sábado, 26 de noviembre de 2016

Murió


Una y otra vez circuló el rumor. Una y otra vez nos burlamos de “la bola”. Una y otra vez alentamos una ligera esperanza de certeza.
Por años se pasó, de la preparación para la muerte de Fidel Castro a unas expectativas más tenues. Como si el proceso de dilución de su figura —que se inició desde que enfermara— fuera convirtiéndose en un rastro, un humo de algo cuya causa de origen no terminara por extinguirse.
En última instancia siempre quedaba la posibilidad de un elemento de sorpresa. Resulta curioso no estar listo para algo inevitable. Creo que fue un sentimiento compartido, salvo por quienes tienen la tarea de no dejarse sorprender. No se trataba de los planes de contingencia en Miami, Washington y La Habana. Menos aún de los periódicos, que a cada rato desempolvaban el obituario y le agregaban nuevos datos. Nada que ver con los políticos: más de uno dedicó años a trazar una estrategia para este día, y su carrera terminó consumida por el tiempo u otras causas.
Hace años un amigo me repetía que, cuando ocurriera, quería estar en un país desconocido, donde se hablara una lengua que él ignoraba, se escribiera en un alfabeto que le resultara indescifrable y las imágenes estuvieran prohibidas. Un jefe de redacción dominical nos repetía con frecuencia su anhelo —casi su ruego— de que esa muerte ocurriera precisamente ese día de la semana, cuando estaba a su cargo la edición del periódico, y publicar un titular a grandes letras con solo la palabra “Murió”. Era un sueño imposible, que incluso despertaba burlas entre nosotros, el resto de los editores de mesa; porque sabíamos que tal titular jamás sería aceptado. Aquel jefe de redacción dominical falleció hace ya años, sin sufrir nunca la frustración del titular rechazado, pero sin disfrutar la alegría que estoy seguro le hubiera producido la noticia.
Y así también ahora es el momento de recordar a tantos otros, que no pudieron disfrutar de tal alegría o consuelo, porque con Fidel Castro —incluso tras estos años que su figura fue apagándose pero no por ello dejó de estar presente— no caben términos medios, y el hecho, la verdad, lo esperado, despierta o alienta pasiones de todo tipo.
En lo personal también es el momento de acordarse de padres, hermanos y amigos. Curioso que la muerte de alguien tan ajeno, pero a la vez obligatoriamente cercano por un tiempo —y aquí cada uno puede agregar la duración definida de ese tiempo— provoque tantos recuerdos mezclados. Es el momento también de otros muertos: fusilados, suicidados, equivocados o ilusos más o menos heroicos
Ayer viernes por la noche —precisamente a la hora que al parecer Fidel Castro moría— surgió un comentario casi casual, mientras hablaba con el periodista Rui Ferreira.
Era el hecho de que el exgobernante no hubiera recibido a Justin Trudeau. Algo singular, debido a la conocida e histórica amistad entre este y Pierre Trudeau, el padre del actual primer ministro de Canadá. Recordamos además que tal hecho había ocurrido un día después de que Castro se había reunido con el líder vietnamita Tran Dai Quang. Pero solo le dedicamos al asunto unos pocos minutos. Rui me dijo además que tras la visita a La Habana del presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa —quien también se había reunido con el exgobernante—, un asesor del Gobierno de ese país le había comentado que tenía la impresión de que al anciano líder lo mantenían con vida gracias a los medicamentos, y que en  todo momento Dalia Soto del Valle se había mantenido junto a Castro, siempre con un pañuelo blanco en las manos.
Hablamos un poco más del tema, pero no mucho, porque el fantasma del eterno rumor estaba con nosotros. Y quizá ahora tampoco tengan sentido tales divagaciones, y la no visita del premier canadiense no obedeció a motivos de salud sino a otras causas.
Pero más allá de cualquier especulación, la noticia es definitoria. Hay un ciclo que se cierra. Aunque persistirán muchas preguntas sobre su trayectoria —si esto o aquello hubiera ocurrido, entonces qué—, ha llegado la hora del significado final de las acciones de quien —de una forma u otra— influyó en millones de vidas. Una influencia que fue disminuyendo con los años, hasta un estar pero no estar que dejaba abierta todas las interrogantes y no ofrecía respuesta alguna.
No fue fácil acostumbrarse a la idea de que Castro no iba a ser juzgado, condenado o al menos enfrentado a sus errores y desmanes. Sin embargo, se convirtió en una realidad que aún nos afecta.
Asistimos a un momento singular, en que el pasado y el futuro compiten en cada cual por imponerse. Castro ha muerto, y cuánto muere o renace con él se reduce en buena medida a la incertidumbre. Alegría, pena, duda, rencor. La respuesta la tiene cada cubano, y ahora, quizá más que nunca, lo define: lo acerca o lo aleja del muerto.


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