sábado, 17 de diciembre de 2016

Maduro deja a los venezolanos sin dinero


El presidente venezolano Nicolás Maduro ha aprendido muy bien la lección que le enseñaron en La Habana: recurrir a la escasez como una forma de represión.
El viernes hubo filas kilométricas, protestas y hasta saqueos en varios puntos del país. También heridos y detenidos, según reportó la BBC.
La salida del billete de 100, el de mayor valor y el más usado (un 48% de todo el papel moneda), debía ir acompañada con la introducción a partir del jueves de nuevos billetes y monedas de mayor denominación, hasta 20.000 bolívares. Pero de momento no llegan. Los venezolanos están experimentando como se vive casi sin dinero en efectivo.
Este tipo de situación no es nueva en Venezuela. Una y otra vez Maduro ha utilizado la táctica de crear situaciones caóticas, que acaba controlando por medio de la represión, para obligar a los ciudadanos a que dediquen la mayor parte de su tiempo a intentar satisfacer las necesidades más primarias, esas que en cualquier otro país se solucionan con una visita al supermercado o la farmacia, o simplemente un viaje a la esquina.
Por ejemplo, Maduro lanzó una campaña de “saqueos controlados” y recortes obligatorios de precios bajo amenaza de arresto que enardeció al populacho, aunque el resultado final de este latrocinio fue que los estantes de los establecimientos se quedaran vacíos.
El recurrir a este tipo de maniobra no solo brinda a Maduro una recompensa inmediata, propia de cualquier estrategia populista, de mostrarse preocupado por supuestamente satisfacer los anhelos y las necesidades de una población de bajos recursos. Las tantas ocasiones en que el mandatario se ha empeñado en repartir lo que no es suyo, ni del Estado venezolano, ha hecho poco en favor de los necesitados, pero se ha apuntado tantos alimentando envidias.
Pero dichas maniobras también tienen objetivos de largo alcance, aun más perjudiciales para el pueblo venezolano. Se trata de hacer girar la vida del ciudadano común alrededor de la necesidad imperiosa de adquirir lo necesario para sobrevivir y si es posible guardar un poco para la próxima semana. Los cubanos conocen muy bien esto: el “resolver” cotidiano.
En una manipulación que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo. Y que se desarrolla al tiempo que el mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y apelando a los tapujos de supuestos objetivos sociales. Para ello, además, se recurre a la fabricación de “conspiraciones” por parte de un enemigo invisible y todo poderoso, que es el “culpable” de que el Gobierno tenga que tomar esas medidas extremas.
Además de la represión preventiva, el régimen cubano se ha valido de otros medios para impedir que los ciudadanos se rebelen. Uno de ellos, utilizado por décadas, ha sido la escasez. La falta desde alimentos hasta una vivienda o un automóvil ha sido utilizada, tanto para alimentar la envidia y el resentimiento, como en ocupar buena parte de la vida cotidiana de los cubanos. Ahora Maduro transita el mismo camino.
En tal situación, la escasez actúa a la vez como fuerza motivadora para el delito y camisa de fuerza que impide el desarrollo de otras actividades. Junto con ella se desarrollan el mercado negro, la corrupción y el delito como importantes fuerzas de un mercado informal pero poderoso. Entonces el Estado reprime y alimenta al mismo tiempo esas esferas distorsionadoras. Lo hace por diversos motivos, desde los más burdos de obtener ganancias económicas esas actividades ilícitas —para los miembros —de jerarquía baja, media y elevada de ese sistema corrupto— hasta desviar la atención de la ciudadanía hacia los apuros cotidianos, y así impedir o dificultar el desarrollo de formas de lucha política contra un sistema autoritario o francamente totalitario.
De ahí que el mecanismo represivo actúe en dos niveles que se complementan. Uno puramente político, contra los opositores, y otro que supuestamente se empeña en la lucha contra el delito común. Policía política y policía a secas. Solo que los papeles y la misma definición del delito es dictada por el régimen y adaptada a las circunstancias del momento. Por ello las acusaciones de corrupción que lanza el poder chavista casi siempre son selectivas y con un claro objetivo político: desprestigiar a los opositores. Al igual, inventa planes subversivos, que denuncia están destinados a crear una situación de desequilibrio y penuria en el país, y que asume proceden desde el exterior o los enemigos internos: la repetida “guerra económica”.
En última instancia, el procedimiento se limita a una simple adulteración. Lo que trata es de echar a otros las culpas propias. Si faltan los productos en los anaqueles, las medicinas en los estantes y hospitales y ahora el dinero en los bancos, es debido al daño que el enemigo intenta infringir al país.
El régimen cubano siempre ha empleado a su conveniencia la distinción entre delito común y delito político. En una época todos los presos comunes estaban en la cárcel por ser contrarrevolucionarios, porque matar una gallina era una actividad contraria a la seguridad del país. Muchas veces a los opositores se les ha acusado de vagos y delincuentes.
La escasez también ha sido usada para incrementar la delación y la desconfianza, a partir de la ausencia de un futuro en la población manipulada como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable.
Hay que agregar además que, tanto en La Habana como en Caracas, al régimen no le basta con castigar a los independientes, quiere matar su ejemplo, enfangar su prestigio.
El régimen de La Habana ha logrado como ningún otro gobierno anterior explotar la dicotomía de la falta de lo necesario para sobrevivir, y la corrupción y el delito actuando como respuestas para conseguir lo más elemental, como instrumentos represivos. Una penosa realidad que se repite ahora, al pie de la letra, en Venezuela.

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