domingo, 29 de mayo de 2016

¿Una elección excepcional?


A partir de las dos convenciones partidistas, el hablar a favor de la clase media definió la última campaña presidencial de este país. Ahora el tema ha estado presente desde las primarias, pero al igual que en la contienda anterior es más un eslogan político que un análisis profundo.
No fue esta clase en sí lo que interesó primordialmente a los dos candidatos presidenciales entonces, sino la asociación establecida que entre ella y el votante independiente, neutral o indeciso.
En un proceso que se ha caracterizado por una polarización extrema, cabe preguntarse hasta dónde se han creado barreras que impidan esa vuelta al centro, necesaria hasta ahora para ganar en las urnas de este país.
Mucho se ha hablado del carácter excepcional de esta campaña, de la irrupción en la misma de dos políticos populistas de tendencias contrarias y de como este hecho hace posible esperar cualquier cosa. ¿Pero es realmente así?
Tanto el magnate Donald Trump como el senador Bernie Sanders se han empeñado en pasar por alto lo limitado de sus acciones para detener el declive de esa clase media —como tradicionalmente se le ha entendido— y lanzar promesas que no podrán cumplir, de llegar a la Casa Blanca, sin cambiar las características del sistema democrático. En última instancia, ambos prometen una revolución —Sanders lo dice abiertamente—, pero de rumbos contrarios.
El problema con dejarse seducir por tales utopías es que ambas apuestan al pasado. Se habla de que el electorado de este país ha cambiado en sus exigencias, necesidades y aspiraciones, pero aún está por verse como se definirá este electorado en general, que incluye el voto independiente, más allá de los ya definidos entre ambos partidos.
El crecimiento de la clase media siempre fue el colchón para atajar las desigualdades, el antídoto perfecto ante la lucha de clases y la esperanza de millones. Ahora, tras la guerra fría, un desarrollo tecnológico impresionante y un avance sostenido del comercio global, el mundo asiste una época de crecimiento de las desigualdades económicas y sociales. No solo en Estados Unidos, también la clase media ha disminuido, o ha visto mermados sus beneficios, en Europa. Y en igual sentido se ha producido un auge del populismo de ambos signos. La amenaza terrorista, la crisis migratoria y el aumento de la violencia se han mezclado —y han sido utilizados— para encausar por otras vías la esencia del problema: la inseguridad laboral y la reducción de los mecanismos creados décadas atrás para garantizar el futuro de los ciudadanos. Pero auge del populismo no quiere decir triunfo. La puerta para que ello ocurriera sería la victoria de Trump. Algo así como un “gobierno chavista” en Washington.
La verdadera gravedad del problema es que de momento no hay soluciones fáciles o posibles a la vista. Pero ello por supuesto no se atreve a decirlo ningún político. Vale la pena recordar que en la elección anterior, las promesas tanto del perdedor como del ganador no se cumplieron. Ni evidentemente Estados Unidos volvió a los 50 como deseaba Romney, ni a los 90 como quería Obama.
Hasta ahora la contienda electoral ha marchado de forma contraria a la actual distribución demográfica del país. Tanto los simpatizantes de Trump como los de Sanders pertenecen en su mayoría a la raza blanca, definiéndose por sus diferencias de escolaridad, pero compartiendo una base común de origen. Pero este panorama cambiará fundamentalmente cuando se entre en la verdadera campaña electoral. Entonces será el momento en que se sabrá hasta dónde el electorado estadounidense está a favor de una revolución, con nombre o sin nombre, o de las vías más tradicionales de transformación, que siempre han terminado por imponerse en este país.

Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 30 de mayo de 2016.

Castro: el otro, la otra


Si usted viaja a San Francisco y menciona el apellido Castro a uno de los residentes del área, lo más probable es que su interlocutor, si no es cubano, no asocie el nombre con Fidel Castro, ni Raúl Castro y mucho menos con Mariela Castro.
El distrito Castro, al que por lo general se le conoce simplemente como The Castro, es un vecindario en el valle Eureka, en San Francisco, California, donde vive la mayor concentración de gays en Estados Unidos. Se le reconoce además como uno de los símbolos del movimiento LGTB, que agrupa a lesbianas, gays, bisexuales y así como lugar de celebración de eventos y punto ideal para entrevistas y el lanzamiento de noticias y planes de activismo homosexual.
Aquí el nombre Castro no tiene nada que ver con Cuba ni su gobierno actual, sino con José Castro (1808-1860), una de las tantas figuras singulares de la historia de cualquier país, en este caso dos naciones y si hubiera sido por Castro quizá hasta tres.
Castro nació en Monterrey y en su juventud su ideal era lograr un status de semi independencia para Alta California. Después de varios y arrestos y triunfos políticos y militares contra el gobierno mexicano de Alta California, y de derrocar a más de un gobernador, terminó dirigiendo a los californianos en su lucha contra las tropas estadounidenses. Tuvo que marchar a México, residió en Sinaloa y luego volvió a California. Terminó regresando a México y fue nombrado gobernador y comandante militar de Baja California. Nunca renunció a su ciudadanía mexicana y a sus grados militares. Siendo gobernador de Baja California, fue asesinado por un bandido en 1848.
El vecindario que ahora lleva su nombre surgió en 1887, cuando el ferrocarril unió al valle de Eureka con el centro de San Francisco. La zona siempre mantuvo un cierto aire “marginal”, extranjero más bien. Primero se le conoció como “La Pequeña Escandinavia”, por la presencia de inmigrantes suizos, noruegos, daneses y finlandeses y luego, hasta mediados de la década de 1960, se convirtió en un barrio de obreros irlandeses.
Fue durante la Segunda Guerra Mundial que las fuerzas armadas norteamericanas situaron a miles de homosexuales en San Francisco, tras darle la baja de servicio debido a sus preferencias sexuales. Muchos se asentaron en Castro, y así comenzó la llegada de los gays al distrito y sus vecindarios.
En la actualidad, la zona no es solo el lugar de asentamiento de una comunidad, sino un centro de actividades y lugar de conmemoración. Todo un conjunto de eventos se celebran en este barrio, donde incluso existe un parque en que se recuerda a los homosexuales víctimas de la represión nazi.
No hay que negar la importancia del trabajo de la hija del gobernante cubano en favor de los derechos de los homosexuales. Solo que esta labor no puede verse aislada, y en este sentido hay también dudas decir sospechas quizá sea demasiado partidista sobre su desempeño.
El primero tiene que ver con esa duplicidad de la que Mariela Castro —que ha visitado San Francisco y dado una conferencia allí—no puede desprenderse, y que le llega como herencia familiar. No se trata de echarle a los hijos la culpa de los padres, pero en la persecución a los homosexuales en Cuba hay tanta culpa del Gobierno cubano, el mismo que se mantiene en el poder, que no puede limpiarse con un rostro agradable y una labor meritoria pero limitada.
El cambio de actitud del régimen de La Habana hacia los homosexuales, que precede en gran medida a la labor de Mariela Castro, fue un paso de avance, pero no una rectificación de errores. Más bien una tergiversación de errores. Con echar para atrás una política establecida por el centro de poder, mediante el otorgamiento de cargos, viajes y premios literarios a un grupo de homosexuales perseguidos, fundamentalmente durante el mal llamado “quinquenio gris”, se quiso equiparar a la represión y la censura con un problema temporal de rechazo a una tendencia sexual. La política de closet abierto mantuvo cerrada la puerta al debate sobre otros actos represivos, y convirtió a la condena de la represión pasada en una excusa para no hablar de la represión presente.
A esto se une que siempre es sospechosa aquí sí cabe esta palabra, porque se refiere a la tarea emprendida por un régimen la actitud de un victimario, cuando se convierte en un proveedor de refugio para las víctimas.
A veces las comparaciones históricas resultan odiosas y desproporcionadas, pero no deja de saltar a la mente que el papel de Mariela es similar al de una supuesta hija de Hitler repartiendo cemento y ladrillo, y un poco de pintura, para reparar sinagogas.
Por último, y para no hacer la lista muy larga, uno de los problemas fundamentales con Mariela Castro es que trata de ser y no ser —a la vez— la hija de papá.
Y la cuestión es que de papá, y del tío, desde hace años está harto el pueblo cubano. Esa mentalidad de gobernar el país como una hacienda compararlo con una dinastía es un insulto a la Historia desde hace rato debió haber cedido el paso a otras voces y otros ámbitos.
La directora del CENESEX debería comprender que ella no puede pretender ser la solución de un problema cuando todavía forma parte del mismo. Precisamente en este hecho, que resulta su punto más vulnerable, es donde radica su posición más cómoda.
No es exigirle a Mariela Castro que sea una hija rebelde. Es más bien aspirar a que debe ser más independiente. Por supuesto que ello no anula todo  valor que pudiera otorgársele, pero lo sitúa en su justa dimensión, más cercana a una labor limitada y una exhibición por momentos exagerada.

sábado, 28 de mayo de 2016

Cambios económicos, represión y disidencia


A grandes rasgos, el debate sobre la oposición en Cuba se divide en dos tendencias: los que sostienen que los moderados cambios económicos que ha llevado a cabo el gobierno de Raúl Castro son el principio de una apertura mayor, cuya fecha aún es imposible determinar, por lo que todo se queda en una esperanza, y los que priorizan o exigen cambios políticos profundos en el sentido de un avance hacia la democracia que no se han producido y nada indica se llevarán a cabo de inmediato.
Hay también un importante sector, que considera que los cambios económicos y políticos deben realizarse de forma simultánea, pero que en definitiva termina situándose del lado de los exigen mayor libertad, o al menos cierta libertad.
En la actualidad lo que se escucha y lee sobre Cuba puede reducirse a la fórmula del vaso medio lleno de agua: quienes ven en cualquier iniciativa hacia la economía de mercado un avance libertario y quienes encuentran en una supuesta protesta, en cualquier pueblo de la isla casi perdido en el mapa, el comienzo de una oleada de manifestaciones y actos al estilo de lo ocurrido en la llamada “Primavera Árabe” y antes, durante la caída del Muro de Berlín que podrán fin al gobierno de los hermanos Castro.
En ambos casos veo el vaso más vacío que lleno. Las reformas económicas que ha instrumentado el Gobierno cubano y otras que comienza a poner en marcha junto a las aprobadas en la última reunión partidista son más importantes de lo que se quiere reconocer en Miami, al tiempo que se mantiene con igual intensidad la represión frente a cualquier manifestación pública contraria al régimen, aunque ahora se prefiera las “detenciones exprés” a los encarcelamientos por largos períodos.
Hasta ahora no es posible atribuir ni a las protestas ni a las reformas una capacidad sustancial de cambio. Vale decir que las segundas intentan mantener un statu quo y que las primeras no logran avanzar más allá de lo ocasional, la cuadra y la vivienda.
En este sentido quedaría conformado un cuadro en que, por una parte la protesta contra la falta de libertad y la ausencia de democracia encuentra su definición mejor en el terreno cívico y sobre todo moral, mientras que el interés por hacer avanzar los cambios económicos correspondería a intereses económicos y políticos nacionales, e incluso empresariales en el exterior de la isla.
Por lo general, a estas dos vías que buscan una transformación en el país le corresponden también dos participantes diferentes.
Quienes buscan estos dos objetivos diversos que pueden resultar contradictorios, pero no lo son en esencia se diferencian tanto en profesión como en simpatías y alcance de sus esfuerzos. Es decir, que tradicionalmente quienes sostienen una posición moral sin claudicación alguna siempre y cuando sus intenciones sean sinceras trascienden más en la prensa, en la literatura y la historia, pero menos en cuanto a resultados prácticos. Poetas, escritores en general y miembros de un exilio lleno de añoranzas integran sus filas. Mientras, en el otro bando se  encuentran los políticos en general, quienes representan o forman parte de los grandes intereses económicos, mercenarios de todo tipo para poner también la cara fea del grupo y hasta algún que otro activista y periodista más o menos astuto.
Sin embargo, en última instancia no resulta relevante contemplar en blanco y negro esta división. Es más, es incorrecto señalar un bando de buenos y otro de malos. Lo importante es no olvidar que aunque se alcen los gritos contra el oprobio la práctica avanza mucho más rápido, y sabe más, en la mayoría de los casos.
La complicación y también la complicidad en el caso cubano, es que ambas sendas no marchan por caminos paralelos, como resultaría normal desde una óptica impersonal, sino se cruzan, muerden y atacan a cada minuto.
Todo ello ocurre con la existencia de un exilio demasiado largo que lleva a preguntarse si la pasión por la patria no deja de ser un anacronismo y poderoso al mismo tiempo. Un grupo que durante una época fue capaz de influir y determinar políticas de otra nación, pero al mismo tiempo incapaz de conquistar Estado alguno. Un sector poblacional que hasta hace pocos meses alimentó la ilusión de que uno de sus miembros alcanzara la presidencia del país más poderoso del planeta, pero que ha fracasado sistemáticamente en igual empeño en su nación de origen. De paradojas, fracasos y triunfos, este exilio ha construido un destino, en apariencia al menos aún inconcluso.

viernes, 27 de mayo de 2016

Votos y claves


Una clave fundamental para los aspirantes a la nominación presidencial por el Partido Demócrata es superar el viejo esquema de distribución de la riqueza por otro más acorde a la época actual, donde las necesarias medias reguladoras se combinen con otras destinadas a impulsar el desarrollo económico.
Mientras que una distribución de la riqueza depende en buena medida de la adopción de una legislatura que favorezca la justicia social —algo positivo en esencia pero que de inmediato enfrenta una confrontación ideológica en este país—, un esquema fundamentado en la creación de oportunidades, capacitación laboral, incremento del número de profesionales y facilidades empresariales entraría a jugar en el mismo terreno que los republicanos han logrado en buena medida acaparar como propio y de donde sacan el mayor provecho político de un problema que en realidad ellos crearon.
La culpa de la creciente desigualdad en este país no es del actual mandatario Barack Obama. Todo empezó décadas atrás, con el gobierno de Ronald Reagan, que se caracterizó por destruir muchos de los frenos que por décadas impidieron una acumulación desproporcionada de riqueza, así como los límites a las grandes corporaciones, y estableció que la avaricia no era un mal sino una virtud.
Por otra parte, no solo los políticos son responsables de esta situación, sino también quienes los eligieron. Echarles la culpa a los ricos y a los ejecutivos es una fórmula demasiado simplista y agotada. No es que los supuestos ideológicos para colocar a la avaricia como el principal motor del desarrollo económico no existieran desde mucho antes, sino que los diques sociales y políticos que la contenían fueron derribados. De esta manera, el culto a la riqueza del protestantismo fue convertido en rapacidad institucionalizada, no solo para ser ejercida hacia el exterior sino desde dentro.
Los ciudadanos no siempre votan de acuerdo con lo que es mejor para sus propios bolsillos. Entre 1979 y 1995, los trabajadores norteamericanos aceptaron con complacencia las desigualdades en riqueza e ingreso y el aumento vertiginoso de las ganancias corporativas. Los votantes favorecieron a los candidatos republicanos dispuestos a recortar los impuestos (Reagan) y castigaron a los que los aumentaron (Bush padre). Si eligieron a Bill Clinton fue porque era un demócrata centrista, pero en 1995 beneficiaron en sus boletas a Newt Gingrich y al nuevo Congreso republicano.
La mayoría de los norteamericanos acogieron con satisfacción la reforma del sistema de asistencia social, al que culparon de gran parte de los problemas económicos nacionales, aunque tal medida solo le ahorró al país mucho menos del uno por ciento del producto nacional bruto. Las letanías de que las diversas reducciones de impuestos beneficiaban principalmente a los ricos tuvieron poco efecto en las urnas y cualquier propuesta para regular los negocios fue inmediatamente tachada de comunista o izquierdista, antinorteamericana o anticuada.
El auge económico de los noventa hizo olvidar el crecimiento sin límites de la brecha que separa a los ricos y los pobres. De pronto el país entero empezó a jugar a la Bolsa de Valores, y desde los empleados de limpieza hasta los directores de empresa todos se convirtieron en inversionistas.
Cuando aspiraba a la presidencia por vez primera, Obama dejó claro que la culpa no solo había que buscarla en Reagan y la familia Bush, sino también en Clinton. Ahora que la exsecretaria de Estado Hillary Clinton tiene casi asegurada la nominación presidencial demócrata, el agradamiento de la brecha entre los más y los menos favorecidos, y lo que han hecho o no los demócratas, y en especial Obama para solucionar el problema, vuelve a colocarse en el centro del debate político.
No es la primera vez que esto ocurre en la nación norteamericana. No hay que pensar que será la última. Estados Unidos parece condenado al péndulo entre los intereses públicos y los privados. Pasó durante la época dorada a finales del siglo XIX, en la década del veinte en el siglo XX. Vuelve a comienzos de esta centuria. El engrandecimiento de las corporaciones, la especulación y las ganancias financieras exorbitantes que revientan como una burbuja y la crisis económica resultante que lleva al establecimiento de nuevas regulaciones.
Ahora está por verse si la solución del problema es dar un paso adelante o volver al pasado.
En este sentido resultan pertinentes las críticas formuladas por la senadora demócrata por Massachusetts, Elizabeth Warren, quien se ha destacado por una actitud crítica frente a Wall Street, más avanzada que la que ha caracterizado a Obama y aun mucho más distante de la que es posible esperar de Hillary Clinton, si se toma en cuenta el historial del matrimonio Clinton.
Y es precisamente en este punto donde radica uno de los fallos de la presidencia de Obama que el sector más de izquierda dentro de su partido está reclamando y donde el senador Bernie Sanders, aspirante también a la nominación presidencial demócrata, tiene más seguidores.
Si bien por una parte el gobierno de Obama ha adoptado regulaciones al capital financiero —algo muy criticado por los republicanos— en la práctica el último presupuesto para este país, firmado por Obama. fue hecho casi a la medida para el capital financiero.
Por supuesto que el “conservadurismo” de Obama no ha resultado contrario a los ideales de quienes desean mayor justicia social sin recurrir para ello a la conocida inutilidad de los intentos revolucionarios. Pero ello no basta.
La inversión de términos ocurrida durante la última década, en el campo político, ha contribuido a enmascarar, con el disfraz de la ideología, a quienes se han apropiado no solo de las tácticas más radicales —hay mucho de trotskismo en el neoliberalismo y en el Tea Party—, sino también a sus opositores.
Más allá de las posiciones ideológicas, la realidad social y económica de Estados Unidos está presente con tal fuerza, que de momento todo indica que resultará imposible colocarla en un segundo plano, como ocurrió durante la campaña para la reelección de George W. Bush. A menos que se produzca un atentado terrorista de grandes proporciones, este año los norteamericanos elegirán al nuevo presidente a partir de sus problemas domésticos. Y éstos no son pocos.
En la actualidad, más del cuarenta por ciento del ingreso total de la población estadounidense está en manos del diez por ciento de quienes reciben mayores ingresos en el país. Las cifras son similares a las existentes en los años veinte del siglo pasado, que luego fueron reducidas hasta finales de los setenta. El uno por ciento de las familias más acaudaladas poseen en la actualidad más del cuarenta por ciento de todos los medios económicos, entre ellos viviendas e inversiones financieras, lo que es superior a cualquier cifra en años anteriores a 1929. Como señaló hace años el exasesor republicano Kevin Phillips, en su libro Wealth and Democracy, Estados Unidos ha vuelto a la época de los Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie y Morgan de finales del siglo XIX. Ese es el país cuya población este año va a las urnas. 

martes, 24 de mayo de 2016

La ronda: ¿se va Pdvsa de Argentina?


Por momentos la historia en Latinoamérica parece empeñada en una eterna ronda, un carrusel que gira donde países, gobernantes e incluso ministros intercambian asientos en medio de las vueltas. O mejor una montaña rusa con altas y bajas, precipicios y cumbres. Pero en todos los casos, una mezcla de viejos y nuevos esquemas que parece interminable. No poco dinero gastó el fallecido presidente Hugo Chávez en la región, en un esfuerzo que desde hace años languidece de forma implacable. Ahora ha surgido una oferta de compra de activos, que abriría la puerta de salida en Argentina para Petróleos de Venezuela (Pdvsa), el poder económico utilizado por Chávez para influir de manera determinante en los países latinoamericanos.
El viernes pasado un grupo empresario argentino lanzó una propuesta de gerenciamiento con opción de compra para hacerse cargo de los activos de Petrolera del Cono Sud, la subsidiaria de la firma venezolana, dueña de una red de 95 estaciones de servicio, además de unos tanques de almacenamiento en las afueras de Buenos Aires. La misma oferta de compra se presentó en la Bolsa de Comercio, según el diario argentino La Nación.
Petrolera del Cono Sur pertenece en un 95% a Pdvsa Argentina, mientras que el 5% restante está colocado en la Bolsa porteña. La propuesta llega en un momento complejo de la petrolera. La caída del precio internacional del crudo y la crisis política y económica en Venezuela impulsaron decisiones respecto de la fallida expansión de aquel país en América latina. Según datos corroborados en los balances presentados en la Bolsa de Comercio, la firma perdió alrededor de $880.000 por mes el año pasado: este período estaría algo por encima.
De acuerdo con fuentes del mercado, desde Caracas habría llegado la orden de frenar el gasto. A la filial local le queda dinero como para terminar el año. Sin embargo, no se sabe qué pasará más allá del momento en el que se termine el dinero disponible. Allí se dirige la oferta.
“La empresa no está en un proceso de venta. No hay un proceso abierto”, contestaron en las oficinas locales al ser consultados por La Nación.
Una fuente cercana a la filial de la petrolera estatal venezolana en Argentina le afirma a CNN que había recibido una oferta de compra por su red de estaciones de servicio y la había rechazado.
Con independencia de que esta u otra oferta se materialice, el sueño de Chávez de dominio político y energético en la región se ha desmoronado.
Según La Nación, al menos dos ministros del gabinete argentino están al tanto de la oferta. Uno de ellos es Juan José Aranguren, el jefe de la cartera de Energía y exejecutivo de la firma petrolera Shell.
Con Aranguren como protagonista empezó la historia de Pdvsa en Argentina. La llegada de la empresa estatal venezolana, patrocinada en 2005 por los presidentes Néstor Kirchner y Hugo Chávez, estuvo marcada por una fuerte presión para que Shell les vendiera sus activos en el país.
En noviembre de 2004, el gobierno de Kirchner creó Enarsa, la petrolera estatal que jamás tuvo petróleo. Según Aranguren, Kirchner consideró la posibilidad de hacerse de los activos de la petrolera anglo-holandesa con la ayuda de Pdvsa.
Shell nunca inició conversaciones formales con Pdvsa. En marzo de 2005, el presidente Kirchner llamó a hacer un boicot contra la empresa manejada por Aranguren, que había aplicado un aumento de hasta 4,2% en el precio de las naftas y el gasoil. El mandatario instó a "no comprar más a Shell, ni una lata de aceite, y que se den cuenta de que los argentinos ya no soportamos más este tipo de acciones". Kirchner, además, defendió "el boicot nacional que le pueda hacer el pueblo a quien se está abusando del pueblo".
Finalmente, Pdvsa firmó un acuerdo con Enarsa. Abrieron dos estaciones de servicio. Ambas cerraron sin pena ni gloria en 2010.
Pdvsa, sin Enarsa, avanzó por su cuenta. Le compró a la uruguaya Ancap la red de estaciones de servicio Sol. Así nació PDV Sur, una red que, entre propias y ajenas, hoy tiene 95 estaciones de servicio.
Pero los tiempos cambiaron. Aquella expansión petrolera de la mano del crudo venezolano ya no tiene la fuerza de hace 10 años. Y aquel empresario boicoteado ahora es ministro de Energía.
Al final, todo parece estar desembocando en otro mal negocio iniciado en la época en que el Gobierno chavista tenía dinero para botar.
Chávez acabó convertido —¿no lo fue siempre?— en una fuerza circunstancial que frenó el desarrollo económico y político de Venezuela y otros países latinoamericanos y dividió a las naciones. El actual mandatario venezolano, Nicolás Maduro, no es más un resabio de Chávez que aún persiste.
Desde pagar la deuda de Argentina y Ecuador al Fondo Monetario Internacional hasta financiar un popular festival de zamba en Brasil, Chávez quiso abarcarlo todo. Pero en esencia su objetivo se reducía a difundir un esquema que parecía agotado —la revolución social al estilo cubano— no mediante la violencia guerrillera, sino empleando la otra arma tradicional necesaria para hacer la guerra: el dinero. El poder de los petrodólares convertido en un recurso antiimperialista.
Ahora que el dinero se ha acabo, Maduro se aferra al poder y a la inmovilidad, en un esfuerzo cada vez más demente de frenar las vueltas del carrusel donde cada vez su puesto es más estrecho y su conducta evidencia un profundo mareo. 

domingo, 22 de mayo de 2016

El mensaje de (los) Castro a Maduro


La presidencia de Nicolás Maduro en Venezuela se sustenta apenas sobre tres pilares: represión, escasez y corrupción.
Si el presidente Maduro diera muestras de un mínimo de cordura, el peligro de un estallido social disminuiría. De lo contrario, lo único que hace es alimentarlo a diario.
Para Maduro cualquier apariencia con visos de legalidad o democracia está agotada. Teme realizar un referendo revocatorio que sabe perdería. Se aferra a retornar a un pasado que otros momentos y otros países resultó en un rotundo fracaso —intervenciones, nacionalizaciones de empresas— como única salida de futuro. Y en medio de tales muestras de insensatez, el presidente de Bolivia, Evo Morales, visitó brevemente a Maduro el sábado 21. Cabe especular que no fue un encuentro limitado a reiterarle su respaldo ante la crisis política en el país petrolero. Morales venía de La Habana, donde celebró encuentros tanto con el gobernante Raúl Castro como con Fidel.
Es lógico especular que ambas reuniones no se limitaron a la entrega de condecoraciones (Raúl) o la añoranza de tiempos pasados, con referencias al fallecido Hugo Chávez y la ahora procesada expresidencia Cristina argentina Cristina Fernández de Kirchner (Fidel).
“Fidel y Evo rememoraron momentos trascendentales del proceso de integración progresiva de nuestros pueblos y el papel que desempeñaron , particularmente, Hugo Chávez y Cristina Fernández de Kirchner; dialogaron sobre los vínculos de hermandad y colaboración crecientes entre nuestros dos países; intercambiaron acerca de los acontecimientos que tienen lugar en América Latina, los esfuerzos imperialistas por revertir el movimiento político y social en nuestra región americana, mientras advertían los gravísimos peligros que se ciernen sobre la existencia humana”, de acuerdo a la información publicada en Granma.
Sin embargo, más allá de la breve retórica, usual y gastada, en la prensa oficial cubana, no hay muestras explícitas, al menos hasta hoy domingo, de que el Gobierno cubano busque alentar una escalada en la actual confrontación venezolana.
Claro que una cosa son las declaraciones y otras los posibles mensajes internos, pero cabe dudar un mayor involucramiento directo, por parte de Cuba, en la situación venezolana. Y es que las opciones son muy limitadas, tanto para el Gobierno de Caracas como para el de La Habana.
El presidente Maduro ha recurrido a los ejercicios militares como lo que considera cortina de humo perfecta —más bien única— para campear la situación. Prácticas en siete estados, que incluyeron el desempeño en el terreno de unidades de defensa antiaérea, acciones ante el desembarco de tropas enemigas y ataques a instalaciones del sistema eléctrico, fueron difundidas en una transmisión obligatoria de radio y televisión. Más de medio millón de participantes, entre tropas militares, milicias civiles y estudiantes, en juegos de guerra con los que el Gobierno de Maduro pretende prepararse para afrontar escenarios como una supuesta invasión extrajera o un golpe de Estado. El mandatario rodeado de uniformados, con las armas apuntando al cielo, y advirtiendo que “los fusiles están donde tienen que estar, que nadie se meta con Venezuela”.
El recurso de la amenaza de una supuesta invasión sirvió durante décadas al régimen cubano para desviar la atención de los graves problemas nacionales, económicos y de otro tipo. Aún es un recurso en reserva, por su eficacia demostrada. Pero en Cuba nunca fue utilizado de forma aislada. Una represión con características diversas, desde la profilaxis hasta la acción puntual, decisiva y rápida, siempre la ha acompañado.
Y es en este punto donde el gobierno de Maduro ha carecido de igual efectividad. La línea divisoria para la represión en Venezuela continúa siendo el impedir las muertes entre la población civil, al menos lograr que no se alcancen cifras alarmantes. Las fuerzas armadas en Cuba nunca se han visto involucradas en tareas de este tipo. Existen órganos represivos para llevar a cabo esa labor siempre se evitan los posibles excesos, lo que no niega la existencia de un sistema de terror imperante sino ejemplifica su efectividad. Cuba debe estar diciéndole a Maduro que jugar a la guerra resulta provechoso mientras al mismo tiempo se evita desencadenarla.
Por lo demás, la mediación internacional siempre es secundaria mientras no se llegue a situaciones extremas. La OEA no es factor preocupante, también le debe estar diciendo La Habana a Maduro —“con OEA o sin OEA ganaremos la pelea, es un viejo lema en la isla— mientras los militares continúen de su parte o al menos lo admitan.
El problema con Maduro es que no es Castro —ninguno de los dos hermanos— y Venezuela no ha sido convertida en otra Cuba, pese a los esfuerzos en este sentido. La Plaza de la Revolución sigue preocupada por la situación venezolana —pese al empeño en atraer inversión extranjera el apoyo de Caracas continúa siendo virtual para su economía—, pero al mismo tiempo sabe que de momento Maduro es al mismo tiempo peón y rey en su tablero de supervivencia. A estas alturas, poco puede hacer el Gobierno cubano en asistencia a la represión sin involucrase de forma más directa en el conflicto, algo que echaría por tierra el proceso de mejoramiento de relaciones con Washington. No es cuestión de lo que opine Raúl o lo que diga Fidel. Ambos actúan al unísono en los asuntos graves y el segundo, en plena capacidad de poder, optó por retroceder en otros lugares cuando consideró que la retirada era la única alternativa. Todo depende de hasta donde conseguirá el mandatario venezolano controlar el caos. Maduro parece haber descartado cualquier salida democrática —a veces da la impresión de estar propiciando el temido “golpe de Estado”— y se muestra inclinado a jugar a la guerra. El juego para el que está menos preparado. Más allá de la retórica del apoyo político, Evo Morales puede haberle llevado a Maduro un mensaje de advertencia. 

jueves, 19 de mayo de 2016

El Pentágono y la “bomba gay”


Una “bomba gay”, que transformaba a los soldados enemigos en homosexuales fue una idea descabellada propuesta en 1994 por un laboratorio militar al Pentágono, pero la misma no siguió su curso.
El laboratorio Wright del ejército del Aire en Dayton, Ohio, solicitaba 7,5 millones de dólares para desarrollar la bomba, que contenía un producto químico de efecto poderoso y afrodisíaco que llevaría a “un comportamiento homosexual” y minaría “el espíritu y la disciplina de las unidades enemigas”. Al parecer tras la idea estaba el lema de “hacer el amor y no la guerra”.
El documento, descubierto en diciembre de 2004 por Sunshine Project, una asociación basada en Texas y en Alemania que lucha contra las armas biológicas, fue hecho público en  junio de 2007 por dado a conocer por la Agence France Presse y Cuaderno de Cuba divulgó la información.
Por esa fecha el Pentágono confirmó la existencia de la propuesta, pero minimizó su alcance. '“El departamento de Defensa jamás alentó tal concepto (...) Y ningún financiamiento fue aprobado por el Pentágono”, dijo a la AFP un portavoz militar, el teniente coronel Brian Maka.
Recordó que la idea formaba parte de una serie de proposiciones sobre armas no mortales, entre las que estaban un producto químico que hace a los enemigos muy sensibles a la luz del sol y otra que buscaba lograr abejas súper agresivas.
Edward Hammond, del Sunshine Project, puso en entredicho no obstante las declaraciones del Pentágono. “La proposición no fue rechazada de plano. Fue examinada más tarde', escribió en el sitio de internet de la asociación.
Afirma que la idea fue insertada en el año 2000 en un CD-ROM promocional sobre las armas no mortales por un organismo del Pentágono, basado en Quantico (Virginia).
De acuerdo a Hammond la idea fue reiterada en un estudio sometido a la Academia Nacional de Ciencias en 2001.

martes, 10 de mayo de 2016

Memoria y rencor


Para muchos exiliados cubanos, el no plantearse la relación personal entre su vida de hoy y los años pasados en la Isla bajo la dicotomía de justicia (¿venganza?) o perdón es un esfuerzo necesario pero difícil.
Me refiero a esa mayoría que no participó activa y militarmente en ninguno de los dos bandos, y que no sufrió castigos mayores o recompensas importantes, recibidas por su actuación durante las décadas en que el proceso se definió por algo más que remesas, recortes y reformas.
Hablo, en resumidas cuentas, del 90% o más de la población cubana actual. Víctimas o victimarios de ocurrencias diarias, como el poder comer o no en un restaurante, perder la noche en una guardia absurda y dedicar un domingo a un trabajo inútil, que se empeñaban en llamar “voluntario”, “productivo” o “agrícola”, pero que siempre era obligatorio y gratuito.
La mención de esas jornadas inútiles, imprescindibles y agobiadoras —más en muchas ocasiones que por el esfuerzo físico por la carga emocional de abatimiento y depresión que implicaban— ejemplifica esa zona gris donde la definición final no se alcanza por el recuerdo de un dolor profundo o un acontecimiento verdaderamente traumático, sino por una sensación de estar “perdiendo el tiempo” que tras los años es difícil de apresar. Salvo en experiencias extremas, la memoria tienda a ser pasiva, casi generosa: las penurias tienden a disgregarse en la nostalgia, añoranza de juventud que diluye privaciones específicas.
Cuando años atrás leí en la edición digital del periódico Trabajadores que el Gobierno cubano había puesto final a la práctica del llamado “trabajo voluntario”, por un momento la información me revolvió el estómago.
Pura bilis es lo único que me quedaba ante ese abuso cometido durante años y años, que ha obligado a cubanos de varias generaciones a tener una o varios fotos durante un trabajo agrícola entre los recuerdos.
La foto puede tener ahora la patina de la soledad, la melancolía de algún ausente o la evocación de este u otro sueño que se materializó o no. Quizá todo eso sea lo permanente, pero la injusticia de obligar a muchos jóvenes o no tan jóvenes a perder días, meses y años de la vida para complacer los caprichos ideológicos de un tirano ahora senil no es fácil de borrar.
El llamado “trabajo voluntario” incluía “gigantescas movilizaciones hacia campos agrícolas u otras actividades sin un contenido productivo, donde prevalecía la pérdida de tiempo, y el gasto de recursos era muy superior al efecto económico del trabajo que se iba a realizar”, recordaba el diario.
Añadía que “en innumerables ocasiones solo sirvió para tapar o eliminar la ineficiencia, malos métodos de trabajo y otras deficiencias administrativas”.
Así era reconocido en un “periódico del Gobierno” u “oficial”—lugares comunes al referirse a la prensa en Cuba, con la ilusión de que alguien no nacido allí nos entienda— y la verdad expresada en los párrafos no parecía ni irónica ni burlona sino depositada con un simple desdén por pasar la hoja. Pero si alguien lo hubiera dicho en otro momento, cuando existió un verdadero culto por este tipo de labor, en la época en que era un deber casi “religioso” participar en ellas “gigantescas movilizaciones”, y hacía demasiado o poco evidente la menor apatía al respecto, era sancionada con medidas punitivas que podrían incluir la expulsión de la universidad, el envío a cumplir el Servicio Militar Obligatorio y otras medidas punitivas similares; habría sido acusado de “diversionismo ideológico”, posible agente de la CIA y contrarrevolucionario.
Lo peor del caso, en lo personal, fue no poder, con un simple clic, cerrar la información en la pantalla. Evitar el caer —finalmente y de nuevo— en lo que uno ha tratado de rechazar una y otra vez: recordar con rencor.

sábado, 7 de mayo de 2016

Los espías tranquilos

De los espías que trabajaron para la Unión Soviética, el matrimonio Cohen es un ejemplo donde la rutina de la labor sustituyó cualquier elemento heroico y el glamur siempre está ausente. Más allá del peligro rutinario de una actividad clandestina, poco da pie a una trama excitante, y apenas se puede decir más, salvo reconocer que actuaron por convicción hasta el final de sus vidas. Especular demasiado es tan válido como señalar el dejo de resignación siempre presente en un empleado de banco retirado.
Aunque la aventura estuvo siempre presente en los Cohen, al igual que los diversos destinos y la eficacia con la cual llevaron a cabo su trabajo. Fueron premiados por ello en el país al que sirvieron fielmente y que no fue su patria de nacimiento. Recibieron honores y murieron tranquilos. Lo que llama la atención es que el teatro, el cine y la literatura se han acercado a ellos de una forma casi tangencial, sin que hasta ahora despierten la atención necesaria a una variante británica de Bridge of Spies, una trama que por cierto no les es ajena.
Todo se resume en que los Cohen ejemplificaron una época, pero en esa fidelidad al tiempo —en esa falta de lo novedoso—, quizá radique que en la actualidad no se les recuerde. Una biografía recién editada puede que cambie esta situación.
Rostros del ayer
Morris Cohen nació el 2 de julio de 1910 en Nueva York, de padre ucraniano y madre lituana. La procedencia de sus padres, de países que han cambiado nombres, fronteras y pertenencia a lo largo del siglo pasado, y el origen judío, son dos factores que contribuyen a esa marca de época.
Sin bien estudió en Columbia University, tras graduarse en la Mississippi State University, no fue por méritos académicos extraordinarios sino gracias a una beca obtenida por sus aptitudes como jugador de fútbol americano.
Su participación en el Batallón Mackenzie-Papineau, durante la guerra civil española en 1937, es el hecho que lo define. En los archivos de la Brigada Abraham Lincoln aparece como periodista y soldado raso durante la contienda, organizador y líder de sección, entrenado en la lucha guerrillera y en comunicaciones.
España resultó mucho más que un ideal libertario. Allí conoce al bielorruso Aleksandr Orlov, una figura legendaria dentro del espionaje.
Orlov, que se dedicó a tareas mayores en suelo español, como supervisar el envío de 510 toneladas de oro para las arcas de Stalin, ser el protector de Ramón Mercader —que se convertiría en el asesino de Trotsky— y dirigir un campo de entrenamiento de 3.000 guerrilleros y una escuela de agentes de inteligencia, encontró tiempo para también convertir a Cohen en espía.
Orlov sí ha encontrado su lugar en un libro notable, que es más que su biografía: Deadly illusions, de John Costello y Oleg Tsarev. No es para menos. Durante más de una década logró eludir a Washington y Moscú y mantenerse en Estados Unidos. La apostasía, y más si es hacia dos frentes opuestos, siempre paga para la literatura.
Lo singular es que Orlov logró un acuerdo casi inverosímil. Cuando recibió una comunicación de que regresara a la URSS, y sospechó que iba a ser purgado, envió un mensaje al Kremlin: no revelaría secretos si no se “molestaba a mi vieja madre”. La mencionada singularidad radica en que ambas partes cumplieron con esa propuesta de acuerdo.
Cohen nunca se vio ante ese tipo de situación extrema y siempre fue fiel. Al regresar a Estados Unidos en el vapor Ausonia, el 20 de diciembre de 1938, tras ser herido en la contienda española, ya se había convertido en un espía soviético.
Para ello contó con la ayuda de quien sería por siempre su esposa. En 1941 se casó con Leontina Petra, activista del Partido Comunista de EEUU, correo del físico Theodore Hall, que laboraba en el Manhattan Project, y parte de un grupo de espionaje mucho más exitoso en el envío de secretos atómicos a la URSS que el célebre matrimonio Rosenberg.
El papel fundamental de la pareja de Morris y Lona, en el envío de información secreta sobre la bomba atómica, no vino a ser confirmado hasta muchos años después, cuando un artículo aparecido en 1991 en el semanario soviético Tiempos Nuevos, y escrito por el coronel Vladimir Matveyevich Chikov —un alto oficial de la entonces recién creada Oficina de Información Pública de la KGB— reconoció el papel decisivo del espionaje en la fabricación de la primera bomba atómica soviética.
Chikov fundamentó sus afirmaciones en la información contenida en el “Expediente 13676”, al cual habían tenido acceso solo seis personas en 50 años, y él era una de ellas.
Entre los documentos leídos por Chikov se encontraba una declaración de Cohen, que admitía su labor de espía y en ningún momento la consideraba un acto de traición, sino parte de su “lucha por la verdad y justicia universal”.
Una salida a tiempo
Los Cohen estuvieron trabajando en conexión con el “coronel Rudolph Abel ” —el espía soviético detenido y luego intercambiado que aparece en Bridge of Spies—hasta 1950, cuando de forma secreta partieron para la URSS.
El mensaje que recibieron de la KGB, por parte de un visitante inesperado fue simple y perentorio: “Dejen la luz encendida y desaparezcan”.
Reaparecen en pocos años en Gran Bretaña, luego de un tiempo en Nueva Zelanda, como supuestos ciudadanos canadienses. Para 1954 están instalados en 45 Cranley Drive, en Ruislip, donde acumulan una buena cantidad de materiales de espionaje, entre ellos equipos fotográficos, libros de códigos, una antena y un equipo de trasmisiones. Usan como cobertura ser los propietarios de una tienda de libros antiguos y utilizan los nombres de Peter y  Helen Kroger. Estaban en contacto con el espía soviético Gordon Lonsdale.
El 7 de enero de 1961 son arrestados, por formar parte de la red de espionaje soviética conocida como el Portland Spy Ring, que había penetrado la Royal Navy. El registro a su vivienda y librería dura siete días. Son condenados a 20 años de prisión.
Pero solo cumplen ocho años de cárcel. En 1967 la URSS admite que son espías a su servicio y en julio de 1969 son intercambiados por el británico Gerald Brooke, condenado a cinco años de prisión, cuatro de ellos en campos de trabajo forzado “por actividades subversivas anti-soviéticas en el territorio de la Unión Soviética”.
Los Cohen regresan a Moscú y durante décadas Morris se dedica a entrenar a los jóvenes futuros agentes en la recolección de información. Muere el 28 de junio de 1995. Su mujer había fallecido tres años antes.
En la URSS los Cohen fueron galardonados con la Orden de la Bandera Roja y la Orden de la Amistad de Naciones. Los dos aparecen, individualmente, en diversos sellos postales soviéticos. Luego de la disolución de la URSS, recibieron el título de Héroes de la Federación Rusa por parte del presidente Boris Yeltsin. Ambos disfrutaron de pensiones de la KGB hasta su último día.
Teatro, Cine y Literatura
Se acaba de editar un libro que relata la trayectoria de los Cohen como espías. Operation Whisper: The Capture of Soviet Spies Morris and Lona Cohen, de Barnes Carr. Décadas transcurridas, no solo de sus actividades más notables en el campo de espionaje sino de su muerte, por fin tienen la biografía que desde hace mucho tiempo atrás merecen. Es posible que la obra despierte finalmente el interés en esta pareja, al mismo tiempo ordinaria y excepcional. Pero por igual tiempo el tema no ha despertado la atención en el terreno de la ficción.
Lo que ha llamado la atención al teatro y al cine no han sido específicamente los detalles de la vida de la pareja de agentes, sino una situación singular que esta provocó.
En 1983 el autor británico Hugh Whitemore escribió Pack of Lies, que se representó en el circuito teatral londinense del West End, con actuaciones de Judi Dench y Michael Williams. La obra estuvo en Broadway durante tres meses y medio, en 1985, y por ella Rosemary Harris ganó el Tony a mejor actriz por su papel como la vecina de los Kroger (Cohen). En 1987 se realizó una versión cinematográfica para la televisión, con Ellen Burstyn, Alan Bates, Teri Garr y Daniel Benzali (como "Peter Schaefer (Peter Kroger/Morris Cohen).
Sin embargo, la trama no se centra en el matrimonio de espías sino en los vecinos y amigos de la pareja, cuya vivienda es utilizada por los servicios de contrainteligencia británica para vigilarlos, y como esa doble existencia (no de los espías sino de los vecinos y supuestos amigos) altera y gradualmente destruye la vida de estos durante ese tiempo en que se mezclan la paranoia, la sospechas y los sentimientos de traición.
Hay otro libro donde también aparecen los Cohen, pero no son protagonistas.
En su papel de supuestos vendedores de libros antiguos son mencionados por la escritora estadounidense Helene Hanff, como amigos del también librero Frank Doel, el personaje que recibía las cartas y los pedidos de títulos de literatura inglesa difícil de adquirir en Estados Unidos, que es uno de los dos protagonistas de la novela 84 Charing Cross Road (la propia autora es el otro), adaptada posteriormente al teatro y llevada al cine en una excelente película, con Anne Bancroft y Anthony Hopkins en los papeles principales.
Según el conocido autor de bestsellers, Eric Frattini, la librería de los Cohen estaba especializada en obras de sadomasoquismo y tortura. A Frattini siempre hay que leerlo con mucho de entretenimiento y más de una pizca de incredulidad. Difícil adoptar como cobertura un tema que para algunos puede despertar desconfianza, y más en aquella época.
De ser cierta la afirmación de Frattini, e incluso como ficción, sería un buen ángulo literario o cinematográfico: el otro lado oscuro de un matrimonio de apariencia sencilla, pero que buena parte de su vida vivió en la sombra, aferrado a un ideal que era —fundamentalmente y desde cualquier ángulo ético y no ideológico— también una traición.

domingo, 1 de mayo de 2016

Estado, clases sociales y elecciones


Alexander Pope dijo en una ocasión que el verdadero amor a uno mismo y a lo social eran la misma cosa. Desde entonces se han multiplicado los elogios a las bondades de la libertad del mercado como solución de los problemas.
Una economía impulsada por el egoísmo individual, que terminaría encauzando ese egoísmo hacia el bienestar social: el hombre está obligado a servir a otros a fin de servirse a sí mismo.
Olvida este enunciado que el egoísmo se expresa en la avaricia. La ganancia sin límites se persigue a diario, más allá de las preferencias partidistas, sin considerarse un vicio y elogiándose como una virtud: sin pudor ni decencia.
Lo cierto es que si teóricamente en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple oferta y demanda sino también por la propaganda y la prensa en general; los grupos de intereses que influyen en los órganos de gobierno y fundamentalmente las grandes corporaciones que en la práctica actúan como lo que son: controladores del Estado.
El debate sobre el papel del Estado en los procesos económicos tuvo dos vertientes durante la segunda mitad del siglo pasado. En la primera y de mayores consecuencias políticas fue un enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Pero también se desarrolló, y de forma destacada, dentro del mismo sistema capitalista.
La intervención del Estado, a fin de prevenir y solucionar las crisis económicas, fue la solución propugnada por John M. Keynes para precisamente salvar al capitalismo y evitar un estallido social que llevara a una revolución socialista.
De forma limitada Barack Obama aplicó el keynesianismo. Pero aunque Estados Unidos logró salir de una profunda crisis laboral y financiera —en parte gracias a la política gubernamental y en parte también por las características cíclicas del sistema— el mejoramiento de la situación económica solo ha llegado de forma extremadamente limitada a la clase media y a los pobres.
Quiere esto decir que de nuevo la economía estadounidense marcha a la cabeza del mundo, el desempleo ha disminuido sustancialmente y el déficit se ha reducido, así como la dependencia energética, pero ni la mesa ni al bolsillo del ciudadano de a pie se han visto beneficiados como en ocasiones anteriores.
Cuando un republicano habla de la creación de empleos, por lo general se refiere a
otorgarles todo tipo de ventajas a los inversionistas y empresarios, como una forma de alentarlos a “crear empleos”, lo que se traduce en menos regulaciones, desde las que tienen que ver con el medio ambiente hasta las condiciones específicas en que se realiza la labor.
El problema es que muchas de estas ventajas pueden resultar provechosas, para el enriquecimiento aún mayor de unos pocos, pero de poca o nula efectividad en el mejoramiento de los trabajadores tras la supuesta creación de tales empleos.
Un fantasma recorre la campaña por la presidencia estadounidense este año, tanto en el ala demócrata como republicana, y es la diferencia de beneficios entre la clase media y trabajadora y los empresarios y poderosos. El temor por el auge del tema es cada vez mayor en ambos partidos, por lo que reflejan las preocupaciones de sus electores y la presencia de dos aspirantes populistas pero de signo contrario: Bernie Sanders y Donald Trump.
Es casi imposible que Sanders logre la nominación y el establishment republicano sigue empeñado en impedir la de Trump. Pero con independencia de quienes resulten finalmente nominados, de la manera en que los candidatos intenten lidiar con el problema dependerá en buena medida el resultado electoral.