jueves, 22 de diciembre de 2016

¿Cuántos posibles Fidel Castro ha engendrado Cuba en su relativa breve existencia?


“¿Qué hubiera pasado de triunfar el asalto a Palacio?”, le pregunté a principios de la década de 1970 a Alberto Mora en Cuba.
“Una guerra civil”, me respondió. “Querrás decir «otra guerra civil»”, quise aclarar. “No, la misma guerra. Solo que entonces sin el pretexto de derrotar a Batista”, me contestó Alberto.
Pese al tiempo transcurrido, no hemos logrado librarnos de respuestas trilladas, o de repetir cualquier versión pueril de la historia de Cuba. Ninguna figura como la de José Antonio Echeverría para evocar la imagen del héroe que se sacrifica por la patria. Ninguna muerte tan a propósito para lamentarnos del trágico destino de la Isla. Como en una película que se repite, el líder estudiantil cae en un encuentro fortuito con una perseguidora, tras abandonar la emisora Radio Reloj, luego de anunciar la muerte de Fulgencio Batista.
José Antonio no debió de morir —/¡Ay, de morir!—. Al igual que con José Martí, una acción abrupta tuerce el rumbo de la nación. Una escaramuza en el Siglo XIX; un llamado al pueblo por la radio en el XX.
El joven no perece en la acción principal. Unos minutos antes o después, y podría haberse salvado, como ocurrió con algunos de los que lo acompañaban.
En ambos casos —el poeta y el estudiante de arquitectura— se habla de un ir hacia la muerte.
El culto a los héroes engrandece las páginas de historia, pero también nos permite el refugio de la tragedia como justificación de las limitaciones de un país o de una época.
Si José Antonio no hubiera muerto, Fidel Castro no estaría gobernando Cuba.
El pesar encubre la superficialidad de la afirmación, permite pasar por alto hechos y situaciones. Culto a los héroes que se adapta a conveniencias e ideologías. Dos hombres con igual nombre y destino trágico. Otro que elude todos los riesgos y triunfa.
Alberto, que creía en la historia como un ateo convencido, pensaba que el destino final era el triunfo de Fidel Castro. Su padre había sido uno de los principales organizadores de aquel asalto —él no participó en la acción porque se encontraba preso— cuyo fracaso algunos creían benefició a Movimiento 26 de Julio. Pero ni siquiera la muerte de su padre en la intentona lo desviaba de la convicción de que, al final, se hubiera impuesto Castro. No era una visión pesimista, aunque tampoco dejaba margen al azar o la espontaneidad: el héroe era simplemente un instrumento de la historia y para algunos la misión era simplemente morir.
Fue fiel a este hegelianismo implacable, disfrazado en su momento de marxismo. Meses después de esa conversación se dio un tiro, para engrandecer la lista de los suicidios políticos de la Isla.
No hay que abusar del determinismo para comprender que si esa tarde del 13 de marzo de 1957 José Antonio Echeverría se hubiera salvado —y si además hubiera sobrevivido a cualquier otra situación peligrosa que le aguardaba—, este hecho de por sí no resultaba garantía suficiente para impedir el triunfo de Fidel Castro.
Desde el golpe de Estado de Batista —y tras agotarse los intentos para alcanzar una solución pacífica a la crisis provocada por este hecho inconstitucional—, se suceden los hechos, pactos y alianzas que encubren, disimulan por un momento, logran una tregua momentánea o aceleran en otros casos una lucha persistente por alcanzar el poder, con intenciones que van más allá del derrocamiento de dictador. El 10 de marzo no es un paréntesis en la historia de Cuba. Más bien la conclusión de una etapa.
Otro golpe
En 1951, Aureliano Sánchez Arango, ministro de Educación del gobierno Auténtico de Carlos Prío Socarrás, acusó a Eduardo R. Chibás —el más popular político cubano del momento— de especular con el café y explotar a los campesinos. Chibás, al frente del Partido Ortodoxo, respondió con otra denuncia: el ministro estaba enriqueciéndose con los fondos del desayuno y material escolar y, con el dinero sustraído, construyendo un reparto en Guatemala. Luego, al no poder demostrar los cargos, Chibás amplió su ataque. Argumentó que el verdadero negocio guatemalteco del ministro y el presidente Prío era el establecimiento de un imperio maderero.
Ante la imposibilidad de probar sus acusaciones, Chibás se disparó un tiro en el bajo vientre, el 5 de agosto de ese año, y murió 11 días más tarde. Su entierro, convertido en una demostración masiva de repudio al gobierno auténtico, hizo que Prío estuviera listo para la fuga, temeroso de que la manifestación de duelo se dirigiera al Palacio Presidencial.
El suicidio de Chibás abrió las puertas al golpe de Estado de Batista, que se produce unos meses más tarde. Lo ocurrido esa tarde de domingo galvanizó la situación que llevó a Fidel Castro al poder. Un disparo único de arma corta fue el detonante de una crisis nacional que aún persiste.
Un par de pequeños detalles en este hecho trágico ayudan a comprender lo que ocurriría después.
Chibás se suicida durante la transmisión de su popular programa radial. Luego, la revista Bohemia publica en portada la imagen del cadáver del político con un ejemplar de la publicación colocado sobre el pecho, entre sus manos inertes. El título de portada: “Con el último ejemplar de Bohemia entre sus manos”.
El alcance de estos dos detalles, a primera vista anecdóticos, trasciende lo ocurrido. El suceso real se convierte en parábola, para marcar el destino de la nación, por una vía iniciada con anterioridad, pero que a partir de este momento será definitoria: la violencia como recurso socorrido para zanjar una disputa  (en este caso Chibás la ejerce contra sí mismo, pero por lo general será contra el otro).
Antes que Castro, sectores radicales del Autenticismo y la Ortodoxia se inclinaron a favor de la violencia política.  El factor emocional —llevado al extremo del irracionalismo— como estímulo para impulsar la actitud ciudadana. La foto y el título en la revista Bohemia son ejemplo de ello. Muchas de las imágenes de esta publicación, aparecidas durante los intervalos sin censura tras la instauración de Batista, y especialmente en los tres números especiales editados luego del primero de enero de 1959, jugarán un papel primordial en el acondicionamiento de estado de ánimo nacional que será aprovechado al máximo por Castro.
No es que las imágenes no fueran reales. Lo eran. Pero su explotación con fines sensacionalistas contribuyeron a la aceptación o asimilación de un orden que poco a poco —o a veces de forma vertiginosa— se impuso como una salida a la crisis del país.
La violencia
En última instancia, el uso de la violencia, para reprimir a la oposición, fue lo que llevó a la caída del régimen de Batista, como ha señalado el profesor Jorge Domínguez. La violencia se convirtió el recurso más empleado frente a la ilegitimidad del gobierno establecido tras el golpe de Estado de 1952.
El problema de la débil legitimidad gubernamental antecede al acto de Batista, porque tiene sus raíces en la corrupción rampante y en la relativa incapacidad de dos instituciones establecidas por la Constitución para el desarrollo del Estado de derecho y el avance político del país: la Corte Suprema y el Congreso.
Tras el 10 de marzo, el camino electoral con Batista en el poder es cada vez más cuestionado. Unas elecciones celebradas bajo su gobierno no son percibidas como fuente de legitimidad. No es por gusto —por otra parte— que en un primer momento Castro acuda a la figura de un magistrado, Manuel Urrutia, para otorgarle ese viso de legitimidad que necesitaba al inicio, mientras afianza su poder.
La explicación a este hecho es relativamente sencilla cuando se miran las cifras, pero mucho más compleja cuando trata de comprender como estos números, al tiempo que son reales, paradójicamente no se ajustan a la realidad.
A finales de 1957, a un año de tomar el poder, Castro contaba con menos de 300 hombres bajo las armas. Al siguiente año lanza dos columnas invasoras, cada una con menos de 150 miembros. Pese a los paralelos históricos que el Gobierno de La Habana se ha empeñado en mantener a lo largo de los años, dichas fuerzas y los combates que sostuvieron no se comparan con la campaña de la invasión llevada a cabo durante la Guerra de Independencia.
No es hasta el otoño de 1958, a pocos meses de su triunfo, que las fuerzas revolucionarias comienzan realmente a hacer mella en la economía del país. Hasta entonces las zafras azucareras han sido todo un éxito y el desarrollo económico sostenido (lo que no eclipsa la enorme desigualdad de ingresos ni tampoco las injusticias sociales).
¿Cómo comprender entonces este éxito que en primer lugar desafía el esquema marxista del eslabón más débil?
La propaganda
Para explicar las claves que llevan a Castro al poder hay que ir mas allá de la mencionada represión. El segundo factor decisivo para su triunfo es el hábil uso de la propaganda.
La prensa nacional, que contaba con 16 diarios en 1959, un amplio número de cadenas de radio y una televisión sumamente avanzada no solo fue incapaz de influir para el logro de una solución negociada del conflicto, sino que en buena medida —de forma consciente o inconsciente— contribuyó a la victoria castrista. Esto no quiere decir que se tratara de un medio cómplice, en la mayoría de los casos —en lo que respecta a la prensa cubana (la norteamericana es otro asunto)—, sino que la situación del país no lo permitía, al no existir en aquellos momentos las condiciones para una solución democrática que hubiera podido impedir la llegada del castrismo al poder.
En términos políticos generales parecía posible una salida democrática hasta 1956, si Batista hubiera mostrado una actitud negociadora similar a la que tuvo a finales de la década de 1930, y cedido frente a la idea de una asamblea constituyente, propugnada por Carlos Márquez Sterling, Jorge Mañach y José Pardo Llada, entre otros. Pero tras sus declaraciones no había un interés genuino de negociar, sino su afán de seguir como “hombre fuerte” de la Isla, e incluso quizá hasta 1957 barajó la posibilidad de poder mantenerse al mando del Ejército y/o manejando los hilos del poder tras las elecciones de 1958.
Sin embargo, la realidad imperante entonces era que —durante los dos últimos años de gobierno— cada mes que permanecía Batista en Palacio no hacía más que abrir a diario un poco más la puerta a Castro.
La prensa
En lo que respecta a la prensa, la labor de denuncia de los crímenes, cuando ello era posible, se sumaba a esa conciencia de salir de Batista a cualquier precio.
Se debe señalar, en este sentido, que desde el inicio la tácita de acción y sabotaje cumplía un fin estratégico muy preciso: llevar a un aumento del terrorismo de Estado. No se trata, por supuesto, de acusar al Movimiento 26 de Julio de culpable de los crímenes del batistato, sino de destacar que en Cuba se cumplió con precisión matemática un principio del que se han servido números movimientos insurreccionales: el terror generalizado.
Frente a ese terror generalizado, la prensa —censurada en muchas ocasiones— podía hacer poco o nada, incluso la que constituía la vertiente más conservadora, que no por ello era aliada incondicional del régimen imperante.
Cuando el magistrado Urrutia, en su función de presidente del tribunal, dictamina que un grupo de supervivientes del desembarco del yate Granma, que se encontraban presos, fueran absueltos, Batista responde airado y hace que el ministro de Justicia establezca una demanda contra el juez. Entonces el conservador Diario de la Marina insta a Batista para que actúe de acuerdo a la Constitución y celebre elecciones anticipadas. Pero el dictador se mantiene firme en la fecha programada.
En otro caso, cuando Antonio Buch —jefe de información del 26 de Julio en Santiago de Cuba— es arrestado, sus familiares recurren a The New York Times y no a la prensa nacional. El diario norteamericano publica una protesta, y es muy posible que ésta la salvara en ese momento de ser ejecutado.
No siempre, por supuesto, el papel de la prensa nacional fue tan limitado. Pese a los esfuerzos del régimen para que no se hiciera público el plan de mediación de los obispos cubanos —entre los cuales se encontraba Monseñor Pérez Serante—, la información apareció publicada.
En muchas ocasiones el propio Castro se sirvió de la prensa establecida para dar a conocer sus opiniones, incluso cuando estaba “alzado”. Por ejemplo, el llamado Manifiesto de la Sierra apareció en las páginas de Bohemia.
Al respecto, vale la pena señalar, aunque entrar en detalles desborda los objetivos de este trabajo, que Castro siempre encontró una cálida recepción en la prensa norteamericana, y no solo gracias a los famosos artículos de Matthews en The New York Times.
Si se puede decir que la batalla de propaganda Castro la ganó en todo terreno, fue en suelo norteamericano donde este triunfo resultó más amplio y contribuyó a una opinión en el público norteamericano a favor del revolucionario, que influyó en que Washington decretara el famoso embargo (sí, hubo otro embargo) de armas norteamericanas a Batista.
El acceso de la prensa norteamericana a los “barbudos” fue tanto facilitado por el Movimiento 26 de Julio como consentido por La Habana. Al punto que tan temprano como junio de 1957 hubo una protesta, a través del Colegio de Periodistas de Cuba, en que los reporteros se quejaron de la facilidad con que contaban sus colegas norteamericanos para ganar acceso a la Sierra.
La época y el encanto
Los dos aspectos que más se mencionan, al intentar justificaciones del batistato, apelan a la comparación y a la circunstancia, más que al protagonista de la escena. Hablar de la “época de Batista”, mencionar cifras y destacar el desarrollo económico alcanzado en Cuba como si todo ello obedeciera al designio del gobernante, cuando en realidad este lo que hizo fue aprovecharse de una situación existente y no crearla. Si incluso actualmente en la Isla hay —en lo que respecta a esa Habana de oropel y alegría grosera dedicada a venderse al turista extranjero— una vuelta a la década de 1950, no es precisamente lo mejor del espectáculo y la farándula de esos años lo que se recrea con mérito, sino la vulgaridad y la prostitución de cualquier tipo, las cuales han renacido con fuerza.
Batista fue sinónimo de desprecio de la cultura, ignorancia y explotación. Fue, para resumirlo en una palabra vigente y apropiada, soez.
Tampoco hay mérito en la comparación, que es un símil fácil cuando no perverso. Cuando se contrasta la dictadura de Batista con el régimen totalitario de los hermanos Castro, no se ataca a los segundos, sino que se intenta el alivio del primero.
Carece de sentido el parangón, como también lo es en el caso de Hitler y Stalin o entre la Camboya de Pol Pot y el Congo de Leopoldo II de Bélgica. Es útil la denuncia y el acumular cifras de asesinatos, vandalismo, hambre y miseria, pero lo peor no justifica ni disminuye lo malo. Durante el último período de Batista en el poder, se robó, asesinó y torturó. Pueden cuestionarse las cifras repetidas más como objetivo de propaganda que para establecer certezas. Sin duda en los primeros años de la llegada al poder de Fidel Castro se magnificó el terror anterior como recurso justificativo. Nada de esto anula los abusos reinantes con Batista en Palacio. El argumento del “otro es peor” no solo resulta infantil sino pernicioso.
Culto a los héroes
Entre la salida emocional del disparo de Chibás y la entrada calculada de Batista media la tragedia cubana. Pero hasta dónde extender las culpas —en ambos extremos— de lo que ocurrió después. Cierto que gracias a la permanencia del castrismo la aberración batistiana aún se discute, pero poco cuenta en lo que respecta a la figura del dictador, salvo el pecado mayor que se le atribuye: haber propiciado la llegada de Castro al poder. Aunque a dicha certeza hay que ponerle límites: Batista propicia a Castro, pero no lo crea. La historia cubana, desde sus inicios, suele empantanarse en héroes que lo son a medias, que no llegan, que mueren en circunstancias trágicas y ridículas. Algunos héroes notables, otros figuras controversiales, para decir lo menos. ¿En qué se hubieran convertido Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras con el poder total en sus manos? ¿Otros Castro antes de Castro? Y cuando se miran todos esos medios pasos, retrocesos, vacilaciones y frustraciones, no resulta tan sorprendente que el equívoco terminara un día por asumir un cuerpo, y hasta crear su propia leyenda: Fidel Castro.

Este trabajo recoge y amplía textos aparecidos con anterioridad en El Nuevo Herald y Cuaderno de Cuba, así como una ponencia presentada en la Universidad Internacional de la Florida.

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