistes.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Murió


Una y otra vez circuló el rumor. Una y otra vez nos burlamos de “la bola”. Una y otra vez alentamos una ligera esperanza de certeza.
Por años se pasó, de la preparación para la muerte de Fidel Castro a unas expectativas más tenues. Como si el proceso de dilución de su figura —que se inició desde que enfermara— fuera convirtiéndose en un rastro, un humo de algo cuya causa de origen no terminara por extinguirse.
En última instancia siempre quedaba la posibilidad de un elemento de sorpresa. Resulta curioso no estar listo para algo inevitable. Creo que fue un sentimiento compartido, salvo por quienes tienen la tarea de no dejarse sorprender. No se trataba de los planes de contingencia en Miami, Washington y La Habana. Menos aún de los periódicos, que a cada rato desempolvaban el obituario y le agregaban nuevos datos. Nada que ver con los políticos: más de uno dedicó años a trazar una estrategia para este día, y su carrera terminó consumida por el tiempo u otras causas.
Hace años un amigo me repetía que, cuando ocurriera, quería estar en un país desconocido, donde se hablara una lengua que él ignoraba, se escribiera en un alfabeto que le resultara indescifrable y las imágenes estuvieran prohibidas. Un jefe de redacción dominical nos repetía con frecuencia su anhelo —casi su ruego— de que esa muerte ocurriera precisamente ese día de la semana, cuando estaba a su cargo la edición del periódico, y publicar un titular a grandes letras con solo la palabra “Murió”. Era un sueño imposible, que incluso despertaba burlas entre nosotros, el resto de los editores de mesa; porque sabíamos que tal titular jamás sería aceptado. Aquel jefe de redacción dominical falleció hace ya años, sin sufrir nunca la frustración del titular rechazado, pero sin disfrutar la alegría que estoy seguro le hubiera producido la noticia.
Y así también ahora es el momento de recordar a tantos otros, que no pudieron disfrutar de tal alegría o consuelo, porque con Fidel Castro —incluso tras estos años que su figura fue apagándose pero no por ello dejó de estar presente— no caben términos medios, y el hecho, la verdad, lo esperado, despierta o alienta pasiones de todo tipo.
En lo personal también es el momento de acordarse de padres, hermanos y amigos. Curioso que la muerte de alguien tan ajeno, pero a la vez obligatoriamente cercano por un tiempo —y aquí cada uno puede agregar la duración definida de ese tiempo— provoque tantos recuerdos mezclados. Es el momento también de otros muertos: fusilados, suicidados, equivocados o ilusos más o menos heroicos
Ayer viernes por la noche —precisamente a la hora que al parecer Fidel Castro moría— surgió un comentario casi casual, mientras hablaba con el periodista Rui Ferreira.
Era el hecho de que el exgobernante no hubiera recibido a Justin Trudeau. Algo singular, debido a la conocida e histórica amistad entre este y Pierre Trudeau, el padre del actual primer ministro de Canadá. Recordamos además que tal hecho había ocurrido un día después de que Castro se había reunido con el líder vietnamita Tran Dai Quang. Pero solo le dedicamos al asunto unos pocos minutos. Rui me dijo además que tras la visita a La Habana del presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa —quien también se había reunido con el exgobernante—, un asesor del Gobierno de ese país le había comentado que tenía la impresión de que al anciano líder lo mantenían con vida gracias a los medicamentos, y que en  todo momento Dalia Soto del Valle se había mantenido junto a Castro, siempre con un pañuelo blanco en las manos.
Hablamos un poco más del tema, pero no mucho, porque el fantasma del eterno rumor estaba con nosotros. Y quizá ahora tampoco tengan sentido tales divagaciones, y la no visita del premier canadiense no obedeció a motivos de salud sino a otras causas.
Pero más allá de cualquier especulación, la noticia es definitoria. Hay un ciclo que se cierra. Aunque persistirán muchas preguntas sobre su trayectoria —si esto o aquello hubiera ocurrido, entonces qué—, ha llegado la hora del significado final de las acciones de quien —de una forma u otra— influyó en millones de vidas. Una influencia que fue disminuyendo con los años, hasta un estar pero no estar que dejaba abierta todas las interrogantes y no ofrecía respuesta alguna.
No fue fácil acostumbrarse a la idea de que Castro no iba a ser juzgado, condenado o al menos enfrentado a sus errores y desmanes. Sin embargo, se convirtió en una realidad que aún nos afecta.
Asistimos a un momento singular, en que el pasado y el futuro compiten en cada cual por imponerse. Castro ha muerto, y cuánto muere o renace con él se reduce en buena medida a la incertidumbre. Alegría, pena, duda, rencor. La respuesta la tiene cada cubano, y ahora, quizá más que nunca, lo define: lo acerca o lo aleja del muerto.


La comezón del exilio revisitada

A veces en el exilio a uno le entra una especie de comezón, natural y al mismo tiempo extraña: comienza a manifestar un anticastrismo elemen...