jueves, 8 de diciembre de 2016

Los demócratas, Cuba y el legado de Obama


Hasta la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, dos presidentes cargaban con la responsabilidad del alejamiento de la comunidad exiliada de las filas del Partido Demócrata. Primero al sentirse traicionada por la actuación de John F. Kennedy durante la invasión de Bahía de Cochinos y luego durante la Crisis de Octubre. Posteriormente por la política de Jimmy Carter, que autorizó el “diálogo”, los viajes de la comunidad y abrió la Oficina de Intereses de Washington en La Habana.
A partir del próximo año se verá si los políticos demócratas se mantienen firmes en el apoyo al “legado de Obama”, en lo que respecta al caso cubano, o si explorarán nuevos rumbos o variantes dentro de esta posición.
El problema aquí es, en parte, el poco tiempo transcurrido desde que se inició el “deshielo”. Un posible reproche a Obama es que esperara a los dos últimos años de su segundo mandato para poner en práctica una transformación tan radical, aunque se saben los motivos externos e internos que explican dicha demora. La otra interrogante es cuán rápido, si ocurre, le llevará al nuevo presidente modificarla o anularla.
Una modificación drástica en pocos meses del enfoque emprendido por Obama despertará la especulación sobre lo que podría haber ocurrido con más tiempo, y seguramente en un nuevo capítulo para The Hidden History of Negotiations Between Washington and Havana, de Peter Kornbluh y William Leogrande. Aunque lo más probable que ocurra es una mezcla, de dilatación de conversaciones y acuerdos junto a sobresaltos migratorios, por lo menos en lo que queda de Obama y el inicio de la presidencia de Donald Trump.
El cambio mayoritario de demócratas a republicanos, en muchos electores cubanos, obedeció a diversas circunstancias específicas de Miami, pero en especial a la habilidad del Partido Republicano para aprovechar la frustración del exilio ante el fracaso de la lucha armada y la conversión del embargo en la última tabla de salvación para los opositores a Castro. Los exiliados no son republicanos ni demócratas por vocación, sino por una amalgama de conveniencia y convicción.
Sin embargo, la conveniencia política —quizá sería más adecuado decir una política de conveniencias— ha jugado un papel de igual importancia que la percepción del republicanismo como la filosofía política más adecuada a los ideales de lucha frente al castrismo. Los centros de poder económico y político en Miami se han mantenido sin cambio, más allá de lo que ocurre en Washington. Han actuado sobre la capital y no a la inversa.
Uno de los errores del Partido Demócrata ha sido el no canalizar, o apoyar de forma decisiva, a otros sectores de la comunidad exiliada con una visión distinta a la del exilio que —a falta de mejores calificativos— se define como “histórico”, “tradicional“ o de “línea dura”. Todo ello, por supuesto, dentro de la situación actual en una comunidad exiliada donde un sector en disminución por razones biológicas —al igual que ocurre en Cuba— conserva en gran medida su poder político y en los medios de prensa, y otro en aumento demográfico carece de una notable fuerza electoral —y al parecer tampoco muestra un gran interés en tenerla.
En la misma medida que el Partido Demócrata debe a sus miembros un análisis profundo de sus errores, que lo llevó a perder miles de votos dentro de la clase media en general,  y en particular de trabajadores  y campesinos que por décadas se identificaron con esta agrupación política, y a rectificar el repliegue ante la elite empresarial y bancaria iniciado por el expresidente Bill Clinton —que Obama frenó en parte, pero no lo suficiente—, tiene que valorar que Cuba es algo más que un mercado. 

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