martes, 13 de diciembre de 2016

La soledad del culpable


El ensanchamiento o la disminución de la brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba que a los ojos del mundo intenta ofrecer una visión de permanencia, estabilidad y desarrollo continúa definiendo al gobierno de Raúl Castro, más ahora tras la muerte de su hermano mayor.
Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no deben hacer olvidar que lo que hasta ahora ha resultado determinante, en casi todas las naciones que han enfrentado una situación similar a la hora de definir el destino de un modelo socialista o de levantarse contra una tiranía, es la capacidad que ha tenido el régimen para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento sino centenares de supermercados y tiendas. Eso y la fidelidad del ejército nacional al Gobierno.
El mantenimiento de un poder férreo y obsoleto sobrevive no solo por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales, y por sustentarse fundamentalmente en la represión y el aniquilamiento de la voluntad individual, sino que el desarrollo de una sociedad que busca avanzar en lo económico y la satisfacción de las necesidades materiales del ciudadano, aunque sea sobre una base de una discriminación económica y social en aumento, pueda permitir a la vez el mantenimiento del monopolio político clásico del sistema totalitario.
Durante los últimos años hemos asistido al desarrollo de una política exterior exitosa por parte del gobierno cubano. Con una consistencia absoluta, que desafió los pronósticos, asistimos a un traspaso de poder ―por momentos de alcance limitado, otras veces más amplio de lo esperado― aceptado en todos los centros de poder, incluso en Washington, y que solo en Miami no solo se rechaza sino se niega. Sin embargo, donde el Gobierno cubano no logra levantar cabeza es en un desarrollo económico que se exprese en mejoras en el nivel de vida de la población, y el “enemigo” que de forma pausada pero constante ha comenzado a ganarle batallas es el sector privado de la economía.
Permitido a una escala que ha motivado que se le considere simplemente como la multiplicación de timbiriches, esos pequeños negocios y esfuerzos personales han comenzado a cambiar no solo la situación del país sino hasta su paisaje.
En Cuba el Estado aprovecha al máximo su poder represivo, pero malgasta su poder económico. La explicación de esta ineficiencia estatal está dada en gran medida en el hecho de que el burócrata no se beneficia de la eficiencia, sino todo lo contrario. Como en buena medida sus privilegios dependen de que el acceso de bienes y servicios se mantengan escasos, hace todo lo posible para perpetuar esa situación.
Asombra la distancia entre todo ese aparato efectivo de control nacional, que ha logrado mantenerse sin variaciones; ese esfuerzo en ampliar los servicios de cara al turismo internacional, y esos resultados tan pobres en lo que tiene que ver con la satisfacción de las necesidades de la ciudadanía, que de pronto convierte en noticia el surgimiento de un puesto de fritas o la reapertura de una tienda de tarecos con precios exagerados. Como si fuera necesaria la actuación de un Estado poderoso para poner a la venta candados, tuberías y hamburguesas.
Ridículo que un aparato tan completo y complejo, a la hora de actuar con éxito en la esfera internacional, sea tan torpe y limitado cuando se trata de ofrecer unos cuantos artículos.
Incluso con anterioridad a que asumiera de forma oficial la presidencia de Cuba, Raúl Castro había formulado el mensaje de que lo que su gobierno consideraba que “la revolución y su continuidad” dependían de “hacer eficiente” la economía. Pero esa eficiencia económica no se ve por ninguna parte, y ahora se ha quedado sin la excusa de que la culpa era de Fidel.