domingo, 26 de junio de 2016

Pobre Trump


Para Donald Trump la contienda por la presidencia, no importa si gane o pierda, es un negocio más. Aunque su campaña parece estar en bancarrota.
No hay nada extraño en ello, si se conoce su trayectoria empresarial, y tampoco hasta el momento nada ilegal. Lo singular, en el caso de Trump, es que por lo general no arriesga su fortuna. Es más, incluso cuando pierde gana. Podrá tener un récord de bancarrotas en sus negocios, pero ello no ha significado que ha salido más pobre de ellas.
Cuando alguna de sus empresas van mal, enseguida se asegura de poner a salvo sus finanzas, de obtener préstamos —que una vez que las empresas son declaradas en bancarrota no tendrán que pagarse— para cobrar sus sueldos millonarios o recuperar el dinero que ha invertido o los fondos que ha facilitado.
Al final siempre es lo mismo: los contratistas se quedan en la ruina, ya que no pueden cobrar por las edificaciones realizadas; los inversores pierden, porque las acciones se desmoronan estrepitosamente, y los empleados se quedan en la calle. Pero la fortuna de Trump sale magnificada. Así ocurrió con sus negocios en la ahora arruinada Atlantic City.
En la actual lid electoral, Trump va por el mismo camino. Los documentos de recaudación muestran que utilizó millones de dólares de sus fondos de campaña para pagar a sus propias empresas y familiares, según la Associated Press.
Todavía están frescas las imágenes del aspirante durante las primarias, durante un discurso en Mar-a-Lago, un club privado en Florida que utiliza como su casa vacacional; las botellas de agua marca Trump distribuidas a los participantes; la imagen del magnate con su avión personal al fondo.
Era lógico pensar que para una persona que alardea de que su fortuna asciende a $10.000 millones toda esa exhibición no fuera más que una demostración de su riqueza.
Nada de eso: puro negocio. Trump se estaba vendiendo a sí mismo.
Al final de mayo, su oficina electoral había pagado alrededor de seis millones de dólares por productos y servicios de la corporación Trump, según muestra una revisión de los reportes financieros. Eso representa casi 10% de sus gastos.
La campaña pagó $423.000 por el uso de Mar-a-Lago; $26.000 en enero para alquilar una instalación en el Trump National Doral, su campo de golf en Miami; otros $11.000 en el hotel de Trump en Chicago; $520.000 en alquiler y uso de servicios a Trump Tower Commercial LLC y a Trump Corporation; aproximadamente $5.000 a Eric Trump Wine Manufacturing LLC, que ofrece vinos de Virginia con el nombre “Trump” escrito con letras gruesas sobre las botellas; $4,7 millones por gorras y camisas adquiridas a Ace Specialties, compañía propiedad de un miembro de la junta directiva de la fundación caritativa de su hijo Eric Trump.
El mayor pago a una empresa de Trump fue de $4.6 millones de dólares a TAG Air, la compañía controladora de sus aeronaves.
Imagine por un momento a Ronald Reagan o a George W. Bush, hablando al país desde sus respectivos ranchos y cobrando un alquiler de la propiedad por ello. Nunca ocurrió.

Imagine algo peor. Trump es electo presidente. Por ley un presidente estadounidense deja a un lado sus negocios para dedicarse a los problemas de la nación, pero con Trump siempre cabe la duda; porque si no está él están sus hijos para atender las empresas: todo queda en familia. Con Trump cabe esperar cualquier cosa, desde preferir dirigir al país desde la Trump Tower en Manhattan hasta desechar Camp Davis en favor de Mar-a-Lago, y por supuesto cobrar el alquiler por ello. En cualquier caso, es lo menos malo que podría ocurrir durante su mandato.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 27 de junio de 2016.

miércoles, 15 de junio de 2016

La Tate Modern se amplía


La Tate Modern se amplía con una pirámide de ladrillo de 10 pisos firmada por los arquitectos suizos Herzog & DeMeuron. La edificación ha costado 260 millones de libras y amplía sus espacios expositivos en un 60%. Con la estructura añadida el museo londinense de arte moderno y contemporáneo —la instalación de su tipo más visitada del mundo, que recibió 5.7 millones de visitantes el pasado año— se consolida como el lugar ideal para conocer el arte desarrollado a partir del pasado siglo y el presente.
La nueva instalación, con el nombre de Tate Modern Switch House —por ubicarse en el espacio dedicado al intercambio energético de la antigua planta eléctrica transformada en museo— más que duplica la capacidad disponible de la instalación inaugurada en 2000 y su diseño la convierte en un símbolo de lo que ha significado, desde el punto de vista arquitectónico, la Tate Modern respecto a su entorno.
Nada en este sentido preparaba al visitante, al cruzar el Támesis y caminar por la orilla, con el monumental edificio del Parlamento británico a sus espaldas, para iniciar un recorrido de varias cuadras y llegar al museo, salvo por supuesto el conocer su existencia. Ahora la Tate se me asemeja al Guggenheim de Bilbao: un edificio que por su sola existencia despierta el interés. Curiosamente, en ambos casos hay que cruzar un río. Con este desarrollo en vertical, ahora es posible trazar una línea visual de la Tate hacia el domo de la Catedral de San Pablo, al otro lado del río.
Para extender las similitudes con el Guggenheim bilbaíno, entre las nuevas salas de la Tate hay una dedicada a la artista francoamericana Louise Bourgeois, con una de sus famosas arañas como atracción principal. No tan imponente como la que se encuentra en las afueras del museo de la capital del País Vasco, esta araña del Tate seduce igualmente con su belleza siempre algo aterradora.
Pero a diferencia del Guggenheim, en el Tate Modem no se apuesta por la franquicia.
“No creemos en eso. No queremos conquistar el mundo. La Tate es una institución de alcance global, pero de fuerte implicación local”, dijo Sir Nicholas Serota, director del conglomerado Tate. Otra señal más de los tiempos que corren en Gran Bretaña, donde la singularidad parece imponerse.
Sin embargo, durante la inauguración de la obra Lord Browne, presidente del patronato del museo, hizo una sutil referencia a la posible salida de Reino Unido de la Unión Europea: “Hay un país, que es el de la Tate y aspira a ser global, y otro que se empeña en recluirse”.

domingo, 12 de junio de 2016

Entre el espejismo y la pesadilla


Durante la pasada votación presidencial en Estados Unidos, los resultados electorales parecieron apartarse de una bipolarización extrema: los más pobres y los más ricos. Queda aún por verse si en esta nueva contienda electoral sucederá lo mismo, y se vuelve a algo similar a las últimas ocasiones anteriores, en las cuales, tras unas primarias definidas por posiciones viscerales, la conquista del votante indeciso o neutral definía en buena medida el objetivo de los contendientes elegidos por ambos partidos.
No fue que en 2012 el debate sobre beneficiar a los más o menos favorecidos desapareciera de los discursos, sino que pasó a un segundo término, aunque en el fondo permaneció como motor impulsor de una definición en las urnas. El candidato republicano Mitt Romney lo definió muy bien cuando habló del  famoso “47 por ciento” y el presidente Barack Obama no dejó de insistir sobre la necesidad de que quienes tenían mayores ingresos hicieran una contribución fiscal mayor.
De esta manera, la ecuación se definía de forma muy sencilla: los más ricos debían de votar por Romney, ya que prometía reducirle los impuestos, y los más pobres por Obama, ya que aseguraba mantendría los programas de ayuda social.
Este año las cosas se han complicado bastante, puesto que ante los problemas reales que han llevado a una amplia participación de votantes en las primarias —y que a grandes rasgos podrían caracterizarse como una disminución del nivel de vida de la clase media y baja, inestabilidad laboral, incertidumbre económica y pobres perspectivas de futuro, temor a un ataque terrorista e inseguridad ciudadana, entre otros— los candidatos han optado por ofrecer promesas que ellos mismo saben son irrealizables, pero que desde el punto de vista emocional despiertan pasiones.
El magnate Donald Trump promete volver a la época de “América primero”, pero el aislacionismo se sabe que es una política carente de sentido en el mundo actual. Por lo demás se limita a decir que él es bueno haciendo negocios y logrando acuerdos, pero un país no se gobierna como un hotel. En última instancia, la promesa de Trump para el mejoramiento económico de los estadounidenses se parece mucho a su fracasada “universidad” —catalogada de estafa por sus contendientes de igual partido durante los debates republicanos— y la promesa (incumplida) de “enseñar” a otros a ser ricos, como burdo pretexto para hacerse más rico él.
El senador Bernie Sanders propone facilitar los estudios la educación gratuita en las universidades públicas, algo meritorio pero de efectos limitados. Algo similar lo llevó a cabo, hace ya años, el gobierno socialista español de Felipe González, y en estos momentos Madrid está lleno de taxistas a tiempo parcial que son graduados universitarios o técnicos de nivel superior.
Una presidencia de la exsecretaria de Estado Hillary Clinton no sería más que la continuación de la de Obama, por los mismos o medios similares. Y ya se saben las limitaciones que han caracterizado a los dos períodos de gobierno de Barack Obama.
Uno de los peligros de este derroche de populismo y demagogia, que ha caracterizado el proceso de las elecciones primarias, es que al final termine acoplándose con una actitud que ya otras veces se ha manifestado entre los votantes, y es que no siempre se vota de acuerdo a las conveniencias sino a las expectativas, ilusiones y hasta de acuerdo a sentimientos menos afortunados y más vulnerables, como son la frustración, la ira y el odio.
Si el destino de las políticas o los políticos que favorecen a los afortunados se definieran solo por los intereses de quienes acuden a las urnas la aritmética definiría los resultados: los ricos son menos, los pobres son más. No ocurre así. En el grupo de los que patrocinan los privilegios o beneficios para los que más tienen hay no solo ricos, sino otros que se identifican con estas políticas y lo hacen por diversas razones, desde una especie de empatía hasta un sentimiento de pertenencia de clase, por supuesto imaginario. Pero también está presente una identificación con una serie de valores que trascienden una definición utilitaria estrecha, y en la que entran desde criterios familiares hasta valores económicos más amplios.
Para explicarlo mejor basta con una anécdota. Hace años conocí a una persona que había sido jefe de un turno de maleteros de la aerolínea Eastern en Miami. La Eastern desapareció de esta ciudad por un conjunto circunstancias que se pueden resumir como parte de la “revolución económica nacional” que  a partir de la llegada de Ronald Reagan al poder cobró fuerza y se extendió a todos los sectores del país, aunque en cierto sentido ya venía manifestándose con anterioridad. Conflictos laborales con sindicatos atrincherados en no solo mantener elevados salarios y amplios beneficios; costos elevados; una compra que sirvió solo para despedazar la compañía y venderla a pedazos y sobre todo un proceso de desregularización que al tiempo que intensificó la competencia con aerolíneas nacionales y de otros estados, y condujo a una rebaja en los boletos, puso al descubierto la debilidad de una firma atrapada en sus laureles.
Pues bien, este exjefe de maleteros había acumulado un buen número de acciones de la Eastern, como parte de su plan de beneficios y soñaba con una vejez tranquila y honrada. Tras la bancarrota de la empresa, la liquidación por estas acciones se había reducido a un cheque anual por menos de un dólar (lo vi en más de una ocasión) y luego de varios años de desempleo había tenido la suerte de conseguir un trabajo peor remunerado, en que no era jefe de nada y mandadero de todos.
Lo curioso es que esta persona continuaba siendo un republicano furibundo, se mantenía al tanto de la Bolsa de Nueva York, aunque ahora no tenía acciones de ningún tipo. Cuando hablaba del culpable de la desaparición de la Eastern, se refería al expresidente demócrata Jimmy Carter, ya que durante el gobierno de éste se había iniciado el proceso de desregularización de la industria de viajes aéreos en Estados Unidos. Al intentar aclararle que esa medida y la estrategia tras ella no era más que un elemento del neoliberalismo que el alababa con fervor en George W. Bush, se negaba a entender y seguía aferrado en que el culpable era el demócrata Carter. Murió convencido de ello.
Los ciudadanos no siempre votan de acuerdo con lo que es mejor para sus propios bolsillos. Entre 1979 y 1995, los trabajadores norteamericanos aceptaron con complacencia las desigualdades en riqueza e ingreso y el aumento vertiginoso de las ganancias corporativas. Los votantes favorecieron a los candidatos republicanos dispuestos a recortar los impuestos (Reagan) y castigaron a los que los aumentaron (Bush padre). Si eligieron a Bill Clinton fue porque era un demócrata centrista, pero en 1995 beneficiaron en sus boletas a Newt Gingrich y al nuevo Congreso republicano.
La mayoría de los norteamericanos acogieron con satisfacción la reforma del sistema de asistencia social, al que culparon de gran parte de los problemas económicos del país, aunque tal medida sólo le ahorró al país mucho menos del uno por ciento del producto nacional bruto. Las letanías de que las diversas reducciones de impuestos beneficiaban principalmente a los ricos tuvieron poco efecto en las urnas y cualquier propuesta para regular los negocios fue inmediatamente tachada de comunista o izquierdista, antinorteamericana o anticuada.
El auge económico de los noventa hizo olvidar el crecimiento sin límites de la brecha que separa a los ricos y los pobres. De pronto, el país entero empezó a jugar a la Bolsa de Valores, y desde los empleados de limpieza hasta los directores de empresa todos se convirtieron en inversionistas. La gran recesión ocurrida durante el segundo mandato de George W. Bush permitió la llegada al poder de Obama, pero  aunque la economía de Estados Unidos ha superado la crisis, las desigualdades o solo persisten sino que han aumentado.
En la actualidad, más del cuarenta por ciento del ingreso total de la población estadounidense está en manos del diez por ciento de los que reciben mayores ganancias. Las cifras son similares a las existentes por los tumultuosos veinte del siglo pasado, que luego fueron reducidas hasta finales de los años setenta, cuando comenzaron a aumentar de nuevo. El uno por ciento de las familias más acaudaladas poseen en la actualidad más del cuarenta por ciento de todos los medios económicos, entre ellos viviendas e inversiones financieras, lo que es superior a cualquier cifra en años anteriores a 1929. Como señala el exasesor republicano Kevin Phillips en su libro Wealth and Democracy, Estados Unidos ha regresado a la época de los Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie y Morgan de finales del siglo XIX.
Pese a las cifras, poco hace esperar que esta nación tome un rumbo más sensato, que renazca el interés en que el extraordinario avance tecnológico también debe reflejarse en una reducción de la jornada laboral y en mejores beneficios para los empleados, y no sólo en las cuentas bancarias de los grandes ejecutivos y poderosos accionistas.
Aunque hablar del deterioro de la case media ha vuelto a ser un tema predominante en la campaña electoral, durante discursos y en la mayoría de los casos lo que ha imperado son las promesas y críticas al contrario. En lo que hasta el momento no entran en detalle, ninguno de los dos casi seguros candidatos presidenciales, es en lo limitado de sus acciones para detener ese declive. El crecimiento de la clase media siempre fue el colchón para atajar las desigualdades, el antídoto perfecto ante la lucha de clases y la esperanza de millones. Ahora, tras la guerra fría, la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, un desarrollo tecnológico impresionante y un avance sostenido del comercio global, el mundo asiste una época de crecimiento de las desigualdades económicas y sociales.
Contrario a lo que se pensó en un primer momento, lo que podría considerarse la revolución postindustrial de las empresas dot.com y la internet no significó un crecimiento de la clase media y la pequeña empresa. En primer lugar porque tras el estallido de la burbuja gran número de ellas fracasaron, y en segundo porque se produjo un fenómeno de asimilación, en que la dot.com se adoptó como parte de una empresa ya existente, y los verdaderos triunfadores se convirtieron en grandes empresas con un personal reducido. De esta manera, la economía tradicional terminó controlando la tecnología, salvo casos excepcionales. Al final, el verdadero éxito no se concreta hasta que se cotiza en Wall Street.
Es curioso en este sentido, observar como ambos candidatos presidenciales, más que presentar una visión de futuro, prometen una vuelta al pasado. Y cada vez más la elección presidencial se encamina a convertirse en un espejismo, si sale Clinton, o en una pesadilla, si triunfa Trump.

viernes, 10 de junio de 2016

La Habana maravilla


Viernes 28 de junio de 1940. 6:00 a.m. Una caravana de limusinas Mercedes Benz recorre los bulevares. Por pocas horas Hitler visita París. Hosco y confiado, conquistador y turista, inspecciona más que observa las maravillas de una ciudad que nunca volverá a ver.
Puerta de Tiananmen en la Ciudad Prohibida. Hay que recorrer poco más de 200 metros y un paso subterráneo para enfrentar la plaza. Pero a la derecha de esa puerta, que el visitante atraviesa tras recorrer 900 edificios, obras de arte y objetos que pertenecieron a las colecciones imperiales durante 500 años, un enorme cartel avisa del sitio donde Mao declaró la republica socialista china, el 1 de octubre de 1949.
Año 1980. Es noche en Moscú y de forma brusca un portero detiene al hombre a la entrada del Hotel Ucrania, luego retrocede temeroso, al darse cuenta del gesto brusco empleado con un turista extranjero. El edificio tiene 34 pisos y fue construido en 1955. Forma parte de un conjunto de siete rascacielos —las “Siete Hermanas”— edificados durante los últimos años de la época de Stalin.
Una inscripción en el Palacio de los Oficios: “La tercera Roma se extenderá desde las altas colinas a lo largo de las orillas de río sagrado hasta las playas del Tirreno”. Parecía llegado el turno, luego de la antigua y la cristiana, a la Roma fascista. En 1922 Mussolini organiza una marcha hacia la capital, entre el 27 y el 29 de octubre. Il Duce forma gobierno el día 30 y se convierte en el primer ministro más joven de la historia italiana. Pero la dictadura fascista no comienza de inmediato, ya que aún se necesitarán meses para asegurar el control de todos los mecanismos de poder político.
Otra ciudad, otra marcha y otra caravana. 8 de enero de 1959. Fidel Castro entra en La Habana. Desde ese día y antes, la revolución cubana nunca abandonará el solapado rencor campesino ante lo urbano, donde se aprovechan las circunstancias pero rige la sospecha.
Los dictadores recelan de las ciudades, las consideran difíciles de dominar, peligrosas en su esencia porosa, polos de atracción para las mezclas más diversas, llenas de individuos que con frecuencia cambian de residencia. Se atreven a conquistarlas solo cuando su poder se ha desarrollado y nutrido alejado de ellas.  Incluso en figuras como Hitler y Mussolini, que incluyen la reconstrucción o edificación de capitales imperiales entre sus sueños de grandeza, hay una notable “urbanofobia”.
Hitler concibió edificios monumentales para Berlín, y así superar la grandeza de París y de una Viena donde primero se sintió humillado —como artista en su juventud— y luego fue saludado por una multitud equivoca y entusiasta, aunque siempre mantuvo su inclinación —se podría decir hasta su amor— por la pequeña Linz, en cuyas cercanías había transcurrido parte de su infancia.
En sus comienzos un movimiento urbano de tendencia republicana, el fascismo es posteriormente financiado por los terratenientes y las capas más conservadoras de la sociedad italiana.
Tanto en Mussolini como en Hitler y Stalin, cualquier proyección arquitectónica debe regirse por el principio del orden. La ciudad debe ser reconstruida, ampliada —incluso magnificada— con el objetivo primordial de controlarla.
Los objetivos de dominación tras la entrada de Castro en La Habana transitan por un rumbo opuesto, aunque con un objetivo común: menoscabar la ciudad para doblegarla.
Actitud y conducta contumaces desde su origen hasta hoy: el  Movimiento 26 de Julio se sirve del terrorismo en las ciudades, pero siempre considera y proclama la lucha en las montañas como el objetivo fundamental. Destruir y causar caos y terror en la capital, para ganar tiempo y así establecer las bases del poder en el campo. Tras el triunfo, el prejuicio contra lo urbano sustenta y justifica la desconfianza y el abandono. La capital, como centro de explotación y pecado, tiene que pagar un precio de humillación y desprecio: sus habitantes trasladarse a trabajar en el campo, los cines dejan de brindar estrenos durante las temporadas de jornadas agrícolas.
Por décadas, La Habana admite con renuencia y entusiasmo a guajiros analfabetos y toscos; jóvenes campesinas que llegan para aprender corte y costura y no quieren volver a sus pueblos de origen; técnicos y funcionarios soviéticos y de los países socialistas; idealistas de cualquier parte del mundo; turistas en busca de la experiencia revolucionaria o simples fornicadores, aventureros y estafadores; becados de los más remotos confines y año tras año y hasta el momento a los nacionales aspirantes a policías y represores: individuos que a cambio de un techo colectivo y una comida mejor están dispuestos a romperle la cabeza a cualquiera, especialmente a quienes ellos desprecian y no entienden.
Y durante todo ese tiempo la capital cubana resiste esa transformación, decretada cuando las tropas campesinas entraron a la ciudad dispuestas a convertir al sitio en sus cuarteles de invierno o de verano, campamento de descanso y entrenamiento guerrillero, cantera desde la cual estudiantes, soldados y profesionales revolucionarios saldrían para llevar los ideales fidelistas al resto de la nación y el mundo.
A diferencia de otras dictaduras, la cubana ha sido incapaz de crear una arquitectura en que fundamentar su permanencia. Los pocos edificios que pueden asociarse con el presente —o a estas alturas con el pasado— revolucionario han sido víctimas de una apropiación que los desvirtúa del objetivo original: es imposible hablar de la heladería Coppelia sin asociarla a los homosexuales; las viviendas hechas por las microbrigadas son apenas una mención para destacar el deterioro; la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE) un proyecto a medias; el Instituto Superior de Arte (ISA) un recinto sospechoso de creadores disidentes; el Parque Lenin una referencia al refugio temporal del escritor Reinaldo Arenas; un Centro de Convenciones —construido hace ya bastante años— en recinto para reuniones que al final han tenido poco alcance internacional; la reanimación del centro histórico de la ciudad colonial convertida en fachada turística.
El verdadero centro de poder del país se ha limitado a la Plaza de Revolución, un conjunto de edificios creados durante la dictadura de Fulgencio Batista, del que se apropió Castro y adaptó a sus fines de supervivencia.
Si bien la falta de un desarrollo de construcciones impetuoso y desmedido ha cumplido —de forma indirecta y sin propuesta de conservación alguna— una función no buscada de preservación urbana, también ha contribuido para que en la imaginación literaria ―especialmente para los exiliados y extranjeros― La Habana continúe gravitando sobre los pilares edificados por Alejo Carpentier, Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante. Una capital que, a los ojos del mundo, permanece en una esfera literaria más imaginada en el pasado que en el presente.
Tantas décadas con un cuerpo narrativo centrado fundamentalmente en acontecimientos y personajes —y con un paisaje urbano donde lo nuevo es el envejecimiento urbano— conlleva a que el marco referencial más inmediato y panorámico continúe siendo la literatura escrita 30, 40 o 50 años atrás. Un hecho acentuado por los años de una épica revolucionaria centrada en lo rural y en el interés de varios escritores en crear —con mayor o menor fortuna—  una narrativa histórica. Definido entre la destrucción y la ausencia, el  actual conjunto arquitectónico capitalino posrevolucionario ha llevado a una narrativa del deterioro.
La falta de un paradigma de la ciudad, como apogeo y auge de situaciones y conflictos no limitados a la barbarie, ha llevado a una búsqueda de modelos que se reducen a estereotipos, cuando se intenta rescatar un atractivo más allá de lo insólito y la aventura fácil (y hasta cierto punto segura).
El panorama a elegir retrocede todavía más cuando el interés se circunscribe a un afán comercial tan inmediato como el turismo. Cabe entonces la implicación más burda. Los tres músicos callejeros que persiguen a los protagonistas de Nuestro hombre en La Habana de Carol Reed son hoy por hoy la definición mejor de La Habana que se ofrece a los extranjeros, con sones para turistas.
La visión de dos británicos —Reed, el director de cine y Graham Greene, el autor de la novela en que se fundamenta la película— los convierte en embajadores perfectos.
Pendiente aún una perspectiva mejor —esa que el tiempo le negó a Greene—, de una Habana como otra Viena entre ruinas, y con un villano quizá no tan simpático y atractivo como Harry Lime, pero igual de siniestro.
“En La Habana, de lo único que uno puede estar seguro, es de un tabaco”. La frase es del mismo actor pero de otro personaje. La pronuncia Orson Welles no en El tercer hombre sino de The Voyage of the Damned. La expresa bien vestido, con un puro en la boca, José Estedes, que participa en la negociación —que resulta infructuosa— para permitir a los refugiados judíos a bordo del St. Louis entrar en Cuba. Solo que a lo dicho se le imponen dos cambios: en la actualidad ni siquiera un tabaco es seguro en Cuba y ahora los refugiados en busca de asilo son los cubanos.
Tras décadas de un proceso revolucionario descarriado, la capital cubana representa la más tenaz resistencia a una transformación que, por otra parte, ha vivido todo el país. Permanece como una referencia a una época desaparecida para siempre, y ahora tanto el régimen, que aún persiste, como los comerciantes extranjeros, que existirán siempre, buscan explotarla de la forma más vil para el viejo Karl Marx: simplemente por dinero.
Por ello —aunque no solo por ello— la ciudad merece más que una placa alegórica a una selección tonta e interesada: Pese a todo y por todo, aún La Habana maravilla. 

miércoles, 1 de junio de 2016

La caída

Desde hace años la prensa mundial, en especial los periódicos, enfrenta una crisis interminable, que ha llevado al cierre de diarios, la transformación del medio y la pérdida de circulación y anunciantes y por supuesto una disminución de ganancias sin precedentes. Esto, por supuesto, no es noticia.
Para enfrentar el problema, todos los órganos y cadenas —mayores y menores— han adoptado diferentes tácticas, con mayor o menor éxito. Entre estos recursos siempre ha estado la tentación de la complacencia, y ninguno —incluso The New York Times, la cabecera más prestigiosa del país— se ha visto libre de recurrir a ella.  Adaptar informaciones, artículos de opinión, destacar hechos menores y celebrar tonterías se ha vuelto una especie de pan diario a la hora de conservar y atraer un publico, convertido de lector en simple consumidor.
Solo que hay límites, fronteras que no se deben traspasar, porque entonces el periódico incumple la función fundamental que lo definió durante la mayor parte del pasado siglo y que en Estados Unidos lo convirtió en referencia mundial.
Un texto aparecido en El Nuevo Herald el día 30 de este mes —llamarlo artículo o columna es una ofensa a ese lector y a ese medio en peligro de extinción— es un buen ejemplo de ese traspaso de límites, para desembocar en una caída libre que arrastra en descenso el prestigio de la publicación.
Se trata de Madame Chanchullo, el Comunistón y el Capitán América, y lleva la firma de Anólan Ponce.
Desde el título se anuncia el lenguaje barriotero, pero no se trata de un problema de estilo. No hay que tener mucha imaginación o inteligencia para saber en Miami que la “Madame Chanchullo” es la aspirante a la nominación demócrata, la exsecretaria de Estado Hillary Clinton; el “Comunistón” es el senador Bernie Sanders, también aspirante a la nominación demócrata; y “Capitán América” el magnate Donald Trump, con la nominación presidencial republicana casi asegurada.
A partir de ese título se desprende hacia donde se dirigen las preferencias de quien escribe, pero ese no es el problema. Todo el mundo tiene derecho a una opinión propia, lo que nadie tiene derecho es a presentar “hechos propios” como si fueran verdades. Porque entonces se deja a un lado el camino del periodismo —ya sea de opinión o de otro tipo— para entrar en el terreno de la difamación.
Y lo que escribe Ponce es pura difamación.
El primer problema es con los epítetos —más bien “nombretes”, para hablar en cubano— utilizados.
Años atrás, durante otra campaña presidencial, en esa ocasión entre el presidente titular republicano George W. Bush, que buscaba y ganó la reelección, y el contendiente demócrata, el entonces senador y hoy secretario de Estado John Kerry, un columnista ya fallecido de ese mismo periódico se refirió a la esposa de Kerry como “Madame Ketchup”. No se trataba de una referencia inventada por quien escribía sino de una expresión común entre algunos comentaristas radiales y sitios en internet con una virulenta agenda anti demócrata.
Sin embargo, a los efectos de un periódico serio se consideró que su uso no solo era ofensivo sino poco serio.
Una figura existente en la época en las publicaciones de mayor renombre de Estados Unidos y Europa, especie de “representante, defensor o portavoz del lector” dedicó un artículo —publicado en El Nuevo Herald, ya que quien cumplía esa función era un periodista pagado por la empresa, pero no sometido a la empresa— a explicar lo inadecuado del término.
No ocurrirá igual ahora. Entre las tantas cosas buenas que han ido desapareciendo con los recortes de gastos en la prensa escrita está la pérdida de ese “defensor del lector”.
Lo que no debería desaparecer es el buen juicio que evitara la publicación de textos que recurrieran a tales trucos baratos, no como un acto de censura sino como una definición de medios: en la actualidad sobran los sitios, portales, blogs y programas radiales y televisivos donde tales expresiones encuentran su nicho más adecuado.
Como por la frecuencia en que aparecen mis columnas en El Nuevo Herald —y el largo otorgado a las mismas—, tendría que esperar casi dos semanas para expresar mis criterios sobre Madame Chanchullo, el Comunistón y el Capitán América, he decidido darlos a conocer aquí.
En primer lugar, Ponce señala que el senador Sanders es “un social demócrata, entiéndase, un ‘comunistón’ que quiere desmantelar los bancos entre otras cosas y, en simples términos, despojarnos del 90% de nuestras entradas para financiar su utópica agenda socialista”.
Deduzco que por el término “comunistón” quiere decir que Sanders es un político con ideas comunistas. Falso. Evidentemente para quien eso escribe comunistas, socialistas y socialdemócratas son la misma cosa. Historia y política demuestran lo contrario: quienes pertenecen a las diversas organizaciones surgidas bajo tales nominaciones son por lo general enemigos jurados, a veces a muerte (en el sentido real, no metafórico).
Aunque quizá el error de quien escribe así obedece a simple ignorancia.
No hay propuesta de Sanders donde se plantee o se llegue a insinuar el “desmantelar los bancos”. Escribir así es caer en la mentira, bajo la impunidad con que puede hacerse en esta ciudad: lo mismo que en Cuba, aunque en dirección contraria: al final todo se reduce a un problema de vías.
No sé de dónde ha salido eso de “despojarnos del 90% de nuestras entradas”. Aquí la mentira raya en locura, pero con el mismo desparpajo.
En el caso de Clinton, el texto señala: “Sobre ella existe una investigación criminal del FBI por el uso irresponsable de un servidor privado cuando fue secretaria de Estado”.
Llegado a este punto, el texto no se limita a mentir, sino cae de lleno en la difamación más burda.
Clinton: la investigación
La realidad es la siguiente:
Hay una “investigación de la policía federal sobre el uso de Clinton de una cuenta privada de correo electrónico, en vez de una oficial, cuando era secretaria de Estado, y estaría en sus etapas finales, según las autoridades”, de acuerdo a una información publicada en ese mismo diario, el 6 de mayo.
“La investigación intenta establecer si Clinton manejó información clasificada a través de su servidor privado”, de acuerdo a la misma noticia aparecida en el Herald.
“El FBI no ha encontrado pruebas que demuestren que Clinton violó la ley deliberadamente”, también según lo publicado en el Herald.
“El FBI abrió una investigación criminal tras la denuncia del Partido Republicano de que el uso de un sistema no seguro para la correspondencia oficial ponía en peligro la seguridad nacional”, se añade en la noticia del Herald, de fecha tan reciente —repito— como el 6 de mayo.
Lo que ha sido filtrado a la prensa en estos días es un informe interno del Departamento de Estado sobre la forma como la exsecretaria de Estado manejó sus correos electrónicos, pero ello no es una investigación criminal. En el informe se especifica que los inspectores federales no están sugiriendo que alguien relacionado con el asunto de los emails cometiera delito alguno.
Si acaso Clinton puede ser “acusada” de algo, hasta el momento, es de violación de los procedimientos de seguridad del Gobierno federal, en lo que concierne al uso exclusivo de los servidores gubernamentales y la salvaguarda de todo correo electrónico, así como de haber guardado material delicado en su servidor personal, que no dispuso de los niveles de confidencialidad mínimamente aceptables por los servicios de seguridad. Nada de esto es un comportamiento criminal.
La exsecretaria de Estado ha negado que en momento alguno esos documentos entonces estaban clasificados como de “máxima seguridad”, aunque alguno pudiera estarlo ahora, porque los estándares al respecto cambian constantemente.
Quizá sí hubo una violación administrativa de las reglas internas y una profunda negligencia, porque su servidor personal siempre estuvo expuesto a cualquier tipo de ataque exterior, algo que parece no haber sucedido.
Por supuesto que todo ello afecta su imagen, pero nada de ello indica ella es el “objetivo” de la investigación del FBI.
Clinton es un sujeto de la investigación, pero si ella reúne los criterios de ser considerada oficialmente un “objetivo” de la investigación es al menos desconocido. Es lo más que puede decirse en la actualidad-
El término “objetivo” se reserva para aquellas personas sobre las cuales existen pruebas sustanciales que la vinculan a un delito.
La exsecretaria de Estado dijo en marzo que los investigadores no le habían dicho que ella o cualquier miembro de su equipo eran “objetivos” de la investigación.
Si las personas preguntan por su estatus en una investigación, es una práctica del Departamento de Justicia decirles si son o no objetivos de la investigación.
Es decir, que no se puede hablar aún de que la exsecretaria de Estado está siendo investigada, en el sentido legal del término. Lo que están siendo investigados son sus correos electrónicos y el manejo de los mismos. Y todo ello a consecuencia de una solicitud de legisladores republicanos.
Realidad y tergiversación
Así que lo que Ponce da por un hecho no es cierto. Estamos ante un caso que se alteran los hechos para hacerlos coincidir con una opinión. Si quien escribe señala que la exsecretaria de Estado debería ser investigada, tiene todo su derecho a expresarlo. Darlo por hecho es difamar.
La autora también considera que sobre Clinton “pesa la sangre de 4 norteamericanos muertos en el ataque terrorista al consulado en Bengasi, el cual se prestó a encubrir para proteger la reelección de Barack Obama”.
Aquí de nuevo entramos en el terreno de la fantasía —no como género literario sino como uso difamatorio—, porque por encima de las 11 horas de testimonio ante el Congreso, que no lograron demostrar nada impropio en su conducta, Ponce señala que las palabras más asociadas con ella a nivel nacional son “mentirosa”, “deshonesta”, “poco confiable” y “criminal”.
Asistimos a un caso de verdadera intoxicación de la cadena Fox News en todo el país, la emisora radial La Poderosa en Miami, y comentaristas radiales iracundos de todo tipo, entre los cuales, quien  escribe el texto busca destacarse, al menos a nivel local.
El uranio y la bomba
Tampoco la Fundación Clinton podía quedar fuera de la andana: “entidad aparentemente utilizada para facilitar el soborno de la Sra. Clinton cuando manejaba el Departamento de Estado a cambio de favores políticos. Gracias a ello, los rusos hoy son dueños de 1/5 de toda la producción estadounidense de uranio, materia prima para la producción de bombas atómicas”.
De nuevo aquí se tergiversan los hechos, para reducirlos a una simpleza donde de nuevo brota la difamación.
Del complejo acuerdo que involucra a empresarios mineros canadienses, que hicieron donaciones a la Fundación Clinton al tiempo que vendían su compañía de extracción de uranio a una empresa estatal rusa de energía nuclear, en el escrito del Herald se deduce que Clinton puso en manos de los rusos uranio para ¡fabricar bombas atómicas!
Lo único errado que ha sido comprobado es que la donación —de $2.35 millones del acuerdo principal firmado— no fue hecha publica. Clinton había firmado un acuerdo con la administración Obama que requería que los nombres de los donantes se hicieran públicos al pasar a ser ella secretaria de Estado. No lo hizo en este caso, y estuvo mal, muy mal.
No hay indicación de que Clinton desempeñara papel alguno en el acuerdo, aprobado por una comisión a nivel de gabinete.
De la exsecretaria de Estado se pueden decir muchas cosas en su contra, pero de eso a acusarla de responsable de muertes, venta de uranio para fabricar bombas atómicas y “criminal” hay un largo camino.
El “Capitán América”
Al llegar a Trump, el escrito cambia por completo. “Hay ‘legiones de electores’ que ven en él a un ‘Capitán América’ que viene a desagraviarlos, a restaurar el orden, y a devolver la grandeza a este país.
Ninguna referencia a la frustración existente ante el Congreso, a la decadencia de la clase media o al establishment de ambos partidos. Todo se resuelve con un “hombre fuerte” que restaure el orden, y para eso está el magnate inmobiliario
Ponce está asombrada con Trump: “Lo que sí es asombroso es la rápida victoria de Donald Trump contra 16 competentes candidatos usando un discurso francamente ofensivo y políticamente incorrecto, pero ahondando en la ira y frustración de miles de electores cansados de la ineptitud y corrupción política en el gobierno”.
Bueno, como suele ocurrir en el circo, después del número con las ferias le toca el turno al payaso. Y aquí solo cabe reír.
Lástima que ese asombro por la ¿rápida? victoria de Trump eche a un lado algunas de las figuras más dignas del Partido Republicano, como los Bush y la legisladora Ileana Ros-Lehtinen. Porque ganar una elección es importante, pero mantener los principios lo es más aún.
Por supuesto que textos como Madame Chanchullo, el Comunistón y el Capitán América pueden ganar el aplauso y las cartas de felicitación de un par de lectores —trasnochados bajo el criterio de quien esto escribe— e incluso un comentario de elogio a su ¡objetividad! Nada de ello lo salva de ser un ejemplo de decadencia ¿periodística?